Fútbol Argentino - Primera

Racing, Independiente, Hernán Casciari y Finlandia

Por Martín Estévez · 09 de diciembre de 2015

El domingo, los hinchas de Racing entendieron como pocas veces qué fino es el límite que separa la paz de la desgracia. Durante diez segundos, el destino de sus vidas dependió de la puntería de un tal Víctor Cuesta.


Hernán Casciari es un escritor argentino. Hincha de Racing. Y el fin de semana sufrió un infarto. No contamos esto porque su infarto haya estado relacionado con el angustiante final de Racing-Independiente, aunque bien podría haber sucedido. Contamos esto porque, en 2005, Casciari escribió un texto llamado Finlandia.

El que no lo leyó, puede frenar acá y leerlo ahora. Porque, lo avisamos, aquí haremos espoiler: arruinaremos el final.

En Finlandia, Hernán cuenta una historia real en la que mató a su sobrina. Pero sólo durante diez segundos. Fue una tarde de noviembre, durante una reunión familiar, en la que salía marchatrás con un auto y, sin querer, atropelló a esa niña de 3 años. Al menos, eso creyó durante diez segundos, desde que alguien gritó: “¡La agarró!” hasta que él descubrió que no había golpeado a su sobrina, sino a un tronco.

Durante esos diez terribles segundos, pudo ver su vida luego del asesinato: “Ojalá el Negro –su cuñado– me mate. Ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.

Jura Casciari que en esos segundos pudo divisar su triste vida finlandesa, escapando de todo, sin poder volver a escribir ni a reír ni a amar una mujer ni a pescar. Donde le darían vergüenza la felicidad y el olvido.

El texto es magnífico.

Sin intentar comparar una tragedia con un resultado futbolístico, es posible pensar que, el domingo, los hinchas de Racing tuvieron su Finlandia.

Entre los 47:48 y los 47:58 del segundo período, el mundo se les paralizó. Cuando partió el pase y vieron a Víctor Cuesta entrar de arremetida en el área, comprendieron que su vida como hinchas estaba por cambiar para siempre.

Imaginaron el remate rasante, la pelota en la red, el festejo silencioso de los jugadores de Independiente, el 3-1. Imaginaron un tiempo suplementario con Racing atacando, el rival defendiendo y el resultado inamovible. Imaginaron una tanda de penales en la que Cuesta pateaba el quinto y decisivo, e Independiente, que estaba muerto y enterrado y con obituario impreso, resucitaba y los hundía en la peor de sus pesadillas.

Imaginaron un verano enteramente triste. Imaginaron a Independiente ganando la Libertadores 2016, la copa de la que ya estaba prácticamente eliminado. Imaginaron la creación de filiales con el nombre Víctor Cuesta. Imaginaron a sus hijos, años después, llegando del colegio y diciéndoles:

–“Papá, los chicos me cargan porque soy de Racing. Me dicen que me manda saludos Cuesta. ¿Quién es Cuesta, papá?”.

Se imaginaron a sí mismos, cerrando los ojos y abrazando a su hijo, sin poder cicatrizar jamás la herida de ese deshonroso domingo 6 de diciembre de 2015.

“Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre –escribe Casciari–. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar. Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco. A veces es Finlandia”.

Pasaron diez segundos desde el inicio de la jugada hasta que los 55.000 hinchas comprobaron que la pelota había salido desviada por centímetros. Apenas centímetros. Para que comprendieran que tendrían un verano feliz, que jugarían la Copa Libertadores y que por tercera vez seguida eliminaron a su clásico rival en un mano a mano. Que su vida podría seguir normalmente.

Porque Casciari tiene razón: a veces es Finlandia. Pero otras, por suerte para los hinchas de Racing, otras veces es la paz.
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