Fue como un templo

Llegar a la Avenida La Plata y pasar de una tribunita y un alambrado al magnífico Gasómetro se debió al esfuerzo de dirigentes visionarios. El adiós, una herida aún abierta.
Nota publicada en el Libro de Colección de El Gráfico: 100 años de pasión azulgrana.

De la calle al Oratorio, del Oratorio a la búsqueda de una cancha donde poder albergar el sensible crecimiento futbolero del club. Las camisetas azulgranas necesitaban un ámbito mayor donde poder darle cabida al crecimiento barrial que se iba generando por el esfuerzo de aquellos pioneros sabiamente agrupados por el padre Lorenzo Massa.

Encontrar el ámbito apropiado no fue tarea sencilla porque tampoco era mucho el dinero con el que se contaba para concretar las aspiraciones de progreso. El tema que también preocupaba era no alejarse mucho de la zona de influencia. Almagro y Boedo eran los límites prefijados. A patear, entonces. Dos lotes juntos por aquí, media manzana libre por allá. Terrenos sobraban, pero no eran muchos los que permitían armar una cancha, poner vestuarios, levantar una tribuna. Ya no eran los Forzosos de Almagro, la idea era crecer y meterse de lleno a competir con todo en la Asociación. Se planificaba el ascenso de San Lorenzo, nada más ni nada menos.

Vista aérea del Viejo Gasómetro, la Catedral del fútbol.

Mientras los sueños iban cobrando vuelo, había que poner los pies sobre la tierra y buscar el asentamiento definitivo. Después de gastar suelas, hacer sonar llamadores y tocar diversos timbres, finalmente se obtuvo la locación de un predio ubicado en una dirección que habría de ser emblemática: Avenida La Plata al 1700, entre las calles Inclán y Las Casas. Por mediación del padre Massa, se trató con el Colegio María Auxiliadora, dueño de una parte del lote y se convino abonar un alquiler de 50 pesos. El resto de la propiedad pertenecía a la familia Oneto y costó otros 10 pesos a pagar por mes.

El terreno tenía una pronunciada loma en el medio, fruto del establecimiento de un viejo horno de ladrillos, y generó no pocas discusiones entre el Tano Scaramusso y el resto de los dirigentes-asociados. Pero finalmente se puso manos a la obra para dotar al equipo que ya había logrado el ascenso a Primera de una cancha de fútbol apropiada.

Los socios fundadores, con Scaramusso y Federico Monti a la cabeza, más el empuje de visionarios como Luis Gianella y Pedro Bidegain, realizaron todo tipo de colectas y rifas y hasta consiguieron donaciones para alambrar el terreno, armar los arcos con parantes y travesaños de madera, colocar una casilla para ser utilizada como vestuarios y también erigir una tribunita con escalones de rústica, pero buena madera.
Los gastos, muy superiores a lo previsto, fueron solventados por Antonio Scaramusso, Luis Mulet y hasta por el cura que un día se apersonó para ofrecer 300 pesos, pero sólo le aceptaron 150, que fueron a incrementar el azul de las cuentas que llegaron a 2500 pesos, los necesarios para poder asegurar la construcción. Imbuidos del espíritu del mártir San Lorenzo y del valor de los patriotas que participaron en la célebre batalla sanmartiniana, todos contribuyeron para que la cancha se fuera convirtiendo en una palpable realidad. Una realidad que también fue posible por el aporte del dirigente Francisco Pini, dueño de un corralón de materiales que proveyó las materias primas necesarias a precios muy acomodados. También ayudó muchísimo la provisión de las chapas que realizó el padre Lorenzo para techar la casilla que sirvió para habilitar los vestuarios. No sobraba nada, pero tampoco faltó nada. Y a jugar se ha dicho.

Punto G (DE GLORIA)
El 7 de mayo de 1916, cuando debía jugarse el partido frente a Estudiantes de La Plata correspondiente a la quinta fecha del certamen de Primera de la Asociación Argentina de Foot Ball, fue el día de la gloria anhelada: ser locales por primera vez en la propia casa. Hubo una gran fiesta deportiva a la que asistió todo el barrio y se recaudaron 50 pesos. Fueron los vecinos contentos por tener muy cerca un escenario de tanta relevancia y aún aquellos que no estaban de acuerdo en que su tranquilidad barrial se alterara por el crecimiento de la pasión futbolera. A todos los unía la aureola del clérigo que ya había concretado la mayor parte de su obra. El padre Massa seguía uniendo voluntades y hasta la victoria que su equipo logró por 2 a 1 fue un gran incentivo para que San Lorenzo continuara un crecimiento que se concretó por más de medio siglo.
La síntesis de ese primer e histórico encuentro realizado en el predio de la Avenida La Plata al 1700 fue la siguiente:
San Lorenzo: J. Coll; A. Coll y Del Campo; Saccardo, Federico Monti y Jacobo Urso; Etchegaray, Fernández, Antonio Moggio, Urio y Gianella.
Estudiantes de La Plata: Suárez; Castro y Galup; Ferreira, Aranguren y Tolosa; Capellini, Letamendi, Duarte, Caraulen y Lamas.
Goles PT: 15 y 26 m Moggio (SL).
Gol ST: 9 m Lamas (ELP).

El famoso paredón de Avenida La Plata tenía 170 metros de largo por 4 de alto.

IR POR MAS
Si el sueño de todo inquilino es convertirse en propietario, el de San Lorenzo con el correr de los años se convirtió en una obsesión. Después de los dos primeros títulos de la era amateur (1923-24), el prestigio logrado por el club, el ingreso de nuevos asociados y de muchos hinchas envueltos en los colores azul y grana que iban tapizando con esa bicromía cada rincón de Almagro y Boedo, incentivó el deseo de comprar los terrenos donde con tanto esfuerzo se había erigido una cancha que ahora reclamaba a gritos transformarse en estadio. El contrato de locación, pactado a once años, estaba próximo a vencer en 1927, el año del tercer campeonato del amateurismo. La dueña del predio no quería saber nada con la renovación y los dirigentes tampoco querían irse de Avenida La Plata, convencidos de que ése era el lugar natural del club cuyo destino les había tocado en gracia conducir. El deseo de compra luchaba con la realidad de la tesorería: el dinero no alcanzaba, pero nadie estaba dispuesto a claudicar en el objetivo.
La personería jurídica se había logrado el 1° de julio de ese año. El presidente era Eduardo Larrandart y el vice, Pedro Bidegain, un vasco de singular empuje y gran visión, quien pese a los enfrentamientos internos fue el factótum para que la apoderada de la dueña de las tierras, accediera a que el club le comprara la propiedad. El 29 de enero de 1928 se aprobó en asamblea la construcción del nuevo estadio, lo que movilizó decididamente la compra de las tierras donde se había erigido la canchita, en 1916. Fue el propio Bidegain, renunciante como vice por aquellas luchas intestinas, quien se encargó de convencer a la apoderada de la dueña de las fracciones de terreno (la monja María Constancia Oneto) de que era muy conveniente venderle la propiedad a San Lorenzo de Almagro. Como elemento persuasivo, el diputado yrigoyenista utilizó sus cordiales relaciones con la comunidad católica y especialmente con la congregación salesiana a la que pertenecía el padre Lorenzo Massa.

El boleto de compraventa se firmó finalmente el 6 de junio de 1928 por 186.256 pesos equivalentes a 7800 metros cuadrados, superficie básicamente locada por el club. San Lorenzo contaba con 106.000 pesos en efectivo, pero por iniciativa de Bidegain se emitió un empréstito (algo parecido, en escala claro está, a lo que Alvaro Alsogaray realizara a nivel nacional con los Bonos del Empréstito 9 de Julio en 1958) por 250.000 pesos, suma destinada a la construcción del estadio que habría de convertirse en la Catedral del fútbol.

Estos datos refuerzan la categoría que adquiriría el Gasómetro, que habría de ser bautizado así por su estructura parecida a los grandes depósitos del fluido:
Sectores Norte y Oeste: 425 metros de alambrados, tribunas de 264 metros de largo por 56 escalones de alto. Capacidad: 39.000 espectadores.
Sector Sur: Tribunas de 24 metros de largo por 33 escalones de alto. Capacidad: 10.000 espectadores. Aforo total: 49.000 personas.

Luego, para completar una obra magnífica se licitó la construcción del famoso paredón de Avenida La Plata, un muro de 170 metros de largo por 4 metros de alto que le dio al estadio una fisonomía propia que mantuvo hasta el final de su existencia. Con semejante estructura, el Gasómetro fue el escenario elegido para disputar el Sudamericano de 1929 que ganó la Argentina en una recordada final –cuándo no– frente a Uruguay. Pero el 11 de septiembre de 1930, con el 2 a 0 ante Argentino de Banfield queda inaugurado oficialmente para el fútbol local. El Gasómetro ya estaba...

El templo santo
Pero el Templo de Boedo se iba a consolidar como tal de acuerdo con un plan de obras de infraestructura social y deportiva que fue puesto en marcha en aquel año 29 y que culminó en diciembre de 1930 para dejar construido un club que por entonces era modelo. A la categoría de grande, San Lorenzo llegó por el mérito de sus dirigentes fundadores y de sus continuadores, que supieron dotar a la entidad de las comodidades necesarias para que el fútbol se constituyera en un medio y no en un fin. Por eso el club no paró de crecer básicamente en la década del 30. Por caso, fue la primera institución que dispuso de iluminación artificial en su campo de juego. Luminarias que cruzaban a una altura alcanzable para los arqueros de potente tiro, se constituyeron en un motivo extra de interés y una particular manera de convocar espectadores en los períodos estivales. Tal acontecimiento se celebró con una victoria sobre Boca por 3 a 2.

Innumerables partidos amistosos y citas internacionales como la Copa Lipton, ante la selección uruguaya, en 1930, tuvieron como escenario ese majestuoso centro futbolero de Avenida La Plata al 1700. El Chelsea, de Inglaterra, y el Hajduk Split, de Yugoslavia, son los primeros clubes europeos en enfrentarse con el equipo de la divisa azulgrana. Pero cuando la Bombonera era un dibujo y la Herradura Monumental no existía todo se jugaba en el Gasómetro. Los certámenes sudamericanos lo tuvieron como escenario obligado, incluso hasta mediados de la década del 40.

Fue la primera cancha en contar con iluminación artificial en la Argentina.

La llegada de los vascos como Isidro Lángara y Angel Zubieta, escapados del flagelo de la Guerra Civil española, potenció aún más el arraigo del Ciclón entre la comunidad ibérica. Si el estadio se llenaba cotidianamente, a partir de aquel 4-1 de San Lorenzo a River con los históricos goles de Lángara en el día de su debut, la Catedral quedaba chica para albergar tanta pasión. Los queridos gallegos se sumaron a la grey azulgrana y el Gasómetro estallaba en cada partido, clásico o no.

La apoteosis, con la Avenida La Plata, cuyo boulevard central era de tierra, atestada de gente pugnando por una entrada popular llegó en 1946, cuando Pedro Omar tuvo el placer de dirigir a uno de los más grandes equipos de la historia santa: el del trío más mentado que integraban Armando Farro, René Pontoni y Rinaldo Martino. Un campeón con todas las letras y todos los goles, con una campaña de lujo que convocó multitudes desde la primera fecha. Los revendedores de entonces (“si te tocan la gorra, agarrate los bolsillos”, era el consejo para evitar a los pungas) pululaban entre los ávidos hinchas que pugnaban por un billete.

De esa campaña y de la exitosa gira por Europa en 1947, San Lorenzo sacó un rédito enorme a través de la inteligente gestión de un dirigente que supo hacer bien las cosas como Enrique Pinto. Crecimiento institucional, un nuevo gimnasio techado, títulos deportivos y balances financieros en azul permitieron ilusionarse con otro paso fundamental en la vida del club: convertir al Gasómetro en un estadio monumental de cemento.

Apenas seis o siete años después, cuando ya la camada de grandes dirigentes parecía haberse extinguido, bajo la presidencia de un tal Luis Traverso, se colocó un tremendo cartel sobre la tribuna popular de la Avenida La Plata que anunciaba: “Aquí se construirá el Gran Estadio Monumental de San Lorenzo”. La empresa era GEOPE, una mezcla rara de emprendimiento estatal y privado que había realizado muchas obras públicas. Como financiamiento se apeló a Bonos Patrimoniales que los esperanzados socios y muchísimos hinchas compraron confiados en que San Lorenzo habría de convertirse a la brevedad en una suerte de Real Madrid o Barcelona de la Argentina. Proyecto ambicioso que no cuajó. Diferentes luchas intestinas, política partidaria por sobre el beneficio común hicieron añicos los sueños y el bolsillo de los azulgranas de ley.

Transcurría el final de la década del 50 y el comienzo de los 60, más allá del extraordinario campeonato logrado por el equipo en el que José Francisco Sanfilippo fue pieza fundamental por sus grandes goles, preanunciaba tiempos difíciles. La llegada de los Carasucias primero y de Los Matadores después, parecieron traer una panacea para que el Ciclón reasumiera su condición de club líder en emprendimientos. Pero el Gasómetro, salvo las torres nuevas de iluminación, comenzó a acusar el paso del tiempo y la necesidad de obras fue golpeando una y otra vez contra los desequilibrios financieros.

Ante cada partido importante desde muy temprano mucha gente pugnaba por un lugarcito.

En 1974, con la conquista del campeonato Nacional, y en 1975 con el récord del Gringo Scotta, el estadio recobró un gran poder de convocatoria que gradualmente se fue esfumando hasta desembocar en el increíble fin de año de 1979. Por motivos, hasta hoy incomprensibles (ver recuadro), el Gasómetro dejó de existir. Deudas asfixiantes, el anuncio municipal de una apertura de calle (la continuación de Avelino Díaz hacia el Este) que jamás se concretó, acabaron por destruir 63 años de identidad y pertenencia al barrio que lo había visto nacer. Fue un duro golpe al corazón azulgrana ver desaparecer el templo sagrado de tanta gloria futbolera. Golpe que sigue generando un tremendo dolor que ni el nuevo asentamiento en el Bajo Flores logró calmar.

Por Carlos Poggi.
Fotos Archivo El Gráfico.

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