¡Habla memoria!

Paladar Rojo

Por Redacción EG · 17 de julio de 2019

El adiós de Insúa en 2005, hizo temblar a los hinchas de Independiente, hasta que estalló el Kun, para hacerlos vibrar. Con la banca del Bocha, se tatuó la 10 y enamoró al país.

El inu­si­ta­do  so­sie­go de Don Bos­co ha­ce de tan­to ver­de una in­men­sa pin­tu­ra de la sies­ta, un pai­sa­je cie­go y mu­do so­bre un lien­zo ina­ni­ma­do que ni si­quie­ra se al­te­ra por va­ga­bun­dos ani­ma­les do­més­ti­cos. Só­lo se es­cu­cha el mo­tor del au­to. Da pu­dor se­guir vio­lan­do la paz ab­so­lu­ta de un ba­rrio que no es pri­va­do, pe­ro pa­re­ce.

Ya no. Al do­blar en la es­qui­na, un sen­de­ro es la ru­ta de per­so­nas que van y vie­nen, en­tran y sa­len, co­rren y gri­tan, des­de y ha­cia esa puer­ta de ma­de­ra que bien po­dría ser gi­ra­to­ria. Se quie­bra, en ese pun­to, la au­to­ri­dad del si­len­cio ca­te­drá­ti­co. Es ahí. ¿Es ahí? Pa­re­ce un co­le­gio. Por el flu­jo de gen­te, tal vez sea un par­que de di­ver­sio­nes. No, es ahí.

Sie­te her­ma­nos, son sie­te her­ma­nos. Y un rott­wei­ler. “Y mi ami­go, que jue­ga en Quil­mes, pe­ro vi­ve acá”. Y dos pri­mos. “Y mi tía y mi tío, que siem­pre se que­dan a dor­mir”. Y las vi­si­tas, al­gu­nos otros pa­rien­tes, más dos de sus re­pre­sen­tan­tes, más la pren­sa, “más las ami­gas de mi her­ma­na, que son mu­chas y es­tán acá to­do el tiem­po”, des­ta­ca, mien­tras el pa­tio se con­vier­te en una can­cha de fút­bol te­nis, en dos, en tres.

 

Su niñez transcurrió ligado al fútbol.

Su niñez transcurrió ligado al fútbol.

 

 

En distintos clubes de baby, pero siempre divirtiéndose en una cancha de fútbol.

En distintos clubes de baby, pero siempre divirtiéndose en una cancha de fútbol.

 

En esta oportunidad con la camiseta de Olimpia de Paraguay y la sonrisa que hoy sigue teniendo.

En esta oportunidad con la camiseta de Olimpia de Paraguay y la sonrisa que hoy sigue teniendo.

 

Vi­ve ahí una in­men­sa fa­mi­lia, que cam­bia de ca­ras to­do el tiem­po. Lle­ga el ami­go de uno, cuan­do se va el pri­mo de otro, y to­dos ha­blan en­tre sí, co­mo si se co­no­cie­ran de an­ta­ño. “Es un qui­lom­bo –di­ce–. Ten­go una her­ma­na de 19. Des­pués ven­go yo, de 17, otra de 16, otra de 14, otra de 11, otro de 9 y otro de 8”. Hay at­mós­fe­ra de club, so­cial y de­por­ti­vo.

Mi­les de his­to­rias, en la oc­to­ge­na­ria his­to­ria de El Grá­fi­co, re­pi­ten y re­pi­ten la vio­len­ta es­ce­na de la pe­lo­ta res­ca­tis­ta, que arran­ca a un pi­be de su mar­gi­na­li­dad y su pa­sa­do pa­ra col­gar­le el car­net de in­clui­do y abrir­le las puer­tas de una rea­li­dad eco­nó­mi­ca a la que po­si­ble­men­te nun­ca hu­bie­ra ac­ce­di­do por otra vía. Y en­ton­ces, vie­nen las fra­ses de siem­pre, que se mul­ti­pli­can des­de que exis­te el fút­bol ar­gen­ti­no. Que aho­ra se va­lo­ra to­do lo que ten­go por­que yo pa­sé lo que pa­sé y que va­lió la pe­na to­do aque­llo pa­ra po­der dis­fru­tar más de to­do es­to.

Pe­ro Ser­gio lee di­fe­ren­te el mis­mo jue­go. Ya lo sa­ben Ra­cing y Die­go Cro­sa, que to­da­vía in­ten­ta de­sen­re­dar­se el fé­mur de­re­cho de los me­nis­cos de la ro­di­lla iz­quier­da por esa gam­be­ta de fic­ción que li­qui­dó el clá­si­co. Agüe­ro lee di­fe­ren­te, ahí y acá. “Cuan­do vi­vía en la vi­lla, no co­mía­mos en un co­me­dor por­que mi vie­jo y mi vie­ja ha­cían to­do lo po­si­ble pa­ra que pu­dié­ra­mos es­tar bien. Igual, era jo­di­do vi­vir así. Y aho­ra te­ne­mos más, pe­ro so­mos los mis­mos que an­tes, lo mis­mo que an­tes. Por eso, hay que va­lo­rar… Hay que va­lo­rar lo que éra­mos an­tes”. No ha­bla de es­te hoy por ese ayer, si­no de ese ayer, que es el hoy de mu­chos más. “Yo sé que se acer­ca­rán nue­vos ami­gos, pe­ro tam­bién sé quié­nes fue­ron y son mis ver­da­de­ros ami­gos”. No ha­bla de va­lo­rar lo que no te­nía, si­no de se­guir va­lo­ran­do lo que ya te­nía. Y aho­ra el es­ce­na­rio se­rá más fá­cil de en­ten­der.

Se pier­de no­ción de quién es ca­da uno en la su­per­po­bla­da ca­sa de los Agüe­ro. Sal­vo uno, sal­vo él, que es­tá de­la­ta­do por las de­ce­nas de fo­tos que em­pa­pe­lan el li­ving. “Mi vie­ja se en­car­ga de jun­tar to­do lo que sa­le en los dia­rios, y des­pués ha­ce cua­dros. Co­lec­cio­na ca­da ar­tí­cu­lo que pu­bli­can. A ve­ces yo trai­go un re­cor­te que en­con­tré, y me di­ce ‘¡ése ya es­tá!’”.

Ad­vier­te que en la enu­me­ra­ción fa­mi­liar le fal­ta­ron “pa­pá, Leo, que tie­ne 38, y ma­má, Adria­na, que tie­ne 36”. Sí, es la ma­má y tie­ne 36. Sí, co­mo el Ne­gro Cá­ce­res. “Y… es jo­di­do car­gar tan­tas res­pon­sa­bi­li­da­des a los 17 años, por­que tal vez otro pi­be de mi edad tie­ne más li­ber­tad. Yo pue­do sa­lir y di­ver­tir­me en mis días li­bres, pe­ro cuan­do lle­ga la ho­ra de prac­ti­car me ten­go que cui­dar. No es fá­cil, por­que uno tam­bién qui­sie­ra dis­fru­tar de otras co­sas y no pue­de. Pe­ro bueh... Yo me quie­ro de­di­car al fút­bol, y es­to es así”, cie­rra.

Va­gos ra­tos li­bres, en­tre tan­tos ra­tos pre­so de con­cen­tra­ción, jue­ga a ser un ado­les­cen­te co­mo cual­quier ado­les­cen­te. Sin no­via y con ami­gos, eli­ge la cum­bia. “Más que na­da me gus­ta la cum­bia san­ta­fe­si­na –re­mar­ca–, Los Lea­les, Amis­tad, o cum­bia vi­lle­ra, co­mo Nés­tor, el can­tan­te de La Ba­se, Una de Cal… Y un mon­tón más”.

Ahí es­tá, aho­ra po­ne ca­ra de ado­les­cen­te. No pue­de con­te­ner la son­ri­sa. De­tie­ne la con­ver­sa­ción con un ges­to pa­ra se­ña­lar la im­pe­ri­cia del po­bre pa­dre que in­ten­ta arre­glar el ai­re acon­di­cio­na­do. “¿Qué que­rés ha­cer, vie­jo?”, le pre­gun­ta y se que­da col­ga­do, así, mi­rán­do­lo, le­van­ta las ce­jas y se muer­de los la­bios.

Es­tá re­la­ja­do, Kun, co­mo si no es­tu­vie­se en el me­dio de ese tor­be­lli­no de vi­da nue­va que lo em­bis­tió en ple­na eman­ci­pa­ción del baby fút­bol, y con ape­nas 15 años lo arro­jó a la Pri­me­ra. “Cuan­do de­bu­té, no en­ten­día na­da –re­co­no­ce–. Ha­bía ima­gi­na­do que qui­zá lle­ga­ría, pe­ro no tan rá­pi­do. Y de re­pen­te, me vi fren­te a Die­go Ma­ra­do­na, co­mo in­vi­ta­do en su pro­gra­ma. Fue… No sé, lo mi­ra­ba y lo mi­ra­ba, pe­ro qué le po­día de­cir yo... Na­da, no le po­día de­cir na­da, só­lo es­pe­ra­ba que él me ha­bla­ra”.

 

En el vestuario cuando ya la rompía en las inferiores del Rojo.

En el vestuario cuando ya la rompía en las inferiores del Rojo.

 

 

Con la copa de subcampeón, en una gira con el Rojo, por Villa María, Córdoba.

Con la copa de subcampeón, en una gira con el Rojo, por Villa María, Córdoba.

 

Ayer, como hoy, enganchaba y deslumbraba. Desde la Novena, se hablaba de él.

Ayer, como hoy, enganchaba y deslumbraba. Desde la Novena, se hablaba de él.

 

Ya tie­ne más ex­pe­rien­cia que ner­vios. Fren­te al ar­co, y fren­te al gra­ba­dor. “En el 2002, cuan­do sa­li­mos cam­peo­nes iba a la can­cha y mi­ra­ba a la gen­te. Y aho­ra es­toy acá, no mi­ran­do, si­no ju­gan­do. Fue to­do muy rá­pi­do, pe­ro es­toy con­ten­to por­que me es­tán sa­lien­do las co­sas bien”.

Si las co­sas le sa­len bien, a In­de­pen­dien­te le va bien. Y por eso, Fal­cio­ni se ocu­pa de mi­mar­lo. “Me acon­se­ja to­do el tiem­po y yo le ha­go ca­so. Ape­nas ten­go 17 años y me que­da mu­cho por apren­der”. No tie­ne de­ma­sia­do sen­ti­do im­po­ner­le re­glas a quien se lu­ce rom­pién­do­las to­das, pe­ro su ni­vel lo pu­so en vi­drie­ra y hoy sus to­bi­llos, aun­que igual­men­te im­pre­de­ci­bles, son teo­ría pa­ra to­dos los ri­va­les. “Ju­lio me ex­pli­ca có­mo ten­go que sa­lir de la mar­ca, por­que ya me in­ten­tan to­mar de cer­ca pa­ra no de­jar­me ju­gar. Por eso, to­da la se­ma­na prac­ti­ca­mos mo­vi­mien­tos que me per­mi­tan re­ci­bir la pe­lo­ta so­lo”.

Me­nos ima­gi­na­bles eran sus arran­ques ex­plo­si­vos en tiem­pos de Me­not­ti, cuan­do na­die con­ta­ba con su as­tu­cia. No du­dó el Fla­co en ase­ve­rar que “Agüe­ro es pa­re­ci­do a Ro­ma­rio”. Al­go exa­ge­ra­ba, qui­zás, al­go en­ten­día. “Me­not­ti es­tu­vo en una pre­tem­po­ra­da con­mi­go y ca­si me­dio cam­peo­na­to. Me acon­se­jó bien al prin­ci­pio, y ya des­pués no me di­jo na­da… Yo sa­bía lo que que­ría, aun­que no me di­je­ra na­da”, acla­ra.

Su pre­sen­cia tie­ne de bue­no to­do lo ma­lo que pue­de te­ner su au­sen­cia. Sin Agüe­ro, In­de­pen­dien­te po­dría ser un per­fec­to tan­que de gue­rra, pe­ro sin ba­las. Kun tie­ne la con­ce­sión de la crea­ti­vi­dad. Y ese pe­so no le pe­sa. “En es­te mo­men­to ha­blan de mí por­que es­toy pa­san­do un buen mo­men­to –en­fa­ti­za–, pe­ro el mé­ri­to es de to­do el equi­po. Son los de­más los que me­ten fuer­te pa­ra po­der dár­me­la a mí y que yo ha­ga una gam­be­ta. So­lo no pue­do”.

Si so­lo no pue­de, lo di­si­mu­la bas­tan­te bien, por­que na­die se dio cuen­ta. Y los me­dios, me­nos. “Es jo­di­do el te­ma de la pren­sa, por­que me lla­man por te­lé­fo­no cons­tan­te­men­te pa­ra pe­dir­me no­tas, aun­que ya les ha­ya da­do un mon­tón. De tan bue­no, yo nun­ca de­cía que no, y en­ton­ces to­dos me em­pe­za­ron a lla­mar por­que sa­bían que ac­ce­día de una. Y así to­dos los días in­ten­tan sa­car­me al­go, bue­no o ma­lo. Por eso, cam­bié de ac­ti­tud. Aho­ra, cuan­do no ten­go ga­nas de dar una en­tre­vis­ta, sim­ple­men­te lo di­go”.

Vuel­ve a son­reír. Con­si­de­ra que su pa­dre tam­po­co pue­de so­lo. Se le­van­ta e irrum­pe en el par­ti­do de fút­bol te­nis que Leo­nel es­tá per­dien­do con­tra uno de los re­pre­sen­tan­tes. “Vos no po­dés sa­car así”, re­cla­ma, y le qui­ta la pe­lo­ta. “Así se sa­ca”, sen­ten­cia. Y vuel­ve a sen­tar­se. In­dig­na­do.

Lo­cu­ra de los me­dios, lo­cu­ra de la gen­te, lo­cu­ra, ge­ne­ral, jus­ti­fi­ca­da. No es un pi­be que jue­ga lin­do, es un fue­ra de se­rie, una má­qui­na del tiem­po ha­cia el In­de­pen­dien­te más lí­ri­co, un cha­pa­rrón de fút­bol que no caía en Al­si­na y Cor­de­ro des­de ha­ce más de una dé­ca­da, cuan­do el par­to ex­plo­si­vo de Pan­chi­to Gue­rre­ro y la de­li­cio­sa apa­ri­ción de Gus­ta­vi­to Ló­pez lle­na­ban la pan­za de fút­bol ca­se­ro. 

“El clic…”, arran­ca y fre­na, lo mi­ra al fo­tó­gra­fo, le ha­ce “clic” emu­lan­do una fo­to y po­ne esa ca­ra de ne­ne ma­lo que rom­pe la pa­si­vi­dad de su dis­cur­so. “… el clic con los hin­chas fue el par­ti­do con­tra Ra­cing. Des­de ahí, em­pe­za­ron a pe­dir­me más. Aho­ra, de­bo tra­tar de que la gen­te si­ga con­ten­ta”.

Po­co a po­co, la pu­ra fe­li­ci­dad de ver­lo ju­gar em­pie­za a con­ta­mi­nar­se con el tó­xi­co te­mor a no ver­lo más por es­tas tie­rras. Tar­de o tem­pra­no, par­ti­rá. Pe­ro acá, ahí o en cual­quier la­do, se­rá ar­gen­ti­no, y eso al me­nos por aho­ra no se cam­bia con pla­ta. “Siem­pre so­ñé ju­gar en la Se­lec­ción. Sé que la gen­te de otros clu­bes tam­bién me quie­re y creo que exis­te al­gu­na chan­ce, pe­ro si me ba­jo­neo, no voy a lle­gar. Ten­go que se­guir co­mo has­ta aho­ra, pa­ra tra­tar de te­ner una po­si­bi­li­dad. Es lo que más quie­ro”, ex­pre­sa.

 

A los 9, llegó al Rojo y al fútbol de 11.

A los 9, llegó al Rojo y al fútbol de 11.

 

 

Tuvo tiempo para encariñarse con la 10: lo acompañó en todas las inferiores.

Tuvo tiempo para encariñarse con la 10: lo acompañó en todas las inferiores.

 

Quie­re es­tar. Co­mo sea, don­de sea, y pron­to. “Yo su­pon­go que si me con­vo­can se­rá pa­ra ju­gar de me­dia pun­ta, de tres cuar­tos pa­ra arri­ba –ima­gi­na–. Pe­ro no sé. To­da­vía no me ci­ta­ron. Y si eso pa­sa, ve­re­mos dón­de me po­nen. Si me di­cen que jue­go de dos, voy igual”.

Fal­ta na­da pa­ra Ale­ma­nia 2006. Y al res­pec­to, Ser­gio ela­bo­ra un aná­li­sis in­trín­se­co que ex­pre­sa con én­fa­sis y que ori­gi­na una de­duc­ción pa­ra la re­fle­xión: “El que no quie­re es­tar en el Mun­dial, es un bo­lu­do”.

Na­ció don­de na­cen to­dos los que jue­gan a ju­gar. “En el baby, apren­dí mu­cho por­que la can­cha chi­qui­ta te obli­ga a pi­sar la pe­lo­ta y a pa­tear al ar­co. Des­pués, en can­cha de 11, aun­que es dis­tin­to, hay que do­mi­nar­la igual”. So­li­to estudió la ma­gia de la ima­gi­na­ción y las ma­nias del fút­bol cru­do, pa­ra que In­de­pen­dien­te só­lo tu­vie­ra que im­pri­mir­le los mús­cu­los. “A los 5 años ju­ga­ba en mi club de ba­rrio, Lo­ma Ale­gre de Quil­mes. Dos años des­pués, me fui a Los Pri­mos, can­cha de 7. De ahí, a 1° de Ma­yo,  a Pe­lle­ra­no, a De­fen­so­res de Bel­gra­no, que no es el De­fe que co­no­cen to­dos, a De­fen­so­res del Mon­te, a Cru­ce­ci­ta Es­te… Y a los 13 años de­jé el baby”.

La fi­de­li­dad ab­so­lu­ta que con­ser­va en can­cha de 11 con In­de­pen­dien­te, des­de los 9 años, evi­den­te­men­te no lo iden­ti­fi­có en el baby con nin­gún club. Mu­cho me­nos, con un co­le­gio. “Em­pe­cé en la es­cue­la nú­me­ro 20, de Ber­nal, cuan­do vi­vía en la vi­lla –re­cuer­da–. Des­pués, me mu­dé y me fui a la 36, de Quil­mes. Lue­go pa­sé a la Al­to Sol, una pri­va­da de Ber­nal, a la que me man­dó el club, pe­ro no me gus­ta­ba. Y ahí re­pe­tí. Me vol­ví a cam­biar a la 56, de Quil­mes, y a los 15 años tu­ve que de­jar, cuan­do hi­ce mi pri­me­ra pre­tem­po­ra­da”.

Agi­ta­da su edu­ca­ción fut­bo­lís­ti­ca for­mal, la más im­por­tan­te es­tu­vo afue­ra, sin club, ni ca­mi­se­ta, sin bo­ti­nes, ni re­fe­rí: “De lu­nes a vier­nes, to­dos los días me pa­sa­ba ho­ras y ho­ras ju­gan­do a la pe­lo­ta. Vol­vía del co­le­gio y me iba a la ca­lle has­ta las 8 de la no­che”.

No se lim­pia la tie­rra del po­tre­ro, se me­te en la piel y se que­da en las ve­nas. Hoy ha­ce lo mis­mo que allá, pero acá, frente a mi­les de per­so­nas. Y la Vi­se­ra se de­rrum­ba an­te sus gam­be­tas. El ru­gi­do que lo re­ci­be ca­da do­min­go ha­ce pre­ver el ma­nan­tial de lá­gri­mas que rebasa­rá el fo­so si Julio Com­pa­ra­da tie­ne la su­fi­cien­te in­sen­si­bi­li­dad co­mo pa­ra dar­lo en adop­ción.

No es un te­ma fá­cil, y me­nos an­te la mi­ra­da aten­ta de Her­nán, uno de sus re­pre­sen­tan­tes. “El 75 por cien­to de mi pa­se es de In­de­pen­dien­te, y el 25 de Li­ber­man –afir­ma–. Yo ten­go con­tra­to has­ta ju­nio, y de to­do eso que di­cen no sé na­da. Si fue­ra por lo que yo quie­ro, me que­daría acá, en In­de­pen­dien­te, pa­ra sa­lir cam­peón, pe­ro si hay una ofer­ta bue­na se­gu­ra­men­te los di­ri­gen­tes me van a que­rer ven­der, por­que les vie­ne bien a ellos eco­nó­mi­ca­men­te y a mí tam­bién... Hoy es­toy acá, con­ten­to, y es­pe­ro se­guir has­ta ju­nio”.

 

Haciendo se las suyas frente a Vélez.

Haciendo se las suyas frente a Vélez.

 

 

Agüero, un crack de potrero que deslumbró en Independiente y triunfó en el mundo.

Agüero, un crack de potrero que deslumbró en Independiente y triunfó en el mundo.

 

Sue­na só­li­da la pa­la­bra ofi­cial, fren­te a los ru­mo­res que lo vis­ten con los co­lo­res del Chel­sea, y no hay mo­ti­vos pa­ra du­dar de Kun, pe­ro una con­fe­sión lla­ma­ti­va le­van­ta la per­sia­na ha­cia un ho­ri­zon­te, qui­zá, de­ma­sia­do cer­ca­no: “Me gus­ta­ría ju­gar en Eu­ro­pa, y más que na­da en In­gla­te­rra. El fút­bol in­glés es me­dio jo­di­do, pe­ro me atrae”. Só­lo fal­ta que lo di­ga en in­glés. “Mi­ro mu­cho fút­bol por la te­le. So­bre to­do, de In­gla­te­rra –in­sis­te–. Así uno apren­de tam­bién. Yo pre­fie­ro el fút­bol in­glés  an­tes que el es­pa­ñol o el ita­lia­no. No sé por qué, pe­ro me gus­ta más. De chi­co, me en­can­ta­ba Owen, y siem­pre lo se­guía en el Li­ver­pool. Así me en­gan­ché. Ahí le pe­gan muy bien de afue­ra. Y los ju­ga­do­res tie­nen a la gen­te al la­do. Eso es­tá bár­ba­ro”. ¿Okey?

Por lo pron­to, cre­ce y cre­ce en In­de­pen­dien­te, con la 10. La par­ti­da del Po­cho In­súa ha­bía de­to­na­do la de­ses­pe­ran­za del más op­ti­mis­ta hin­cha del Ro­jo, a principios del Apertura. No ha­bía áni­mos pa­ra en­tu­sias­mar­se con una pe­lí­cu­la, si es­ta­ba ven­di­da la vi­deo. Y en­ton­ces, apa­re­ció él, pa­ra echar­la a ro­dar. “Cuan­do me di­je­ron que me iban a dar la 10, pen­sé que era joda. Me lo ade­lan­tó mi re­pre­sen­tan­te y le di­je que si era cier­to le re­ga­la­ba la ca­mi­se­ta… Se la tu­ve que entregar”. Le die­ron la ca­pa del Bo­cha y un car­net de con­duc­tor, pa­ra un trans­por­te de car­ga. Ahí va, pi­san­do el ace­le­ra­dor. “Era muy lin­do jugar con el Po­cho, pe­ro se fue. El se lle­va­ba va­rias de las pa­ta­das que aho­ra me pe­gan a mí… Igual, hay ju­ga­do­res de ca­li­dad, y yo sé que me quie­ren mu­cho, por­que qui­zá pue­do de­fi­nir un par­ti­do”. Qui­zá, y has­ta por ahí, un Mun­dial.

 

NUNCA TE VOY A OLVIDAR

En esas paredes de­co­ra­das por su ma­dre co­mo un tem­plo ku­nis­ta no que­da es­pa­cio pa­ra otro fut­bo­lis­ta. Sin em­bar­go, allá, junto a la puerta, hay un por­ta­rre­tra­tos que no tie­ne a Agüe­ro co­mo pro­ta­go­nis­ta. Son dos fo­tos, un ho­me­na­je. “Yo era quien más es­ta­ba con Emi­lia­no. Com­par­ti­mos el baby en Cru­ce­ci­ta Es­te, In­de­pen­dien­te y la Se­lec­ción. Pa­sá­ba­mos to­do el tiem­po jun­tos”. Emi­lia­no es Mo­li­na, el ar­que­ro del Ro­jo que mu­rió en ju­nio, tras un ac­ci­den­te de trán­si­to.

 

Emiliano Molina.

Emiliano Molina.

 

Des­pués de la tra­ge­dia, Ser­gio vol­vió a vi­si­tar a los pa­dres de su ami­go y, tras cas­ti­gar a Ra­cing, le mos­tró al cie­lo una re­me­ra con de­di­ca­to­ria. “Cuan­do fa­lle­ció –rememora–, yo es­ta­ba en Ho­lan­da, en el Mun­dial. Y fue jo­di­do, muy jo­di­do. No lo po­día creer, pe­ro las co­sas son así. Y la vi­da si­gue”.

 

CON LA MANO DE DIOS

El Bocha no ha­bla mu­cho, pe­ro si ha­bla, ha­bla. No es fá­cil te­ner­lo en con­tra, aunque Agüe­ro no lo padeció. “Es un crack”, asevera Bo­chi­ni, desde ha­ce ocho años, cuan­do lo vio en In­fe­rio­res. “Tenemos mu­cha re­la­ción –acla­ra Ser­gio–, siem­pre nos jo­de­mos. Es el má­xi­mo ído­lo del club y es di­fí­cil ocu­par su lu­gar, pe­ro oja­lá pue­da lle­gar tan al­to y me quie­ran co­mo a él”.

El bocha, desde que lo vio en inferiores, lo apadrina. “Hablamos mucho”, destaca Kun.

El bocha, desde que lo vio en inferiores, lo apadrina. “Hablamos mucho”, destaca Kun.

 

Va­rios 10 que se le atra­gan­ta­ron al Bo­cha ter­mi­na­ron vo­mi­ta­dos por la Vi­se­ra. El cie­lo o el pur­ga­to­rio de­pen­den de esa mi­ra­da, y Agüero sabe que esa mi­ra­da quie­re mi­rar­lo: “Nos lle­vamos muy bien. Ha­bla­mos de fút­bol eu­ro­peo y de cual­quier co­sa. Siem­pre me di­ce que me cui­de por­que me van a pe­gar mu­cho... Eso es lo que más me repite”.

 

KUN Y ROMAN JUGARON JUNTOS

 

El dibujo al cual se hace referencia.

El dibujo al cual se hace referencia.

 

En las co­li­nas, cer­ca de la Mon­ta­ña del Fue­go, Wan­pa­ku Omu­kas­hi Kum-Kum vi­vía jun­to a su tri­bu en la pre­his­to­ria de un di­bu­ji­to ani­ma­do ja­po­nés, del que só­lo existen 26 ca­pí­tu­los. Esa ca­ri­ca­tu­ra era el tran­qui­li­zan­te que re­ci­bía Agüerito de su ma­má, mientras se vivía Italia 90. En­ton­ces, un abue­lo pos­ti­zo, ins­pi­ra­do en el ca­ver­ní­co­la y en los juguetes destrozados por Ser­gio, lo bau­ti­zó “Kum Kum”. Que por lar­go, se hi­zo Kum. Y que na­die sa­be por qué, se hi­zo Kun. Cu­rio­sa­men­te, otro per­so­na­je de la mis­ma sa­ga se lla­ma Ro­mán… ¿Vol­ve­rán sus aven­tu­ras?

 

 

Por Nacho Levy (2005).

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