¡HABLA MEMORIA!

Homenaje al mejor welter del año 12

- por Redacción EG: 28/11/2018 -

Tras su lamentable muerte en un accidente automovilístico, la publicación le rindió honores a Alberto Mongiardini, un muy destacado boxeador argentino en los inicios de este deporte.

Parecería que iba a vivir un siglo... Las palabras que se pronunciaron aquí, en El Gráfico, son las que deben haber dicho los amigos de Alberto Mongiardini al enterarse de su muerte. Solamente un golpe brutal pudo haber sacado de la vida a ese hombre de vigor extraordinario, tan convencido de su fortaleza que jamás conoció, no ya el miedo, sino la Precaución.

Estas últimas palabras acaba de pronunciarlas don Rodolfo Mongiardini, hermano del deportista caído, en el mismo escritorio donde cuatro años atrás recibió al cronista de El Gráfico el mejor welter del año 12 para relatarle aspectos de su vida, publicados en aquella serie de reportajes que titulamos "La infancia del deporte en la Argentina". Lamentábamos en nuestra redacción la desaparición de otro sportsman prestigioso, don Carlos Collet, cuando nos llegó la noticia de que en un accidente automovilístico había fallecido Alberto Mongiardini. Un vuelco espectacular del automóvil que conducía a gran velocidad, contra su costumbre, resultó fatal para el recio boxeador de la primera hora.

Con gentileza que se sobrepone al dolor imaginable, a escasos días de la tragedia, Rodolfo Mongiardini se aviene a evocar algunos pasajes de la vida de su hermano Alberto, a quien El Gráfico entiende rendir un merecido homenaje con esta recordación.

HIJOS FUERTES

Alberto Mongiardini en una foto obtenida para El Grafico recientemente (1938). Ha sido justamente lamentada la desaparición de este deportista, producida en un desgraciado accidente automovilístico el día 11 de mayo.

Don José Mongiardini, fuerte y venerable anciano falleció a los 81 años y que, luego de haber hecho culto al deporte durante toda su vida, a los 75 años ganó una copa en un torneo de golf realizado en Rosario de la Frontera, había tenido en su juventud una preocupación cumplida con celo: la de que sus tres hijos fueran fuertes. Ernesto, Alberto y Rodolfo se criaron al aire y al sol en la casa paterna de Quilmes, entregados a los ejercicios y poniendo a prueba su fuerza y su valentía en cuanta oportunidad se presentaba.

—No fue extraño que los dos menores, Alberto y yo, practicáramos más tarde el boxeo — explica Rodolfo Mongiardini — porque desde muy niños nos gustó la pelea a puño limpio. Después, cuando ya actuábamos y teníamos conocimientos técnicos, nos complacíamos en reclutar a otros chicos quilmeños para hacerlos pelear en un ring casero que habíamos construido. Dividíamos a los amiguitos en dos bandos y Alberto por un lado y yo por otro los adiestrábamos para jugarnos en el ring, a manos de ellos, nuestros prestigios de "directores"...

— ¿Cómo entraron al Buenos Aires Boxing Club, viviendo en Quilmes?

—Porque los hombres que formaron aquella institución histórica — Mascías, Newbery, Magnanini, Paso, Benito Nazar Anchorena, etc., — andaban reclutando a los chicos de todos los amigos para ponerlos a las órdenes del profesor, es decir del tan mentado Wlllie Gould. Mi padre era entonces el despachante de Aduana de la compañía telefónica y en ella ocupaba ya un puesto de significación el señor Paso, también fundador del Boxing Club. Paso, enterado de la existencia de nosotros tres, le pidió a papá que nos llevara al club y allá calmos una tarde. Alberto tenía quince años y yo doce más o menos. Ocurría esto alrededor de 1908 o 1909. Allí conocimos, además de los nombrados, a otros hombres que han hecho mucho por el box, tales como De la Silva, Alberto Festal, Peacán del Sar, Alejandro Herosa, Costa Paz, Wilkinson, Matías Mackinlay Zapiola, Horario Lavalle, Keil, el italiano D'Harmoud... Ponga puntos suspensivos porque no quiero exponerme a los olvidos involuntarios.

 

FINTAS A UN LADO

Eran los tiempos, recuerda Rodolfo Mongiardini, en que otra figura veterana y querida, Paddy Mac Carthy, traía del puerto u marineros ingleses para hacerlos pelear con el que saliera el paso, sin tener en cuenta diferencias de peso e ignorando en absoluto si el marinero era un campeón o un chambón...

—En lodos esos encuentros estaba presente mi hermano Alberto. Él tuvo siempre una confianza ciega en sus propios medios. Estaba hecho en la escuela Willie Gould: al inglés

Le gustaban los hombres guapos y los ponía a prueba con mucha exigencia y pocas contemplaciones. La guardia alta, el brazo izquierdo extendido, depositando en él la mayor importancia ¡y al ataque! Alberto asimiló esa táctica. Fue peleador y, sobre todo, excelente pegador. Siempre dejó las fintas a un lado para ir a lo positivo. Puedo agregar este dato sobre él: lo mismo se portó en todos los aspectos de la vida. Seguro de sus fuerzas, desechó las fintas y los esquives. Siempre dio la cara. Rodolfo Mongiardini, que también alcanzó a destacarse aunque no tanto como su hermano, evoca con palabra cálida aquella época del box criollo.

—El club lo formaba un grupo de amigos que, puestos en el ring, dejaban de serlo. Nos pegábamos sin contemplaciones, pero a la vez sin enconos. Nos pegábamos honradamente, si puede admitirse la honradez cuando se trata de pegar. Aunque pueda parecer un contrasentido nos hacíamos más amigos cuanto más fieramente nos peleábamos. Me parece hallarme ahora en aquel local donde estaba el ring y, a un lado, el escritorio que hacía de "secretaria". Estoy "viendo" a Willie Gould y a Jorge Newbery sentados a cada lado de ese escritorio. Entraba yo, chiquilín de doce años, y Gould, levantándose en el aire, me arrojaba a los brazos de Jorge, que después de pegarme una cachetada me devolvía en la misma forma a los brazos del inglés, donde volvía a recibir otro bife... Y así me tenían hasta que, naturalmente, yo rompía a llorar. Era lo que ellos esperaban; entonces Gould me decía: "¿No le da vergüenza ser cobarde?" Sigo "oyendo" las carcajadas de Jorge Newbery...

Aquí vemos a Alberto Mongiardini en 1912, cuando al vencer a González Acha se clasificó campeón de peso welter y obtuvo en premio el cinturón que luce, donado por el Dr. Pirovano. A espaldas de Mongiardini está su hermano Rodolfo.

 

EL MEJOR WELTER

Alberto Mongiardini realizó una campaña breve e intensa. No actuó más que cinco o seis años, pero estaba tan bien dotado que sobresalió en seguida. Fue uno de los más bravos adversarios de los marineros ingleses; en 1912, en un memorable match contra González Acha, en el que debieron hacer dos rounds suplementados, ganó el cinturón de oro, donado por el doctor Aquiles Pirovano. Mongiardini distrajo con sus puños a los habitués de aquella época, porque no había festival en el cual no interviniera, y esos espectadores, en prueba de admiración le obsequiaron una cruz de plata, con oro incrustado en el centro, cuya dedicatoria dice "Al mejor aficionado, por sus éxitos". Esa cruz de plata se la enseñó el propio Alberto Mongiardini al cronista cuando lo entrevistó, en este mismo escritorio, una mañana de febrero de 1934.

Ahora está guardada junto al cinturón del doctor Pirovano, junto a los amarillentos recortes de los diarios del año 12, junto a todos esos testimonios inanimados que a través del tiempo toman expresión.

Escena obtenida en 1912, en el Buenos Aires Boxing Club. En esa ocasión el campeón de peso liviano chileno, Joe Dully, se midió con el campeón sudamericano de peso pesado, Jack Murray. Los kilos no se tenían en cuenta…

OTROS DEPORTES

Fue el box la actividad principal de Alberto Mongiardini en su primera juventud. Enemigo de abarcar mucho, quiso en cambio sobresalir cuando se dedicó a algo. Huta de las mediocridades. Se mantuvo invicto en los torneos y se retiró con su título de campeón. Antes del pugilismo había practicado la esgrima, en Italia. En sus tiempos de estudiante jugó mucho y bien a la pelota. También fue back Izquierdo en el team de fútbol de Quilmes.

Larga y proficua actuación tuvo, posteriormente, en el golf, al que se dedicó durante diez años, siempre en el San Isidro Golf Club. Cuando lo entrevistamos cuatro años atrás nos habló de sus propósitos de hacerse aviador.

—Me atrae la aviación; ya domino el doble comando. Lo peligroso es que también en eso sentiría el deseo de sobresalir...

Quizá fue su único renunciamiento. Lejos habrá estado de suponer que a ras de tierra iba a tronchar su vida pletórica un accidente que él temió le ocurriera en medio del cielo.

Félix Daniel Frascara (1938).

 

LA ANÉCDOTA
Hace alrededor de diez años, Mongiardini y un grupo de amigos eran habituales concurrentes al Avenida Palace, donde entre comentario y comentario vaciaban los vasos de whisky. Cierto día., estando Mongiardini con su amigo Istueta, sintió q alguien le golpeaba suavemente en el hombro. Era un señor inglés que, ceremoniosamente, le dijo:
—Sé que usted es boxeador y quiero probar fuera. A ver hasta dónde aguanto. ¿Acepta usted?
En el hombre había surtido su efecto la bebida y Alberto Mongiardini, sin hacerle caso, Le dio la espalda. Al ratito se repitió el golpe en el hombro y el desafío.
— ¿Quiere dejarse de molestar? — tuvo que decirle el ex boxeador, ya algo nervioso.
Pero al repetirse la escena por tercera vez, Istueta terció:
—Y hacele el gusto...
—No puedo, hombre. ¿No ves cómo esté?
—Y... Colocate en iguales condiciones.
Mongiardini accedió y, al producirse la nueva visita del inglés, le dijo:
—Bueno, master. Vamos a armar batuque.
Pidió tres copetines más, para igualar e su contrincante. formuló la aceptación al desafío, se quitaron los sacos y, enfrentándose, el inglés tiró una izquierda debilísima que Mongiardini paró y respondió con una derecha que produjo el Inmediato k. o. del adversario. Aunque dormido, era indudable que el inglés ya debía estar satisfecho. Mongiardini fue a lavarse las manos, se puso el saco, pagó y se fue, mientras los mozos trataban de reanimar al adversario.

 

 

Por Redacción EG: 28/11/2018

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