¡HABLA MEMORIA!

1970. Gracias Crack, suerte al doctor...

- por Redacción EG: 14/01/2019 -

Uno de los emblemas del Estudiantes Campeón del Mundo en Old Trafford colgaba los botines, lo esperaba el consultorio, Raúl Madero se retiraba para dedicarse a la medicina, su otra pasión.

Junto a Carlos Salvador Bilardo, referente Pincha y colega de Madero.

La culpa la tuvo Politano. Él empezó esto que se termina. Él le metió a la adolescencia de Raúl Madero, regada con textos de bachiller y aros de basquet, el gusto por el fútbol. El vecino de Hornos, entre Brandsen y Aristóbulo del Valle, puso el primer mojón de este camino que él cierra por voluntad propia, cortándose "la coleta" de sus ansias, plantándose en 30 años jóvenes, guardando en su baúl de recuerdos los zapatos de una hazaña que subió al cielo gris de la Manchester fabriquera que expulsa humo por las torres de los techos, y vomita su fanatismo sobre el verde temible de Old Trafford.

"ESA FUE LA SATISFACCION MAS GRANDE DE MIS AÑOS DE FUTBOL, NO POR EL RESULTADO EN SI, SINO POR HABER HUMILLADO AL LEON EN SU PROPIA CUEVA. SI CUALQUIER OTRO EQUIPO NUESTRO HUBIERA HECHO LO MISMO, LA ALEGRIA HUBIERA SIDO IDENTICA. HABLO PORQUE ESA NOCHE ME SENTI MAS ARGENTINO QUE NUNCA..." Las palabras tienen una carga reflexiva, como si Raúl se hubiera puesto la túnica de médico mucho antes del último adiós, o tal vez porque la decisión del retiro está empapada de una tristeza que rompe cualquier dique. Hace seis meses nos adelantó su voluntad de "largar". Lo confesó mansamente, con esta misma claridad que hoy lo repite: "Me voy porque he terminado un ciclo, sin hablar de dinero ni de laureles colgados ni de músculos cansados. Me voy porque entiendo que se me abre otra etapa, la de médico, y la medicina es tan importante en mi vida que no quiere hablar sobre el tema..."

En Estudiantes jugó 179 partidos y marcó 19 goles.

Las palabras vuelcan la novedad de una incertidumbre que trajo octubre, con el partido con el Milan, con la cárcel abierta para tres compañeros, con una condena unánime por la actitud de Estudiantes. Y frente al problema su decisión de retirarse estuvo flaqueando: "Poletti, Aguirre Suárez, Manera... ¿Quién quedaba en el fondo? Yo me iba a fin de año y por un momento dudé en hacerlo. Lo de ese partido encierra una amargura muy honda. Todavía pienso que hubo apresuramiento en juzgar. En trece años de fútbol he visto a jugadores intercambiar insultos con una tribuna; he visto a otros que le han pegado a jueces delante de mis ojos; he oído declaraciones radiales censurables hiriendo al fútbol como institución; he visto al arquero del Manchester pegarle un puñetazo a Pachamé cuando éste lo iba a abrazar; y pienso que todos esos episodios son tan graves como los que pudo cometer Estudiantes. Reconozco que nos equivocamos, que no sólo los tres enjuiciados fueron los responsables sino que la culpa fue de los once, pero nadie se detuvo a pensar en todo lo que Estudiantes había hecho antes. He oído a embajadores y a gerentes de hoteles felicitar al plantel por su comportamiento fuera de las canchas y ver todas las giras que hemos realizado doy fe que en ningún momento se deterioró la imagen. Si esta vez nos equivocamos todos, lo reitero, no por eso se puede echar por tierra lo demás y poner a un club contra la pared. El retorno de Poletti, de Aguirre Suárez y Manera será una de las grandes alegrías que podré disfrutar en el retiro. Y sólo nosotros, todos los de Estudiantes, sabemos cuánto anhelamos que así ocurra..."

Ganó dos Copas Libertadores, una Copa Intercontinental, una Interamericana y el Metropolitano de 1967.

La culpa la tuvo Politano. Dejamos de lado la hora final de 1969, con los sinsabores de la copa perdida y el concepto disminuido. Volvamos Raúl a aquel bachiller adolescente, hincha de Racing, que llegó hasta el estadio de Boca impulsado por la constancia de aquel vecino que una vez fue jugador de River. "Estaban Fortunato y Evaristo a cargo de las inferiores. Mi cabeza corría en los libros, era un momento difícil, practiqué y desaparecí. No volví por un tiempo hasta que encontré el primer gran maestro, Nano Gandulla, y a él le debo haber seguido. Hombre derecho, que mira a la cara, me hizo comprender que el fútbol podía ser importante. Ni él ni Feola, de quien guardo una impresión excelente, se olvidaron que yo tenía una vocación de estudio y me facilitaron hacer las dos cosas. Boca no fue más que eso en mi carrera. El primer paso, pero sin entregarme del todo, con la cabeza puesta en la facultad. En el 62 jugué unos meses en Huracán, pero sin tiempo para encariñarme. En el 63 pasé a Estudiantes y ahí se suceden siete años intensos, plenos, donde fue un profesional bien remunerado, pero un hombre que más allá del premio sintió muy hondo perder con sus colores. ¿Cómo puedo sintetizar estos siete años que son una etapa increíble de mi vida? A los dirigentes se los juzga en la mala y yo empecé perdiendo. Problemas de descenso, cuestiones internas del club, y siempre la sonrisa, siempre el afecto respetuoso. En La Plata me sentí integrado por primera vez a un grupo futbolístico. Familias de la ciudad me abrieron los brazos, como los Calandra, los Aceval, los Silvestrini y sé que voy a ser injusto con muchas otras. En estos últimos tres años hemos pasado más en Estudiantes que con nuestras famillas. Hemos vivido los problemas de cada uno como si fueran propios. Hemos llorado muchas veces juntos. Hemos sonreído también ¡untos. Y ese es el gran problema que afrontaré en los primeros tiempos: cómo acostumbrarme a no viajar todos los días a La Plata, cómo olvidar caras y gestos que están prendidos. Algunos me dicen que extrañaré los aplausos. Puede ser. La vanidad es condición humana. Sé que, tal vez, alguna tarde voy a llorar no estar en el campo, no pensando que podría dar vuelta un partido, porque fueron más las veces que jugué mal que las que lo hice bien, sino para vivir con ellos la alternativa cambiante de un resultado. Estos siete años me enseñaron también a criticar a la gente sólo cuando comete un error a conciencia. A no pronunciar juicios apresurados porque lo hacemos sin tener en cuenta el daño que cometemos. A aprender a convivir con muchachos de distintos niveles y a grabarme a fuego algo fundamental: la cultura no es pasaporte para nadie. ¿Cómo puedo sintetizar todo lo que he vivido? ¿Cómo puedo volcar en palabras lo que fueron mis compañeros, el cuerpo técnico, los doctores Marelli y Demaría, los utileros, los dirigentes, todos? No quiere señalar a ninguno en especial. Juancito Echecopar fue mi compañero de habitación en casi todas las concentraciones, pero no puedo hacer distingos con ninguno. ¿El partido cumbre? Sí, hay uno clave: aquél del 67, cuando perdíamos 3 a 1 con Platense y ganamos 4 a 3 en cancha de Boca. Marcó el arranque total. El profesor Kistenmacher saltó de los palcos con los ojos llorosos para abrazar nos. Nos

Fue médico de la Selección Argentina desde 1983 hasta 1990.

bañamos cantando, nos mirábamos bajo las duchas y todos nos decíamos: "No perdemos más; hasta la copa del mundo no paramos", y lo repetíamos convencidos, como si en ese momento lo juráramos. No quiero hacer nombres, no quiero hablar de tácticas, no quiero dar consejos a nadie. Sólo me permito pedirle a la gente que respete el espectáculo. Esto quiere decir que si no le gusta, puede criticarlo, silbarlo, no aplaudir o irse del estadio. Y si le gusta, que aplauda, que grite, que cante, pero todo dentro de una manifestación deportiva. El fanatismo no lleva a nada. Hay que aprender a ganar y hay que aprender a perder. Y les ruego otra cosa más: que respeten a los jugadores veteranos y que en sus malas tardes recuerden siempre lo mucho de bueno que brindó en los grandes momentos, todo lo que él volcó para alegrados. ¿Cuál es la fórmula? No decirle nada. No buscar epítetos hirientes. Nadie es "ladrón" cuando la intención es honesta. Nadie merece que le griten "andáte" cuando dio todo por quedarse. El silencio a los cracks en la mala es el mejor apoyo que se puede brindar, porque él sabe mejor que nadie que las cosas no le salen y le dará gracias a ese respeto que le ofrecen con las bocas cerradas.

Y por último, quiero dar mi reconocimiento final. Le estoy agradecido a Dios por haberme hecho conocer el mundo; le estoy agradecido a Dios por haberme hecho sufrir como futbolista mucho más de lo que imagina la gente, y por haberme hecho feliz más de lo que yo me merecía..."

Raúl Madero nos dejó su última frase. "Quiero que sea ésa la que cierre mis declaraciones. Sé que en esta nota tal vez defraude a muchos por no meterme en la técnica, en los juicios a compañeros o rivales, en un análisis de este Estudiantes o del equipo que vendrá, en un balance del fútbol argentino, que es de regla en estos casos. Me quiero ir en silencio como cuando entré en el fútbol, con esa deuda de gratitud que les firmo a todos".

Junto a Ramón Aguirre Suárez integraron una dupla defensiva muy recordada para el pueblo Pincharrata.

La culpa la tuvo Politano, es cierto. Esta pena ante el crack que se va en la cumbre de su carrera sólo tiene un responsable: usted, Raúl. No queremos mezclar su vocación de médico, porque eso forma algo "demasiado importante como para comentarlo". Tiene razón, doctor. Nosotros sólo queremos despedir al zurdo de la cueva que llegó a campeón del mundo. Sólo queremos saludar a ese muchacho que más de una vez nos dejó en vestuarios distantes o cercanos la confesión de su amargura o el abrazo de su júbilo. Estudiantes de La Plata ve alejarse a un hombre símbolo, con su frac de universitario puesto siempre sobre la camiseta a rayas rojas y blancas, con su decisión ganadora puesta a flor de glóbulos y de piernas, con su hidalguía permanente como una rosa tibia sobre la pasión de un resultado. Sólo queremos despedir a una figura que tiene sello platense en la dimensión consagratoria, pero que sintetiza más que nada el ideal de deportista con que todos soñamos. Blando en la buena; fuerte consigo mismo en la mala; ganador en el gran saldo de esos trece años que se fueron muy rápidos, acelerador a fondo, para llevarnos a una de las personalidades más valiosas que encontramos en estos quince años de llenar cuartillas, de descensos y repechos, donde los hombres desnudan sus miserias en un triunfo o se visten de grandeza en la ocasión difícil de un revés. Raúl Madero, inmutable, supo andar por todas esas horas sin perder el brillo, dejando bien parado al vecino de Hornos y Aristóbulo del Valle que lo empujó a un juego que llegó a ser profesión, medio de vida, y que en sus siete años de Estudiantes echó un ancla de cariño que nadie osará mover jamás.

"Gracias a Dios por haberme hecho feliz mucho más de lo que yo me merecía..."

Adelante, doctor, pase..., hay un paciente que lo espera. Atrás quedan 13 años sin reproches. 

 

Por EL VECO

Por Redacción EG: 14/01/2019

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