SUPERCLáSICOS EN LIBERTADORES

2004. El tiro de gracia

- por Redacción EG: 22/11/2018 -

Por Elías Perugino. En un clásico épico e inolvidable, Boca venció a River en la definición por penales y se clasificó finalista de la Copa Libertadores. Fue una noche de emociones extremas.

Allí está el abrazo apretado, intenso, visceral. Esa montaña de sentimientos, ínfimo lunar azul y oro en un embravecido y hostil océano rojo y blanco. Gritan, celebran y dedican. Expulsan el odio contenido y las broncas añejadas. Le cantan su gloria a un estadio mudo de angustia, quebrado en cuerpo y alma, herido por la daga de una nueva frustración.

Boca es finalista de la Copa Libertadores por octava vez en su historia y hay una fiesta sin testigos cómplices en el césped del Monumental. Una fiesta que descorcha su locura puertas afuera, en esa Buenos Aires que se puebla de bocinazos y detona fuegos de artificiales en los edificios más elevados, en cada pueblito que improvisa una “vuelta del perro” bandera en mano, en los miles de bosteros del exterior que le sonríen, embobados, a esa pantalla de computadora que los acercó a la conquista soñada vía Internet.

Boca es finalista y eso ya es una bendición futbolera en sí misma. Pero el que está arrodillado es River. El rival eterno. La musa inspiradora de tantas dedicatorias. El River que pugnaba por quebrarle la hegemonía internacional del último lustro. El River que, paralelamente, anhelaba instalarse en ese escalón al que debe aspirar desde su indudable grandeza. El River que pretendía cerrar aquella herida del 2000, cuando el gol de Martín Palermo lo dejó afuera en cuartos y se erigió en la postal símbolo de las conquistas que luego eslabonó el multicampeón Boca de Bianchi.

Toda la garra de Nicolás Burdisso para anticipar a Nasuti. “Pero cuando nos metió el gol me sentí un boludo“, confesó al final.

¿Importa ya la batalla de la Bombonera? Para nada... ¿Valen los lamentos por aquellos goles perdidos en el arco del Riachuelo? Ni ahí... ¿Hay absolución para Claudio Martín? Desde ya… ¿Quedó algo del supuesto complot? Ni la sombra… Señores, ahí abajo, en el verde césped de Angelito Labruna, Boca es una marea loca que grita una victoria épica, como escapada de una película de suspenso digna del Oscar. Una victoria teñida con los colores de la furia y el dramatismo, cargada de connotaciones anímicas. Una victoria que coqueteó con los dos, que enamoró los corazones de ambos, haciéndolos trepidar hasta el minuto 98 envueltos en una madeja de goles que parecían definitivos y no lo fueron, sacudidos por expulsiones inesperadas que le dieron un vuelco a las sensaciones. Y como si faltara algo, como si fuera necesario elevar la tensión al límite, sobrevino la definición por penales, acaso la expresión más patente del masoquismo futbolero. Y hasta hubo que esperar hasta el ultimísimo penal para vislumbrar un ganador. Hasta que las manos mágicas del Pato Abbonzandieri, ya convertido en leyenda, le desviaran el tiro a Maxi López. Hasta que su Jesús amado acompañara a Villarreal en el derechazo de la salvación, el derechazo de la clasificación heroica. Por eso la locura de esos colores extraños. Para ese racimo azul y oro, y para los millones de células esparcidas por el país y el mundo, sólo cuenta el aquí y ahora. Boca sepultó las ilusiones de River. Boca es finalista de la Copa Libertadores. Boca pone la proa hacia el hexacampeonato de América…

El “Negro” Perea, otra vez figura en el Monumental, como en el clásico del Apertura 03.

Charla técnica. En un alto del partido, habla Bianchi, escucha Guillermo. Curtidos en finales.

Un tiempo para luchar

River sorprendió encarando el partido con el esquema más ofensivo posible. Tres defensores: Nasuti, Ameli y Rojas. Y de allí en adelante, una estructura con los presagios más filosos: Coudet, Mascherano, Husain y Lucho González en la mitad, Rolfi Montenegro para enlazar y dos puntas bien definidos, como Maxi López y Cavenaghi. Un esquema ambicioso, como diciendo “acá estamos nosotros, esta es nuestra cancha y te vamos a presionar desde el segundo inicial”. Un esquema picante, no habitual desde el inicio, aunque sí implementado durante pasajes de varios partidos en el Monumental. Aunque careció de claridad en los últimos metros,

Toda la potencia del Mellizo, que junto con Abbondanzieri es el jugador que más títulos ganó con Boca (nueve) y que ya sueña con sumar una estrella más.

River consiguió el objetivo de asfixiar a Boca. Le hizo sentir la presión, lo empujó contra su área y generó un puñado de sofocones en los veinte minutos iniciales, específicamente por los envíos aéreos en pelota parada. ¿Qué hacía Boca? Peleaba el partido más atrás que de costumbre. Con su línea de volantes metida en campo propio. Con Cagna flotando como enlace, pero sin pesar. Con Tévez y Guillermo aislados allá arriba, intentando “pescar” algún rechazo, peleando con los tres zagueros de River en inferioridad numérica y de altitud. Mientras River iba y chocaba, Boca recuperaba sin garantizar la tenencia. Perdía demasiadas divididas. Adquiría un mediano vuelo en las escasas oportunidades en que Vargas despegaba y ponía la pelota debajo de la suela. Y se valía del remate de media distancia para inquietar a Lux, aunque con escasa puntería. Pero eso sí: peleaba, mordía y volvía a pelear. Dejaba bien clarito que aunque le fallara la sintonía fina, tenía encendidos a full los motores de su estirpe de campeón. Como viene ocurriendo en los últimos tiempos, el fondo sufría con la pelota parada. Y en cada forcejeo –el área parecía un ring de catch– permanecía latente el fantasma del penal, ése que pareció cometerle Schiavi a Maxi López en el borbollón más punzante, acaso como respuesta de otros tantos manotazos que el rubio había destinado en centros anteriores. Promediando la etapa, Boca pareció zafar del encierro. Villarreal y Vargas se afirmaron diez metros más adelante, se soltó Clemente y Tévez se asoció en algún circuito. Pero todo sin pólvora, sin aprovechar los espacios que se abrían a las espaldas de Husain y Mascherano. Cuando cayó la persiana de la etapa inaugural, las sensaciones estaban bien definidas. River había presionado sin profundidad, Boca había aguantado con orden y el complemento arrancaría con el mismo mapa del partido.

El zurdazo de Carlitos Tévez viaja hacia la red. Es el empate-resurrección de Boca.

Un tiempo de película

¿Cómo encontrar las palabras exactas para pintar el segundo tiempo? ¿Cómo relatar lo sucedido sin que se escape algún detalle? ¿Cómo abstraerse de ese clima de infierno que gobernó el Monumental desde los 22 segundos, cuando Vargas recibió la doble amarilla por un ingenuo agarrón a Lucho González? ¡A los 22 segundos! Fue a esa franja, la derecha, donde Lucho fue a trabajar el partido por el ingreso de

El festejo desmedido generaría la expulsión por parte de Baldassi. Tévez pediría disculpas luego.

Sambueza por Coudet. Y en ese andarivel, precisamente, llegó la puñalada a los 5 minutos. Un misil impresionante de Lucho, que se metió luego de rebotar en el palo derecho. En apenas cinco minutos, Boca quedaba un gol abajo –igualado en el global–, con un jugador menos y expuesto a aguantar con un mediocampo no habitual, poblado por el chico Ledesma –tremenda la prueba de fuego que dio– y por un Cagna que cargaba la mochila de la falta de ritmo por una lesión. Dicho claramente: la mesa estaba servida para River. Era el momento en que Boca debía desempolvar todo: su temperamento, la estirpe de campeón, esas agallas insoslayables. Y no defraudó. Sobrellevó la desventaja como pudo. Con la entrega de Burdisso, con los anticipos conmovedores del Negro Perea, con la garra de Schiavi, con la energía de Ledesma, con el trajinar incansable de Villarreal. A los 39 ganó un córner. Fue Guillermo hasta el ángulo derecho y le llovieron proyectiles. Según él, también insultos y agresiones de parte del cuerpo técnico de River. En medio del tumulto, Baldassi levantó una tarjeta roja. Era para Sambueza, que falto de experiencia se fue de boca. Y Rojas quedaba lesionado en una rodilla y Astrada había hecho los tres cambios. En un segundo, la historia producía un vuelco. De estar 10 contra 11, Boca pasaba a estar 10 contra 9. En ese instante, los calambres atormentaron a Cagna y pidió el cambio.

Para el quinto tiro abrió bien los ojos e intuyó el remate del pibe López. Se tiró hacia su izquierda y desvió la pelota.

El “Pato” escribe una nueva página en el sorprendente Boca de Bianchi: estirada a la izquierda y final del sueño de River. Maxi López ya no es tan verdugo.

Y del banco le dieron un aval a Cángele, el pampeano que agarró la primera bola, desbordó por izquierda y la metió para que Tévez, solitario gladiador de la ofensiva, la clavara arriba de zurda. El estadio enmudeció. Carlitos se sacó la remera y festejó desbocadamente. Para Baldassi mereció la roja. Desde nuestro punto de vista, una exageración del árbitro. Pero la cosa quedaba 9 contra 9. Y desde el costado hicieron la seña: ¡7 minutos de adicional! ¿Podría aguantarlo Boca? ¿River sería capaz de levantarse tras semejante mazazo? Y a los 94 llovió un tiro libre de Cavenaghi. La bendita pelota parada. La peinó Montenegro y Nasuti, entrando por atrás, la metió a contrapierna del Pato y logró el milagro. A esa altura, la pregunta era una sola: ¿Quién había sido el guionista de esta noche inolvidable? Entonces vinieron los penales. Infalibles ambos en las cuatro primeras ejecuciones, pese a las estiradas más que potables de Lux y Abbondancieri. Ejecuciones que del lado de Boca tuvieron a dos protagonistas inesperados: los pibes Alvarez y Ledesma, graduados en este curso acelerado de superclásico. El quinto penal era responsabilidad de Maxi López, acaso el delantero más desequilibrante que River presentó en el último mes, clásico del Clausura incluido. Pero la intuición del Pato, del ya legendario Pato Abbondanzieri, pudo más. Desvió el remate ejecutado a su izquierda y dejó a Boca a una pelota de la final. Una pelota que pateó Villarreal para sellar esta conmovedora e increíble historia, indudable amplificadora de la paternidad.

La responsabilidad del quinto penal quedó en los pies de Javier Villarreal. Apuntó, tiró y la pelota se metió bien lejos de Lux. Después, el delirio de todo un equipo que no para de festejar.

Villarreal convierte su penal. Boca es finalista de Copa libertadores.

El punto de partida

Ahora que todo es alegría en el campamentode Bianchi, habrá que valorar en su justa perspectiva aquella victoria por la mínima diferencia en la Bombonera. Sin ese paso, en apariencia pequeño, hoy no sería posible este salto gigantesco hacia la final. Para qué negarlo: a los hinchas les sonó insuficiente aquel triunfo. Por la localía, por la ventaja de jugar con un hombre más durante 55 minutos, por las situaciones desperdiciadas y por los groseros errores del árbitro Claudio Martín. Pero puertas hacia adentro se lo calibró de otra manera. Lo señaló clarito el Chipi Barijho, con su franqueza habitual: “¿Quién dijo que River hizo negocio con el 1-0? Ellos perdieron y les va a costar ganarnos. Y encima por dos goles. Nosotros estamos contentos, logramos lo que queríamos y nos tenemos una fe ciega para ir al Monumental.” Con esa mentalidad se trabajó durante la semana. Ni siquiera el empate inesperado ante Olimpo, que minó las posibilidades en el Clausura, le desvió al grupo la vista del objetivo principal. ¿Qué conclusión positiva se rescató de aquella noche? Que Boca sacó la diferencia once contra once. Que se habían subsanado algunos inconvenientes que costaron caro en el clásico del Clausura, como la potencia de Maxi López y las llegadas con pelota parada. Que el equipo había estado más corto y concentrado. ¿Qué conclusión negativa se rescató de aquella noche? Que faltó serenidad y visión de juego para aprovechar la superioridad numérica. Que la imprecisión había entorpecido los circuitos de ataque. Que en una semifinal de estas características no se le pude perdonar la vida al rival…

Fiesta Monumental. Tévez, Perea, Barijho y Cángele, bastoneros del carnaval boquense en Núñez.

Con esas premisas se modelaron los trabajos de la semana, que incluyeron una sorpresiva práctica a puertas cerradas, toda una novedad en la gestión Bianchi. Allí se delineó el esquema y el equipo que saltaría al Monumental. Allí se templó el ánimo y se reforzaron las convicciones. Allí se remachó, una y otra vez, la importancia de ser solidarios. Y allí, también, se cargaron las baterías con las frases inapropiadas que venían de la vereda de enfrente: “Están llorando antes de tiempo”, “Vamos a ganar 3 a 0”…

Con un mapa global de la situación, Bianchi bajó línea en varios sentidos: 1) Mantener la concentración y no entrar en ningún tipo de provocación 2) Cumplir con los pequeños detalles que les pedía a cada uno para alcanzar el objetivo final. 3) Jugar simple, priorizando al compañero mejor ubicado, sobre todo cuando se presentaran oportunidades en el área contraria. Detalles, dirá usted. Puntos clave, pensó Bianchi.

2004. River 2 (4) Boca 1 (5) - Libertadores

Por Elias Perugino / fotos: Alejandro del Bosco y Alberto Raggio

Por Redacción EG: 22/11/2018

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