¡Habla memoria!

La Loquita Dora

Por Redacción EG · 14 de marzo de 2019

Una “Apilada” llena de nostalgia de Borocotó, recordando, de sus tiempos de purrete en Montevideo, a un personaje real que fue “una flor en la resaca". Le decían La Loquita Dora.

LA LOQUITA DORA

Era una flor en la resaca. Pero sus pétalos estaban salpicados de lodo. Chapaleando, le faltaron fuerzas para luchar contra el medio. Quizás su cara bonita, por la que estaba anotado el paso de un guapo en una cicatriz, y su cuerpo flexible y esbelto, fueron dos factores más en su contra. Las madres contaban de ella historias turbias con palabras oscuras tras las cuales se agazapaba una dolorosa verdad. Los niños no entendían. Para ellos era un hada buena.

—Dorita, ¿nos da pa' la pelota? — le decían.

Ella entregaba unas monedas, sabe Dios cómo ganadas, y se quedaba allí, viendo el partido que moría junto con la tarde. A veces daba sin que le pidieran. Otrasdecía:

—Hoy no tengo, muchachos... — y vibraba una pena en sus pupilas claras.

Le decían "La Loquita Dora", pero el poeta del barrio, aquel de la corbata voladora como sus esperanzas, le dedicó unos versos:

"Hay en sus ojazos tal melancolía,..

Viven en dos nubes de ilusión..."

Decían en el barrio que el poeta la había querido antes de la cicatriz...

 Cuando la academia del barrio peleaba  ella se hacía presente en primera fila alentando a los boxeadores del lugar. Cuando en los atardeceres domingueros volvía la barra entonando canciones de triunfo, ella festejaba el retorno preguntando:

—¿Ganaron?... ¿Por cuánto?...

 Los hombres la trataban mal. Le decían cosas... Ella contestaba con sonrisas forzadas que no alegraban sus ojos, que siempre estaban ausentes. En ellos oscilaba la dulzura y el dolor de otra cicatriz que llevaba en su alma.

—A Dorita la sacaron enferma de "La Enramada" — dijo un día el Lecherito que salía muy temprano a su reparto. — Lloviznaba...; estaba pálida...: parecía muerta, parecía...

Y el Lecherito, angustiado, casi no podía contar.

La sacaron una mañanita de aquel turbio salón de baile, y ya nunca más pasó a dar monedas para comprar la pelota, ni concurrió a los matches de boxeo de la academia del barrio.

Sus ojos, apenados de que le dijeran cosas, cerraron los párpados para siempre. El poeta del barrio se sentó en un rincón del boliche y pidió una copa doble...

 

BOROCOTÓ (1937)

 

 

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