1948 Delfo Cabrera gana el maratón en Londres
El Gráfico
Edición 1519, 20 de agosto de 1948

¡Y cantamos el himno!

Por Félix D. Frascara

Delfo Cabrera gana el maratón en LondresFue hoy, sábado siete de agosto, aquí, en Londres. Más de 70.000 personas, colmando la capacidad del estadio de Wembley, aplaudieron a Delfo Cabrera, a la bandera argentina y a nuestro Himno. En esa multitud había un lugarcito para mí. Es decir, para usted, lector de EL GRAFICO, amigo y compatriota de Mendoza o del Chubut, de Corrientes o de La Rioja. Porque todo lo que yo fui sintiendo a medida que se desarrollaba esta película de cuarenta y dos mil ciento noventa y cinco metros lo sintió simultáneamente cuanto hay en mí de argentino. Yo estaba perdido ahí, apretado contra la pequeña empalizada que da a la pista. Habré sido, para todos, uno más, así como para mí lo eran también quienes me rodeaban. Estaba solo, absolutamente solo. Pero me sentía inmenso porque había resuelto atribuirme la representación espiritual, ansiosa, de mis amigos y de mis lectores. Por eso -tal vez- cuando apareció Cabrera en el estadio, quebró sin esfuerzo la débil resistencia del belga Gailly y atravesó la meta, todo Wembley era mío, era nuestro. Sensación jamás experimentada antes e imposible de repetirse porque fue la primera. Aunque volviera a ver muchas veces el triunfo de un argentino en los Juegos Olímpicos, aunque me emocionara hasta las lágrimas, nunca sería totalmente igual. Yo, con mi Argentina en el corazón, con todos mis amigos gritando en mi voz, viví unos minutos que jamás había soñado y que nunca olvidaré. Mentiría si pretendiera escapar a los lugares comunes y decir que no hice cuestión de patria. ¡Cómo no! No creo que nadie pueda ver a un compatriota triunfante en la máxima competencia deportiva del mundo y detenerse a pensar que no es nada más que un juego. Podrá manifestarse el júbilo en forma desbordante o con discreta sobriedad. Pero la patria "está ahí". Se oye su voz y se siente su latido. Yo no lloré. Tampoco podía hablar. Grité -ustedes conmigo- hasta el instante en que Cabrera cruzó la meta, llevándose con el pecho ese hilo que se extiende a lo ancho de la pista, como barrera que cierra el paso hacia los campos de la fama y sólo se abre ante la grandeza de los vencedores. Desde ese instante ya no grité más. Algo significa el nombre de Delfo.

Cabrera en el deporte argentino. Era lógico, natural, esperar que significara también algo en el deporte mundial. Lo que difícilmente hubiéramos podido imaginar es que llegara a significar tanto para nosotros. Porque, llevados por nuestro entusiasmo, no debemos caer en el error de olvidar la causa fundamental de ese momento inolvidable: si gritamos primero y enmudecimos después, si sentimos que Wembley era nuestro y vimos cómo brillaba un rectángulo celeste y blanco sobre el gris del horizonte, eso se lo debemos a Delfo Cabrera. A su esfuerzo y a su calidad.

Vamos a seguir la carrera como si todos hubiéramos estado hoy en Londres. Intervienen cuarenta y tres atletas en representación de veintitrés países. Son las tres de la tarde, hace calor, hay sol. El pelotón de participantes toma ubicación en uno de los extremos de la pista, a la derecha del palco real, que ni está ocupado por la regia pareja. Tres argentinos llevan la camiseta blanca con dos franjas celeste horizontales: Cabrera -que según los programas se llama Cabrora-, con el número 233; Guíñez, el veterano mendocino, con el 234; y Sensini, el bahiense, con el 251. Suena el tiro v se pone en marcha el plantel de maratonistas. Recorren trescientos metros y van saliendo hacia la calle por el mismo lugar donde arde la llama olímpica. La multitud los despide con aplausos en los que se siente no sé qué precisa sensación de cariño. El primero en tomar la punta es el nú­mero 273, un coreano llamado Yun Chil Choi. Recordamos que el último ganador, en 1936, fue Kitei Son, un japonés que luego moriría en la guerra, ganador con el tiempo record de 2 horas 29 minutos 19 segundos y 2 déci­mas. Lo recordamos porque es imposible evitar una relación entre el de Corea y el de Japón. El tren de carrera no es muy fuerte. Guíñez va entre los primeros. Sensini marcha más retrasado y Cabrera entre los últimos(...).

El recorrido de la carrera abunda en accidentes naturales. Londres tiene un terreno ondulado, por momentos acumulado. Hay una cuesta tras otra y en pocos instantes llevamos a contar más de cuarenta de ellas. Claro que la cuesta arriba tiene la compensación de la cuesta abajo, pero lo que se recupera descendiendo puede ser nada más que tiempo y nunca energías. Sin pensar aún en que uno de los tres argentinos era fija, observábamos a los adversarios buscando -ya cerca de los veinte kilómetros- al presunto vencedor. Descartando al coreano, que sólo había hecho el gasto de salida, poco impresionados por la acción del belga y el chino, y no queriendo caer en lavanidad de pensar en Guíñez, reparamos en el andar desenvuelto y en el físico bien equilibrado del sueco. Sólo que nos pareció demasiado joven... Pero enseguida nos acordamos de Zabala en 1932. ¡Veinte años!

Algo más de veinte kilómetros se habían recorrido cuando vimos que Delfo Cabrera, el bombero de la Capital empezaba a apurar el paso y pasaba gente como si fuesen postes. (...). Tuvimos entonces la primera sensación, la idea diríamos, de que el argentino con el número 233 venia más entero que todos los demás. ¿Y si ganara?

Entraron los corredores en un camino por el cual ya no se les podía seguir de cerca. Con la seguridad de que los tres nuestros andaban bien y con la esperanza de ver algo sensacional en la llegada, volvimos a instalarnos en el estadio, junto a la pista, en el sitio reservado a las delegaciones extranjeras. Cerca mío estaba Carlitos Sos, el entrenador de natación. Por ahí, en los alrededores, había otros varios. Nos veíamos, pero no estábamos juntos. Quizá haya sido mejor, porque entonces Cabrera pudo oír muchos gritos de aliento, escalonados y durante un largo trecho. Supimos que la colocación, al cubrirse 35 kilómetros, ya ofrecía variantes. Otra vez había aparecido Yun Chil Choi, el coreano que había estado punteando al principio. Cabrera se había colocado segundo, tercero estaba Gailly, cuarto era Guíñez, quinto venía el británico Richards, en tanto que la sexta colocación era del sudafricano Luyt.

El sol se había ocultado. De pronto se abrieron las nubes como si se descorriera una cortina (...). ¿Para qué habría salido el sol, a las cinco y media de la tarde, sino para asistir a un acontecimiento sensacional? Estallaron aplausos. Y por la misma puerta por donde el día de la inauguración habían entrado los reyes, apareció en la pista el belga Gailly, con su casaca roja de vivos azules. Vacilantes sus piernas, extraviada su vista, perdido casi por completo su sentido de orientación. La salva de aplausos seguía corriendo como un reguero y en seguida se intensificó todavía más: quince metros atrás del belga pisaba la pista rojiza de Wembley un atleta morrudo, fuerte, morocho, que braceaba sin esfuerzo, pisaba seguro y miraba con claridad.

¡Es Cabrera! ¡Es un argentino! Enseguida lo pasó al belga, dio una vuelta completa a la pista y vino hacia nosotros por la recta. Funcionó la cámara cinematográfica. El pecho de Cabrera tomó el hilo de llegada justo entre las dos franjas celestes de la camiseta. Habían pasado 2 horas 34 mi­nutos 51 segundos 6 décimas desde la largada. Después de un buen rato dejamos de gritar, recuperamos la voz, lo abrazamos bien fuerte y le preguntamos lo mismo que Stirling le pregun­tara a Zabala en Los Angeles:

-¿Cómo hiciste?

Como siempre. Corrí de atrás, ocupándome más de mí que de ellos. Faltando cinco mil metros me coloqué primero.

Aquí, al entrar al estadio, el belga apuró el paso y se me fue unos metros. Pero yo sabia que la carrera era mía...

Después fue el abrazo a Guíñez, que se jugó una carta en su atropellada, quedando finalmente quinto. Y la efusiva felicitación a Sensini, octavo en una magnífica demostración de disciplina. El propio Sensini gritó después de llegar:

-¡Ganó Cabrera, es como si hubiera ganado yo!

Sobre la plataforma del homenaje, en lo alto, la bandera y el nombre de la patria junto a su apellido. Delfo Cabrera había estado más grande que nunca. Muy cerca de él, pisando el césped de Wembley, cantamos las estrofas del Himno. Las cantamos para todos los argentinos, llevándolos en la garganta y sintiéndolos en el corazón.

Fue hoy, en Wembley.


***

Durante media hora, la mejor del mundo

Por Félix Daniel Frascara.



Cuando terminó la prueba de salto en largo para mujeres corrimos desde la bancada de prensa bajando más de cien gradas y contrariando las severas disposiciones británicas, para estrechar la mano de Noemí Simonetto. Nos había proporcionado la primera gran emoción de estos Juegos Olímpicos: durante media hora mantuvo el primer puesto y nos permitió saborear el pregusto tener una campeona. Después, en la tercera rueda, la húngara Gyamarti -una rubia de cabellos largos y delicadísimo aspecto- alcanzó esos 5m69 que le sirvieron para el triunfo.

Hay visibles diferencias entre el estilo de la ganadora y el de nuestra campeona. La húngara, por ejemplo, levanta menos los brazos cuando inicia el brinco, se eleva más alto que Noemí y sobre todo abre visiblemente las piernas. Con esa imagen se coronó campeona, quebrándonos una esperanza que se estaba haciendo realidad, aunque en parte nos quedó el consuelo de saber que Noemí sólo había sido derrotada a través de una nueva marca record. Y lo que importaba, desde nuestro ángulo, era apreciar la excelente labor cumplida por la gran atleta argentina.

Los 5m60 de nuestra compatriota son una marca realmente buena. Y mucho más si se considera que ni la propia Noemí esperaba llegar a tanto. Fundamentalmente porque su entrenamiento había sido más enérgico y entusiasta para competir en los 100 metros y en las vallas que en el propio salto en largo. Tampoco los dirigentes confiaban demasiado en la actuación de la atleta en la prueba que le dio finalmente la medalla de plata. Sin embargo al final se produjo lo que siempre se puede esperar de quienes tienen verdadera calidad.

(...)

Delfo Cabrera gana el maratón en Londres
Cabrera 1º, Guíñez 5º, Sensini 9º. Un momento único de los fondistas argentinos.

" Yo sabía que podía ganarla... unos días antes hicimos un apronte con varios de los candidatos... "



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