En River, Fernando Cavenaghi tenía una hoja de servicios con números tan buenos como los de Saviola o los de Crespo. Eligió irse a Rusia por una parva de billetes y la promesa de jugar algunos partidos de Champions League. En realidad, sus años allí se parecieron más bien un confinamiento –o congelamiento, como prefieran. “No me arrepiento, pero a Rusia no volvería más”, declara Cavenaghi en el Bordeaux, en donde está tratando de hacer resurgir su carrera, y de que su nombre suene en el mercado fuerte europeo tanto como habría sonado si se quedaba metiendo goles en River uno o dos torneos más.
Algo parecido sucedió con el Malevo Ferreyra y el Chori Domínguez, por el que casi hay que buscar en wikipedia para recordar que era una promesa de Selección.
El Chelito Delgado era uno de los hombres fijos de la Argentina de Bielsa. Su pase al fútbol mexicano apagó sus posibilidades: allí se destacó mucho al principio, cuando lo apodaban el Galáctico de la liga, pero luego se amoldó –acaso demasiado– al nivel reinante en ese campeonato, y quedó preso de su gran contrato y de los pocos deseos de su club de verlo partir. Le costó cuatro años poder salir, con esta oferta del Lyon. Puede haber ganado muchas cosas en lo personal y en lo económico, pero sus cuatro años y medio en La Máquina difícilmente puedan considerarse un acierto futbolístico.
A Ezequiel Lavezzi le llevó sólo dos partidos darse a conocer en toda Italia. Su nivel luego se mantuvo, pero en esas primeras dos fechas de la Serie A, hizo que hasta Massimo Moratti hablara de él. Lavezzi acertó en irse a un equipo como el Napoli y no tuvo necesidad de arriesgarse ni de pagar peaje en una liga menor: ya está instalado como uno de los personajes a tener en cuenta. Si, por caso, la oferta hubiera llegado de un equipo turco o mexicano, su situación habría sido muy distinta: darse a conocer en el fútbol europeo podría haberle costado años, y quizás nunca habría llegado a este nivel de respeto que tiene hoy.
Daniel Osvaldo y Joaquín Larrivey, hoy aprendiendo en el Cagliari y en la Fiorentina, tienen la ventaja de estar donde hay que estar. Como el arquero Nicolás Navarro, recientemente transferido al Napoli, que agradeció a los dirigentes de Argentinos por haberle hecho esperar una oferta buena y no simplemente cualquier oferta por venderlo.
España, Inglaterra, Italia, más Francia, Alemania, Holanda y Portugal, siguen siendo las ligas que deberían interesarle a cualquier jugador de clase A que tenga ilusiones de proyección internacional. Irse a cualquier otro lugar por el simple hecho de transformar esas ilusiones en rápido cash, no deja de parecer una solución similar a pedir un préstamo impagable por pura desesperación financiera pero poca lógica de negocios: ellos mismos van a tener que pagar los intereses.
Son pocos los jugadores que se dan cuenta de los riesgos que puede implicar salir del mapa. Casi pan para hoy y hambre para mañana, salvo que con los contratos que firman, hambre literal difícilmente vayan a tener, pero quizás sí tengan mucho hambre futbolístico. Germán Denis o Ismael Sosa, por ejemplo, supieron decidir con criterio a la hora de no ir a Rusia y esperar algo mejor.
Mauro Zárate, en cambio, pareció tirar por la borda su corta y exitosa carrera en el fútbol argentino cuando aceptó una oferta imposible para irse a jugar al Golfo Pérsico, de ésas que generalmente les llegan a los jugadores que están a punto de ir a cobrar su jubilación. Hoy, a seis meses de aquel momento, Zárate pasó (a préstamo) del Al-Saad al Birmingham, de la Premier League. Tiene una inesperada opción de darse a conocer, como lo hizo Tevez en el West Ham. Además de millones fáciles, Zárate tuvo suerte. Pero su caso está lejos de ser paradigmático.
Antes de aceptar una transferencia, el jugador debe tener muy en claro cuáles son sus objetivos, adónde va y adónde querría ir. Todos quieren tener al menos un palo en el banco, ser parte de la Selección, estar en la mejor liga y, obviamente, jugar. El problema es cuando hay que empezar a descartar. ¿Qué vale más? ¿Qué duele menos resignar? Cada jugador lo averigua por sí solo. A veces, se da cuenta muy tarde.