¡Habla memoria!

1997. La ley de los ojos

Por Redacción EG · 16 de enero de 2019

Una recopilación de los cracks del fútbol argentino que deleitaron a miles de fanáticos de este deporte. Maradona, Bochini y ¨Pinino¨ Mas son algunos de los maestros que hay que mirar para apreciar el buen fútbol.

La expresión pertenece a un argentino de la guardia vieja, fallecido hace años. Alejandro Scopelli, integrante de la famosa línea de Los Profesores que tuvo Estudiantes de La Plata en los años Treinta —Lauri, Scopelli, Zozaya, Nolo Ferreira y Guaita—, jugó en Europa, volvió para actuar en el Racing Club, se fue de vuelta, regresó con su diploma de entrenador y dejó como herencia de su inquietud didáctica uno de los primeros libros sobre técnica y táctica que haya escrito un hombre de nuestro fútbol: "Hola, Mister".

Don Alejandro era un patriarca del juego y supo brindarnos la riqueza de sus recuerdos y el sabor de sus charlas. En uno de esos coloquios marcó enfáticamente la importancia de los maestros: "Los jóvenes aprenden mirando a sus mayores, tratando de emularlos. Mientras fui jugador de Estudiantes, asimilé hasta dónde fui capaz todo lo que le veía hacer a Nolo Ferreira, dentro y fuera de la cancha. No existe mejor método de enseñanza. Es lo que yo llamo la ley de los ojos..."

Esa misma idea nos fue transmitida por Angel Labruna, uno de los goleadores más fantásticos de nuestras canchas: "Tuve grandes maestros, como Renato Cesarini o Carlos Peucelle. Pero de ninguno aprendí tanto como de Nolo Ferreira, cuando jugó por River entre 1933 y 1935. Yo estaba en las divisiones inferiores y no me perdía un entrenamiento o partido de la primera, comiéndome con los ojos todo lo que hacía Nolo. Después, en el patio de mi casa, trataba de imitarlo repitiendo sus jugadas..." Exactamente lo que sostenía Scopelli, sobre el mismo admirable modelo.

Hugo Orlando Gatti creció en el fútbol copiando virtudes de Néstor Errea y Amadeo Carrizo. A su vez fue modelo de arqueros más jóvenes. Entre ellos, Navarro Montoya, su continuador en el arco de Boca. Hugo Orlando Gatti creció en el fútbol copiando virtudes de Néstor Errea y Amadeo Carrizo. A su vez fue modelo de arqueros más jóvenes. Entre ellos, Navarro Montoya, su continuador en el arco de Boca.



Hugo Orlando Gatti siempre afirmó que nadie le enseñó nada, que a los 18 años, cuando llegó a la primera de Atlanta, ya sabía todo. Expresión propia de su personalidad, desbordante de confianza y autoestima, pero discutible. En el club de Villa Crespo fue puliendo su capacidad natural para anticiparse a las jugadas y cortar juego, viendo cómo razonaba el partido su antecesor Néstor Martín Errea. Y cuando estuvo en River, peleándole el puesto a un monstruo como Amadeo Raúl Carrizo, perfeccionó sus entregas con el pie, mirando y admirando cómo le pegaba Amadeo con el empeine, bien cerquita del suelo y dándole el efecto justo para ponerla en el sitio deseado. Otro que aprendió a entregar la pelota copiando lo que hacía Amadeo, el genuino creador de esa especialidad, fue el cordobés Orlando Irusta, en su breve paso por River, antes de atajar parí Lanús. Y de él, como si le estuviera haciendo una transfusión de glóbulos de Carrizo, aprendió su hermano menor, el "Mono" Agustín Irusta. Para que la herencia no se perdiera y la ley de los ojos conservara su vigencia, un juvenil Nery Alberto Pumpido fue admirando y copiando la perfección con que le pegaba Irusta, cuando tenía 17 años y era suplente del Mono en Unión de Santa Fe. Otro Mono más contemporáneo mejoró sensiblemente sus entregas desde el área penal, viendo cómo le pegaba Pumpido en Vélez Sarsfield y, más tarde, Hugo Orlando Gatti en Boca. Era Carlos Fernando Navarro Montoya, uno de los últimos capacitados entre nosotros para atajar o cortar y meter de inmediato un pase—gol.

El arranque inconfundible de Ricardo Enrique Bochini para dejar parado a un adversario. Su fútbol llenó los ojos de un pibe llamado Diego Maradona. El arranque inconfundible de Ricardo Enrique Bochini para dejar parado a un adversario. Su fútbol llenó los ojos de un pibe llamado Diego Maradona.



Angel Clemente Rojas creció admirando los amagues y las gambetas de Eresto Grillo, la gran figura de Independiente en los Cincuenta. Siendo pibe, en el Club Social y Deportivo Podestá de j Lanús Oeste, Rojitas imitaba todo lo que veía hacer a su ídolo. Especialmente el número fuerte de Grillo, pararse con los dos pies sobre la pelota, para asombro y delicia de quienes veían en ese pibe la promesa de un futuro crack. Por esos mismos años, Norberto Menéndez era centrodelantero de la quinta división de River y trataba de copiar los movimientos, el zig zag a la carrera y el remate seco, preciso, de un atacante virtuoso y penetrante que enloquecía a la hinchada de la Banda: el oriental Wálter Gómez.

Llegando a los Sesenta, surgió en River un goleador electrizante: Oscar "Pinino" Más. La idolatría que le despertó la desbordante voracidad de Luis Artime para mandar a la red toda pelota que le pasara cerca, determinó que lo adoptara como su modelo. Sus compañeros, que confiaban ciegamente en los goles de Artime, lo apodaban "La Fiera". Por eso, en la canchita del baby fútbol, con apenas 12 ó 13 años, Pinino les pedía a los otros pibes: "Pásenmela a mí, a La Fiera, que es gol..." Se la daban y la metía. Todavía se recuerdan aquellos impactos brutales del Mono, brotando de la nada, entrándole sin acomodarse y sin dejarla tocar el suelo, para clavarla en los rincones, con los arqueros preguntándose "¿por dónde entró?"

Grillo jugando para Independiente frente a Ferro el 16 de mayo de 1954. Fotografía: Polzinetti.Grillo jugando para Independiente frente a Ferro el 16 de mayo de 1954. Fotografía: Polzinetti.



En la década del Setenta asomaron en el panorama del fútbol criollo dos auténticos prodigios: Norberto Osvaldo Alonso en River Plate, Ricardo Enrique Bochini en Independiente. Dos creadores de estilo propio que trajeron el soplo fresco de un fútbol nuevo, original, diferente. Parecido al que alguna vez jugaron con esos mismos colores el Cabezón Sívori, el Ronco Ermindo Onega o el Pelado Ernesto Grillo, aunque por una razón generacional ellos no pudieron ser los modelos copiados.

Sin embargo, tanto el Beto como el Bocha hicieron escuela, transmitieron su modalidad, contribuyeron a dejar su herencia de sangre. Diego Armando Maradona pasó su adolescencia admirando la forma en que Bochini la llevaba cortita y la pasaba metiéndola por el ojo de una aguja, eligiendo siempre lo más apropiado a cada circunstancia del juego. En la genial simplicidad con que resuelve Diego, invariablemente se advierte la poderosa influencia del modelo. Con los vitales agregados de su facilidad para inventar la jugada que no existe y pegarle con cualquier parte del pie para ponerla donde se le ocurre.

Maradona en su máxima expresión, en su etapa en Boca en 1997.

Maradona en su máxima expresión, en su etapa en Boca en 1997.



En la época que Alonso quedó como titular de la primera millonaria, aparecieron en las inferiores dos 10 gambeteadores y sutiles, de buena pegada, que seguían los pasos del Beto: Carlos Daniel Tapia y Alejandro Sabella. En las zurdas del "Chino" y del "Mago" que luego paseó su dribbling imparable por el Sheffield United de Inglaterrra y Estudiantes de La Plata, también se cumplió la ley de los ojos.

En el primer capítulo de "Mi fútbol y yo", hermoso libro sobre técnica y táctica futbolera escrito por Patricio José Hernández, actual entrenador de Banfield, el autor recuerda a su padre, quien le enseñara los senderos a recorrer, inculcándole devoción por sus protagonistas. Y lo relata así: "Supe de la zurda precisa de Puskas, del sentido de la definición del Beto Infante, las gambetas de Nolo Ferreira... Casi pude ver cómo la llevaba cortita y al pie Pichón Negri, cómo recorría el campo Alfredo Di Stéfano, la belleza del juego de Tucho Méndez, Pedernera y Martino, la elegancia de Liedholm, Lazzatti, Didí y Ademir, la habilidad fantástica de Sívori y su enorme amor propio. Me hablaba de ellos y a través de esas charlas consiguió hacerme consciente de una regla de oro: el fútbol entra por los ojos, pasa al cerebro y recién entonces va a los pies¨.

La imagen de Nolo Ferreira, cuando jugaba en Estudiantes de La Plata. El "Piloto Olímpico", ídolo de Alejandro Scopelli y Angel Labruna. La imagen de Nolo Ferreira, cuando jugaba en Estudiantes de La Plata. El "Piloto Olímpico", ídolo de Alejandro Scopelli y Angel Labruna.



Más adelante, en el mismo capítulo, redondea el concepto: "Para mi vocación y profesión es un orgullo haber nacido en el fútbol rioplatense, en un medio en el cual a los 6 ó 7 años uno ya tiene la posibilidad de imitar a docenas de jugadores excelentes, de los mejores. Es un privilegio crecer rodeado por una historia rica y variada, teniendo al alcance de la mano su profundidad, sus características, sus orígenes, sus virtudes y defectos, los hombres que la forjaron. Y yo disfruté de ese privilegio, viendo a Hugo Gatti, Juan Joya, Ermindo Onega, La Bruja Verón, Spencer, Tito Goncalvez, Pachamé, Pedro Rocha, Carlos Griguol, Basile, Mazurkiewicz, Poletti, Pastoriza, Ubiña, Rendo, Forlán, Juan Mujica, Madero, Anchetta, Bochini, el Beto Alonso, Babington, Perfumo, Cejas, Errea, Manera, Malbernat, el Pardo Abbadie, Brindisi..."

Sobran los ejemplos para demostrar que los jóvenes aprenden mirando a los mayores, tratando de copiar lo mejor de su repertorio. El problema se presenta cuando faltan maestros. ¿A quién mirar? ¿De quién aprender?

Los más jóvenes del plantel de River disfrutan de ese modelo, día tras día, en cada entrenamiento, viéndolo caminar, prepararse para recibir, matarla en el aire con el colchón de su empeine, llevarla, cambiar de dirección armoniosamente, casi sin quebrar la carrera, pasarla al sitio justo y definir como lo que es: un maestro. Es Enzo Francescoli. No todos tienen ese modelo permanentemente al alcance de su vista y su intelecto. Es posible que allí resida la mejor explicación para entender por qué juega tan bien y gana tan seguido el cuadro de la banda roja.

De todos modos, mientras sigan surgiendo pibes dotados de talento natural, como Ortega, Ibagaza, Guerrero, Solari, Posse, Riquelme, Placente, Cardetti, Markic, Pablito Aimar y tantos otros, la continuidad de la especie futbolera está asegurada en el fútbol argentino. Pero si, además de los dones que les ha concedido la naturaleza, pudieran mirarse en el espejo de los consagrados, todo sería más fácil, más seguro, menos azaroso, porque no existe método de aprendizaje superior a la ley de los ojos.

 

Por JUVENAL

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