Nota publicada en la edición febrero 2012 de la Revista El Gráfico

LOPEZ TURITICH, improvisado arquero calamar, le ataja el penal a Morena, de Boca, en 1984

Los penales más largos del mundo

El inolvidable Osvaldo Soriano soñó y volcó al papel su cuento “El penal más largo del mundo”: un disparo que fue pitado un domingo y rematado una semana después, debido a los violentos incidentes desencadenados por su sanción. En la Argentina, la historia pasó de la fantasía a la realidad al menos en tres oportunidades, siempre postergando el disparo a causa de escándalos en las tribunas. La primera, en Santiago del Estero, el 3 de mayo de 1997, durante un tenso duelo de la liga local entre Estudiantes y Güemes; la segunda, el 5 de abril de 2003, en el partido bonaerense de Ensenada, en medio de un tormentoso Defensores de Cambaceres-Atlanta; el tercero, durante la final de la Primera B Metropolitana de 2007 que enfrentó a Estudiantes de Caseros y a Almirante Brown. Este último fue, quizás, el más incomprensible, porque la suspensión se originó en una bomba de estruendo arrojada por la parcialidad de Almirante, el equipo beneficiado por el penal, que lesionó al arquero Walter Cáceres. Soriano imaginó que el disparo de 11 metros era atajado por el arquero. En la vida real, Estudiantes y Almirante repitieron la historia al pie de la letra. Solo el bohemio Lucas Ferreiro se atrevió a contradecir al genial escritor marplatense fallecido en 1997.


El pálpito del referí

Desde el inicio de la denominada Era Profesional, en 1931, cinco “jugadores de campo” atajaron penales en la Primera División argentina: el defensor de River, Julio Nuin (1959); el zaguero de Vélez, Iselín Santos Ovejero (1969); el centrodelantero de Racing, Juan Carlos Cárdenas (1971); el marcador de punta paraguayo de Platense, Oscar López Turitich (1984), y el volante de Rosario Central, David Carlos Bisconti (1992). Mas ninguna de estas hazañas contó con una ayuda notable como la que recibió el defensor chileno Cristian Alvarez -quien luego vestiría la camiseta de River- el 12 de octubre de 2002. En medio de un caldeado clásico Universidad Católica-Universidad de Chile, empatado 1-1, el réferi Carlos Chandía concedió un penal para los visitantes.

El arquero local Jonnathan Walker no pudo hacerse cargo de la defensa de su meta por haberse lesionado en la jugada previa, en un violento choque contra su rival Mauricio Pinilla. Como la escuadra Católica ya había realizado las tres sustituciones permitidas, Alvarez se calzó los guantes para enfrentar al lanzador Pedro González. Segundos antes de pitar la autorización del remate, Chandía acercó su boca a la oreja de Alvarez para decirle “a tu izquierda va a ir, tirate a tu izquierda”. Dicho y hecho, el defensor voló hacia su siniestra y contuvo el disparo. La historia tuvo un final feliz para Universidad Católica, pero no para Chandía. Como el consejo del réferi había sido captado por los micrófonos de ambiente de la televisión, la Asociación Nacional de Fútbol Profesional abrió un expediente y, después de evaluar el caso, determinó que, si bien el árbitro no podía saber a ciencia cierta hacia dónde saldría el tiro de González, su irresponsabilidad y su enorme bocaza bien debían costarle una fecha de suspensión.


Queja desmedida

No debe haber registro de penales que no hayan sido protestados. Si no se quejan los jugadores, lo hace el técnico. Si no, los hinchas. Lo que sin duda no tiene parangón es la original venganza que, en 1965, tomó un jugador de la liga yugoslava contra el juez Platon Rejinac, quien se había atrevido a sancionar un penal en contra de Estrella Roja de Belgrado a solo un minuto del final, y con el marcador igualado. Mientras diez de los jugadores rodeaban a Rejinac para defenestrar el honor de toda su familia, el onceavo integrante del equipo damnificado abandonó el terreno, tranquilamente, por una puerta lateral. Sin embargo, lo que pareció un tibio descontento pronto se transformó en locura: al volante de su automóvil, el futbolista irrumpió en el estadio, destruyó el alambrado y comenzó a perseguir al árbitro por toda la cancha para atropellarlo. Después de algunos minutos de increíble tensión, el desequilibrado jugador pudo ser controlado por la policía y condenado días después a dos años de cárcel por intento de homicidio. La nota lamentable la dio la asociación de fútbol de Yugoslavia, que suspendió al enajenado deportista por solamente dos años.


COPA AMERICA y el lamento de Palermo la noche que desperdició tres penales ante Colombia.

El récord de Palermo

La titánica carrera de Martín Palermo está repleta de hazañas antológicas. Goles de todo tipo y de toda circunstancia hilvanaron una gigantesca galería de éxitos. No obstante, la tarde del 4 de julio de 1999 será siempre recordada por su récord mundial… negativo. Ese día, cuando las selecciones de Argentina y Colombia se enfrentaron por la Copa América de Paraguay, los arcos que debió enfrentar Palermo en el estadio Feliciano Cáceres de Luque parecían tener mucho más de 7,32 metros de ancho y 2,44 de alto: el rubio desvió dos a los 5 y 76 minutos, y el portero Miguel Calero le atajó otro a los 90. Ese día, el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino concedió otras dos penas máximas para el seleccionado cafetero: el arquero Germán Burgos le atajó uno a Hamilton Ricard e Iván Córdoba anotó el restante. Palermo admitiría tiempo después que esa aciaga tarde había quedado marcada a fuego: “En la final por la Libertadores contra el Palmeiras (el 21 de junio de 2000, casi un año después), rezaba para que no llegáramos a una definición por penales”. De todos modos, el goleador no se achicó y fue uno de los encargados de tirar: su conquista fue una de las que le dieron a Boca la Copa en el Morumbí de San Pablo.

MARTIN pegándole con los dos pies frente a Platense.

Otra rareza en la prolífica carrera de Palermo se dio ante Platense el 24 de abril de 1999 (un hecho que repetiría Juan Antonio Pizzi en Rosario Central ante Vélez, dos años más tarde): marcó de penal tras resbalar y tocar dos veces la pelota, una con cada pie. El árbitro Fabián Madorrán (al igual que Rafael Furchi después) convalidó la conquista a pesar de que las reglas precisan que el jugador que ejecuta un tiro libre no puede volver a tocar la pelota si antes no lo hace otro futbolista. La FIFA analizó estos dos casos y consideró válidas ambas jugadas, porque "el hecho de haber tocado la pelota por segunda vez no puede considerarse como un acto voluntario" n


El elástico maldito

En el minuto sesenta de la durísima semifinal del Mundial de Francia 1938, con el marcador 1-0 para Italia ante Brasil, el árbitro suizo Hans Wuethrich marcó un penal para los azzurri por una falta sobre Silvio Piola. El capitán italiano, Giuseppe Meazza, asumió la responsabilidad del disparo, aunque su uniforme no estaba en condiciones: en una jugada previa se le había roto el elástico que sujetaba su pantalón, en un forcejeo con un rival. Sin quitar su mano izquierda de la cintura, para impedir que su short cayera, Meazza acomodó la pelota, tomó carrera y lanzó un disparo que se coló en la red, no obstante el esfuerzo del arquero brasileño Walter, quien se había arrojado acertadamente hacia su derecha. Exultante por el gol, que dejaba a su equipo con un pie en la final, Meazza corrió hacia la tribuna donde estaban los hinchas italianos y, al levantar las dos manos para celebrar, quedó en calzoncillos. El capitán fue rodeado por sus compañeros hasta que un asistente del técnico Pozzo le alcanzó otro pantalón, con el que finalizó el juego.


Un plomo para los penales

Para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, la FIFA continuó con su insoportable costumbre de designar árbitros de países con escasa o nula tradición futbolística para encuentros importantes. En el choque de primera ronda entre Serbia y Montenegro y Túnez, que definía la clasificación a la segunda ronda (la escuadra africana debía ganar por un abultado marcador y esperar que Argentina venciera a Australia por varios tantos para ser segunda), el juez elegido fue Charles Ariiotima. La planilla oficial del partido señalaba que el réferi era de nacionalidad tahitiana, lo cual era incorrecto porque Tahití es solo la mayor de las islas de la Polinesia Francesa, que no es un estado independiente sino un territorio francés de ultramar situado en el Océano Pacífico. De cualquier manera, tahitiano, polinesio o francés, Ariiotima –un hombre que trabajaba como plomero- demostró que no estaba preparado adecuadamente para manejar el espíritu del reglamento del fútbol, y mucho menos para dirigir en un campeonato de alto nivel. El 17 de agosto, en el estadio Pampeloponnisiako de la ciudad de Patras -situada a 200 kilómetros de Atenas-, balcánicos y africanos igualaban en un tanto, hasta que a los 78 minutos el réferi marcó un penal para Túnez. La ejecución estuvo a cargo de Mohamed Jedidi, quien disparó y venció al arquero Nikola Milojevic. Pero, mientras los africanos festejaban, Ariiotima anuló la conquista por la presunta invasión de otro jugador tunecino. Jedidi volvió a rematar, la pelota volvió a entrar y el árbitro tahitiano volvió a invalidar el tanto por un supuesto adelantamiento de otro africano.

La historia no terminó allí: el penal fue ejecutado y derogado tres veces más, una por otra hipotética tercera invasión de área; y dos, atajados por Milojevic, porque el réferi creyó que el arquero se había adelantado a los disparos. La increíble situación provocó carcajadas a los siete mil espectadores y puso los pelos de punta a los jugadores, entrenadores y suplentes de ambos equipos, que no entendían nada. Para colmo, Ariiotima estaba secundado por dos líneas que, por su inexperiencia y escasa muñeca para aplicar el reglamento, generaban más problemas que soluciones: Tony Meltetamat y Michael Mouauri, representantes de dos archipiélagos del Pacífico, Vanuatu e Islas Cook, cuyas ligas de fútbol son minúsculas. Luego de diez minutos de parodia, Jedidi pateó su sexto penal -fuerte y al medio, lejos del alcance de Milojevic, quien se había arrojado hacia su izquierda- y el árbitro polinesio, convencido de que el trámite se había cumplido de acuerdo con las normas, concedió el tanto. Los compañeros del goleador, por las dudas, se habían quedado esperando en la mitad de la cancha.

Túnez se impuso finalmente por 3 a 2, pero quedó eliminado de todos modos porque Australia solo cayó 1-0 con Argentina y logró una mejor diferencia de gol. Ariiotima no volvió a dirigir en Grecia y regresó a casa para continuar con su labor como plomero. Una profesión que no debió haber descuidado tantos días por nada del mundo.

Por Luciano Wernicke / Fotos: Archivo El Gráfico


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