
Un penal de Trotta, la picardía de Asad. La copa menos pensada.
La historia con el tiempo le dejará paso a la leyenda. Entonces se dirá que el 1º de diciembre de 1994 en la ciudad de Tokio, Japón, once jóvenes de carne y hueso que habían llegado desde un barrio de Buenos Aires, Argentina, destruyeron, demolieron y pisotearon a una sociedad anónima italiana que, con el nombre de Milan, había levantado el imperio futbolístico más importante del fin de siglo.
Contará la leyenda que Fabio Capello, el ejecutivo de la Finivest, el emporio económico que levantó su patrón Silvio Berlusconi para alcanzar el poder político en Italia, preguntó, al llegar a Tokio, contra qué equipo iba a jugar su empresa.

El exitoso ciclo de Bianchi en su club.
Campeón de todo.