Memoria emotiva

SONRISAS EN LA TEMPESTAD

Por Pablo Bomarito · 05 de noviembre de 2020

Victorio Casa fue un “wing” de un futuro promisorio que vio frustrada su carrera por un incidente con un centinela de la ESMA. Repasamos la historia del “Manco”, la que tuvo y la que no pudo ser. Memorias de un “tipo” alegre.

Autos y Chicas

Casa corría ensangrentado por el medio de la calle, sin sentir su brazo derecho. Todavía en shock no sabe bien hacia dónde va, pero se escapa de lo que no entiende: "¿Porque a mí, si no le hice mal a nadie?".
Su novia de ese entonces había quedado en el auto, paralizada por lo que había vivido. El Valiant II estaba lleno de agujeros, de un momento a otro, el bolero “inolvidable” que sonaba en el stereo del auto, le dio paso al sonido que hace la chapa cuando se desgarra.
Un Ford Falcon taxi aparece entre la noche, el chofer hincha de San Lorenzo, para, lo sube, lo conoce y lo lleva al Hospital Pirovano.
Al llegar y ver el estado del brazo de Casa, no quedó otra alternativa que amputarlo. Más tarde, el director del hospital, Marcos Sonneberg, confirmaba la dramática noticia.
Aquel 11 de abril de 1965, el único pecado que cometió Victorio Casa fue parar en la puerta de la ESMA y no escuchar la advertencia del centinela, tapado por el volumen de la música en su auto. Por torpeza, malicia o irresponsabilidad, la respuesta del marino fue ametrallar el auto. Así comenzó su lucha.

Casa, en plena recuperación en el Hospital. Siempre una sonrisa, leyendo El Gráfico.

Casa, en plena recuperación en el Hospital. Siempre una sonrisa, leyendo El Gráfico.

El hombre felíz

Victorio Francisco Casa nació en la ciudad de Mar del Plata, el 28 de octubre de 1943. Creció en el barrio de La Florida, en la entrada a la “Perla” del Atlántico, enfrente al aeropuerto. Las calles de tierra lo vieron pateando la pelota, acrecentando su pasión por “ella”.
Jugó en Deportivo Norte de la ciudad “feliz” y a los 16 años llegó a San Lorenzo de Almagro. Allí se probó ante la atenta mirada de René Pontoni junto a otros “pibes”: Hector Veira, Fernando Areán y Narciso Doval. En el club ya estaban Agustín “Mono” Irusta, Roberto Telch y otros más. Sin saberlo el inicio de los “Carasucias” estaba en plena germinación. Casa debutó en primera en 1964, casi en simultáneo con el resto de los compañeros de aquella prueba.

Victorio Casa, en pleno desborde, era un wing "intratable"

Victorio Casa, en pleno desborde, era un wing "intratable"

Más allá de descollar desde lo futbolístico, crearon una mística de grupo, una camaradería afianzada en el humor y el desparpajo. En una nota con El Gráfico, Héctor Veira le contó a Ardizzone: "Mire, “El Loco” Casa, con el empeine, le da treinta toques a una moneda, y en el último, cuando se cansa, la pone en el bolsillo del saco. Con una pelota se puede pasar una hora sin que toque el suelo. Puede ir a un circo… ¡Es un fenómeno!"
Su aparición fue tal, que fue convocado a la Selección Argentina en 1964 y fue parte del plantel que ganó la Copa de las Naciones en Brasil. La vida y el futuro le sonreían al talentoso Victorio Casa.

El “Manco” Casa

Antes de volver, entrenaba como uno más. Nunca se justificó.

Antes de volver, entrenaba como uno más. Nunca se justificó.

Solo 35 días después, Casa volvió a jugar en la primera de San Lorenzo, su cabeza y su temple eran indestructibles. Más allá de lo que uno pudiera pensar o de la supuesta compasión de los rivales eso no pasaba y él mismo lo recordaba, años después, de esta manera: “Los contrarios decían que no me querían pegar, pero me daban hasta en la nuca. Cuando los pasaba, me decían Manco hijo de puta. Y claro… Una cosa normal. ¿Qué me iba a calentar, papito? Si a mí me gustaba. Yo era puntero izquierdo y de gambetear para adelante. Una vez pasé por abajo del arco eludiendo tipos y ni me di cuenta. Imaginate que mis compañeros me querían matar. Y con un brazo jugué igual que con los dos. Perdés estabilidad al principio, y te acostumbras. Nunca te caes del lado que te falta el brazo. Y eso es lo que no entiende la gente. La habilidad no la perdí, gambeteaba con la cintura. Jugaba un partido mal y la gente hablaba. ¡Pero jugaba mal también con los dos!”.
Victorio Casa con el brazo ortopédico que utilizó un tiempo, ya que era muy pesado para jugar.

Victorio Casa con el brazo ortopédico que utilizó un tiempo, ya que era muy pesado para jugar.

No solo los rivales, dentro del vestuario, los otros “carasucias” lo volvían loco, en la época donde la resiliencia, el “soltar” o el “coaching” no existían. El humor lo sanaba todo. Atarle los cordones de los botines entre sí sin que se diera cuenta, esconderle la prótesis en el entretiempo (después dejó de usarla) de los partidos y en más de un lateral Héctor Veira le gritaba que lo hiciera él. El humor lo salvó.
Casa, después del incidente en un partido frente a Independiente. No pudo recuperar el nivel que tenía.

Casa, después del incidente en un partido frente a Independiente. No pudo recuperar el nivel que tenía.

El 12 de diciembre de 1965, San Lorenzo recibió a Boca Juniors en el Viejo Gasómetro. A los 28 minutos del primer tiempo, Victorio Casa anotó de cabeza el primer gol del partido. Roma se le fue encima al árbitro José Luis Praddaude, reclamando mano del delantero de San Lorenzo. El referí no dudó en interpelar al jugador de San Lorenzo: “Señor, ¿cómo va a ser mano si soy Manco?”.  El partido terminó 1-1 y al final del mismo, le reconoció a sus compañeros que le pegó con el muñón.

Más allá de San Lorenzo

Su bajón en el rendimiento era evidente y el equipo de Boedo decició dejarlo en libertad de acción. Fue a jugar a Platense, pero nunca lo hizo en primera. Intentó hacerse la América en el futbol de los Estados Unidos, pero no tuvo suerte.
En 1971 volvió a su Mar del Plata natal, para jugar en el club Quilmes, y allí también duró poco tiempo y terminó retirándose.

Casa siguió manejando. Supo reponerse a la adversidad.

Casa siguió manejando. Supo reponerse a la adversidad.

El fútbol quedó atrás para él. No intentó seguir ligado, no le interesó. Jamás renegó del accidente que le ocurrió: “Yo hago todo lo que hacía antes. Te cambio la goma del auto en dos minutos, te levanto las paredes, ando en los andamios… Nunca me achiqué. Me he agarrado a piñas veinte veces. Salvé a dos tipos que se estaban ahogando… ¿Achicarme porque tengo un brazo solo? Por eso siempre hice lo que quise. Fui taxista, vigilante en el casino, tuve boliches, vendí rifas y ahora estoy en un criadero de perros. Hasta me fundí y volví a empezar”.

Victorio Casa y su mujer, en uno de sus emprendimientos como ex futbolista.

Victorio Casa y su mujer, en uno de sus emprendimientos como ex futbolista.

 El 6 de junio de 2013, Francisco Victorio Casa, para todos el “Manco”, falleció en Mar del Plata, tras luchar  un largo tiempo contra un cáncer inguinal. Quizás, la mejor reflexión después de "su partido" la dejó Hector Veira: "Casita fue un grande y de no haber mediado aquello, hubiera sido más grande todavía. A veces me daba vergüenza gritar un gol mío porque él se pasaba a cuatro o cinco tipos, los dejaba tirados y me la dejaba servida. Fue un grande con todas las letras"

Todo lo que vino después de aquella fatídica noche de abril del '65 le puso a prueba todo lo aprendido y lo poco vivido. Esa tempestad que a cualquira lo derrumbaría, al talentoso "Casita" no le pudo robar la sonrisa.

 

Diseño y edición de fotografía
Matias Di Julio

 

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