¡HABLA MEMORIA!

2002. El Pipi fútbol

- por Redacción EG: 18/01/2019 -

Leandro Romagnoli, uno de los últimos enganches de nuestro fútbol, acababa de conquistar la Copa Mercosur 2001 con San Lorenzo y con tan solo 20 años hablaba de su presente y su sueño de ir a Europa.

Durante el tránsito por la Copa Mercosur, en la final frente a Flamengo.

Una tarde de verano, Oscar Alfredo Ruggeri tocó su amor propio y lo sorprendió, a pesar de que no largó ninguna bomba: "El Pipi Romagnoli tiene muchas condiciones técnicas, pero todavía está inmaduro como jugador". En realidad el juicio de valor del Cabezón era obvio: con 19 años es improbable que un futbolista alcance su madurez. Ni Pelé ni Diego Maradona, por citar a dos monstruos de todos los tiempos, cerraron el círculo de la evolución en la frontera de los 20 años. Precisaron otros recorridos y muchas horas de vuelo para dar el testimonio excepcional de la divina creación.

Las palabras y los conceptos de Ruggeri se abonaron a los lugares comunes, pero a la vez dejaron impresa una realidad ineludible: Leandro Romagnoli era un jugador en formación. Y un formidable proyecto con la marca registrada del potrero argentino, siempre en proceso de encontrar nuevos intérpretes. Creció Romagnoli. Creció en lo físico -desde su debut en Primera División el 13 de diciembre del 98 hasta estos días incorporó 4 kilos de masa muscular y 2 centímetros de altura- y también en la dinámica de su juego.

"Acá en la Argentina aparece un jugador que sabe con la pelota y en una semana el ambiente periodístico le exige cosas como si el hecho de quemar etapas no existiera. Y las etapas hay que cumplirlas sí o sí porque de lo contrario se corren serios riesgos que pueden atentar contra la riqueza de cualquier pibe."

La definición le corresponde a César Luis Menotti y por supuesto trasciende la figura del diez de San Lorenzo. Es muchísimo más abarcadora. Más amplia. El técnico daba un diagnóstico de este tiempo saturado de apuros y urgencias, en el que algunos se quedan en el camino como víctimas de un sistema que los empuja a dar grandes respuestas en muy poco tiempo.

Esta cultura del "ahora o nunca" frustró a varios jugadores que se mostraron débiles o muy laguneros frente a las demandas del mercado. Un caso paradigmático lo representó el Beto Carranza, calificado en los 90 como un diamante en bruto y expuesto luego a ser moneda de cambio en casi todos los clubes en que actuó.

Con la selección Sub-20, cuando Argentina bajo la conducción técnica de Néstor Pekerman salió campeón del mundo en julio de 2001.

Romagnoli tuvo la fortuna de viajar despacio. De sentirse protegido por un ámbito de contención. Primero por Ruggeri, después por el entrenador chileno Manuel Pellegrini. Y a partir del equilibrio de sus conductores, continuó sin histerias ni vaivenes erráticos el lógico proceso de la maduración. Nunca le pidieron que salvara al equipo. Tampoco que fuera el manija o el conductor obligado de San Lorenzo o del Sub-20 que, conducido por Néstor Pekerman, conquistó el último Mundial disputado en la Argentina a mediados de año.

"Yo siempre tuve en claro que tenía que aprovechar al máximo todas las oportunidades que se me presentaban -dice Romagnoli-. No dejar pasar ninguna. Estar muy atento. Y hacer mi juego, que es encarar desde tres cuartos de cancha en adelante, intentar desequilibrar en el mano a mano, ser un buen pasador de la pelota y distribuir".

El rol típico del enganche -por lo menos en la Argentina- incorpora esa medida natural del juego. La del hombre que arma y administra la circulación. Que toca, triangula, acelera según las circunstancias de cada partido o promueve el ejercicio de la pausa para rearmar el circuito ofensivo. El cóctel es muy difícil encontrarlo en un joven de 20 años.

Por ejemplo, Juan Sebastian Verón desarrolló su potencial en las últimas dos temporadas, cuando pareció redescubrir el encanto de la sabiduría futbolera y se transformó en el eje y el patrón de la Selección Nacional dirigida por Marcelo Bielsa. La explosión de la Bruja se produjo a los 24 años, después de pasar por Estudiantes, Boca, Sampdoria y Parma. Recién cuando se incorporó a la Lazio en el 99 dejó al desnudo toda su categoría de jugador talentoso, sutil y muy comprometido con el funcionamiento del equipo, hasta dar el perfil exacto de un elegido.

El caso de Juan Román Riquelme también aporta otra lectura: él confirma la teoría de la excepción. A los 20 años se topó con Carlos Bianchi en el Boca campeón del Apertura 98, después de algunas experiencias poco felices con Carlos Bilardo y con el Bambino Veira. Afirmado en Primera bajo la batuta de Bianchi y cobijado por un técnico que acompañó su progresivo crecimiento con sensibilidad y un criterio elogiable, Riquelme comenzó a construir la etapa del brillo permanente. Y siempre fue por más.

Romagnoli parece transitar por aquel camino. Y las evidencias es que se viene abriendo paso con determinación. Quizá por esa misma determinación denuncia su necesidad imperiosa de ser transferido al fútbol europeo cuanto antes: "Es que realmente sueño con jugar en Italia. En especial, en el Milan. Es algo que siempre tuve en la cabeza. Cuando hace poco más de un año se mencionó que tenía una posibilidad de ir para allá, no lo dudé. Si salía la operación, viajaba con mis viejos. No lo iba a pensar dos veces".

El muchacho que tiene tatuado en el pectoral izquierdo la cara de su mamá Rita, quiere ganarle tiempo al tiempo. "Es que el fútbol además de ser una pasión es un trabajo", dice convencido. Su padre, Atilio, quien jugó en Huracán, Deportivo Morón y Riestra -en la actualidad integra el cuerpo técnico- intenta bajarle la adrenalina al apuro de su hijo: "Pipi siempre fue así. Ya desde muy chiquito. Cuando estaba en la Quinta o Sexta división soñaba despierto con debutar en Primera y ahora sueña con ir a Europa".

Con su mamá Rita, a quien tiene tatuada en el costado izquierdo de su pecho.

Más allá de los sueños, el Pipi supo combinar en buenas dosis los deseos con las realidades. Y aunque deja la impresión de que es frágil, de que en cualquier momento lo barren por prepotencia física, demostró ser fuerte. En su territorio, allí en la cancha, donde la única protección la convalida un árbitro y la habilidad propia, el pibe se empeña en convocar al riesgo. Porque le gusta arriesgar. Mostrar la pelota, amagar y, sobre el mismo amague, salir por adentro o por afuera para desbordar o para clavar una diagonal.

Sabe la técnica del uno contra uno, que no es otra cosa que el viejo desafío de la confrontación personal. Y no lo perturba ni lo inquieta la chance de perder la pelota y fabricar un contraataque adversario. En ese mecanismo que se nutre de la seguridad y que desestima el facilismo, saca ventajas. Porque se atreve. Porque no lo condiciona la jugada anterior que no le salió redonda. Y porque quiere la próxima, mezcla de deseo y de revancha.

"Tanto Ruggeri como Pellegrini me recomendaron que intentara jugar pelotas profundas -afirma-. Que no dudara nunca. Porque si dudás a la hora de encarar al que te sale a marcar, lo más probable es que te la saquen sin problemas. Por el lado de los golpes, a mí nunca me preocuparon demasiado. Se está pegando bastante en el fútbol argentino. Esto lo ven todos, pero después de un foul lo mejor es levantarse rápido y seguir. Antes reaccionaba mal por alguna patada, me ponía un poco loco y por eso me comí un par de expulsiones sin sentido, pero fui aprendiendo que con ésa no iba a ningún lado y que no valía la pena. Que no hay que calentarse porque hay defensores que con las infracciones tratan de sacarte del clima del partido y esto no lo favorece ni a San

Lorenzo ni a mí. Así que es una experiencia que la estoy aplicando. Y creo que voy bien"

Es cierto, va bien. Desde el resultádismo puro, 10 puntos. El balance a favor es demoledor: campeón con San Lorenzo del Torneo Clausura 2001 y de la Copa Mercosur en enero del 2002 y campeón del mundo con el Sub-20, erigiéndose como socio futbolístico del implacable Conejo Saviola y del Cabezón D'Alessandro. Desde el juego, crecimiento sostenido. No para deslumbrar; sí para sumar una perspectiva superadora.

A puro festejo y todo el folclore del fútbol. El gol, los trapos al aire, la alegría infinita.

En los 99 partidos que disputó por los torneos de AFA convirtió 14 goles. La marca deja una tendencia: le falta más llegada. Mayor arribo a zona de definición. Más gol. Pero esa tendencia también corrobora un dato estadístico poco discutible: los volantes de ataque del fútbol argentino no se caracterizan por ser visitadores frecuentes de la tabla de goleadores. Romagnoli, por precisión en la pegada, capacidad técnica, panorama, velocidad de desplazamientos, picardía y malicia para robar el espacio suficiente en el instante límite, podría dotar a su fútbol de más contundencia frente al arco rival. Esto también forma parte de la búsqueda de la perfección.

"Yo quiero aprender todos los días", confirma el Pipi con expresión inocente. Mientras tanto, se deja acariciar por la inigualable sensación de sentirse un tipo que hace lo que le gusta. Desde el corazón se asoma el tatuaje de Rita. Desde el alma, Atilio. Y el fútbol como el duende que unifica todo.

 

POR EDUARDO VERONA.

Por Redacción EG: 18/01/2019

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