¡Habla memoria!

Anecdotario: ¡Un sandwich!

Por Redacción EG · 06 de mayo de 2019

A través de una divertida historia ocurrida en plena carrera, Borocotó rescata del olvido al gran ciclista cordobés Francisco Arredondo, que en los años 30 actuó con éxito en todo tipo de caminos y distancias.

Premio Arredondo, Premio Scaglia, son carreras de velocidad que se verifican. El tiempo transcurre y se las cita como a otras más. Sólo que de tanto en tanto el recuerdo emerge a través de los años y el viejo cronista se pone a pensar. Y se le enturbian los ojos...

¡Qué lindo gesto el de Arredondo con su cara patinada de tierra y sudor en aquella Rosario-Santa Fe de las huellas y los arenales! Era más delgadito que cuando llegó a ser astro en nuestra Capital. Se hallaba en formación todavía, y, acaso, no ajustado a la disciplina que se impuso después.

 

Francisco Arredondo fue campeón argentino y rioplatense de velocidad. Sus admirables condiciones le permitían actuar en cualquier clase de carrera.

Francisco Arredondo fue campeón argentino y rioplatense de velocidad. Sus admirables condiciones le permitían actuar en cualquier clase de carrera.

 

La carrera había sido dura y los ciclistas iban desparramados por el camino. El cordobés llevaba sus caramañolas vacías; sus bolsillos también vacíos, y se le iban vaciando las piernas porque el estómago también lo estaba. Experimentaba esa sensación que baja del estómago e las piernas y por lo que se aconseja que cuando el primero comieras a sentir tal efecto hay que alimentarse de inmediato.

— ¡Un sandwich! — nos gritó Arredondo al pasar. Un sandwich. Y de dulce. Nos consta que algún dietista nos dirá que el pan cuesta digerirlo y asimilarlo; nos dará una serie de explicaciones científicas para esos casos y por las cuales el sandwich no es lo más aconsejable, pero nosotros sabemos que un buen trozo de pan y otro grandote de dulce en el medio hacen caminar. Es lo que sabemos contra todas las posibles explicaciones científicas. Y corrimos con el automóvil en busca de un almacén de la ruta.

— ¡Pronto!... ¡Un pan grande y con mucho dulce! Fue preciso aplastarlo bien, para que le fuera posible a Arredondo llevárselo a la boca. Y se lo alcanzamos. ¡Qué lindo gesto el suyo! Sin palabras, sin un "gracias" apresurado; tan sólo con una sonrisa en la que le brillaron los ojos. Una sonrisa que abrió brecha en la cara revocada de polvo y sudor y que puso dos chispitas relampagueantes en sus ojos.

 

Francisco Arredondo en las Sierras de Córdoba en donde este ciclista cumplió verdaderas hazañas.

Francisco Arredondo en las Sierras de Córdoba en donde este ciclista cumplió verdaderas hazañas.

 

Cuando se quiere recordar a una persona suele evocarse su figura en un gesto o actitud determinada. Cada vez que en la mente emerge el recuerdo de Arredondo es con aquella sonrisa, con aquel chispear de sus ojos. Y ríen y brillan sus pupilas a través de los años; a través de los años que enturbian nuestras pupilas...


BOROCOTÓ (1951)

(Del libro "Pedaleando recuerdos")

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