LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

1976. La inolvidable noche de Galíndez

- por Redacción EG: 16/11/2018 -

Por Robinson: “Herido, sangrante, lesionado, casi ciego… así le gano a Kates, así se convirtió en ídolo”. Una pelea épica, en defensa del título, que forma parte de la historia grande del boxeo. VIDEO

Yo he visto mil muecas espantadas por el horror cuando su sangre comenzó a bajarle por la cara como una vertiente sin destino. Yo he visto a su hermano arrodillarse en el césped del Rand Stadium pidiéndole a Dios su piedad infinita, a otros humanos tapándose el rostro para ampararse en la ceguera, a cientos de mujeres con la boca abierta y el rostro transparente por la palidez del miedo, a sus amigos en el rincón sudando la desesperación, a los periodistas temblar buscando una explicación. Yo he visto la noche del 22 de mayo de 1976, aquí, en Johannesburgo, cómo un campeón mundial, herido, casi ciego, maltrecho y furioso cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: LA FE.

La izquierda de Kates dominaba el ring y la pelea. Los arrestos de Galíndez no conseguían la efectividad esperada.

Después que Richie Kates le chocara la cabeza abriéndole una herida profunda en forma de "L" sobre el arco superciliar derecho, Víctor Galíndez había terminado su reinado. Si el referí Stanley Christocioulou hubiera aplicado el reglamento, las tarjetas computadas hasta el momento decretarían a Kates como ganador. Si el médico de la Comisión de Transvaal, doctor Clive Noble, se hubiera impresionado como las 42.125 personas que estaban en el estadio, el dictamen sería el rotundo basta, que cerraba el capítulo. Si Tito Lectoure hubiera vacilado un solo instante dudando del coraje de Galíndez, una toalla habría dicho adiós. Pero esta noche —esta histórica noche— TODOS SE PUSIERON DE ACUERDO PARA DARLE A GALINDEZ LA ULTIMA CHANCE. Por distintos caminos, sobre distintas pautas y con diferentes argumentos, un referí, un médico y un manager le dieron la posibilidad para que Galíndez cruzara la frontera hacia la grandeza.

El referí dijo: FUE ACCIDENTAL. SI NO SIGUE PELEANDO PIDO LAS TARJETAS.

El médico dijo: LA HERIDA ES PROFUNDA, PERO NO GRAVE, PUEDE SEGUIR UN POCO MAS.

El manager (Lectoure) dijo: SI PARAMOS NOS QUITAN LA CORONA, NO HAY MAS REMEDIO QUE SEGUIR.

El “Leopardo de Morón” pelea prácticamente sin ver. Apenas percibe un bulto móvil.

El boxeador, después de tres minutos de interrupción en aquel dramático tercer round, dijo: "ME DUELE NO VEO NADA, PERO DE AQUI ME BAJAN MUERTO, AJUSTEME LO GUANTES, TITO..."

Y la historia comenzó a cambiar desde el momento en que el campeón: —a partir de hoy, muy buen campeón— apretó los dientes, disimuló las lágrimas de dolor con la sangre de la herida y comenzó a transitar con frenético estoicismo la meseta que sembraba su ilimitado coraje.

Hasta allí, una pelea: la izquierda Kates sustentando la distancia propicia para dominar el ring y la pelea. Una estructura vertical que esterilizaba las intenciones ofensivas de Galíndez y un desplazamiento de mínimo gasto físico que le permitía estar siempre en posición de descarga con un Elegante estilo de peleador sutil. Ventajas para Kates y panorama expectante para el campeón.

Desde el cabezazo en adelante, la pelea. Galíndez al ataque contra el rival, la herida, el tiempo, el médico, el réferi y sus fuerzas. Entre el cuarto y el séptimo round, aquellas miradas de horror se transformaron vivos mensajes de admiración. La gente se levantaba de sus asientos y todo el estadio —menos el sector alto y lejano poblado por negros— comenzaba a gritar: "Vic-tor, Vic-tor" con ese sonido extraño y emocionante de la fonética. Si esto se hubiera gritado en “argentino" y en Argentina, el coro sonaría cálido y contagioso; gritado en inglés o afrikans (idioma local) era La plegaria sobrecogedora. A medida que Galíndez agrandaba su imagen bajo una máscara de sangre que raía todo de rojo, a Kates parecía achicársele el corazón. Lo del 4° asalto fue excepcional: sin ver más que un bulto movible empezó y terminó tirando golpes. No me pregunten qué golpes eran, no lo sé, ni podría precisarlos. Eran golpes, yo creo, de un león herido. En el 5°, Kates intentó retomar una línea de alma sin prestarse a la pelea frontal y fue desbordado. En el 6° terminó "groggy" alcanzado por una izquierda en cross después de haber recibido no menos de seis ganchos la zona abdominal y en el 7°, como obra de un milagro, después de una tunda, la campana salvó a Kates del nocaut ya que el referí, en el mismo rincón del argentino, le contó 9 segundos de caída efectiva al retador le Nueva Jersey.

Esta noche todo se prestaba para fue Galíndez alcanzara en su quinta defensa la consagración definitiva. Primero fue autorizarlo a seguir cuando en cualquier ring del mundo le subieran parado la pelea después de recibir el cabezazo. Más tarde fue esa caída de Kates coincidiendo con la campana para que el triunfo fuera menos "fácil". Y por último el nocaut —ya llegaremos a eso— cuando faltaban doce segundos para terminar la batalla. (Fue una batalla, más que un match de boxeo.)

Galíndez no especula, va para adelante, busca ganar.

Los títeres de aquel infierno

Al iniciarse el 8° round me sentí superado. Sabía que no podría volcar todo cuanto allí pasaba con proficuidad descriptiva. Quería anotar cosas y mi mano derecha parecía crispada. Quería ver todo y los ojos no me alcanzaban. Quería escuchar al ámbito y alrededor de mis oídos todo se tornaba ululante, uniforme, de un mismo carácter. Es más, en un momento me pareció vivir el sueño sublime de un crítico de boxeo frente al acontecimiento ideal para novelizarlo. Una pelea dramática con todos los matices. Situaciones cambiantes. El campeón herido que parece perdido y va remontando, el duende de una instancia —la lesión— que hace incierta cualquier perspectiva. Un referí bañado con la sangre de los boxeadores, un público excitado, un reloj demasiado lento para indicar el final de la epopeya y demasiado rápido para humanizar los descansos.

Galíndez al ataque a pesar de todo. Buscando el triunfo como un león herido.

Veo, aún, el dedo índice de Lectoure penetrando en los tejidos abiertos de Galíndez para untarlo con una vaselina coagulante norteamericana que formaba una capa excedente. Veo también las manos de Cuellito resbalando a toda velocidad sobre las piernas del campeón. Fijo la premura del profesor Russo vaciando litros de agua helada sobre la nuca y los órganos genitales. Los gritos de Bianchi, la histeria de Roberto, la preocupación del doctor Paladino, que subió varias veces al rincón y llevó desde el hotel la caja de cirugía en previsión a este accidente. Pero no es todo: del otro lado, en perfecta diagonal, los esfuerzos por reanimar a Kates son igualmente desesperados. Joseph Granby le hace aspirar sales que parecen penetrarle hasta los sesos. Tony Coccaro, el manager, hace flamear la toalla como si no alcanzara el viento de la noche para que los pulmones de Kates recibieran oxígeno. Y John Middleton, accidental ayudante que en las dos veces anteriores asistió a Galíndez, aprieta la bolsa de hielo contra la cabeza mota de Kates produciendo el shock de vapor, como el de una plancha caliente sobre paño frío, pero al revés. Mientras trato de retenerlo todo, repaso al árbitro en un rincón neutral: sudoroso, con la camisa blanca casi rasgada y las mangas, los hombros y los puños teñidos de rojo. De las tribunas parece venir el viento transformado en murmullo, de las butacas emerge el vapor de la histeria, en la lona muere el sudor del sacrificio. Pienso, mientras suena la campana para el próximo round; ¡qué caro es el precio del triunfo!, ¡qué difícil la ambición de ser campeón!

Ya no importa la sangre, no se siente el dolor. Sólo importa pegar. Kates está ablandado y el árbitro cubierto por la sangre del campeón.

Cómo ganan los campeones

En esta noche de gloria para Galíndez no cabe la posibilidad de una pausa para determinar pautas técnicas. Genéricamente ganó porque fue hombre y campeón. Ganó sintiendo la pelea como una actitud frente a su futuro sabiendo que se jugaba algo más que un resultado: LA TELEVISACION LE DARIA LA POSIBILIDAD DE MOSTRARSE EN TODA SU DIMENSION PARA IMPONERSE AL PUBLICO. Desde que le ganó a Len Hutchins en Buenos Aires, el campeón no tuvo posibilidades de conquistar a la gente. Después de Hutchins se habló más de la internación de su rival que de su triunfo; después de Fourie quedaron críticas escritas y habladas, pero no vivencias pues no se vieron en Argentina ninguna de sus dos peleas; contra Ahumada, a quien había vencido por nocaut tres veces, apenas si le ganó por puntos en Nueva York sin aportar nada. De sus últimas dos peleas ante Skog en Oslo y Burnett en Copenhague es poco lo que trascendió. Esta era la noche en que Galíndez se consagraba o se hundía. Estuvo a punto de hundirse en el tercer round, cuando la lesión habría determinado o un triunfo por descalificación inexpresivo o una derrota por puntos lapidaria. Fue triunfo al mejor estilo de los buenos campeones. Porque después del 10° round el verdadero rival era la herida y no Kates que, tambaleante, absolutamente groggy, volvió al rincón al finalizar el 8° tomándose de las cuerdas sin fuerzas en sus puños ni en su corazón.

Lectoure hunde sus dedos en la herida y la impregna de vaselina coagulante. Cuello masajea frenéticamente al campeón. Russo lo baña en agua helada. El comienzo del drama.

Cualquier especulador, con el público y las tarjetas a favor, habría aprovechado para manejar la pelea y no para pelear. Galíndez, en cambio, con sus últimas potencias, siguió jugándose en procura del nocaut. Pudo ser en el 10° después de un gancho al hígado combinado con un cross de derecha a la cabeza; pudo ser en el 14° con un uppercut de izquierda abajo. FUE EN EL 15°, en un MOMENTO EN QUE TODOS JUEGAN, MIRAN EL RELOJ, BUSCAN AMARRARSE PARA TERMINAR O CAMINAN HACIA ATRÁS BAILANDO PARA IMPRESIONAR AL PUBLICO Y LOS JURADOS DEMOSTRANDO ESTAR EN BUENAS CONDICIONES FISICAS. Galíndez ensayó, sobre el final, un golpe que había practicado mucho en los últimos meses: el directo de izquierda de abajo hacia arriba. Un golpe de largo recorrido, que va con la carga del hombro, el apoyo del pie izquierdo, el acompañamiento del torso totalmente suelto, como quien pega contra una columna cercana caminando por la calle. Así tomó a Kates en la definición. Proyectado hacia adelante, como quien tira la mano para tomar distancias. Llegó plena al mentón y Kates cayó de espaldas a través de toda la dimensión de su cuerpo, con los ojos cerrados, una respiración acelerada, los brazos vencidos y semiabiertos en cruz, la boca entreabierta y el gesto quejoso. Mientras Christodoulou le contaba, Galíndez, consciente de que Kates no se levantaría, comenzó a festejar el triunfo con frenéticos movimientos. No era una burla a su adversario, era la celebración de un autodesafío ganado.

Richie Kates cae ante los embistes del argentino que observa expectante y agotado.

Sobre el cuerpo vencido de Kates, el campeón Galíndez apoyaba con seguridad sus pies en un pedestal que él mismo está construyendo. Los tiempos futuros dirán si esta sangre viril que quedó en el ring de Johannesburgo ha servido para que la historia del boxeo le reserve un lugar. Los sesenta metros que recorrimos entre el ring y el camarín fueron el epílogo de una noche inolvidable. Los sudafricanos llevaron a Galíndez en andas, luego que el locutor dijera en medio de un profundo silencio: "En la pelea más fantástica de todas cuantas hayamos visto en Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez retuvo su corona por nocaut en el 15° round". Yendo detrás de la caravana, entre apretujones y vítores, volví a sentir aquella extraña sensación de la impotencia periodística para contarlo todo sin apelar al manual de adjetivos pegajosos, exitistas, pesados. Yo quisiera terminar sin hablar de grandiosidades ni estoicismos. Le cuento esto: al salir del estadio miles de personas lo esperaban para felicitarlo emocionadamente. Le decían cosas como: "Aquí te queremos, Víctor" o "Tú eres un gran campeón". Bajé la cabeza, me emocioné, me sentí orgulloso. Y pensé que en Argentina, miles de argentinos, sentían lo mismo que yo. . .

1976. Galíndez VS Kates

Del estadio al hospital

El dramático final. Faltaban. exactamente 12 segundos. La izquierda de Galíndez, recta, potente, profunda, de abajo hacia arriba, se estrella contra el mentón de Richie Kates. Christodoulou cuenta…

La angustia no terminó con la pelea. Al llegar al camarín, Tito cayó hacia adelante, desvanecido; Galíndez se tiró en la camilla con los ojos cerrados, ocultando el llanto; el profesor Russo estalló en un abrazo prolongado y ferviente con Juan Carlos Cuello. Habíamos llegado al estadio en una camioneta "Combi", cantando. Y ahora, después del triunfo, el camarín era un recinto de angustias. De a poco cada uno se fue reponiendo. A medida que regresaba la normalidad, Galíndez recobraba aliento para dialogar con todos, para abrazarse y quedarse en silencio solo consigo mismo. Su último aliento fue para dialogar con la madre y con el secretario de Estado de Deportes y Turismo, general (R. E.) Domingo Trimarco. Mientras le llegaban las voces, respiraba levemente con la cabeza gacha y la palabra entrecortada. Media hora después, el doctor Paladino dispuso conseguir una sala donde suturarle la herida que aún sangraba. Hizo una consulta con el médico de turno en el estadio, doctor Clive Noble, y resolvieron llevarlo al General Hospital. La policía abrió paso con dos motociclistas, y en diez minutos la "Combi" manejada por Dave Panayi —asistente y chofer durante los doce días— llegaba al hospital. El propio doctor Noble se ofreció para llevar a cabo la sutura, que comenzó con dos inyecciones de xilocaína sobre la zona afectada. La herida, en forma de L, tenía mayor longitud horizontal que vertical sobre la ceja derecha. El doctor Noble, asistido por la enfermera Marianne Kester, limpió primero el tejido negro, muerto, necrosado, que había producido el coagulante aplicado durante la pelea. Una vez que hubo limpiado todo, dejó el profundo hueco con el tejido rojo.

Galíndez y su descarga emotiva. Galíndez y su llanto. Con el rostro desencajado, Lectoure. Con la ansiedad de su hermano Roberto como fondo.

Luego comenzó la sutura: siete puntos en total, cuatro a lo ancho y tres a lo largo. Mientras lo cosían, Tito Lectoure tenía la mano derecha de Galíndez. Después del quinto punto, Galíndez pidió que la mano se la tuviera la enfermera. Era un signo de que estaba recobrando su espíritu. En menos de media hora dejamos el hospital y regresamos al Landdrost Hotel. En la habitación lo esperaba una botella de champaña y un ramo de flores con esta inscripción: "Nosotros te queremos, "Víctor", personal y dirección del Landdrost Hotel. Hubo un brindis, algunos chistes y las primeras y únicas declaraciones: "OJALA QUE ESTA PELEA ME HAYA SERVIDO PARA CONVENCER A TODOS QUE SOY EL VERDADERO CAMPEON. Mientras peleaba —agregó— sólo pensé en que me estaban viendo por televisión, y era la única posibilidad que tenía. Solamente muerto hubiera salido del ring..." Cerca de la una, todos fuimos a comer al restaurante italiano "Il Padrino", Todos menos Galíndez. Él se quedó con el cuerpo molido, su mano derecha traumatizada, su ceja recién cosida y un terrible dolor de cabeza. Trevoi Korbje, su amigo de 12 años, guardaba su sueño como un granadero, poniendo sus manos —de frágiles dedos— adentro de los guantes con los cuales hacía un rato había ganado la pelea.

Por ROBINSON. (Enviado especial a Johannesburgo)

Fotos: AP 

 

Por Redacción EG: 16/11/2018

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