Memoria emotiva

1964. El duelo: Brasil 0 - Argentina 3

Por El Gráfico Video · 04 de noviembre de 2016

3 de junio. Por la Copa de las Naciones, en el estadio Pacaembú de San Pablo, Onega y Telch (en dos oportunidades) le dieron el triunfo a la selección albiceleste que finalmente obtuvo Copa. VIDEO.

Compartimos el artículo publicado en El Gráfico de junio de 1964, firmado por el recordado Osvaldo Ardizzone de una de las victorias más memorables de Argentina en el clásico de los clásicos del fútbol mundial:


Salimos a enfriar el partido -lo enfriamos- y además lo ganamos

Por Osvaldo Ardizzone

El partido frente a Pelé participó de los dos matices: fue cerebral y fue emotivo. Argentina expuso sobre el césped de Pacaembú, además de un verdadero "tratado de fútbol", una gran carga de amor propio, de pudor, de una vergüenza individual y colectiva que se ocultaba en el fondo de su tímido triunfo frente a Portugal. Contra Inglaterra todo fue científico. Todo fue el frío examen de una situación, el cálculo especulativo de su posición en el torneo. Para que arriesgar? Para qué jugar el valor de un triunfo ilustre sobre los bicampeones del mundo? Y el esquema fue el mismo. Una línea de cuatro hombres en el fondo. Rígida y en permanente penitencia táctica. Los dos volantes más la colaboración de Telch, desdibujado con el número once, el mismo que había utilizado Mesiano frente al "cabezazo" de Pelé.





Nadie quería perder. Y nadie pretendía ganar. De aquel equipo que llegó a Brasil para entrar cuarto quedaba un grupo humano que ahora se sentía con el derecho y la revancha de salir campeón. Y frente a Inglaterra se trabajó para esa meta: salir campeón. Por eso no hubo dramatismo ni ninguna de las sensaciones que se experimentaron frente a los brasileños. Los hombres no pusieron ardor ni pasión. Todo fue lento, madurado, estudiado. Y esa evidente intención argentina se trasmitió al partido. Los minutos transcurrieron monótonos, sin claroscuros, sin pinceladas. Argentina lo hizo todo igual. Desde el minuto cero al minuto noventa. Lenta, despaciosamente, regulando el juego, manejándolo a su antojo, conforme con sus conveniencias previas. Era necesario enfriar el partido. Frenar la velocidad de Inglaterra. Esperar, siempre esperar. Retroceder y encerrarse. Y el final, el triunfo final, al menos el cero ingles marcó el éxito de esa convicción, la victoria de esa manera de pensar.

Y allí está el gran mérito. Graduar el partido, dirigirlo, conseguir que el rival se aturdiera en su propio torbellino. Lograr que se aplacara y se inclinara finalmente ante una técnica individual superior, ante una modalidad desconocida que puede meterse en el cuerpo diminuto, frágil, elástico, de un jugador sin cuerpo de atleta, con mente de adulto y la habilidad de un virtuoso. Alberto Rendo, con su estatura, manejó el encuentro entre Argentina e Inglaterra. Acaso menos de 1,65 contra los 1,90 de Norman. Acaso no más de cincuenta y tantos kilos de Rendo contra los ochenta y cinco o noventa de Moore. Acaso el trotecito lento de Rendo contra el pique enloquecedor de Greaves. O el toque misterioso de Rendo, cambiante, seco, calculador, contra el "dribbling" repetido y demoledor del puntero derecho Thompson.

En esos paralelos esta la medida del partido. En esas contrafiguras esta la interpretación de noventa minutos futbolísticamente poco atractivos. Todo fue igual. Inglaterra siempre en lo suyo, en sus jugadas de pizarrón, en sus contra-golpes organizados. Argentina con su lentitud de pelota dominada, su toque lateral y en retroceso, caminando el par¬tido con Rendo como eje central de una circulación sin ofensiva, deliberadamente inofensiva. intencionadamente lenta, premeditadamente fría (...)





Pacaembú se llenó de Telch (...)

Y desde la derecha sale el pique de Onega en diagonal a buscarla, por detrás de Joel. Gran jugada. Muy bueno. Llega superando la línea del marcador. Gilmar sale a tapar. Onega mide el derechazo a un costado. No se puede creer. Un gol sin pelotazo. Sin apuro. Con pelota jugada. Medido. Justo. Exacto. No se oye ni un grito. Hay en Pacaembú un silencio total (...)

Una pelota bombeada llega al área argentina. Llegan Pelé y Rattin. Gana Rattin. Y cuando la pelota baja, Pelé rueda por el piso. Y el árbitro suizo cae en la trampa, y sanciona el penal. Nadie lo admite. Ni tampoco nadie esperaba la decisión. Hay protestas. Y hay resignación. La pelota a doce pasos. Pero otra cosa que nadie admite. Pelé no es el ejecutor del penal (...)

El shoteador es Gerson. Sale disparo de zurdo. A la izquierda de Carrizo. Y allá va la mano izquierda del arquero. Con la punta de los dedos la alcanza a tocar cuando se va a clavar en el ángulo, arriba. La pelota da en la cara interior del poste. Y vuelve hacia la derecha argentina. Y allí ya no pasa más nada. Allí se consolidó el triunfo. Ese gol a los 25 minutos pudo haber cambiado el partido. Amadeo contuvo una pretensión. Y el dos a cero persistía.

(...) Entra Telch a la carrera. En una ubicación incomprensible. Y le pega casi enganchando con derecha. La pelota llega a la red con una trayectoria geométrica. Gran gol de Welch. Sobre todo por su sentido de ubicación para ir a buscar la pelota, por su inquietud en tirarse a la posición de puntero derecho que había dejado Onega. Entre botellas y piedras y más botellas llegó el silbato final. La barra argentina con todos los buzos azules salió velozmente hacia el túnel. Pacaembú tenía silbidos. Silbidos a las casacas amarilla. Las otras, albicelestes, se abrazaban en el medio del campo. Los cohetes ya no explotaron. Pelé salió cabizbajo. Quizá avergonzado de su cabezazo sangriento en la cara del pibe Mesiano, que había tenido sólo el atrevimiento de marcarlo, de borrarle su genio. Y al Rey no le gusta que lo dominen sus súbditos.



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