¡Habla memoria!

2005. EL POCHO DE LA GENTE

Por Redacción EG · 03 de enero de 2022

Se gestó en el baby, nació en Argentinos, creció en España, maduró en Independiente y Boca lo compró en 2005. A los 25 años, Federico Insúa recorría con El Gráfico su historia.

Ya se ve­nian his­te­ri­quean­do, sin que­rer que­rien­do, des­de ha­ce ra­to. To­do em­pe­zó con un ape­la­ti­vo ino­cen­te, co­mo una ca­ri­cia con el ta­co por de­ba­jo de la me­sa. “Po­cho”, le pu­sie­ron. Ni por Po­cho la Pan­te­ra, ni por­que le gus­ta­ran los po­cho­clos. “Po­cho”, por su pa­re­ci­do a su pa­dre. Y su pa­dre, “Po­cho”, por sus se­me­jan­zas fut­bo­lís­ti­cas con Oscar Pia­net­ti, pró­cer de La Bo­ca. “Mi viejo es bos­te­ro, de to­da la vi­da, y ahora es­tá más con­ten­to que nun­ca”, con­fie­sa Fe­de, has­ta ese bau­tis­mo in­ge­nuo en el jue­go de atracción.

Su pri­me­ra mi­ra­di­ta pro­vo­ca­ti­va, de reo­jo, la ti­ró des­de el Mo­nu­men­tal, cuan­do sa­có a bai­lar al Mi­llo­na­rio pa­ra lla­mar la aten­ción. Po­co se ha­bla­ba de In­súa en la pre­via de ese par­ti­do en­tre Ar­gen­ti­nos y Ri­ver, en 1999. No ha­bía mu­cho que de­cir. Un ca­ri­lin­do más de La Pa­ter­nal, de pie mi­mo­so y ci­clo­tí­mi­co, ves­ti­ría la 10 del Bi­cho an­te los cua­tro fan­tás­ti­cos, lis­tos pa­ra otra tar­de de pa­seo por el fút­bol ar­gen­ti­no. El abul­ta­do 4 a 1 es­ta­ba en los pla­nes de to­dos. El fes­te­jo de Ar­gen­ti­nos, no. “Fue im­pre­sio­nan­te, na­die lo es­pe­ra­ba –en­fa­ti­za–, por­que éra­mos un equi­po chi­co, con mu­chos pi­bes de in­fe­rio­res. Por eso, esa vic­to­ria la re­cor­da­mos to­dos. El equi­po an­du­vo bien, y por suer­te, yo tam­bién”.

En la redaccion de El Gráfico, Pocho dio cátedra. “¿Podés así?”, le preguntó el fotógrafo. “Bueno, ¡ya basta!”, le ordenó después.

En la redaccion de El Gráfico, Pocho dio cátedra. “¿Podés así?”, le preguntó el fotógrafo. “Bueno, ¡ya basta!”, le ordenó después.

Ese ti­ro li­bre in­di­rec­to al co­ra­zón xe­nei­ze em­pe­zó a pu­lir el te­rre­no pa­ra un pró­xi­mo en­cuen­tro, y se me­tió un ami­go de los dos, pa­ra ha­cer­les gan­cho. “Cuan­do Ro­mán es­tu­vo por pri­me­ra vez a pun­to de ir­se, Die­go di­jo que le gus­ta­ría ver­me en Bo­ca, pe­ro al fi­nal to­do que­dó ahí”. Por el mo­men­to.

Las pier­nas del Po­cho se­du­cían a to­dos con su an­dar ato­rran­te, con sus car­ca­ja­das de to­bi­llo. Y tam­bién con sus afei­ta­das al cés­ped, pa­ra ba­rrer la can­cha con la mis­ma ve­he­men­cia que la ma­sa­jea. “Yo siem­pre di­je que los on­ce te­ne­mos que pe­lear pa­ra bus­car la po­se­sión de la pe­lo­ta. Ob­via­men­te, no mar­co co­mo Ga­go, Bat­ta­glia o Cag­na, pe­ro sí tra­to de co­rrer y pre­sio­nar has­ta po­der re­cu­pe­rar­la. Ade­más, sé que no me so­bra na­da co­mo pa­ra per­der­la y es­pe­rar que un com­pa­ñe­ro la con­si­ga de nue­vo…”, afir­ma.

Tan­ta hu­mil­dad le sir­ve co­mo pul­mo­nes a su fút­bol, hue­vos pa­ra la en­sa­la­da de ca­ños y fi­ru­le­tes que sa­bo­reó me­dio Ave­lla­ne­da. Y en la Bom­bo­ne­ra, esa ac­ti­tud co­mo con­di­men­to, se dis­fru­ta más. Tan­to que, al fi­nal, Ma­cri no so­por­tó la ten­ta­ción. Le­van­tó el te­lé­fo­no, Fe­de­ri­co ca­lló al pri­mer ring y se unie­ron formalmente con una fir­ma. “Hu­bo un in­te­rés de Ri­ver, cuan­do fue lo de Es­nai­der y Fon­se­ca, pe­ro al fi­nal pa­sé a In­de­pen­dien­te y aque­lla po­si­bi­li­dad que­dó en la na­da. Sin com­pa­rar, mi ilu­sión era ju­gar acá, por to­do lo que sig­ni­fi­ca y por­que te­nía ga­nas de vi­vir eso que se sien­te en la Bom­bo­ne­ra… Aun­que siem­pre fui a ver a Ar­gen­ti­nos, que es co­mo mi ca­sa, his­tó­ri­ca­men­te me gus­tó Bo­ca”. Y aho­ra es­tá ahí, con la azul y ama­ri­lla, po­san­do pa­ra las fo­tos con una son­ri­sa que le des­ga­rra las ore­jas. “Lo que ge­ne­ra es­ta ins­ti­tu­ción es im­pre­sio­nan­te –se en­tu­sias­ma–. Des­de que fir­mé, es­toy vi­vien­do to­do con mu­cha ale­gría, fe­liz, por­que sig­ni­fi­ca un cre­ci­mien­to im­por­tan­tí­si­mo pa­ra mí. Sé que és­te es un pa­so enor­me en mi ca­rre­ra, y en­ci­ma me lle­ga en el mo­men­to jus­to, por la edad y por có­mo es­toy en lo de­por­ti­vo”.

Se ges­tó en el baby, na­ció en Ar­gen­ti­nos, cre­ció en Es­pa­ña, ma­du­ró en In­de­pen­dien­te y, al den­te, en­tró a La Bo­ca. “En es­te club, siem­pre se exi­ge al má­xi­mo a los ju­ga­do­res, por­que es uno de los clu­bes más gran­des del mun­do. Y por eso yo que­ría es­tar acá. En­ci­ma, sen­tí un in­te­rés muy fir­me de los di­ri­gen­tes, y to­do ce­rró”, cie­rra.

En argentinos, y en Parque, Fede aprendió a defender el buen fútbol.

En argentinos, y en Parque, Fede aprendió a defender el buen fútbol.

Diego Maradona con­fió an­tes que na­die en ese ro­man­ce. Su ban­ca al Po­cho ex­ce­de la di­plo­ma­cia que su gran­de­za sue­le des­ti­lar so­bre los nue­vos cracks. La tem­pra­na in­ten­ción de sa­car­lo del ban­co pa­ra in­ver­tir­lo en el Na­po­li, su de­seo de lle­var­lo pa­ra ilu­mi­nar a Bo­ca cuan­do era un bi­chi­to de luz y su pul­gar arri­ba pa­ra con­cre­tar es­te pa­se de­ja­ron bien cla­ro que El Diez, ya eli­gió al 10. “Va­rias ve­ces me lla­mó por te­lé­fo­no y la ver­dad, es una sen­sa­ción bár­ba­ra. No se pue­de ex­pli­car…”, y no la ex­pli­ca.

Ya no es­ta­rá Bian­chi con el ce­lu­lar de Dios, pe­ro aho­ra to­dos pue­den ubi­car­lo per­so­nal­men­te. Con Ma­ra­do­na en el equi­po, co­mo siem­pre, to­do pa­re­ce mu­cho más fá­cil. “Yo sien­to que Die­go es­tá muy bien y creo que nos va a apor­tar mu­cho, por­que él vi­vió un mon­tón de co­sas acá. Su pre­sen­cia se­rá muy im­por­tan­te, muy es­pe­cial. Es el me­jor ju­ga­dor del mun­do… Un mons­truo… Va a ser in­creí­ble te­ner­lo con no­so­tros”.

Ya lo tu­vo ahí, cuan­do es­ta­ba en Ar­gen­ti­nos, esa ta­bla del 10 que se mul­ti­pli­ca has­ta el in­fi­ni­to. “Yo lo co­no­cí por el club y por­que él siem­pre vi­vió en De­vo­to –acla­ra–. Ade­más, es ami­go del Che­cho y tam­bién so­lía ir a Par­que”.  Otra vez, esa in­cu­ba­do­ra que con­tu­vo a La Pa­glia, Cam­bias­so, Ro­mán… Al­gún mar­ti­lle­ro des­per­ta­rá pron­to, por ló­gi­ca. Si se re­ma­ta en mi­llo­nes de eu­ros un min­gi­to­rio que usó Luis Miguel y una tos­ta­da que mor­dió Susana, ¿cuán­to va­len las bal­do­sas de Par­que? Esas pie­zas de co­lec­ción que fra­ne­lea­ron los pies más de­li­ca­dos de los úl­ti­mos tiem­pos sos­tu­vie­ron tam­bién los pri­me­ros pa­sos del Po­cho. “Ahí apren­dí a dis­fru­tar del fút­bol y a ju­gar con tran­qui­li­dad –con­fie­sa–. Des­pués fui evo­lu­cio­nan­do en di­fe­ren­tes as­pec­tos, pe­ro man­tu­ve la idea de ju­gar bien, an­tes de pen­sar en el re­sul­ta­do. En­ten­dí que de­bía cre­cer día a día y así fui ga­nan­do ex­pe­rien­cia en el fút­bol”.

Se for­ta­le­ció, le­van­tan­do la ca­be­za y ba­jan­do la pe­lo­ta, es­pe­cial­men­te ahí, en esos par­ti­dos que to­dos quie­ren ju­gar y no to­dos pue­den, aun­que los jue­guen. Ahí, don­de va­rios sa­can la pier­na, el Po­cho me­tió la vi­da. Y Ra­cing lo su­frió: “El cre­ci­mien­to de ca­da ju­ga­dor es­tá en los clá­si­cos y en esos par­ti­dos en los que te ne­ce­si­tan, pe­ro tam­bién en sa­ber dis­fru­tar de to­dos esos mo­men­tos. Más allá del en­tor­no, la pre­sión y el pe­rio­dis­mo, uno tie­ne que pa­sar­la bien y no que­dar­se con la es­pi­na de no ha­ber he­cho al­go por es­tar muy ata­do”.

Pa­re­ce real­men­te es­tar aje­no a to­do el rui­do que lo ro­dea. Bo­ca, la 10, la Co­pa, el cam­peo­na­to, la ten­sión, el Dream Team... “No me jo­de que ha­blen de un equi­po de los sue­ños, por­que la te­ne­mos muy cla­ra en ese sen­ti­do. Sa­be­mos que to­dos los ri­va­les son di­fí­ci­les y ha que­da­do de­mos­tra­do en los úl­ti­mos tor­neos. Lo que pa­só fue que Bo­ca se re­for­zó pri­me­ro que los de­más y se for­mó el gru­po an­tes. En­ton­ces ga­nó un po­co de tiem­po. Pe­ro no­so­tros te­ne­mos que es­tar al mar­gen de las co­sas que di­gan”. Na­da de to­do eso al­te­ra su to­no de voz, ni la di­ná­mi­ca de sus ges­tos, es un agua­vi­va en el mar. “No me pon­go a pen­sar có­mo pue­den lle­gar a reac­cio­nar si las co­sas me sa­len mal –re­co­no­ce–. Só­lo pien­so en sa­lir a bus­car lo me­jor pa­ra el equi­po. Yo me ten­go mu­cha con­fian­za y, a la vez, es­ta res­pon­sa­bi­li­dad me po­ne muy con­ten­to. Pe­ro man­ten­go la cal­ma. Por lo que me cuen­tan mis com­pa­ñe­ros y por lo que vi des­de afue­ra, la gen­te es es­pec­ta­cu­lar”.

Tie­ne his­to­ria pa­ra ban­car la his­te­ria. An­tes de ga­nar un tí­tu­lo con In­de­pen­dien­te, co­rrió 90 mi­nu­tos pa­ra so­bre­vi­vir en Pri­me­ra. “La pre­sión de ju­gar por el descenso es mu­cho más jo­di­da que la de pe­lear un cam­peo­na­to, sin du­das. Ha­ce po­co me pa­só al­go muy lo­co. Vien­do la Promoción en­tre Ar­gen­ti­nos e Ins­ti­tu­to me pu­se ner­vio­so, mal. Y me di cuen­ta de que, cuan­do yo la dis­pu­té, no la vi­ví así, por­que me de­di­ca­ba só­lo a ju­gar”, ase­ve­ra. Y se le no­ta. Qui­zá le sal­gan tres ca­ños, una ra­bo­na, un som­bre­ri­to y un go­la­zo, o tal vez el pro­yec­to de ca­ño se mue­ra con­tra una ca­ni­lla y ter­mi­ne en el la­te­ral. Pe­ro eso no cam­bia sus ga­nas de vol­ver a in­ten­tar­lo. “No me de­ses­pe­ro. No hay que dra­ma­ti­zar tan­to. Aun­que sea pro­fe­sio­nal, el fút­bol en rea­li­dad es só­lo un jue­go”. No lo di­ce hoy, sen­ta­do en la fa­ma. Lo de­cía a los 21 años, sen­ta­do en el ban­co de su­plen­tes de Ar­gen­ti­nos Ju­niors, cuan­do su es­ta­día en el fút­bol gran­de no te­nía re­ser­va­da ni una so­la jor­na­da más.

Tras igualar con el Tottenham en su debut, llegó otro empate, ante Real Sociedad en una gira realizada por Boca.

Tras igualar con el Tottenham en su debut, llegó otro empate, ante Real Sociedad en una gira realizada por Boca.

Así es más fá­cil en­ten­der por qué no se es­con­de nun­ca. La pi­de una vez y la pi­de de nuevo, por­que to­da­vía jue­ga a la pe­lo­ta. “Con res­pon­sa­bi­li­dad, uno pue­de di­ver­tir­se, en el buen sen­ti­do, pen­san­do en ge­ne­rar al­go po­si­ti­vo pa­ra el equi­po.”

Se di­vir­tió así en In­de­pen­dien­te. Y tras ha­ber­le pues­to fút­bol a un es­que­ma del To­lo Ga­lle­go en el Aper­tu­ra 2002, el Má­la­ga se lo lle­vó a Es­pa­ña. “Co­mo ex­pe­rien­cia, fue muy bue­na –eva­lúa–. Al prin­ci­pio, no me to­ca­ba en­trar en­tre los on­ce, por­que el téc­ni­co ca­si ni me co­no­cía, pe­ro me su­mé a un plan­tel con una men­ta­li­dad bár­ba­ra y nos fue bas­tan­te bien. Que­da­mos a tres pun­tos de cla­si­fi­car pa­ra la UE­FA, hi­ce va­rios go­les, salí 17 par­ti­dos como ti­tu­lar, el en­tre­na­dor ter­mi­nó con­fian­do en mí y dis­fru­té de una li­ga lin­da pa­ra ju­gar. Ade­más, en­fren­té a to­dos los fe­nó­me­nos. Y de lo­ca­les, le ga­na­mos 5 a 1 al Bar­ce­lo­na, que fue un re­sul­ta­do his­tó­ri­co pa­ra el Má­la­ga, aun­que des­pués ju­ga­mos en can­cha de ellos y nos ca­ga­ron a go­les…”

Acos­tum­bra­do a gam­be­tear en el trán­si­to ar­gen­ti­no, las ru­tas es­pa­ño­las le pa­re­cie­ron cam­po, “por­que hay mu­chos más es­pa­cios pa­ra moverse. El fút­bol es más rá­pi­do ahí, pe­ro en la Ar­gen­ti­na es más fric­cio­na­do. Por eso les va bien a to­dos los que se van de acá pa­ra allá…”. Le fue bien aden­tro de la can­cha. Afue­ra, no lle­gó a un acuer­do. Y pre­fi­rió apos­tar otra vez por su pro­pio ca­ba­llo. “Me fui por­que el Má­la­ga quería que yo ba­ja­ra las pre­ten­sio­nes, y no me pa­re­cía jus­to. Ele­gí ve­nir a In­de­pen­dien­te, con el de­sa­fío de vol­ver a cre­cer, en un mo­men­to en el que ca­si na­die que­ría re­gre­sar al club. Yo ha­bía sa­li­do cam­peón, los di­ri­gen­tes se mos­tra­ron in­te­re­sa­dos... Y en fin, me la ju­gué y ga­né. Vol­ví a ser ci­ta­do a la Se­lec­ción y fui ca­pi­tán de un club tan im­por­tan­te co­mo In­de­pen­dien­te, don­de ade­más la gen­te me que­rí… me quie­re”.

Due­le to­da­vía la he­ri­da en ro­jo hú­me­do del úl­ti­mo cor­te. No fue una lin­da des­pe­di­da la que pla­nea­ron pa­ra el Po­cho los po­lí­ti­cos de In­de­pen­dien­te. Y al­gu­nas ver­sio­nes ofi­cia­les lo de­ja­ron pa­ra­do de es­pal­das a la ban­da que lo ido­la­tró los úl­ti­mos tres años. Se es­pe­cu­la­ron in­sul­tos, pe­ro cuan­do ba­je el ar­dor su­bi­rá la ra­zón. “Aun­que hoy es­tán do­li­dos, ellos sa­ben que pa­ra mi ca­rre­ra, In­de­pen­dien­te fue muy im­por­tan­te. El pro­ble­ma fue que los di­rec­ti­vos, por cui­dar su ima­gen, tra­ta­ron de ha­cer­me que­dar mal a mí. Igual, aho­ra es­toy muy tran­qui­lo, y soy de­ma­sia­do fuer­te co­mo pa­ra an­dar pen­san­do en lo que pue­dan de­cir de mí esos di­ri­gen­tes. Por eso, nun­ca ha­blé del te­ma. Des­de que lle­gué a Bo­ca, me de­di­qué a ha­blar de Bo­ca”.

El reen­cuen­tro se­rá en la de­ci­mooc­ta­va fe­cha, y re­cién en­ton­ces se re­sol­ve­rá la in­cóg­ni­ta. La hin­cha­da de In­de­pen­dien­te nun­ca le per­do­nó a Clau­dio Ma­ran­go­ni su pa­so a Bo­ca, en 1988. Fue trai­ción, se­gún dic­ta­mi­nó la Vi­se­ra, y has­ta en sus úl­ti­mas vi­si­tas, se lo hi­cie­ron sa­ber. Era un re­fe­ren­te del fút­bol Ro­jo, Ma­ran­ga, y eli­gió otra ca­mi­se­ta, en tiem­pos de otra se­me­jan­za ins­ti­tu­cio­nal en­tre los gran­des del fút­bol ar­gen­ti­no. Hoy, el pa­se del Po­cho a Bo­ca sig­ni­fi­ca po­co me­nos que un exi­lio a Eu­ro­pa, des­de lo eco­nó­mi­co has­ta la rea­li­dad de­por­ti­va de los clu­bes. No hay ló­gi­ca pa­ra una lá­gri­ma adi­cio­nal a la que se­gu­ro cae­rá so­bre su au­sen­cia. Se lo va a ex­tra­ñar en Ave­lla­ne­da. Y si se de­co­di­fi­ca el dis­cur­so de los di­ri­gen­tes, en­ton­ces tam­bién se lo va a ova­cio­nar, co­mo él es­pe­ra: “Yo sé que los hin­chas de In­de­pen­dien­te me van a aplau­dir. No ten­go nin­gu­na du­da, porque ellos sa­ben muy bien có­mo fue todo. Y yo tam­bién los voy a aplau­dir, por­que siem­pre se com­por­ta­ron bár­ba­ro con­mi­go. No es po­co ser tan que­ri­do por un club co­mo In­de­pen­dien­te, y eso es al­go que lo­gré con mu­cho es­fuer­zo. La gen­te sa­be va­lo­rar esas co­sas, es­toy se­gu­ro. Cuan­do sal­ga a la can­cha, aun­que es­té en­fren­te, se­gui­rá vi­gen­te el mis­mo sen­ti­mien­to”.

Ya empezo a gambetear. El ne­bu­lo­so des­pe­gue del Ro­jo y el des­pam­pa­nan­te ate­rri­za­je en La Bo­ca le im­pli­ca­ron una pe­ga­jo­sa mar­ca pe­rio­dís­ti­ca, que ya sa­be ma­ne­jar. “Con­mi­go se ge­ne­ró una ex­pec­ta­ti­va ex­tra por có­mo se dio mi par­ti­da de In­de­pen­dien­te. Y ló­gi­ca­men­te, yo tam­bién ten­go mu­chas ilu­sio­nes res­pec­to de lo que ven­drá, pe­ro sé que ha­brá mu­chos par­ti­dos, por­que tam­bién es­tá la Sudamericana, y por eso es­toy tra­ba­jan­do du­ro, sin en­lo­que­cer­me, pa­ra po­der es­tar en­tre los 16 y pe­lear un lu­gar”. Son más los mi­cró­fo­nos que se cla­van en sus dien­tes, en ca­da prác­ti­ca, pe­ro se­rán me­nos los ta­po­nes que se cla­ven en sus to­bi­llos, ca­da do­min­go. “La aten­ción va a es­tar más re­par­ti­da, por­que es­te equi­po tie­ne mu­chas va­rian­tes, co­lec­ti­vas e in­di­vi­dua­les –agre­ga–. Hay gen­te que ca­be­cea muy bien, co­mo Mar­tín o Bi­los, y tam­bién hay va­rios ju­ga­do­res de muy buen pie”. Mu­chos nom­bres y mu­chas du­das, pe­ro una cer­te­za: “Voy a ju­gar co­mo en­gan­che clá­si­co, eso es­tá cla­ro des­de que lle­gué. Con el Co­co, só­lo ha­blé aden­tro de la can­cha, y me pi­de que ma­ne­je los tiem­pos, que ha­ga ju­gar al equi­po, que tra­te de te­ner la pe­lo­ta...” To­do eso, pe­ro así y to­do, a la hora de esta charla to­da­vía no sa­be si lle­va­rá la camiseta con el número 10, aun­que ya ti­ra un cen­tro: “Pa­ra mí, se­ría muy im­por­tan­te”.

 

Federico Insúa siempre se distinguió por su fútbol elegante.

Federico Insúa siempre se distinguió por su fútbol elegante.

 

Sa­be de qué se tra­ta. Su es­pal­da car­gó la 10 de Ar­gen­ti­nos y la 10 de In­de­pen­dien­te, dos ame­na­zas pa­ra cual­quier co­lum­na. Y no de­jó deu­das, ni co­mo mo­no­tri­bu­tis­ta en el jue­go abier­to, ni co­mo res­pon­sa­ble ins­crip­to en las pe­lo­tas pa­ra­das. Por aho­ra, otro in­te­rro­gan­te: “No sé si se­ré yo el en­car­ga­do de pa­tear los ti­ros li­bres, por­que Bo­ca tie­ne muy bue­nos pa­tea­do­res, con gran pre­ci­sión, co­mo el Che­lo, Mo­rel, Gui­ller­mo… No me quie­ro ol­vi­dar de na­die, pe­ro sin du­das hay mu­chas op­cio­nes. Y también es fundamental te­ner va­rios ju­ga­do­res que va­yan bien arri­ba, por­que ac­tual­men­te las pe­lo­tas pa­ra­das son muy im­por­tan­tes”, ga­ran­ti­za.

Y em­pie­za a sen­tir los la­ti­dos de un es­ta­dio con la acús­ti­ca del Co­lón. “Bo­ca, en su can­cha, a lo su­mo pier­de dos o tres par­ti­dos, aun­que no ha­ga una bue­na cam­pa­ña. Se­rá un sue­ño sa­lir a ju­gar ahí, al­go es­pec­ta­cu­lar”. No hay tiem­po, ni ga­nas, pa­ra pla­near el ma­ña­na. El hoy es­tá de­ma­sia­do bue­no. “No sé si vol­ve­ré a Eu­ro­pa –pa­tea–. Fir­mé por dos años, con dos más de pró­rro­ga, y Bo­ca es muy gran­de co­mo pa­ra an­dar pen­san­do en otra co­sa…” De ahí, el coqueteo tá­ci­to y esa vo­ra­ci­dad pa­ra aten­der el te­lé­fo­no que le re­se­teó la son­ri­sa. “Cuan­do me lla­ma­ron, no lo du­dé ni un se­gun­do. Aun­que ha­bía una ofer­ta del Ga­la­ta­sa­ray, por mu­cha pla­ta, des­de el pri­mer ins­tan­te me en­tu­sias­mó la idea de ve­nir acá, por­que es­te club es­tá por en­ci­ma de to­do eso. Pa­ra mí, lo de­por­ti­vo siem­pre va­le más que lo eco­nó­mi­co… Y Bo­ca me se­du­jo to­da la vi­da”. Aho­ra van de la ma­no. Po­cho tie­ne to­das las de ga­nar.

Algo personal

Todo un ro­lin­ga. Ade­más de la co­lec­ción com­ple­ta de los Sto­nes, le so­bran com­pac­tos de La Ren­ga, Los Pio­jos, Los Re­don­dos, Gua­so­nes y Ber­suit. Cuan­do pue­de, va a los re­ci­ta­les. ¿La cum­bia? Ajjj… Re­za pa­ra que lo ha­gan con­cen­trar con un com­pa­ñe­ro roc­ke­ro.

Un en­fer­mo del fut­bol. Ve to­do lo que pa­san por la te­le: Ita­lia, Es­pa­ña, Mé­xi­co, Co­pa Su­da­me­ri­ca­na, la Bun­des­li­ga, B Na­cio­nal… Es su pa­sa­tiem­po fa­vo­ri­to en la con­cen­tra­ción. ¿Una pe­lí­cu­la? Ni ahí. Simplemente, es un lo­co por el fút­bol.

Le cues­ta ima­gi­nar otro ti­po de va­ca­cio­nes que no sean en la pla­ya. No cam­bia el sol, el mar y la are­na por na­da del mun­do. Bra­sil o Villa Ges­ell son sus des­ti­nos pre­fe­ri­dos. Y to­da­vía año­ra las tar­de­ci­tas en la Cos­ta del Sol, cuan­do era ju­ga­dor del Má­la­ga.

Co­mo to­do de­por­tis­ta de al­to ren­di­mien­to, es muy cui­da­do­so con su die­ta. Sa­be que es el com­bus­ti­ble que lue­go le per­mi­ti­rá ren­dir en la can­cha. ¿Su co­mi­da pre­fe­ri­da? El asa­do acom­pa­ña­do por en­sa­la­das va­rias y una co­pi­ta de vi­no.

Aun­que cum­plio con sus pa­dres y ter­mi­nó la se­cun­da­ria sin pro­ble­mas, le que­dó una asig­na­tu­ra pen­dien­te: ser aban­de­ra­do. Con los li­bros no se lle­va­ba tan bien co­mo con la pe­lo­ta. Siem­pre le que­da­ban un par de ma­te­rias pre­vias.

SALVO QUE LLAME PEKERMAN

No quie­re pen­sar en otra co­sa, Po­cho. Las se­cue­las psi­co­ló­gi­cas de ha­ber lle­ga­do a Bo­ca le con­su­men 24 ho­ras dia­rias a su ce­re­bro y despejan a to­dos los otros pen­sa­mien­tos, sal­vo uno, que to­da­vía se ha­ce un lu­gar. “La ilu­sión de ir al próximo Mun­dial es­tá –con­fie­sa–. Yo sé que el equi­po de la Se­lec­ción, en es­ta úl­ti­ma Co­pa de las Con­fe­de­ra­cio­nes, que­dó bá­si­ca­men­te for­ma­do, pe­ro es un sue­ño que ten­go, un de­sa­fío. En es­te mo­men­to, es­toy so­la­men­te pen­san­do en Bo­ca, pe­ro sé que si uno ha­ce bien las co­sas en un club tan im­por­tan­te, se pue­de lle­gar a dar esa po­si­bi­li­dad. Y se­ría muy lin­do”, ba­bea. No es im­po­si­ble, ni mu­cho me­nos. Jo­sé Pe­ker­man ya lo eli­gió pa­ra una Copa del Mundo: el Sub-20 de Ni­ge­ria 99. Y hoy, Po­cho des­ta­ca que “con Jo­sé ten­go un buen tra­to, al igual que lo te­nía con Biel­sa. Fui convocado para varios partidos amistosos en la Selección y también jugué por las eliminatorias, pe­ro has­ta aho­ra nun­ca tu­ve con­ti­nui­dad, só­lo la suer­te de es­tar en esas oportunidades. Ojalá se me dé”.

Si encara, lastima

An­tes que na­da, sien­to una ale­gría enor­me con la lle­ga­da de Fe­de­ri­co a Bo­ca. Yo lo tu­ve des­de los seis años, en un equi­pa­zo que se ar­mó en el club Par­que, don­de tam­bién es­ta­ba el Cu­chu Cam­bias­so. Las vuel­tas de la vi­da quie­ren que vol­va­mos a en­con­trar­nos en es­te gran club y eso no ha­ce más que enor­gu­lle­cer­me.

Des­de chi­co se des­ta­có por la téc­ni­ca y los fun­da­men­tos, pin­ta­ba pa­ra ese ju­ga­dor dis­tin­to en el que lue­go se trans­for­mó. En to­dos es­tos años, con la ex­pe­rien­cia ad­qui­ri­da en Ar­gen­ti­nos, In­de­pen­dien­te y el fút­bol es­pa­ñol, ha sa­bi­do agre­gar­le dos ele­men­tos muy in­te­re­san­tes a su ha­bi­li­dad na­tu­ral: agre­si­vi­dad bien en­ten­di­da y rit­mo. Cuan­do Fe­de­ri­co en­ca­ra, las­ti­ma de ver­dad, es muy pro­fun­do.

Es un pi­be hu­mil­de, sen­ci­llo, que sa­be es­cu­char al téc­ni­co pa­ra me­jo­rar su jue­go y su par­ti­ci­pa­ción en el equi­po. Y es un fut­bo­le­ro de al­ma. Cuan­do no jue­ga, mi­ra fút­bol, le in­te­re­sa nu­trir­se, ver qué ha­cen los de­más. Y eso es muy im­por­tan­te pa­ra triun­far en el fút­bol ac­tual. No ten­go nin­gu­na du­da: In­súa le va a dar gran­des sa­tis­fac­cio­nes a Bo­ca.

 

Madonni.

Madonni.

 

Por Ramón Maddoni (Di­rec­tor Ge­ne­ral del Fút­bol In­fan­til de Bo­ca).

 

¿A QUIEN SE PARECE?

No de­be ser ca­sua­li­dad, si­no cau­sa­li­dad. De pi­be, co­mo hi­ci­mos to­dos, el Po­cho In­súa ju­ga­ba con sus ami­gos y se re­la­ta­ba a sí mis­mo: “Lle­va la pe­lo­ta Ta­pia, avan­za el Chi­no, de­ja uno, dos en el ca­mi­no, ti­róooo...” Mi­ran­do atrás, bu­cean­do en­tre los diez que triun­fa­ron en Bo­ca, Ta­pia es el que más se le ase­me­ja. No de­be ser ca­sua­li­dad...

In­súa no tie­ne el ca­be­za­zo le­tal de Ro­ber­to Che­rro, un ma­ra­do­nia­no que an­te­ce­dió a Die­go. Ni la gam­be­ta de pa­pi fút­bol de un ma­la­ba­ris­ta pi­can­te co­mo el Na­no Gan­du­lla. Ni la cin­tu­ra de un crack in­cla­si­fi­ca­ble co­mo Ro­ji­tas. Ni la ca­den­cia efec­ti­va de Pa­to­ta Po­ten­te. Ni el qui­rúr­gi­co pe­lo­ta­zo de 40 me­tros de Ma­ri­to Za­na­bria. Ni la ga­le­ra lle­na de co­ne­jos co­mo el in­com­pa­ra­ble Die­go Ma­ra­do­na. Ni el don pa­ra ser ti­ti­ri­te­ro de sus com­pa­ñe­ros del úl­ti­mo ro­mán­ti­co, Juan Ro­mán Ri­quel­me.

El Po­cho ha­ce la que hi­zo triun­far al Chi­no. En­ca­ra con de­ci­sión, ace­le­ra, cam­bia el rit­mo, pren­de la me­cha de la zur­da cuan­do se des­nu­da un hue­co, pi­sa el área con ape­ti­to de de­lan­te­ro. Cla­ro que pue­de asis­tir, des­de ya que ha­ce par­ti­ci­par. Pe­ro le gus­ta re­sol­ver mu­cho de lo que ge­ne­ra. Co­mo aquel Ta­pia que lo de­jaba afó­ni­co de tan­to re­la­tar...

 

Los herederos de Román

CE­SAR LA PA­GLIA

Nun­ca ter­mi­nó de ex­plo­tar. En el se­lec­cio­na­do ju­ve­nil ama­gó con el es­tre­lla­to, pe­ro en Bo­ca ter­mi­nó es­tre­lla­do. Ja­quea­do por las le­sio­nes, de­sa­pro­ve­chó las opor­tu­ni­da­des que le dio Bian­chi.

 

César La Paglia.

César La Paglia.

 

 

OMAR PEREZ

Buen cabezazo, mejor pegada, interesante panorama. Al santiagueño pareció costarle la convivencia a la sombra de Riquelme. Y el hincha le facturó ciertos desniveles espirituales. Rindió en Banfield y Junior, ya sin presiones.

 

Omar Pérez.

Omar Pérez.

 

 

WALTER GAITAN

Un zurdo que dejó constancia de su gran categoría. Fue partícipe importante en la  Libertadores 01 y no se alejó del club por problemas  futbolísticos, sino por diferencias con el entrenador de ese momento, el Maestro Tabárez.

 

Walter Gaitán.

Walter Gaitán.

 

 

EZE­QUIEL GON­ZA­LEZ

In­te­gró el cam­peón del Aper­tu­ra y la Li­ber­ta­do­res 03, pe­ro res­pon­dió muy por de­ba­jo de sus an­te­ce­den­tes. Nunca fue una pieza clave. Le cos­tó asi­mi­lar las pre­sio­nes del Mun­do Bo­ca. Por momentos, parecía que la pe­lo­ta le que­maba en los pies.

 

Ezequiel González.

Ezequiel González.

 

 

CARLOS MARINELLI

Un fracaso llamativo. Tanto la descosía en inferiores, que el Boro inglés lo pagó una fortuna antes de que debutara en Primera. Y lo mismo hizo el Torino. A la vuelta de su experiencia europea, perdió magia y actitud.

 

 

Por Nacho Levy

Fotos: Alejandro Del Bosco

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