¡Habla memoria!

2001. La definición del Clausura

Por Redacción EG · 03 de julio de 2019

Fecha 18: la clave del Clausura. El Ciclón ganó su partido, River perdió el suyo frente a Huracán, que logró lo impensado, que todo San Lorenzo grite un gol suyo. Duro cruce entre Babington y Gallego. CRÓNICAS Y VIDEOS.

CON LOS GOLES BIEN PUESTOS

Estaban flotando en el aire aquellas imágenes del domingo 15 de agosto del 81. Como la pintura de un tiempo con cicatrices y gozos interminables. El penal de Eduardo Delgado que atajó el arquero uruguayo Mario Alles, el otro penal que convirtió el Loco Salinas. Argentinos en Primera División, San Lorenzo a la B.

Estaba todo: los cantitos maliciosos, los recuerdos todavía calientes, la rivalidad encendida, la bronca de algunos por el ayer, las invocaciones a la Copa que el Ciclón nunca pudo conquistar, los amagues de peleas en las plateas y los gritos que salen del alma. Estaba todo; faltaba el fútbol de hoy. Y el hoy de San Lorenzo, prácticamente con el Clausura en el bolsillo después de la nueva paliza que se comió River, victimizado por Huracán y burlado por Derlis Soto, verdugo declarado del equipo dirigido por el Tolo Gallego. San Lorenzo jugó a la altura de las circunstancias. ¿Esto qué significa? Que denunció actitud. Que tuvo hambre. Que no fue tibio. Que asumió el partido con la polenta anímica y física con que hay que afrontar los compromisos decisivos. Y esto tiene un valor que también se merece un campeonato, porque en circunstancias definitorias supera la virtud para manejar la pelota.

Es lo que se tiene adentro. Es corazón, huevos, entrega, personalidad, temperamento, fibra, garra y todo lo que tenga relación directa con la fuerza interior.

No estamos haciendo la apología del sacrificio por encima del juego, porque no es adecuado subvertir los valores, pero en situaciones de extrema necesidad el fútbol también requiere de un aporte extra y de una actitud muy sensible para privilegiar la vieja y querida mentalidad ganadora. Porque existe. Porque no es verso. Porque determina las posibilidades, aunque en perspectiva parezca una figura intangible, volátil y casi inaccesible para interpretarla en su real dimensión.

San Lorenzo adoptó esa mentalidad ganadora. La tiene. La sumó a su repertorio mucho más rápido de lo que el técnico chileno Manuel Pellegrini podía sospechar. Pero el fútbol tiene estas cosas. Esta magia. Este sano desconcierto. Y le pasó al Ciclón. Es mentalidad y es convicción. Para querer y proponer. Para ganar diez partidos consecutivos, luego del 1-3 frente a River, con baile incluido.

Argentinos Juniors no era un desafío sencillo. Estaba obligado a sumar para zafar de la promoción. Pero San Lorenzo lo demolió. Y en pleno desarrollo del partido se nos cruzó una instantánea de Argentina ante Colombia. Que también era el enfrentamiento entre la potencia y la levedad. Argentina mató. Colombia quedó de rodillas en una ráfaga. Algo de esto ocurrió en Caballito. San Lorenzo pareció impregnarse de aquella potencia. Argentinos, en cambio se mimetizó con Colombia por su fragilidad acariciada por algunos toques afortunados.

Como el último domingo, en un cuarto de hora, San Lorenzo resolvió todo. Dos centros, dos cabezazos estupendos de ese magnífico especialista que es Romeo y la historia que comenzó a terminarse cuando apenas se habían consumido 35 minutos.

Decíamos en partidos anteriores que San Lorenzo tiene el gol fácil. Que no lo anuncia, que no necesita sumarse a un trámite muy favorable para golpear con contundencia. La realidad es que lo volvió a de-mostrar. Cuando se acerca al área rival, lastima. Cuando va al frente, genera la sensación de que el gol puede ser inminente. Esto por supuesto no es científico, pero es lo que transmite.

Y si el contagio que se recicla en las tribunas y vuelve al campo convertido en rigor futbolero se adoba con producciones individuales inquietantes, como las de Estévez, Romagnoli y Romeo, la película no es imprevisible. Es que lo sufren los rivales a San Lorenzo. Sufren este momento. Esta convicción para meter el pie en el acelerador y frenar en los instantes adecuados. Porque no es kamikaze el equipo. Va, pero no se desprotege. Va, pero no lo seduce la idea del suicidio colectivo. Y esto tiene un nombre: funcionamiento.

Es que se sabe a qué juega el Ciclón. Es un equipo de ataque que contempla el orden. De hecho, en los últimos 6 partidos no le convirtieron goles. La primera impresión dirá que conserva el equilibrio. Y es cierto. El equilibrio que caracteriza a los buenos equipos. Quizá por eso en la segunda etapa se bancó muy pocos contratiempos de parte de un Argentinos al borde de un ataque de nervios. Tuvo la goleada servida en bandeja y extrañamente no la supo concretar, pero esta debilidad eventual del martes por la noche no invalida lo anterior. Esa potencia para destruir en un par de arranques fulminantes.

Todo indica que ya está. Que no hay más nada que decir respecto de la definición del torneo. Por otra parte, así lo entendió su gente, cantando bajo un cielo de luna y misterio. Le falta recibir a Unión en el Nuevo Gasómetro para completar la faena. River está demasiado lejos como para creer en un virtual asalto a la ilusión. Y San Lorenzo parece imparable.

Está bien. El equipo superó sus flaquezas en plena marcha del campeonato. Trascendió el escepticismo de sus propios hinchas. Y supo creer en un proyecto, en un tiempo donde los proyectos son quemados por las urgencias. Ganó. Y no paró de ganar. La vuelta olímpica está ahí. Ya fue más que River. Y mucho más que el resto. La yapa la puede regalar el próximo domingo.

Por Eduardo Verona.

 

Argentinos 0 - 2 San Lorenzo

 

 

 

 

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

"Les pido perdón a los hinchas porque no les pudimos dar un campeonato", alcanzó a murmurar Américo Gallego, con la voz entrecortada por la angustia. Película repetida habrán pensado los hinchas de River: las mismas palabras que hace seis meses, la misma ocasión desperdiciada en la agonía del campeonato, el mismo error de cálculo para jugar todo a dos campeonatos cuando no da el plantel y se terminan regalando ambos porque no hay piernas ni resto anímico para remontar la cuesta, el mismo rival que en el Clausura (Huracán), el mismo verdugo (Derlis Soto), la misma impotencia para sentirse con la oreja mojada, con Boquita matándose de risa en un rincón, listo para preparar el asalto a una nueva Copa Libertadores. Y matándose de risa, también, porque fue el culpable de precipitar el desbarranco cuando lo goleó 3-0 en la Bombonera y comenzó a talar esa amplia ventaja de cinco puntos que llevaba River en ese momento. ¡Cinco puntos!

Se terminó un nuevo campeonato para River, aunque las estadísticas digan que todavía es posible alcanzar la punta en la última fecha. Es difícil en este momento hacer un análisis más o menos profundo; es fácil decir que Gallego se equivocó otra vez, que fue tozudo y no aprendió la lección. El veredicto de la gente, la que copó la popular de Huracán y entregó el alma, como la había entregado en diciembre del año pasado en la cancha de Lanús, fue clarísimo. Apenas el uruguayo Morales convirtió el segundo gol de Huracán, a los 15 minutos del complemento, la gente de River estalló en un canto que se extendió durante un par de vueltas: "Gallego, hijo de puta/ la puta que te parió". Ya había insinuado algo de su sentimiento dos semanas atrás, cuando en ocasión de los festejos por el Centeario, con todo para disfrutar, el hincha eligió hostigar a sólo dos personas esa noche: a Gabriel Cedrés y al Tolo Gallego.

Es triste este final. Injusto seguramente. Pocos recordarán en este momento que Gallego fue un símbolo de aquel River del 86 que ganó todo, que fue el capitán de ese equipo que por primera vez levantó la Libertadores y la Intercontinental. La caída de este símbolo, cómo fue dejando jirones de prestigio de manera precipitada en este último año y medio es una pintura precisa y también descarnada de este fútbol que devora todo.

Es evidente que Gallego falló como conductor. Existen muchísimas razones para avalar esa afirmación. Basta decir que otra vez su equipo terminó jugando con dos hombres menos cuando todavía tenía cuerda para aspirar a la hazaña (contra Lanús en el Apertura pasado perdió a Trotta a los diez minutos), que no le dio un funcionamiento mínimo al equipo, que no irradió tranquilidad ni serenidad, que se equivocó en muchas decisiones, que habló de más. Pero claro, no es el único responsable. En este primer tiempo ante Huracán, por ejemplo, River creó ocho situaciones clarísimas de gol, incluyendo un mano a mano de Cardetti difícil de desperdiciar y, sin embargo, nadie consiguió embocarla. No hay que olvidarse.

"Enterrar al técnico" es un deporte con muchísimos adeptos en Núñez. Sobran ejemplos en los últimos años. Por supuesto que antes del choque ante el Globo ya se rumoreaba por los pasillos del Monumental que el Tolo era cadáver sí o sí, campeón o segundo. Puede ser. A los dirigentes les va a resultar muy difícil sostenerlo. Sólo lo puede salvar otra circunstancia que se repitió con frecuencia en los últimos tiempos: que no exista candidato firme. Davicce quiere a Passarella, siempre fue su técnico preferido. Y todos saben el peso que todavía tiene Davicce en el club. Pero existe un detalle: a fin de año hay elecciones. Y el oficialismo no está bien perfilado para ganar. Está claro que no pueden contratar a un técnico por seis meses. Sí, en cambio, los dirigentes actuales deberían lograr un acuerdo político con los principales candidatos a ocupar la presidencia de River: Hugo Santilli y José María Aguilar. Y habrá que ver si los dos "presidenciables" le dan el OK al tándem Davicce-Pintado. Y si no se cuela otra vez entre los candidatos el eterno Ramón Díaz. Esto recién empieza.

"El nuevo técnico de River es...". Historia repetida. Como el lamento de Gallego, como el final a pura impotencia. Como el año pasado.

 

Por Diego Borinsky.

 

Huracán 3 - 2 River

 

 

 

 

Por la fecha 19 del Clausura 2001, San Lorenzo venció como local a Unión por 3 a 1, mientras que River perdió en el Monumental ante Lanús por 2 a 1. El Ciclón se consagró campeón con 47 puntos, mientas que el Millonario quedó en segundo lugar con 41.

 

El Gráfico (2001).

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