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Demichelis y Gallardo: tan iguales, tan distintos

River es el eje en común de dos entrenadores que viven momentos parecidos en contextos diferentes pero igualmente conflictivos.

Por Adrián Wowczuk ·

13 de mayo de 2024

A MARCELO GALLARDO Y MARTÍN DEMICHELIS parecen unirlos por estos días no el amor, sino el espanto. El ADN común es River, la fuente de la que ambos emanaron como futbolistas, aquella en la que el Muñeco escribió las páginas de gloria que lo convirtieron quizá en el entrenador más importante de la historia Millonaria.

Micho fue el receptor de esa "pesada herencia", de esa vara altísima, a la medida de un NBA, que a fuerza de vueltas olímpicas dignificó en su primer año y medio de gestión con tres estrellas bien ganadas... aunque nada parezca suficiente.

El espejo comparativo está en el bolsillo de cada hincha millonario que puebla el Monumental en las presentaciones multitudinarias de River. El "Muñeeeco, Muñeeeco"ya no atruena en las tribunas pero, a pesar de los títulos post Napoleón, apenas una vez se escuchó "que de la mano de Demichelis...". Fue en aquella luna de miel del primer certamen bajo su conducción, en la Liga Profesional 2023, cuando su River consiguió un funcionamiento que no volvió a ostentar.

 

Los tiempos en que el Monumental cantaba por Demichelis.
 

Después, su ingreso en las aguas de la irregularidad, del fútbol ofrecido en cuentagotas, de la incomprensibilidad de ciertas modificaciones, de la poca sintonía con los planteos tácticos y de la fragilidad defensiva convirtieron al actual conductor en blanco fácil de las quejas, cuyo momento cúlmine se dio con los silbidos recibidos en el Antonio Vespucio Liberti antes de un duelo con Independiente Rivadavia.

Ese fue un punto de inflexión que lo llevó a ser vilipendiado por las encuestas callejeras  a los hinchas, en el murmullo generalizado cada vez que la cosa no va bien y en otros episodios de notorio descontento como el "poné a los pibes" de la Supercopa ganada a Estudiantes, en Córdoba, o en los abucheos del último sábado cuando su nombre fue anunciado por la voz del estadio.

¿Cuántas veces habrá aparecido en medio de esas crisis en la cabeza de Demichelis la figura de Gallardo, de esa sombra que no puede eliminar, que lo persigue y se erige como ese amor ideal que el público de la Banda Roja no puede superar?

Esa entidad idealizada como el Santo Grial del fútbol riverplatense es también un ser de carne y hueso, hoy a 12.957 kilómetros del estadio donde fue feliz y protagonista de una actualidad para nada placentera; se diría que tortuosa.

 

La súplica del pueblo de River para que no se vaya Gallardo.
 

Hoy Napoleón está cerca de un verdadero Waterloo en Medio Oriente y experimentó lo impensado: los abucheos de su gente. La enésima decepción al mando de Al Ittihad, club al que llegó seducido por un proyecto a largo plazo que en los primeros seis meses de gestión ni siquiera pudo comenzar a cristalizar, lo puso contra la espada y la pared; lo sometió al escarnio de aficionados con vestimenta árabe que a priori serían vistos como desconocedores de los fundamentos del fútbol pero que a su modo demuestran también pasión y bronca por los resultados que no llegan.

Gallardo sufrió ya varios tropiezos en instancias decisivas: fue eliminado del Mundial de Clubes y de la Champions League asiática en cuartos de final, perdió la final de la Supercopa de Arabia Saudita y cayó en semis de la Kings Cup. Después de la reprobación generalizada por el 0-5 con Al Ettifaq del viernes pasado, no esquivó el bulto.

"Les pido disculpas a los fans. La desilusión por el momento que estamos atravesando es mucha, estamos en una situación en la que todo nos cuesta. No voy a buscar excusas, si quieren un responsable, acá está: soy yo", manifestó fiel a su estilo, sin vueltas, el oriundo de Merlo.

En la misma sintonía, Demichelis no hizo oídos sordos al repudio de la gente: "El hincha puede expresarse y yo siempre lo voy a respetar. Me queda trabajar para mejorar, con el honor de ser el entrenador de este club. Si está descontento, significa que tenemos que seguir esforzándonos y mejorando", reconoció.

Si se encontraran en una esquina, después de darse un abrazo quizá Micho le reprocharía en tono de chanza la imposibilidad de remontar un barrilete de plomo por haber malacostumbrado a la gente a grabarse como un tatuaje en la piel la fórmula de la perfección. Tal vez el Muñeco le confesaría sus penurias por experimentar el inesperado sabor amargo de la frustración. 

A Gallardo lo perjudicó llegar a Al Ittihad después de River: el nivel de expectativa era enorme y los resultados, por ahora, mínimos. A Demichelis le hizo mal llegar a River después del Muñe: los logros y formas a equiparar eran muchas y los réditos hasta el momento son buenos desde lo numérico y dudosos desde las maneras, un ítem que el hincha no parece dispuesto a negociar.

Hoy los hermana la desaprobación popular aunque las distancias geográficas y culturales sean enormes; aunque los que denosten a Demichelis añoren la presencia del Gallardo lapidado por el prisma del espectador oriental carcomido por la decepción. Los dos quieren sacar adelante las situaciones adversas y se preocupan y ocupan de ello.