¡Habla memoria!

Monzón. Por Osvaldo Soriano

Por Redacción EG · 08 de agosto de 2019

En 1997 El Gráfico publicaba tres fragmentos del último libro de Osvaldo Soriano "Piratas, fantasmas y dinosaurios". En su capítulo “Dinosaurios” el escritor ofrece un retrato sin concesiones de Carlos Monzón.

Osvaldo Soriano (1943-1997), nacido en Mar del Plata, figura de la literatura argentina contemporánea, era, además, un aficionado al deporte, como ya quedó demostrado en varias páginas de EL GRAFICO. Por eso, no extrañó que en su último libro (año 1996) "Piratas, fantasmas y dinosaurios", de la colección "La otra orilla" del Grupo Editorial Norma, le dedique algunos capítulos al tema deportivo. "De tanto en tanto me gusta publicar un libro que reúna ficciones y artículos. Al armarlo corno un rompecabezas, me pregunto si éste o aquel texto debe ir al comienzo o al final. Después, todo es bastante arbitrario y caótico: los cuentos se mezclan con los homenajes, las evocaciones con los apuntes y las narraciones con las historias de fútbol. Así me gusta leerlos a mí y, mientras los reviso y los corrijo, pienso que son fragmentos de los instantes más felices de mi vida", explicó Soriano sobre el método seguido para dar forma a su último libro.

 

DINOSAURIOS: MONZÓN

A Monzón lo comparan con Gatica, con Bonavena, con otros boxeadores que murieron antes de tiempo, entre la miseria y el hampa. Pero él, en el ring, fue más que todos ellos. Parecía el Golem de la leyenda medieval: un muñeco a medio terminar que perseguía a su víctima hasta el agotamiento y la demolición. Se plantaba en el centro del ring, miraba como una fiera y el otro, pobre, ya no podía salir corriendo.

Fue Monzón y no el Firpo de los años Veinte el verdadero Toro Salvaje de las Pampas. Firpo era humano y al final dejó una gran desilusión en los tiempos de la radio a galena. El Mono Gatica ganaba y perdía en época de Perón, intuía de qué lado estaba el poder y, tarde o temprano, lo desafiaba. Pero Gatica y Bonavena tenían humor: eran tipos extraviados en la niebla del cabaret que perdían plata todos los días y se burlaban de la fama y de la gloria. Monzón nació en una villa miseria, se abrió paso en silencio y nunca se le ocurrió pensar en los demás. Enseguida se compró una estancia, empezó a romperles la cara a las mujeres, una más linda que otra, y al fin mató a Alicia Muñiz. Los periódicos hicieron del asesinato un dato menor, una anécdota más en la vida del campeón.

No era buen tipo, no era simpático y ni siquiera sabía reírse de sí mismo. Fue uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos, quizás unos pasos más atrás del gran Nicolino Locche. Era otro estilo. Locche reía y bailaba, era un gato doméstico que sólo se despierta para comer y jugar con ovillos de lana. Monzón era otra cosa, mezcla de dóberman y primatus: tenía una inteligencia de cuatro por cuatro suficiente para calcular todo lo que podía pasar en un ring. Era como una cortadora de fiambre, una picadora de carne, un rallador de queso, una licuadora, algo así.

Me acuerdo que una tarde del '72 fui a entrevistarlo al Luna Park, con Jorge Di Paola, el autor de "La virginidad es un tigre de papel": apenas le podíamos sacar una palabra. Al contrario de Locche, que pedía caramelos y aconsejaba no cansarse tirando golpes al azar, Monzón siempre estaba tenso, esperando que apareciera alguien a quien derribar, hombre o mujer. Di Paola, que mide un metro sesenta, cometió el error de discutirle no sé qué tontería y ahí nomás Monzón le dio un empujón, como si estuvieran en el recreo de la escuela. Era patética su imposibilidad de aceptar al otro: Di Paola se sacó el saco y se puso en guardia para pelearlo, gesto que lo convirtió durante años en el escritor más temible del país, y Monzón se le echó encima. Por fortuna estaban sus asistentes y había otros boxeadores que se interpusieron. Lo que nunca olvidamos Di Paola y yo eran sus ojos. Rayos y centellas. Fuego de volcanes. Bronca de chico con hambre.

 

Carlos Monzón 1970.

Carlos Monzón 1970.

 

Una sola vez pareció conmovedor: en la película de Leonardo Favio, con Gian Franco Pagliaro, "Soñar, soñar". Ahí Favio lo hizo hacer de provinciano cobarde, sensible y soñador que, por estúpido, iba a parar a la cárcel. Antes había protagonizado "La Mary", de Tinayre, y en ese rodaje se enamoró de Susana Giménez, el mayor sex symbol de los años Setenta, cuando había en las calles y en los medios más balazos que culos. A Monzón le interesaban unos y otros. Buen cazador en los campos de Santa Fe, gran cazador en los Campos de Marte, fue en París donde se hizo fama de machote incansable, de Casanova y saltimbanqui.

 Julio Cortázar, que adoraba el boxeo, lo metió en la literatura con "La noche de Mantequilla", un cuento inspirado en aquella jornada de febrero de 1974 en la que venció a José Nápoles en una carpa de París.

Llegó a ser con Fangio, el argentino más famoso en el mundo. Igual que con Maradona, los diarios del extranjero pedían notas con escándalos, mujeres golpeadas y doncellas vencidas a sus pies. Nadie dejó de admirar su talento, esa suerte de seducción perversa que practicaba con el adversario antes y después de demolerlo.

Nino Benvenuti, como algunas mujeres que lo sobrevivieron, sólo tenía elogios para él. Tyson siguió su estilo de boxeo y su camino en la vida. Sólo que el norteamericano se coloca el cinturón de seguridad y allá las banquinas de los caminos no parecen cortadas a cuchillo.

Carlos Monzón está muerto. Un poco más muerto que antes. Y por más ídolo que haya sido, por mejor despedida que le hayan dado los santafesinos, aunque lo lloren el boxeo y las revistas del corazón, no lo acompañan en el largo viaje la simpatía de los dioses ni el calor de las estrellas.

 

OSVALDO SORIANO (El Gráfico 1997)

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