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Expulsiones insólitas, segunda entrega

Por Redacción EG · 12 de octubre de 2011

La expulsión en un partido es posible por siete razones, según el reglamento. Pero, de vez en cuando, se muestra la tarjeta roja por situaciones como estas.

Lengua larga

En octubre de 1999, durante el clásico español Barcelona-Real Madrid, el colegiado Manuel Díaz Vega escuchó un claro insulto dirigido hacia su persona, proveniente del delantero holandés del cuadro catalán Patrick Kluivert (foto), quien reclamaba el cobro de una fuerte falta del defensor visitante Iván Campo. Díaz Vega, sin vacilar, le mostró la roja. El atacante fue severamente reprendido por el capitán de Barça, Josep Guardiola, porque su salida se produjo en un momento clave del derby: los locales ganaban 2-1 y con un hombre más en la cancha los merengues lograron la igualdad. Al abandonar el vestuario, Kluivert apeló a una curiosa excusa para justificar su expulsión: negó haber injuriado a Díaz Vega -a pesar de que las imágenes de la televisión mostraban lo contrario- y se escudó en que no domina bien el idioma, "y a veces lo que digo no es lo que quiero decir". Extraño, porque justamente Kluivert era reconocido por su facilidad para aprender idiomas. Así lo acreditaron sus compañeros, entre ellos el argentino Mauricio Pellegrino, quien en una entrevista otorgada a El Gráfico recalcó: "Es un fenómeno. A la semana de llegar a España dio una conferencia de prensa en castellano".

@[email protected] de privilegios

Expulsión a la brasileña: en enero de 1965, la federación paulista suspendió al réferi Albino Zanferrari por quince días, por su desempeño en el caliente clásico Santos-Botafogo, ganado por los visitantes. "Dirigió con personales reglas de juego", remarcó en su dictamen el tribunal de la federación que estudió el caso. ¿Qué grave error había cometido Zanferrari? Solo haber mostrado la roja al "intocable" Rey Pelé.

El beso fatídico

El club Salto, el más fuerte de la liga de la ciudad uruguaya homónima -situada a 520 kilómetros al norte de Montevideo-, tenía en un arco al débil Nacional. Salvo el arquero, todos los jugadores salteños empujaban hacia la meta nacionalista, cuyos hombres se habían "colgado del travesaño" en pos del empate que precisaban para no descender esa misma tarde de junio de 1991. A escasos segundos del final, un pelotazo encontró milagrosamente solo al delantero de Salto, Sergio León, quien encaró hacia el desguarnecido arquero rival en la más propicia situación de gol de todo el partido. Sin embargo, el atacante desperdició el "mano a mano" con un remate que salió totalmente desviado. En medio del alivio de los jugadores de Nacional, uno de sus defensores, Edgard Olivera, se acercó a León y le besó la frente, en una extravagante forma de "agradecimiento" por semejante "gentileza". El gesto grosero de Olivera fue advertido por el árbitro José Sequeira, quien echó directamente al baboso zaguero.

El gran papelón

El mayor papelón mundialista no correspondió a un jugador sino a un réferi, el inglés Graham Poll, quien dirigió el choque entre Croacia y Australia en el Mundial de Alemania 2006. Durante el encuentro jugado el 22 de junio en Stuttgart, por el Grupo E, Poll mostró tres tarjetas amarillas al defensor croata Josip Simunic (fotos). El zaguero vio la primera amonestación en el minuto 61, y la segunda en el 90, pero continuó en el campo sin que el réferi ni sus líneas advirtieran la irregularidad. Recién en el minuto 93 Simunic protestó un cobro del árbitro y se ganó la tercera amarilla que, ahí sí, fue seguida de una colorada.

Cuestión de peso

En 1975, Athlone Town recibía a Saint Patrick Athletic en Saint Mel's Park. Aburrido por el notable dominio del equipo local, su arquero, Mick O'Brien, empezó a colgarse del travesaño para matar el aburrimiento, y hasta llegó a sentarse sobre el "horizontal". Pero el madero, algo gastado, no soportó el peso de O'Brien y se partió. El arquero quedó tendido encima de la red de la valla destruida, y el árbitro, que ya había observado la reprochable conducta de O'Brien, le mostró la tarjeta roja. El encuentro continuó luego de que un carpintero local arreglara el madero quebrado.

Callen al mudo

El 8 de noviembre de 1972, por la sexta fecha del Nacional, Huracán superaba en Parque de los Patricios a Estudiantes de La Plata por dos a cero. Los pinchas pugnaban por el empate, y poco antes del final del primer tiempo el árbitro Washington Mateo cobró un penal para los visitantes, producto de una clara falta. Sin embargo, a instancias de uno de los jueces de línea, Mateo se retractó y marcó un tiro libre directo, a centímetros del área quemera. La decisión disgustó a los jugadores albirrojos, que desaprobaron el cambio con enérgicos gestos y términos soeces dirigidos hacia el hombre de negro. En medio de la montonera, el árbitro sacó su tarjeta roja y se la mostró al volante central Carlos Alberto De Marta (foto), de quien creyó haber escuchado un claro y grosero insulto. El partido prosiguió y Huracán, con la diferencia numérica a su favor, estiró su ventaja a un cinco a uno final. Mateo elevó su informe y una semana después De Marta fue citado a declarar por el Tribunal de Disciplina de la AFA. El jugador pasó por la sede de la calle Viamonte 1366, se presentó ante el cuerpo, y un día después, lo que pudo haber sido una dura sanción, solo se convirtió en una fecha de suspensión por "protesta de fallo", según el expediente 6506 asentado en los registros de la AFA. ¿Por qué? El Tribunal consideró que De Marta difícilmente pudo articular una injuria claramente audible por Mateo, no solo por el bochinche que imperaba en ese momento, sino porque el volante era sordomudo de nacimiento.

Ataque de furia

El que no pudo sacar más tarjetas fue el árbitro chileno Claudio Aranda en el encuentro entre Antofagasta y La Serena, en abril de 2003, por la segunda división de Chile. Luego de que el equipo local anotara el dos a uno, los jugadores de La Serena se le fueron al humo al réferi para protestar un presunto off-side. En medio del tumulto, Aranda expulsó al volante argentino Rodrigo Riep. Mientras los jugadores visitantes continuaban con su protesta, Riep vio que al árbitro se le había caído la otra tarjeta, la amarilla. Ciego de ira, el exvolante de River Plate tomó el acrílico y, como si tuviera cuchillos en los dedos, lo destruyó en mil pedacitos. "La rompí de calentura. Ni lo pensé, fue un instinto. La dejé hecha pedazos. La tarjeta era de plástico, pero estaba tan caliente y andaba con mucha fuerza, que me pareció de cartón", contó Riep. Las imágenes sirvieron al Tribunal de Disciplina para sancionar al volante con cuatro fechas de suspensión: una por la falta que motivó su expulsión, y tres por su insólita reacción. "Cuando hablé con mi viejo y le conté todo, me dijo: 'Nene, acá te mandaban a la cárcel'", narró con humor.

Con compañeros así

Ni los jueces de línea se salvan de las tarjetas rojas. El réferi internacional peruano Fernando Chapell expulsó a uno de sus jueces de línea, por interpretar que realizaba una deficiente actuación en un partido de la primera división del Perú. Según Chapell, el desempeño del línea Víctor Suyn fue tan desastroso que le mostró la tarjeta roja a solo 14 minutos del inicio del encuentro que el 6 de agosto de 1995 protagonizaban los equipos Torino y Melgar en la ciudad de Sullana.
Cuatro años después, un juez de la liga interregional italiana echó a su asistente Lorenzo Renda, banderín amarillo, por atender un llamado en su teléfono celular durante el choque entre Calenzano y Doccia.

Por casa como andamos

Posiblemente el caso más extraordinario se produjo en el suburbio londinense de Charlton, durante un partido de aficionados ocurrido en marzo de 1998. Con el correr de las acciones, la situación se había tornado compleja para el árbitro Melvin Sylvester, cuyos fallos eran duramente cuestionados, uno a uno, por los jugadores. Ya en el segundo tiempo, cuando la paciencia de Sylvester llegó a su fin, el árbitro derribó de un puñetazo en el ojo a uno de los futbolistas que insistía en quejarse de su actuación. Al darse cuenta de lo que había hecho, Sylvester, sumamente compungido, sacó la tarjeta roja... ¡y se autoexpulsó! Entregó su silbato a uno de los jueces de línea y se marchó a los vestuarios, no sin antes prometer que nunca más volvería a dirigir.

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