¡Habla memoria!

El destino, la pelota y yo - Capítulo XVI

Por Redacción EG · 22 de enero de 2019

Por José Manuel Moreno. Fútbol en tierras mexicanas. “Tita” Merello, noches de juerga, el destierro y hasta una pelea de "cowboys" fueron parte de su estadía que consolidó con un campeonato.

Tierra cálida, sentimental, tierna y armoniosa y bravía donde me tocó vivir; tierra de ingenuidad y naturaleza desbordante, de amistades estrechas sin desdeñar las nuestras, tierra de lengua cantada que acaricia y consuela; tierra de torerías y guapeza con fuerte raíz hispánica que ya, de entrada, la sentí como un eco en mi propia sangre.

Yo fui contratado por el club España, uno de los irás grandes de allá, en condiciones económicas que me resarcían con creces lo que dejaba en Buenos Aires. Pero no sentimentalmente. Lo comprendí bien por la "tristeza. saudades, morriña" —que ya de varios modos sabía nombrarla— y que me abrumó en cuanto despegó el avión que me llevaba a México, y al recibir, a poco de instalarme en tierra azteca, un número de la revista "River", donde me dedicaban mi recuadro que, entre otras cosas, decía. "No lo veremos más. El Tribunal de Penas de la Asociación del Fútbol Argentino selló la suerte de la actuación de José Manuel Moreno en River Plate. Ya no veremos más al que fuera el más diestro, el más espectacular, plástico y vigoroso de los insiders argentinos. El que fuera la más acabada expresión del juego estilizado, armonioso y contundentemente eficaz del equipo "millonario", y el que diera al club tan gratas y hondas satisfacciones."

La revista "La Cancha" me despidió con esta viñeta: "Me las tomo para México", decía. México me tomó a mí.La revista "La Cancha" me despidió con esta viñeta: "Me las tomo para México", decía. México me tomó a mí.



"Moreno, que nos maravillara con su gama extraordinaria de recursos, que constituyera uno de nuestros más preciados ídolos deportivos, vivirá en adelante en el recuerdo. (¿Estaba muerto yo? No, puesto que seguía.) En nuestro archivo de las cosas inolvidables estará viva, permanente e intacta, su constante recordación."

"Porque, nobleza obliga, ahora que lo hemos perdido, no podemos restar importancia a su ausencia."

"Se fue en el momento en que su juego recobraba su mejor esplendor. Cuando resurgía con la plenitud de sus potentes medios... Sorprendente e inesperada, su pérdida, para River Plate, fue sensible y lamentada."

(¡Gracias, periodista amigo, que quizás por esas palabras cordiales, fuiste castigado, lo mismo que yo!)

Porque, nobleza obliga —digo yo a mi turno—, he de confesar que ese comentario me conmovió hasta las lágrimas. Ellos, conmigo, habían perdido un hombre afortunado, sin duda, por un físico de privilegio, que debía a mi madre sana y hacendosa y a mi padre sano también y esclavo de la disciplina. Yo, en cambio, dejaba detrás de mí lo que más quería en mi vida: lo que me restaba de mi familia, mi club, mis nobles compañeros y... ¿por qué no decirlo?, la masa multitudinaria de mis admiradores..., y una casaca blanca listada en rojo, a la que debía las mayores satisfacciones de mi vida.

 

EL FUTBOL EN MEXICO

Cuando llegué a México encontré un público entusiasta y ardoroso que se apasionaba por todos los espectáculos, y principalmente por el toreo y el fútbol. Al primero lo tenían más arraigado por vieja tradición; pero el segundo había logrado apasionarlo también. Y no diré que lo mismo, pero de manera parecida, se adoraba en la capital azteca al torero y al futbolista. Existía una sola cancha con capacidad suficiente para la afición: la del club Asturias. Y a mediodía se jugaba fútbol Y por la tarde se corrían toros. Por la noche... juerga. ¡Sepan ustedes, si lo imaginan, lo que era un domingo mexicano!

Pese al entusiasmo por las lides de la pelota, que iban desplazando, o por lo menos compitiendo con las del ruedo, se jugaba en México un fútbol que no era el nuestro, por cierto. Como tampoco era el toreo el fino virtuosismo español, sino la lidia "a lo macho", como decían los charros metidos a toreros... y que lo hacían requetebién, en verdad, en interminable disputa de méritos y guapeza con los peninsulares... y sobre todo con las fieras.

Mi llegada a México. Paso por la aduana. Trámites, papeles a empezar a vivir los aires de aquella tierra inolvidable.Mi llegada a México. Paso por la aduana. Trámites, papeles a empezar a vivir los aires de aquella tierra inolvidable.



Mucho se hablaba en México de la finura del fútbol platense, que ya conocían a través de otros prófugos que me habían precedido; y mucho también se esperaba de mí, de quien los periódicos, informados de mi arribo, habían dicho que era "el mejor insider del continente"... y dueño de una técnica "endiabladamente revolucionaria". Tal vez fuera cierto, pero me hacían falta en el centro, las puntas y el ala derecha los maravillosos delanteros de las grandes campañas. (¿Dónde estabas, Pedernera, y ustedes, García, Labruna, Peucelle, Deambrossi, Ferreira, Rongo... y tantos más? ¿Dónde estaban los "muchachos de entonces"?) Encontré en el España uno grande, muy grande, a quien conocía yo de San Lorenzo y siempre soñé jugar a su lado: el vasco Isidro Lángara, el formidable artillero de los 20 goles en 1940. Conversamos largamente sobre el mecanismo de la máquina con él y el entrenador, y la pusimos en ensayo durante las prácticas. Bueno..., era tal la expectativa en México por la actuación del España reforzado que sólo en un entrenamiento para el que se cobró la entrada el club recaudó la considerable suma de 12.000 pesos mexicanos. Los periódicos de allá dijeron que ese movimiento se había producido para verme... No sé: pienso que quizá sería para presenciar la transfusión de mi sangre...

 

MEXICANOS PARA MEXICO

Recuerdo que al término de aquel ensayo entre dos teams del España para el entrenamiento tuve tanta suerte en las emboquilladas de cabeza y shoteo mediante el conocido artificio de la máquina que al término de la goleada de nuestro equipo el público invadió la cancha; me buscaban, me estrujaban, buscaban mis manos para apretármelas... (Perdón, lector, pero así fue.) Y en medio de aquella frenética algarabía se me acercó un charro de campanillas, (mucha y colorida seda en el atuendo, borlas y plata y charoles). Me estrechó la diestra entre sonoras frases de felicitación, y me dejó en ella —no recuerdo cuántos— algunos mexicanos de oro. La dádiva me produjo una reacción de alergia, y exploté:

—¡No, señor, eso no!

Más tarde supe que era una costumbre de los grandes potentados mexicanos agregar a los premios instituidos por los clubs donaciones con destino a los ganadores de los partidos, del mismo modo que entregaban formidables premios para los más eximios matadores en la plaza de toros. Lo cierto fue que, cuan-do le rechacé su "propina", el personaje me replicó, casi ofendido, al par que dolorido:

—¿Y por qué no, niño? ¿Y por qué no, si mereces eso y mucho más?

Uno de mis camaradas, no recuerdo quién, me sopló al oído en ese instante:

—¡Agarrá, Josecito! ¡Pero si eso aquí es la costumbre!...

Me acordé de lo que cuenta Dumas de los mosqueteros, que no tenían a desdoro aceptar doblones del señorón a quien servían... y me guardé las relucientes monedas. Pero esa noche..., tengo la seguridad de que esa misma noche..., aquellos mexicanos se quedaron en México.

 

LOS "MEXICANOS" Y TITA MERELLO

Mi primer día de fútbol en México: entrenamiento del Plantel del España. Allí están Blasco, Lángara, "Cubanaleco", Miedo, Fernando García, el entrenador costarricense, y Septiem, el único mexicano que integraba el equipo.Mi primer día de fútbol en México: entrenamiento del Plantel del España. Allí están Blasco, Lángara, "Cubanaleco", Miedo, Fernando García, el entrenador costarricense, y Septiem, el único mexicano que integraba el equipo.



¡Claro que allí se quedaron! Esa misma noche me largué a caminar solo por esas calles de Dios. Me gustó siempre la compañía, pero también la soledad. Y de pronto, donde menos lo pensaba, me encontré con un grupito de trasnochadores. Y justo al pie de un farol. Nos reconocimos, aquello fue grande.

—¡Morenito!

—¡Luis!

Era Luis Sandrini.

—¡Pibe Rulito!

—¡Tita Merello! ¿Vos, hermanita?

—Yo, y en México. ¿O te crees que vos solo te las picás? ¿Y qué andás haciendo así, cortado, con semejante noche de luna?

—Paseando la tristeza.

—¡Dejate de romanticismos! ¡Vamos, agregate a la caravana!

—¿Para dónde van?

—Al Patio. Era la más famosa boite de la capital azteca. Y para allá nos largamos todos, cantando tangos a la sordina.

Confesión: de mí se dijo —¿recuerda el lector si me ha seguido?— que yo bailaba con la misma destreza en la gramilla y en el encerado. Y confesado tengo que las dos cosas me gustaban de alma.

¡Qué compañera, mi Dios! ¡Qué compañera para el fioristurango me encontré de sopetón aquella noche: nada menos que Tita, la catedrática!

Bueno... toda la velada se nos fue en cortes y quebradas, que los contertulios festejaban estruendosamente. Y en los intervalos, la charla seria con ella evocando la tierra, los afectos..., todo lo que estaba allá lejos; lo que habíamos dejado a la zaga de nuestro destino de trotamundos...

Noche de evocación, de aflojamiento sentimental al compás de aquella música y aquellas letras que teníamos impresas en el corazón; aflojamiento, sí, pero tan cálido, tan humano..., ¡tan porteño! Por el recuerdo de aquella noche inesperada que abolió las distancias llevándome espiritualmente a Buenos Aires, ¡gracias, Tita Merello!

 

A LAS POCAS HORAS CON EL "PUEBLA"

En una boite mexicana nos encontramos con las actrices Tania y Sara Wast. Se impuso la fotografía de ese rincón argentino, al que se sumaron empresarios artísticos cuyos nombres no recuerdo.En una boite mexicana nos encontramos con las actrices Tania y Sara Wast. Se impuso la fotografía de ese rincón argentino, al que se sumaron empresarios artísticos cuyos nombres no recuerdo.



Lo malo fue que al día siguiente teníamos un encuentro de compromiso. Nada menos que con el Puebla, cuadro de jugadores de rompe y raja. Y el match había despertado una gran expectativa en la afición. El estadio del Asturias estaba como para desplomarse. Y yo también. Sentía un cansancio tremendo. El partido se prolongó hasta los minutos finales sin apertura del score. Faltaba uno apenas cuando se me brindó la gran oportunidad que me hizo saborear por anticipado la delicia de la victoria. Vino de pronto un centro cerrado y templado (ya diré el porqué de la expresión) ; el guardavalla del Puebla se abalanzó en procura de la pelota y quedó manoteando en el aire. ¡Era mía, y el arco estaba desguarnecido! ¡Salto, cabezazo, y gol! como lo tenía hecho centenares de veces. Lo malo fue que al querer saltar las piernas no me respondieron y la pelota pasó de largo. El tango, muchachos, es un estupendo entrenamiento para el dribbling. Pero, cuidado con no sobreentrenarse, como me sucedió a mí, con Tita, la víspera de aquel partidazo de órdago.

 

VICTORIA EN MEXICO Y VUELTA TRIUNFAL

Te debo mi tributo de gratitud, México, país inolvidable, donde los afectos florecen y dejan recuerdos que perduran como el aroma del jazmín, la diamela, y la magnolia. Tierra de dulzura como la de tus guayabas, chirimoyas y papayas; tierra de cariño y fraternidad. Y tu pueblo todo, ¡tan guapo, tan manso y tan cordial! Me dejaste en el corazón, México, un amor imperecedero, un embrujo que me ha de acompañar por siempre. Yo fui a tus playas hospitalarias, expulsado como un réprobo; fui a jugar al fútbol, pero no era solamente eso: un futbolista. Era, además, un hombre, un muchacho expatriado, con muchos anhelos sentimentales: amor, amistad, curiosidad de mundo, de placer, ansias de aventura... ¡Y todo me lo diste de manera luminosa y cumplida, México, tierra maravillosa!

 

UN PLAYER MEXICANO

Existían en México varios clubs que se disputaban la pasión de la hinchada, como en todas partes: el Asturias —dueño del estadio—, el España, el Puebla, el Marte, el Guadalajara, el Oro, el León, el Tampico, el Veracruz... Jugaban "a lo macho", como ya dije, con gran exasperación de los árbitros locales, que solían amonestar a los jugadores con un término de la tierra:

—¡Juego más templao, señores!

Me gustó mucho México; tanto me gustó que la vestimenta de charro me hacía feliz cuando la usaba para alguna broma. "Orate, orate, mi cuate" . . . Me gustó mucho México; tanto me gustó que la vestimenta de charro me hacía feliz cuando la usaba para alguna broma. "Orate, orate, mi cuate" . . .



Sí; porque aquélla era una acción de mucha fuerza pero poco virtuosismo en la que abundaban los fouls, a veces por sobra de guapeza, de empuje, y sin mala intención. A propósito de templao, palabra que allá se usa mucho en lugar de suave o caliente —y significa lo mismo—, recuerdo algo chistoso que habré de contarles. Allá en México el cuadro del España estaba formado por muchos españoles, dos cubanos, un argentino —servidor de ustedes— y un solo mexicano (se llamaba Septiem y llevaba el número 11). ¡Era tremendo el hombre! ¡Qué shot, madre mía! Jugaba de puntero formando ala conmigo, y era todo un espectáculo mirarlo. Tenía un dribbling endemoniado. Adelantaba la pelota, lo tiraban al suelo, se levantaba y seguía con ella; lo volvían a derribar..., y arriba otra vez, y siempre con la redonda como si la tuviera atada al botín. No sé cómo se las arreglaba, pero la cosa es como se la cuento. De repente se paraba en seco y mandaba unos centros que convertían a la pelota en proyectil atómico, capaz de arrancarle la cabeza a quien se le interpusiera. Yo, cuando la veía venir —y a pesar de que ése era mi fuerte, ¿verdad, "Siete Cabezas"? —le gritaba a Lángara, que oficiaba de central, dejándole pasar:

—iTuya, vasquito!

Y Lángara cabeceaba. De los vascos se dice que son cabezas duras (¿no es así, don Juan de Garay?), y por cierto que aquí lo probaba el ex artillero de San Lorenzo, que no vacilaba en interceptar el cañonazo, sin fractura de cráneo ni conmoción cerebral. En los descansos y el entrenamiento yo solía recomendarle al charrito aquel:

—Más despacio los centros, che; sin tanta fuerza. ¿No ves, manito, que estoy aquí no más, al lado tuyo? Me la entregas despacio, le meto la cabeza... ¡y gol! Pero como tú te las mandas, ¿quién se atreve a cabecear?

Como consecuencia de la recomendación, y durante el juego, cada vez que el mexicano iba a centrear me preguntaba:

—¿Cómo la quieres, José?

A lo que yo, invariablemente, y cuidándome la pensadora, que necesitaba para dirigir la máquina, a más de golear, le gritaba:

—¡Templao, manito!

 

LOS DESTERRADOS

Además de Lángara, de quien ya me ocupé y seguiré ocupándome, tuve la inmensa alegría de encontrar en México a otros desterrados del fútbol, expulsados de nuestra tierra por culpa de una pésima legislación. Porque el jugador perteneciente a un determinado club —aun caducado o rescindido su contrato— era (y sigue siéndolo, porque eso no ha mejorado) pertenencia de la institución. Algo así como el Shorthorn o el Aberdeen Angus nacido en una cabaña.

Bien... ; allá me encontré con Rodolfi, de "la tierra del sol y del buen vino" (vinacho, ahora), el gran jugador técnico que estudió —aunque no mucho— para doctor en derecho..., pero abandonó la Facultad para; imponer otras leyes en la gramilla: las del juego técnico y caballeresco. Lo encontré formando en el equipo del Puebla, al que enseñó la técnica de River, con lo que el fútbol mexicano mejoró por varias puntas.

En el cuadro del España estaban —a más de Lángara—Cilaurren (otro lindo vasco, pero éste de River), Iraragorri, Blasco (también de River) ...

 

LA VICTORIA DEL "ESPAÑA"

El club España, pese al denuedo de sus componentes, no había ganado nunca el campeonato en México. Tenía un excelente entrenador checoslovaco; Miller, y un estupendo director técnico: Muñoz (Tico, costarricense). ¡Grandes compañeros! Lo que pasaba es que los "gaitas" eran demasiado guapos; querían ganar a puro empuje y corazonada; arremetiendo. Les faltaba picardía, finura, virtuosismo. Bueno...; nos pusimos de acuerdo con Miller, Lángara y Muñoz, para imponer al cuadro la técnica de la máquina. Muñoz me lo pidió, y pasé a ser, prácticamente, el entrenador. Ensayamos la máquina, la engrasamos, la pusimos al pelo... Y ese año de 1945 el España, con el cuadro afinado como violín de gitano, logró por primera vez el campeonato. Llegamos a su término debiéndose disputar el inevitable "clásico" con Asturias (algo así como el entrevero entre Boca y River por la “rivalidad” existente entre ambos). Y ganamos el partido final nada menos que por 7 goles a 2. Y de los siete, amén de contribuir a preparar el resto, dos fueron marcados por mí. De uno de ellos la crónica periodística dijo que jamás seria olvidado en México.

 

UNA INESPERADA VUELTA OLIMPICA

Otro encuentro gratísimo. Con Roberto Gabaldón, conocido director de cine, y Pedro Armendáriz, el actor no menos Popular.Otro encuentro gratísimo. Con Roberto Gabaldón, conocido director de cine, y Pedro Armendáriz, el actor no menos Popular.



Yo ya tenía concertado con el club España, para el término del campeonato, unas vacaciones de varios meses para volar a Buenos Aires. Ellos sabían, por experiencia dolorosa, lo que es la patria lejana (el hogar ausente). Y me concedieron la licencia con amplia generosidad. Pero he de volver al final de aquel partido que dio término triunfal al campeonato después de varias temporadas de fracaso. Como en la plaza de toros, premiando la actuación de una cuadrilla o la habilidad de un matador, sombreros por el aire, vivas y hurras, elocuentes apretones de manos... y la inevitable entrada de la policía en el campo, para despejarlo. De pronto, por los altavoces, una voz estrepitosa que gritó:

—¡Atención, atención, señores! — lo cuento como fue, testigos, los camaradas que allí estuvieron. Hecho el silencio a duras penas, la voz prosiguió:

—Señores: comunicamos a ustedes que en breve emprenderá vuelo para su patria, la Argentina, nuestro gran insider José Manuel Moreno. Irá en viaje de vacaciones, pero el próximo año lo tendremos de nuevo con nosotros para la disputa del campeonato.

Y allí la voz de la hinchada, multitudinaria, frenética:

—¡Moreno, Moreno, Moreno! ¡Vuelta olímpica! ¡Vuelta olímpica!

Y yo, pobre de mí, que me había jugado entero aquella tarde, y estaba más para el catre que para el trote, no tuve más remedio que darla. Y..., ¿me lo permiten? Lo digo porque así fue y consta en los periódicos: me ovacionaron en forma delirante hasta los de la "porra del sol", la parte de la tribuna donde el solazo da de plano. En ella la entrada es más barata. Pero allí se congregan los entendidos de verdad, los eternos descontentos, lo más bravío y agresivo de la hinchada, como en el "gallinero" de los teatros líricos. los que más entienden de óperas y zarzuelas. ¡Y que Dios los libre!, Caruso, Adelina Patti, Delia Rigal, o como te llames, de lanzar un gallo, porque de allá les lloverán insultos y cascotes. Y vivarán al team que te venció, como se aplaude al toro que le clava las guampas al frustrado matador.

 

UNA DE "COWBOYS", PERO SIN CUENTO

Le llamaban "el pirata Fuentes". Era mexicano y futbolista. Y aunque no pertenecía al España nos unía una amistad estrecha porque teníamos los mismos gustos y aficiones. Agregaré que era gran bebedor y formidable biabista. La noche que festejamos la victoria del España —y luego de un prudente descanso— nos fuimos los dos a una taberna de la orilla (caverna, más bien), igualita a las que se ven en las películas del Oeste. En las mesas y junto al estaño, multitud de charros con sus trajes típicos, caras patibularias y revólveres al cinto que mostraban las culatas. Algunos de ellos, hinchas del club derrotado, me reconocieron y empezaron a largarme pullas: "Que si en la cancha tal vez pero en la calle quién sabe..." "Sí, porque estos de allá del Sur..." Y se reían, mirándome.

—Soy del Sur —les dije— pero si hay que hablar como en el Norte...

Fuentes los interpeló, sereno, como quejándose:

—¿Qué pasa, manitos? Déjenlo tranquilo al niño...

¿Tranquilo? Le adivinaron la bronca replegada y arreciaron con las pinas. De pronto, el "pirata" me sopló al oído:

—¿Vamos, manito?

—¡Vamos!

¡Bueno! ... (y gracias, Luis Rayo, por aquellas leccioncitas del Refugio). Se armó la de Dios es Cristo. Unos a favor nuestro; otros en contra. ¡Cómo pegabas, "pirata"! ¡Cómo pegabas de lindo!

Creo que la ganamos; creo que sí, porque al final, a costa de algunas contusiones, me quedaron de trofeo, en las manos, una pistola y un par de botas.

 

(Continuará)

En el próximo número: "Buenos Aires, mi tierra querida".

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