¡Habla memoria!

1988. Los duendes de la raya viven en Caniggia

Por Redacción EG · 17 de mayo de 2019

El fútbol argentino lo estaba esperando, era necesario que vuelvan los wines y finalmente apareció Caniggia. El Gráfico reúne a la nueva joya con dos de los grandes: Houseman y Bernao, expertos en el puesto.

Los cincuenta. Aquellos años en blanco y negro de la televisión recién nacida, del ambiente pueblerino todavía, con el panadero, el lechero y el hielero casa por casa y día por día... Por aquellos años llegó a la fama Oreste Omar Corbatta. Flaco, chueco y desgarbado, con el potrero escapándole por cada poro. Cuenta la historia que un día, jugando para Racing contra Chacarita, este personaje agarró la pelota en mitad de cancha y encaró para su propio arco, a toda velocidad. El estadio se llenó de estupor, los compañeros empezaron a asustarse y a gritarle, pero él siguió, como si nada. Cuando estaba llegando al área, dos rivales lo aparearon: Restivo por un lado, Mario Rodríguez por el otro. Negri, el arquero, salió a pedirle la pelota. Corbatta levantó la cabeza, lo vio, frenó de golpe, giró y arrancó para el arco de Chacarita. El porrazo que se pegaron Restivo y Rodríguez, que venían con todo, fue monumental. Por alguna cosa como ésta fue que le gritaron por primera vez aquel mote, ¨un piropo al lado de las cosas que me decían desde el alambrado¨. Le gritaron "¡Loco!" y fue el primero...

Bernao, Caniggia y Houseman. Tres generaciones reunidas por EL GRÁFICO en esta bellísima foto de Ricardo Alfieri.

Bernao, Caniggia y Houseman. Tres generaciones reunidas por EL GRÁFICO en esta bellísima foto de Ricardo Alfieri.

Los sesenta. Años de revolución, hippies y rock and roll. La juventud se libera y se expresa y quiere cambiar el mundo... Un muchacho de Sarandí, callado y taciturno, aparece en la primera de Independiente con un desenfado para jugar tan particular como su personalidad. Raúl Emilio Bernao. Arranques impensados, largas desapariciones, otro arranque genial... "Todos se acuerdan del baile que le di a Matosas, cuando jugamos contra River. Pasó que ese día estaba enojado, sí, enojado. Los periodistas habían hecho una encuesta entre los jugadores, a ver cómo armábamos la Selección, y el uruguayo no me había puesto... ¿Ah, sí?, me dije, ya te voy a agarrar... Y al partido siguiente lo bailé: le pasaba la pelota por un lado y la iba a buscar por el otro, lo esperaba. Ganamos 2-0 y los dos goles vinieron por jugada mía... Me había hecho enojar". Por cosas así, a él también le gritaron, aunque el apodo nada tuviera que ver con el hombre, maduro y responsable. ¨iLoco!¨, le gritaron, y fue el segundo...

Los setenta. La década heredó las consecuencias de la llegada del hombre a la Luna, se conmocionó con el auge de los medios de comunicación, vivió a un ritmo infernal... Y René Orlando Houseman no quería salir de la villa. Con una devoción fanática a sus principios y a su gente seguía allí, cuando ya era la estrella de Huracán y la Selección. La genialidad permanente, los piques insólitos, los goles maravillosos, la magia de dos piernitas chuecas y creativas... Jugaba para el Globo contra Ferro, De Filippo no lo podía parar: René se hamacaba y se iba por afuera, frenaba y enganchaba para adentro, picaba en diagonal y arrasaba... De golpe se paró. Pasó cerca de su marcador, se sacó la tirita de las medias que rara vez se ataba y se la pasó por encima del hombro. Agarrame, Tano...", le dijo, y De Filippo todavía lo está corriendo. Una travesura, una de las tantas que obligó al apodo, sin maldad. "¡Loco!", le gritaron, y fue el tercero...

Los ochenta. ¡Ah, los ochenta, década que nos toca vivir! Le dicen la era de la tecnología, de la computación y todo eso, pero también puede ser de la crisis, de la lucha por no deshumanizarnos... A Claudio Paul Caniggia le tocó ésta, y la vive a su manera. Un pibe. Un pibe que vino de Henderson, su pueblo, a la gran ciudad, cuando empezaba a crecer y se convirtió en lo que es: carismático, pintón, se tiñe el pelo porque le gusta, usa arito porque le gusta, jeans, zapatillas, el uniforme de hoy. Sin darse cuenta, se hizo famoso: una velocidad de otro mundo, una audacia ilimitada. Apenas llegada la primera de River, llegó también la venta a Italia, Europa, dólares, el éxito. El éxito a los 21 años, ¿enloquece?... Tomó la pelota sobre la derecha, más cerca de su área que de la mitad de la cancha. Encaró hacia el arco de San Lorenzo contra todo San Lorenzo. Cruzó la mitad de la cancha con pelota dominada y siguió. El asombro lo acompañaba. El pique de ese hijo del viento llegó hasta las puertas del área de Chilavert. De allí sacó un terrible zurdazo que se metió en forma de golazo... Los hinchas de River deliraron, el estadio parecía caerse. Caniggia apenas levantó su brazo derecho y sonrió. Por eso le gritaron al pibe humilde, sencillo, ubicado, ese apodo que no lo califica. "¡Loco!", le gritaron, y fue el último...

"Este fue el mejor de todos nosotros", dijo Houseman señalando a Corbatta. "Le pegaba como los dioses", agregó Bernao. Caniggia asintió y aprendió.

"Este fue el mejor de todos nosotros", dijo Houseman señalando a Corbatta. "Le pegaba como los dioses", agregó Bernao. Caniggia asintió y aprendió.

Es que en él sigue viviendo la dinastía. De los locos del fútbol, si quiere. Pero también de los duendes, de los genios, de los magos. De esos que se ubican generalmente por allí, cerca de la raya, con la camiseta número siete sobre sus espaldas y el talento por todo su ser. Nacieron así Corbatta, Bernao, Houseman, Caniggia.

Nacieron así y no es casual que cada uno represente a una generación. Los cincuenta, los sesenta, los setenta, los ochenta... No es casual.

René, hablemos de Claudio, ¿qué tiene y qué le falta?

—Lo que tiene es una velocidad impresionante, le falta definición, nada más... Y después, tiene todo lo que debe tener un wing, uno de mi época. Hace diagonales, sabe cuándo tirarse al medio. Eso sí, a veces se pasa de revoluciones... Sos tan ligero, Claudio, que te pasás de revoluciones.

—Sí, es así, yo siempre lo reconozco. Más vale que me faltan algunas cosas. El tema ese de la definición, por ejemplo... Alzamendi me cuenta que cuando él era chico, se perdía una pila de goles. Y fijate lo que es ahora.

— ¿Y para usted, Raúl? Hábleme de Claudio...

—Ya lo conocía, y la verdad es que de él aprendí un montón... Le di unos consejos, también, pero no le puedo enseñar a jugar al fútbol. Por eso creo que lo más importante que tiene Claudio es su ubicación. Al llegar a una primera división a los diecisiete, dieciocho años, un joven se puede descolocar: la fama, la plata, los coches, las chicas... No es que se tenga que encerrar en un cuarto, no, pero que se cuide. Llegar, se llega rápido, lo difícil es mantenerse... Esto yo se lo dije hace un año, y, por lo que veo, ha cumplido: no sólo se mantiene, ha evolucionado. Es un joven hombre, aplomado, que no ha perdido el fútbol alegre... Las quiere todas, eso es lo que sirve. Va y dice: "Dámela que yo sé".

Ya están los tres reunidos, ya siguen hablando.

Dónde está el hilo conductor que los une a todos ustedes, empezando por Corbatta?

—En el número siete —se ríe René.

—Yo prácticamente no los vi a ninguno de los tres —se disculpa Claudio.

"¡Picá, Raúl... Te meto el pelotazo como Brindis!" (Houseman). "Yo la llevaba atada así, ¿ves?" (Bernao). "Ustedes jueguen, que de la raya me encargo yo" (Caniggia).

"¡Picá, Raúl... Te meto el pelotazo como Brindis!" (Houseman). "Yo la llevaba atada así, ¿ves?" (Bernao). "Ustedes jueguen, que de la raya me encargo yo" (Caniggia).

—Tuve suerte, yo los disfruté a todos —se agranda Raúl— Creo que hay una característica que nos une a todos y que es muy difícil de definir: es la cosa inverosímil, lo impensado. El técnico no le podía pedir a René que tirara un taquito a los dos minutos, le salía. O a Claudio que rompa todo con un pique de setenta metros... Eso no entra en ninguna táctica; a veces yo hacía amagues que ni sabía de dónde me salían.

— ¿Y Corbata, Raúl? —se interesó Caniggia por quien no pudo venir por razones de salud.

—Pienso que Corbatta era menos habilidoso que René y que yo, y por supuesto menos veloz que vos, Claudio... A cambio de eso le pegaba como los dioses, mucho mejor que nosotros tres...

—... y definía una barbaridad —se entusiasma Houseman—. Caliente por dentro y por fuera un balde de agua fría... Aparecía por cualquier lugar de la cancha y en la raya los mataba...

Gambeteaba a uno, a otro... El otro día lo vi en un video, no sé si fue contra los peruanos o los chilenos. Gambeteó a toda la defensa, al arquero, se encontró con el arco solo y volvió para atrás. Gambeteó otra vez al arquero y definió... Un monstruo, el loco. Para mí, era el mejor de nosotros cuatro, reunía cosas de todos.

—Totalmente de acuerdo —se sumó Bernao.

— ¿Vos lo viste jugar a éste? —le preguntó a Claudio señalando a René...

—No, muy poco...

—Te perdiste lo mejor... Y encima decís que te gusta Garrincha.

Antes que Claudio explicara que el video, que lo vio al brasileño, que... ya Houseman y Bernao lo sacaban del brete con una palmada: ¨Vos quedate tranquilo, que vas a ser el mejor wing derecho de los próximos diez años¨.

Hablemos un poco de defensores...

— ¿De Belgrano? —como siempre, René— No, en serio, el que mejor me marcó fue Tarantini, y también el Chivo Pavoni, que era duro pero no malintencionado. Pero me quedo con el Conejo... El que más me pegó fue el Negro Ledesma, de Atlanta, y Malbernat en el último partido que jugó en Racing, me mató ese día. Creo que ahora hay menos mala intención, antes había más violencia. ¿No, Claudio?

—Sí, puede ser... Yo jugué pocos partidos, pero uno de los que mejor me marcó, y más fuerte, fue Enrique. Lo que pasa es que va mucho al suelo, y tocándosela de primera ganás siempre... Otro que me marcó bien fue Olarán, que me siguió a todas partes y no me pegó nunca... ¿Y usted, Raúl?

 

Glorias de clubes grandes y talentosos.

Glorias de clubes grandes y talentosos.

 

—Yo jugué contra cada nene: Marzolini, Matosas. ¿Sabés que nunca me pegaron? Por ahí los bailaba, pero decían: ¨Son cosas del Loco¨, y nunca me jugaron con mala intención... Claudio es un buen tipo, ¿ves? Yo veo que lo matan y encima va y pide disculpas. El que sabe jugar quiere jugar y nada más. Por más que le digan loco.

No me digan ustedes que se acabaron los wines, muchachos...

—No, qué se van a acabar. Lo que pasa es que no le interesan a nadie. En Alemania a Claudio no lo pusieron de wing... ¡Y teniendo un lanzador como Diego! Y encima éste pica y lo tenés que seguir en taxi —contestó René.

—Creo que hay que buscar variantes, si no les facilitás todo a los defensores. Sí, sí, a mí lo que más me gusta es picar por la derecha, llegar al fondo, pero hay que moverse.

—Raúl, usted es técnico, lo tiene a Claudio, ¿de qué lo pone?

—De wing derecho... Y que lo corran los defensores.

Lo dijo con el alma, avalado por aquella historia que inició Corbata, en el cincuenta. Después, Bernao se fue por su lado, pensando en alguna de las posibilidades que tiene de dirigir un equipo junto a José Santiago. Para el otro partió Houseman, pensando en la escuelita de fútbol que atiende ad honorem en Hurlingham. Y también se fue Caniggia, a preparar las valijas y volar a Verona... Él es ahora el responsable de los duendes, de la magia, de la genialidad. Aunque responsable sea una palabra demasiado seria para tanta alegría.

 

DANIEL ARCUCCI

Fotos: RICARDO ALFIERI (hijo) y ARCHIVO "EL GRÁFICO¨

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