¡Habla memoria!

Aquí nació ¨Caminito¨

Por Redacción EG · 23 de mayo de 2019

Una reliquia: el encuentro con el autor del tango “Caminito” , Juan de Dios Filiberto, quien supo sentir como ninguno la hondura que esconde en su aparente trivialidad el áspero ambiente boquense.

Tiene La Vuelta de Rocha un rincón sombrío en el que la vía del tren hace una curva que es como la contorsión de angustia que un gran dolor arrancase al barrio en que las pasiones son bravías, fuertes, recias, trágicas. De un lado, tosco cerco de chapas va siguiendo a los rieles en su vuelta, mientras del otro, altas paredes cuajadas de letreros que son desafíos o sarcasmos, dan al lugar un clima de película formando un "escenario" incomparable. Aquí, en este rinconcito que parece un telón de fondo por el que va a asomar la angustia del suburbio, la inspiración vino a silbar una tonada sentimental y tierna al oído del hombre que podía escucharla, sentirla y hacerla canción, verso y tango; aquí nació a la vida "Caminito", el lloro de un alma que se siente sola, el dolor que se hace canto para salir del corazón en una melancólica romanza suburbana.

Juan de Dios va a pedirle temas a los muelles y de ellos sacará dentro de poco un tango nuevo, en el que el gran compositor hará hablar a los viejos barcos y a los hombres que encanecieron en ellos escuchando la canción de las aguas y los vientos.

Juan de Dios va a pedirle temas a los muelles y de ellos sacará dentro de poco un tango nuevo, en el que el gran compositor hará hablar a los viejos barcos y a los hombres que encanecieron en ellos escuchando la canción de las aguas y los vientos.

Quizá FIliberto había visto un día a la pareja cruzar los rieles hombro contra hombro, unidos desde las bocas que se iban besando hasta las rodillas que al caminar se acariciaban. Tal vez Juan de Dios sonrió al ver al varón curtido endulzar el gesto para robarle una caricia a la muchacha en el momento de separar sus manos que hasta entonces habían ido entrelazadas. Es posible que el músico hubiese sufrido en lo hondo de su ser el latigazo que sienten los hombres al escuchar — en el silencio de la noche obscura — el suave chasquido de labios que sellan lo que antes dijeron con palabras. Lo cierto es que en esta curva de acero de los rieles, en una hora melancólica y triste en que los muchachos habían dejado quieta "la de trapo", y en que el vigilante vino a darle al paisaje la única nota de ambiente que antes le faltaba, él, Juan de Dios Filiberto, sintió que en lo profundo de su corazón sonaba, melancólica y lánguida, la primera estrofa musical con que empieza su poema...

—Caminito que el tiempo ha borrado...

Tiene Juan de Dios el privilegio de sentir como ninguno la hondura que esconde en su aparente trivialidad el áspero ambiente boquense. Tal como Quinquela captó el ritmo de su esfuerzo, el movimiento afiebrado de sus muelles, así Filiberto supo absorber del aire, de la luz, del paisaje entero la nota sentida: en que se oye la tragedia de la "muchachita buena que un hombre engañara", del varón que se quedó sin sombra desde "que se fue Ia que nunca más volvió por el caminito ahora borrado"..., del hombre que supo de las alegrías viriles que se gozan al estrechar una cintura que se hamaca al compás de un bandoneón hecho orquesta de deseos y que luego lloró con bramidos de fiera su juventud perdida detrás de los barrotes de una celda.

Otros también han encontrado a veces el acento que describe exactamente el amor, el dolor y la tragedia del arrabal que trabaja, sufre y goza; él lo obtuvo siempre sin esfuerzo, como si lo llevara dentro de sí..., como si no tuviese más que abrir su corazón para escuchar la nota justa, la nota que dice — en el tono menor de las tragedias de todos los días — cómo se puede hacer enorme una pasión humilde, cuando ella ha pasado — ennobleciéndose — por el sentimiento artístico de un músico que lleva en sí el armonium de un gran cuore.

¡Fue aquí! — señala Filiberto parándose entre los rieles de la vía. — Aquí empezó a cantarme adentro "Caminito", y de aquí lo llevé — como a un pichón caído del nido que se recoge y se envuelve en el pañuelo — a la quietud de mi casa en la que me encerré para escuchar, con los ojos cerrados, la melodía que estaba naciendo en lo hondo de mí mismo. Hay veces en que siento que la música brota de mí como agua que, al salir, cantara... Encuentro el hilo de la frase inicial, me tapo los ojos con las manos, escucho— y luego saco del teclado las notas que siento en el alma. Así han nacido casi todos mis tangos, casi toda mi música... Es como si antes de dársela al público, me complaciera en regalársela a mis oídos, a mi emoción, a mi sentimiento... Y de inmediato sé yo si mi trabajo es bueno..., si ha de gustar..., si tendrá la suerte de correr de boca en boca, silbado, sentido, cantado por los labios de media república.

Toda la barra de chiquilines sigue a Filiberto como a un hermano mayor al que se quiere y se respeta. Y a veces, Juan de Dios les da el regalo de hacerles oír un recital de su emotiva música.

Toda la barra de chiquilines sigue a Filiberto como a un hermano mayor al que se quiere y se respeta. Y a veces, Juan de Dios les da el regalo de hacerles oír un recital de su emotiva música.

— ¿Y cómo lo sabe, Filiberto?

—Porque antes de hacer llorar a las demás, mi música pone lágrimas en mis ojos, cuando es buena.

Filiberto…

— ¡Juan de Dios!...

— ¡Maestro!

Toda la chiquillería de la Boca es amiga de su músico, del hombre que — con Quinquela Martín — hizo más por el barrio que todos los ediles juntos. Cada vez que Juan de Dios asoma sus largas patillas y su sombrero inconfundible, la muchachada corre detrás de él para ver cómo está su ánimo:

—Diga, Filiberto, ¿no toca hoy?

Porque a veces Juan de Dios abre su balcón al barrio y le suelta las palomas de su música echada a volar por sus propios dedos. Y en los días en que el rostro de Filiberto se adorna con una sonrisa, el enjambre de chicos lo sigue. Allá va el muschinga Pancho, Josesito "el cara e loco", Luis el gordo, Peipín el de la fonda, la Manuela con su gran moño blanco en la cabeza y la rubia Rosita, que aunque va descalza es también de las que harán honor al pedigree xeneise. Y con ellos marcha el negrito Juan, Luighin el Pistola, el panadero, la María, Pichín con sus tiradores desparejos, Pedro, el que fue a comprar vino al almacén y siguió atrás de la banda llevándose la botella...

Son días de gran fiesta en los que la muchachada se sienta en la vereda a escuchar a Juan de Dios, a quien oye en silencio, a quien aplaude luego con un cerrado aplauso y a quien pide en seguida a gritos...

—La Vuelta e Rocha... diga... Filiberto... Toquesé la Vuelta...

—Ladriyo... Juan de Dios... mandesé Ladriyo...

— ¡No señor, Langosta!... Pero casi siempre se ponen de acuerdo cuando una de las chicas reclama...

— ¡Que toque Cuando yora la Milongal...

Y entonces, hasta aplauden antes de escuchar el rezongo malevo del tango más taura que oyó Buenos Aires.

Aquí nació "Caminito" — nos cuenta Filiberto. — El ambiente, el paisaje, la hora y los recuerdos trajeron a mí los compases que luego dieron vuelta al mundo dejando en cada pueblo un poco de la emoción sentida en este rincón de la Vuelta de Rocha.

Aquí nació "Caminito" — nos cuenta Filiberto. — El ambiente, el paisaje, la hora y los recuerdos trajeron a mí los compases que luego dieron vuelta al mundo dejando en cada pueblo un poco de la emoción sentida en este rincón de la Vuelta de Rocha.

Lo malo es que hay días en  que Juan de Dios regresa de su larga caminata por los muelles con un humor sombrío. Le fue a pedir inspiración al viejo puente de hierro, a las barcas, al agua sucia, al sol, al olor a brea, a la lona reseca de las velas, al palo que sube hacia lo alto y a la cadena del ancla que se hunde allá en el fondo obscuro del agua pardusca... Y viene sin nada en el oído, un poco cansado y otro poco triste. Llega así a su casa, se encierra a soñar y el clamor de los chicos lo enoja:

— ¡Salgan de ayí!... ¡A ver un poco si se van más lejos! Ellos obedecen, silenciosos, calladitos...

—Don Juan está hoy con los nueve... Vamosé antes de que se enoje del todo...

Pero resulta que ese día la suerte ha querido que alguien "sintiese" desde lejos lo que pasa por el alma del músico y que se allegase a distraerlo. Azucena, la gaucha, la sin par Azucena Maizani viene a visitar a Juan de Dios y entonces todos los chiquillos corren detrás de ella...

— ¡Azucena!... ¡Gaucha! —la recibe Juan de Dios. — ¡El hambre que tenía de oírte!

— ¡Y yo de verte, Juan de Dios!

— ¿Vas a cantarme algo?

—Toca lo que vos quieras.

Y cuando los dedos de Filiberto han arañado en las teclas uno de sus tangos y la voz rica en pasión de Azucena ha dicho la letra con toda su alma, de afuera viene un aplauso que se estira y se prolonga..., que parece venir del aire, de la tierra, del agua... Y cuando Juan de Dios quiere cerrar las persianas para aislarse más con su genial intérprete, ella le dice...

— ¡Dejá abierto el balcón! ¿No ves que así también ellos, los pibes, tendrán hoy día fiesta?

 

EL GRÁFICO (1939).

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