La historia con el tiempo le dejará paso a la leyenda. Entonces se dirá que el 1º de diciembre de 1994 en la ciudad de Tokio, Japón, once jóvenes de carne y hueso que habían llegado desde un barrio de Buenos Aires, Argentina, destruyeron, demolieron y pisotearon a una sociedad anónima italiana que, con el nombre de Milan, había levantado el imperio futbolístico más importante del fin de siglo.
Contará la leyenda que Fabio Capello, el ejecutivo de la Finivest, el emporio económico que levantó su patrón Silvio Berlusconi para alcanzar el poder político en Italia, preguntó, al llegar a Tokio, contra qué equipo iba a jugar su empresa. Sabía que era argentino, pero no conocía su nombre. Se asombró cuando le dijeron Vélez Sarsfield.
-¿De dónde salió? Repreguntó.
-De Liniers.
-¿Qué es eso?
-Un barrio De Buenos Aires.
-¡Bah...entonces es un equipito de barrio! En Italia jugaría en la Serie "C".
(...)
"¡Esta derrota es increíble!", dicen que habría dicho. El resultado de ese partido dejó a su sociedad anónima sin la Copa más importante del mundo a nivel de clubes: la Intercontinental Europea-Sudamericana.
(...)
¡Pobre Capello! Le falló el patrón. Cómo le explica ahora que esos negritos "que seguramente son unos muertos de hambre" le ganaron a una sociedad representada por once futbolistas internacionales, los mejore pagos del mundo, los mismos once que seis meses atrás vencieron por 4-0 al Barcelona de Cruyff en la final de la Copa de Europa de Campeones.
¡Pobre Capello! ¡Pobre ejecutivo de la Finivest! ¡Pobre rico!
Alguien tendrá que explicarle alguna vez lo que es el fútbol en la Argentina. Hablarle de Buenos Aires, de sus barrios, de los potreros y de los sueños de todos los pibes. Decirle, por ejemplo, que la letra de un tango que ya tiene cincuenta años habla de un chico que, enloquecido por la llegada de la citación del club, le decía a su madre: "Vas a ver qué lindo/cuando allá en la cancha/mis goles aplaudan/seré un triunfador..." Y el tango terminaba con la descripción del sueño del pibe, conquistando el gol del triunfo en el último minuto del partido de su debut en Primera. (...)
...el plato fuerte llegaría en el segundo tiempo. Con el desequilibrio de Asad -convirtió un gol que provocó el primer "¡oooohhh!" de los japoneses- la seguridad y frialdad de Chilavert, los cruces de Trotta, la actitud de Cardozo para salir desde el fondo, la precisión de Pompei y... la desastrosa noche de Costacurta.
El defensor se anotó en todas... las malas. Primero le cometió un penal al Turu Flores que Trotta transformó en gol, después dejó corto un pase a Rossi que aprovechó Asad para anotar el segundo y, como si esto fuera poco, agarró de la camiseta -siendo el último hombre- al Turco. Se fue expulsado, en medio de los gritos hostiles de Sebastiano Rossi -lo insultó de arriba abajo- y de la reprobación de Fabio Capello. Aparte del argentinísimo "¡Juira, perro!" que brotó desde el grupo argentino en la mismísima Tokio (...)
Bianchi la tiene clara
(...)
¡Salió tal cual lo esperábamos! Sabíamos que, en los primeros minutos, ellos iban a dejar una mejor imagen porque estaban acostumbrados a esta clase de partidos. Pero poco a poco fuimos levantando y terminamos el primer tiempo como un equipo compacto. Después, empleamos lo que habíamos ensayado: tocar permanentemente pelotas cruzadas para las llegadas de Flores y Asad. Así fue como llegó el penal. Más tarde, cuando Omar hizo el segundo, me di cuenta de que éramos campeornes del mundo.
(...)
Asad no se la cree...
-¿Viste, fiera? Ni Baresi me pudo parar. Y eso que juega bien el quía ¿eh? Ya me lo había avisado Bianchi: apenas lo tuviera enfrene, tenía que meterle el c... y tirarlo a la mierda. Y yo lo hice ¡La cara del tano cuando quedó desparramado en el piso! No entenía nada. Claro, cuando le gané esa, no vino más al choque. Me acompañaba para encerrarme contra las líneas. (...)
Después del partido llamé y me dijeron que mis viejos se juntaron para ver el partido. Ellos están separados, pero se quedaron toda la noche anterior despiertos, jugando a las cartas, meta mate y picada. Ya a las cinco de la mañana no aguantaban más: los desbordaba la ansiedad. Eran una banda: ellos dos, mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos... y toda Ciudad Evita.
¡¿Sabés cómo habrán gritado el go!? Seguro que más que yo, que me pegué un susto enorme porque pensé que lo erraba. La pelota no bajaba más. Eso sí, cuando la vi adentro, me acordé de La Tana -mi esposa- y de mi hijo, que tiene cuatro meses. Esto hasta que llegó el otro tanque, el Turu Flores, a abrazarme. Entonces hicimos una montaña que ni Bianchi se animó a desarmar.
