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El gen Mascherano

Por Redacción EG · 16 de septiembre de 2014

El alemán Schweinsteiger lo definió como “el líder de una manada de lobos”. Con su entrega conmovedora al servicio del equipo, Masche fue uno de los mejores jugadores del Mundial. Le transmitió compromiso, pertenencia y orgullo a una Selección que brilló por su espíritu de grupo.

  Nota publicada en la edición de Agosto de 2014 de El Gráfico

ATENTO y concentrado hasta en las prácticas. Mascherano, un ejemplo de liderazgo.

ATENTO y concentrado hasta en las prácticas. Mascherano, un ejemplo de liderazgo.

Mascherano era el capitán de la Selección hasta el día en que asumió Sabella. “Mascherano + 10”, había dicho el denostado profeta Maradona –perdonalos, Diego– antes de Sudáfrica 2010. Antes de que Mascherano se atragantara con la “mierda” de ese Mundial lejano y con el veneno indigerible de la Copa América en casa.
Para edificar el cimiento de su equipo, Sabella necesitaba un cómplice. Un tipo noble, solidario, que interpretara el valor del “dar antes que recibir”, la importancia del rédito grupal antes que del beneficio individual. Y pensando en Messi pensó en Masche.

Sabella quería de cómplice a Mascherano para quitarle la cinta que llevaba en su propio brazo y ponérsela a Messi. Le pedía a Masche el ejercicio altruista del desprendimiento. La entrega de ese símbolo que tan bien le sentaba para inspirar, fortificar y encumbrar a Leo. Porque la Selección que Sabella tenía en mente alteraba la ecuación original. No sería “Messi + 10” en el sentido más ególatra de ese enunciado. Pero sí la Selección del Messi líder futbolístico, bandera carismática, estandarte intimidador.

No se lo tuvo que decir dos veces. “Nunca hay que decirle las cosas dos veces a Mascherano”, referiría Guardiola, subyugado por la inteligencia del “jugador más entrenador” de cuantos haya dirigido. Mascherano comprendió el significado superador de ese gesto y concedió la cinta con naturalidad. No lo sintió como una usurpación, sino como un aporte. Y resultó el cómplice perfecto, porque él mismo se encargó de convencer a Leo para que la aceptara. “Fue un traspaso consensuado, una entrega entre amigos”, confesó luego Messi, tan convencido de que había llegado su hora como de que tendría en Mascherano a su principal sostén.

Con perdón de fantasistas como James o Leo, con la licencia de tremendos goleadores como Müller, con el permiso de zagueros de acero como Garay o Vlaar y con las disculpas de los magníficos arqueros que vimos en el Mundial más divertido de los últimos treinta años, ningún jugador nos llenó el alma, el corazón y los poros como Mascherano. Un ajedrecista de pantalones cortos. Un cartógrafo capaz de ubicarse en el lugar y en el momento indicados y, a la vez, situar, sostener, enfocar y convencer a sus compañeros para ejecutar un plan. De instarlos a sumarse a la solidaridad de su esfuerzo. De imbuirlos de un alto grado de concentración. De exhortarlos a exprimir hasta la más exigua gota de energía. De decir las palabras justas con el tono apropiado (“Hoy te vas a convertir en héroe”, “No quiero comer más mierda”). De ser el primero en cumplir lo que le exigía al compañero. De llorar como un hombre en la victoria. De lagrimear como un hombre –con la frente alta, con el pecho inflado– en la derrota.

El gen Mascherano fue la llave que abrió el cofre de nuestra reconciliación con la historia futbolera. La célula que alineó los planetas. El puente que galvanizó el espíritu del equipo y lo fusionó con los sueños de la gente, hasta amalgamar una comunión intensa y conmovedora.

El primer acierto de Sabella fue elegir a su cómplice. Cualquier otro que no tuviera ese gen se hubiera sentido desplazado y manoseado. No Mascherano. Que rápidamente decodificó en Sabella aquellos valores que a él también lo movilizan, y los bajó hacia el grupo de la manera más contundente: con el ejemplo. Porque después de la concesión, vino la entrega total, la vida por el compañero, el alma en cada pelota, el bastón para Leo, el liderazgo natural, la argentinidad como excusa de la plenitud.
Inmenso, Masche. Inolvidable, Masche. Nos dejó un huellón en el camino. Que seamos capaces de transitarlo.

Por Elías Perugino
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