¡Habla memoria!

La vieja Pulisa. Por Borocotó

Por Redacción EG · 10 de julio de 2019

“Era francesa; educada, fina, pero tenía bigote… En otro barrio su bigote hubiera pasado; en el nuestro no.”. Así comienza Borocotó una nueva historia sobre aquella típica barrita del barrio, maleducada, pero con corazón.

Era francesa; educada, fina, pero tenía bigote. Un bigote raleado, canoso, grotesco. La ridiculizaba tanto que a nuestros ojos desaparecían todas las virtudes de aquella buena señora. En otro barrio su bigote hubiera pasado; en el nuestro no. Éramos muy mal educados.

Un día se enojó.

—¡ Voy a llamar a la pulisa! — dijo. Y le quedó el nombre. Para siempre fue la Vieja Pulisa. Anteriormente le habíamos dicho Vieja Bigotuda, pero no nos gustaba. Pese a nuestra falta de educación, ese mote nos parecía muy ofensivo. Además, carecía de gracia.

 —Vaya... Vaya a llamar a la pulisa... — le decíamos en cuanto aparecía en su balcón protestando por un pelotazo.

—Mejor que llame al peluquero — le dijo en cierta oportunidad Manyasupa.

—No, che; no... ¡Eso no! — protestamos un tanto avergonzados.

Su casa estaba tan estratégicamente ubicada que nos servía de referencia.

 —¿ Dónde hago el arco?

 —De la casa de la Vieja Pulisa para allá.

Siempre igual: para acá o para allá de la Vieja Pulisa.

Llegó un momento en que no salía a protestar. Jugábamos frente a su puerta, retumbaban los pelotazos y la Vieja Pulisa no aparecía. Al advertirlo, comprendimos que estaría enferma. Entonces hicimos el arco más acá. Tuvimos ese gesto del cual la Vieja Pulisa no se habrá enterado.

Una mañana vimos crespón en su puerta. Había muerto. Nos sobrecogió el temor. Experimentamos el arrepentimiento de haberla ofendido tantas veces. Recordamos cuando nos dijo que Dios nos iba a castigar. No obstante, quisimos verla en el ataúd. Existía la curiosidad de ver por última vez su bigote. Quién sabe cómo habría quedado, qué aspecto tendría.

Fuimos. Apretados entre sí, mirando a hurtadillas, saciamos nuestra curiosidad. Su bigote se destacaba sobre la faz pálida. Más poblado, más duro, tenía algo de reproche. Parecía un imán que nos atraía.

 ¡Qué alivio cuando nos hallamos ya fuera de su casa! Respiramos libremente y hasta tuvimos fuerza para sonreír. Pero no hicimos el arco en ningún lado; ni más acá ni más allá de la casa. Llegaron nuevos días y se reanudaron nuestros juegos.

 —Che, ¿dónde hago el arco?

—De la casa de la Vieja Pulisa para allá.

Para nosotros siguió viviendo. Le hicimos ese triste homenaje.

 

Borocotó (1934)

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