¡Habla memoria!

El destino, la pelota y yo - Capítulo X

Por Redacción EG · 15 de abril de 2020

Por José Moreno. El crack del fútbol revive de sus memorias una faceta muy destacable de su juego: el cabezazo. Entre anécdotas, reseñas y hasta una poesía, revela parte de sus secretos.

A lo largo de mi carrera deportiva me llamaron de distintas maneras: "el pibe Rulito", que ya sabemos; "el Charro" en México y Colombia, y por allá también, algunas veces, "El Gitano", "Papá Moreno", "Matusalén del Fútbol". No me faltaron apodos, pero el que más gracia me hizo fue uno que debo a un cronista de "La Cancha" que además era poeta: "el pibe Siete Cabezas".

Ya veremos a continuación el cómo, el cuándo y el porqué del sobrenombre. Lo de "el pibe Rulito" se terminó con la máquina cero del peluquero del cuartel, aunque más tarde recuperé los rizos que me dieron fama y chance en canchas y salones durante la primera juventud. Tampoco me faltaron calificativos, como los de "endiablado", "terrible"... Lo de "siete cabezas" saltó en Buenos Aires allá por 1938. Ya sabemos el "cuándo"; veamos ahora el "cómo" y el "por qué". Alguna vez al comienzo de mi carrera futbolística se dijo que yo tenía shot débil, que luego mejoré; pero que tenía un juego mefistofélico y que más que nada actuaba con la cabeza. Se hicieron a este respecto muchos malabarismos de palabras, confundiendo adrede la cabeza con la inteligencia, que a veces suelen ser una sola cosa y la misma; y el cabezazo a tiempo con la solución instantánea de las combinaciones matemáticas, en el que ambas cosas se conjugan. "Noticias Gráficas", al pie de una foto mía, dijo en ese tiempo:

"Moreno, el hombre de la magnífica cabeza y la clara inteligencia ..."

No me envanezco. El periódico estaba hablando de fútbol... Lo cierto es que, a lo largo de toda mi actuación en todos los campos, marqué muchos goles de cabeza. Y el origen de esa "especialidad" —y esto es por qué provino de lo que verá el lector.

 

Me llamaron "Siete cabezas" por la facilidad con que tomaba cualquier pelota con la testa y más que nada por los goles que así hice. Por las fotos me doy cuenta que tenía un depósito de oxígeno en los pulmones… que ahora no tengo.

Me llamaron "Siete cabezas" por la facilidad con que tomaba cualquier pelota con la testa y más que nada por los goles que así hice. Por las fotos me doy cuenta que tenía un depósito de oxígeno en los pulmones… que ahora no tengo.

 

PEUCELLE

Durante los entrenamientos de la primera de River, donde yo formaba junto a Peucelle, el winger maravilloso, hice con él un pacto de combinación estratégica. En cuanto el gran puntero lograba la pelota yo le estudiaba los movimientos, y ya sabía, por intuición o cálculo, el lugar precisamente matemático del centro que mandaría. Simulaba yo un movimiento cualquiera para desorientar a los zagueros rivales, volvía velozmente al punto exacto, milimétrico, que ya teníamos calculado y luego..., salto como de langosta, cabezazo y ¡gol! ... la mayor parte de las veces. Esta misma combinación la ensayamos luego con García, Pedernera y otros grandes wingers, con el mismo o parecido resultado, incluso en matches internacionales. Y por cierto que no fueron pocas las veces que me di ese gusto de marcar el gol de cabeza. Veamos algunas, al azar de los recuerdos.

 

GOLES DE CABEZA

El 2° en la disputa de la Copa Newton en 1937.

Tres goles en el partido del 11 de mayo de 1938 contra Estudiantes.

En la Copa Mignaburu, el 18 de junio siguiente, el gol de la victoria fue comentado así por el cronista de "La Razón":

"Recordamos casi con asombro esa jugada de precisión matemática. Apoyó Martínez a Moreno, combinó éste con García en la forma característica de ambos; vino un centro largo del "Chueco" que recogió González en el otro costado de la cancha para colocar un centro, que la cabeza de Moreno vino a conectar con la red en un salto estupendo".

También marqué, de cabeza, el 2° gol en uno de los matches disputados con Chacarita Juniors ese mismo año de 1938. El 9 de octubre, en el gran cotejo con Independiente, dos más. En el gran match de ese año contra el Seleccionado del Interior, la crónica dijo:

"A los 23 minutos, Moreno, de cabeza, anotó el 2° tanto para el equipo de la Asociación..."

"A los 39 minutos, los locales obtuvieron el 4° tanto, por intermedio de Moreno, también con un golpe de cabeza".

Todos éstos, y otros cabezazos a tiempo, que ahora no recuerdo, tuvieron la virtud de avivar la musa traviesa del ya mentado cronista-poeta de "La Cancha", que escribió los versos que siguen, con bastante chispa, por cierto:

 

Este documento de El Gráfico para que conste que mi actividad en el juego de alto no iba solamente al ataque, sino también a la defensiva, como en este partido con Racing, donde aparezco rechazando en mi propia valla.

Este documento de El Gráfico para que conste que mi actividad en el juego de alto no iba solamente al ataque, sino también a la defensiva, como en este partido con Racing, donde aparezco rechazando en mi propia valla.

 

SIETE CABEZAS

Ya Moreno ha conquistado

con sus goles de cabeza

la fama que su destreza

de cabecear le ha logrado.

 

Que es seguro que a Moreno

le faltaría viveza,

a pesar de ser tan bueno,

si no tuviera cabeza.

 

Su juego es de sutileza

y empuje y seguridad,

pero él le da calidad

con sus goles de cabeza.

 

Si ante el arco, con limpieza,

recibe un shot de Barullo,

llanamente y sin orgullo

mete un gol con la cabeza.

 

Sólo los hinchas contrarios

no es extraño que le griten

con afanes sanguinarios:

—¡Ojalá te decapiten!

 

Pero él, temiendo un revés

que quiebre su ligereza,

piensa un gol con la cabeza

y lo mete con los pies.

 

Para probar la eficacia

que ha adquirido en su destreza,

a veces, hasta por gracia,

se manda un gol de cabeza.

 

Y como ella da sorpresas

al arquero más dispuesto,

la hinchada adicta le ha puesto

por nombre, Siete cabezas.

 

LA COPA ROCA

Esto fue en enero de 1939, y otra vez en el Brasil. Entre la AFA y la Confederación Brasileña de Deportes se concertó la disputa de la copa Roca, creada "con el propósito de consolidar cada vez más los vínculos de amistad que unen..." (etc.). El cotejo tuvo un final lamentable, del que más vale la pena no acordarse…

Estaba fresco, en Río, el recuerdo de nuestra actuación allí el año anterior; nos conocían bien... y no quiera saber el lector los ríos de tinta que corrieron antes del primer encuentro, pulsando el estado de cada hombre de los nuestros, sus pálpitos, los detalles del entrenamiento..., tan luego como el "Almanzora", en que viajamos, atracó en el Puerto. Centenares de periodistas nos asediaban, con sus correspondientes fotógrafos. El público brasileño quería —exigía, mejor— la revancha de los suyos en defensa de su fútbol, al que habíamos dejado un tanto maltrecho el año anterior. Desde las columnas de los diarios cariocas advertían a los jugadores de su seleccionado, sugiriéndoles la conducta que debían observar. En lo que a mí respecta, "cuidado con mis diabólicas jugadas de cabeza". Yo era "el tremendo peligro capaz de dar intenso trabajo..." Que me marcaran bien y de cerca, "Diario da Noite" me señalaba como a una fiera terrible, y recomendaba al entrenador brasileño que diera instrucciones especiales a la línea media. Lo tenía de winger en mi ala a García, y ya se sabía lo que eso significaba: la combinación matemática.... y el inevitable gol de cabeza a cargo mío.

 

Fuimos a disputar la Copa Roca en enero de 1939 y dentro de la ampulosidad periodística de los brasileños me tocó verme así titulado: ¡El peligro! Yo era para ellos un chico "estranho e diabólico"... Resultó cierto…

Fuimos a disputar la Copa Roca en enero de 1939 y dentro de la ampulosidad periodística de los brasileños me tocó verme así titulado: ¡El peligro! Yo era para ellos un chico "estranho e diabólico"... Resultó cierto…

 

El primer partido se disputó en el estadio del Vasco da Gama, con los mejores auspicios de confraternidad: "Todo nos une y nada nos separa". Esto se dijo y se repitió en todos los tonos de la escala musical. EI presidente Getulio Vargas, por intermedio del seleccionado brasileño, nos obsequió un artístico bronce simbolizando la amistad entre los dos países. Los cuadros formaron así:

Brasileños: Batataes, Domingos y Machado; Bioró, Brandeo y Médio; Luizinho, Romeu, Leónimes, Tim y Hércules.

Argentinos: Guaico, Montañez y Coletta; Arcadio López, Rodolfi y Arico Suárez; Peucelle, Sastre, Masantonio, yo y García.

Ganamos por 5 goles a 1, de los cuales me tocó señalar el tercero y el quinto.

 

No habían andado mal encaminados los palpitadores, pues la técnica del primer gol fue la que sigue: a los 36 minutos se registró un foul de Machado. Arcadio López ejecutó el tiro libre, que no alcanzó a detener Domingos, pero que yo alcancé a tiempo mandando la pelota a la red de un cabezazo.

A los 10 minutos del 2° tiempo, Masantonio señaló el 4° gol argentino. Y dos minutos más tarde me tocó marcar el 5°..., pero entonces cambié de técnica. Los brasileños me cuidaban, especialmente, cuando venían tiros por elevación, pues fueron muchos los cabezazos que, a duras penas, me atajó el arquero. Tanto, que "El Gráfico" hizo este comentario:

"Los cabezazos de Moreno fueron una pesadilla para la defensa rival, en la que penetraba fácilmente en su diabólica combinación con García".

La técnica del quinto gol fue así: logré la pelota en la línea de los halves, eludí a Brandao con una gambeta, y sobre la marcha, desde treinta metros, lancé un tremendo shot de izquierda que tomó desprevenido a Batataes.

En el vestuario, al verme sonreír, recuerdo que el "Chueco" me preguntó:

—¿De qué te estás acordando?

—Del quinto gol de esta tarde, que no se lo esperaba nadie. Y me reía recordando unos versitos que alguna vez me dedicaron. El autor hablaba de mis ya clásicos goles de cabeza, y por allí decía:

"Pero él, temiendo un revés

que quiebre su ligereza,

piensa un gol con la cabeza

y lo mete con los pies".

 

 

(Continuará)

En el próximo número: "Picanear al buey más noble".

JOSÉ MANUEL MORENO (1959)

DERECHOS EL GRAFICO

 

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