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Conociendo a un grande

Por Redacción EG · 15 de septiembre de 2009

Hincha de Boca y apasionado del fútbol, a los 12 años por una causa fortuita ingresó en el mundo de la raqueta. Ahora, a los 17 años, este amigo de Nadal, admirador de Nalbandian y Safin, está listo para dar el gran salto e ingresar en la elite.

Nota publicada en la edición febrero 2006 de la revista El Gráfico

Eran poco menos de las cinco y media de la tarde cuando las flacas y largas piernitas de Juan Martín traspasaron las puertas del club Independiente, en Tandil. El chico de siete años sabía que faltaba más de media hora para que empezara el entrenamiento de fútbol, pero insistió para que sus padres lo dejaran llegar antes al club, donde se encontraría, como siempre, con otros tres o cuatro amigos tempraneros que se juntaban para hacer un picado antes de la práctica. Con indiferencia, pasó corriendo junto a las cuatro canchas de tenis, antes de meterse en el bar. Como ahí no estaban sus compañeros, supuso que los encontraría en la cancha de fútbol y así fue que arrancó una nueva carrera, en la que tampoco reparó en esos dos rectángulos de polvo rojizo que costeó antes de meterse en el angosto pasillo que desembocaba en la cancha que sí importaba: la de fútbol. Ahí tampoco estaban. Decepcionado, volvió arrastrando los botines hacia la puerta de entrada, donde tenía pensado sentarse a esperar a sus amigos. Eso hizo hasta que Marcelo Gómez, uno de los profesores de tenis del club, al ver su cara de aburrimiento le prestó una raqueta y una pelotita amarilla y lo invitó a que fuera al frontón.


La mamá de Juan Martín lo había llevado a un par de clases de tenis, pero al chico ese deporte no lo atraía. Sin embargo, sin amigos ni pelota de fútbol a la vista, decidió aceptar la invitación de quien es hoy su entrenador. “Al tenis llegué de casualidad –revela Del Potro–, porque estaba aburrido. Pero me gustó tanto que empecé a ir a la escuelita, seguí tomando clases y después me pasaba todo el día en el club. Así fui avanzando, mejorando el nivel y hoy estoy acá”.

“Acá” es en la puerta del circuito grande del tenis mundial. Y acá es mucho más que eso, ya que antes de haber jugador un solo torneo ATP, y con sólo 16 años, Juan Martín del Potro ya era considerado la máxima promesa de la exitosa legión argentina.

–¿Te motiva más o es una presión que haya tanta expectativa con vos?
–Es algo lindo que hablen de uno, que te pidan notas, que te vengan a ver. Me gusta y he tenido la suerte de que se hable bien de mí y que siempre me fue bien, tuve resultados, gané torneos... Ojalá nunca me pase que digan que soy la futura promesa y no gane un partido o tenga una racha de perder en primera ronda en diez torneos seguidos. Sería normal que pasara, aunque no estoy acostumbrado porque siempre me fue bien. Pero sé que van a venir momentos en que no gane un partido, y habrá que pelearla, jugando mal, sin confianza. Hay que estar preparado para todo.

Este lungo –mide 1,95 metro– que dice estar preparado para todo nació el 23 de septiembre del 88, en Tandil. Fanático del fútbol y de Boca, a los doce años decidió abandonar su máxima pasión para dedicarse exclusivamente al tenis, con el que le esperaba un feliz futuro: “A esa edad viajé por primera vez con el tenis a un Sudamericano, en Brasil, y me dieron el premio al mejor jugador. Cuando volví, decidí dejar el fútbol. Jugaba de cinco, ocho u once y era como un flaco Bilos pero chiquito. Siempre fui de los más altos y en los córners o los laterales me las tiraban todas a mí”.

Por esa época fue cuando, en un torneo en Sudáfrica, conoció y se hizo amigo de Rafael Nadal, el actual número dos del mundo: “El tenía 14 años –recuerda Del Potro– y yo, 12. El resto de los chicos se iba a dormir a las nueve de la noche, pero nosotros nos quedábamos corriendo, haciendo boludeces. Era el complejo más grande del mundo, en Sun City, que es infernal. Había una playa artificial y nosotros íbamos de noche, paseábamos por la cancha de golf y andábamos juntos a todos lados. Ahí Rafa ya era el mejorcito y ganó el torneo, pero lo mejor fue que nos conocimos. Eramos los más quilomberos”.
Esa fama de lo mismo era lo que Juan Martín disimulaba en la escuela. Después de tantas horas de entrenamiento, poco y nada era el tiempo que le dedicaba al estudio. Y entonces a la hora de las pruebas, se copiaba. “Los profesores se daban cuenta, pero no me decían nada porque me veían cansado. Yo era uno de los más quilomberos, pero me hacía el bueno y les chupaba un poco las medias”, confiesa Del Potro con una media sonrisa tímida.


Admirador de Safin y Nalbandian –“Son mis ídolos y trato de imitarlos en todo. Espero algún día jugar parecido a ellos o ganar algo de lo que ganaron”–, Del Potro se diferencia de la mayoría de los argentinos porque sus superficies preferidas son las rápidas: “Me gusta jugar golpes cortos, pegarle a la pelota, ir mucho a la red, y para eso me favorecen las canchas duras. Pero no es que me sienta incómodo en polvo, donde jugué toda mi vida. Entreno y me gusta, pero si me dan a elegir, prefiero cancha rápida. Es raro, debo ser el único argentino que le gusta jugar en rápida. Es por mi estilo de juego y porque no me gusta correr mucho”. Se ríe cuando dice que no le gusta correr y confiesa que es medio vago. Aunque rápidamente aclara: “La llevo bien con el entrenamiento, me gusta; por ahí un poco en verano están todos mis amigos en la pileta y yo tengo que estar ahí corriendo, a las tres de la tarde con 35 grados de calor, es un poco feo. Pero después vienen las cosas lindas, porque así el reconocimiento no se lo dan a mis amigos que están en la pileta, me lo dan a mí. Entonces como que es una motivación para no quejarme de nada”.

No se queja de nada mientras gana, pero cuando pierde...
“Las derrotas –admite– me ponen mal, porque yo jugando bien puedo perder con cualquiera, pero también tengo muchas chances de ganar. Perder jugando bien no me preocupa, porque el otro jugó mejor o es mejor. Pero en la Copa Petrobras, en Buenos Aires, con el loco éste, el Koellerer (Daniel, austríaco), perdí porqué me acalambré. Y eso me puso muy mal. Toda la gente había ido a verme, estaba 5-3 en el tercero y me acalambré. Me quería morir. Después de tres horas luchando, encima en el último torneo del año, con toda la gente. Pero si pierdo jugando bien o con un jugador bueno, trato de aprender de mis errores y no repetirlos la próxima vez”.

Por esa misma senda del aprendizaje es hacía donde están dirigidos los objetivos para la temporada 2006: “Tengo la posibilidad de que me den una wild card para la Copa Telmex, el ATP que se hace en el Lawn Tennis, y esa es una oportunidad única que no tengo que desaprovechar. Espero jugar bien y obtener buenos resultados, porque al ser un torneo grande, ganando un par de partidos ya voy a subir mucho en el ranking. Por ahí quedo dentro de los 100 y eso me va a servir para entrar a muchos torneos, entrar directo a Roland Garros. Es muy importante para esa primera parte del año. Y después mantenerme y hacer un poco de experiencia para el año siguiente no cometer los mismos errores y estar bien para andar lo mejor que pueda”.

SI A NADAL, NO A FEDERER

“Quiero calentar todos los días con vos”, le dijo Nadal apenas se cruzó con Del Potro en Roland Garros, a fines de mayo del año pasado. Y así fue como el tandilense terminó siendo casi una cábala para el español, que por esos días andaba imparable. “Cada vez que jugaba, me llamaba; yo iba y lo calentaba”, cuenta aún hoy excitado Juan Martín, quien terminó siendo disputado por los dos mejores jugadores del mundo: “Antes de cuartos de final me preguntaron si quería calentar con Federer y yo contesté que sí. Le avisaron que yo estaba disponible, y él dijo que me había visto y que me esperaba a las once de la mañana del otro día. El problema fue que cuando llegué al club me agarró Rafa y me pidió que lo ayudara. Así que le dije que no a Federer y lo calenté a Rafa”.

Y otra vez Nadal volvió a sorprenderlo cuando el día de la semifinal –precisamente contra el suizo– le pidió: “Vení a calentarme, que no tengo a nadie”. El inconveniente era que Del Potro, que ya no competía, disfrutaba cómodamente de su día libre. “Había ido de bermudas, en ojotas, sin raqueta, sin nada. Yo me quería matar, porque calentar con Nadal, con la intensidad que le pone. Eran 20 minutos, aunque para mí era como jugar tres horas. Pero no le podía decir que no, así que me puse unas medias, pedí una raqueta y lo calenté. Con raqueta y zapatillas de otro, estaba incómodo y no podía meter una pelota. Por suerte le sirvió a Rafa, que encima después ganó el torneo”. Se lo nota feliz cuando recuerda esos días.  “Yo estaba re contento”, le sale de la sonrisa que, haciéndose pícara, sentencia: “Y sí, Nadal ganó gracias a mí”.

Por Maxi Goldschmidt / Fotos: Jorge Dominelli, enviado especial a Tandil.

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