EL DESTINO, LA PELOTA Y YO

El destino, la pelota y yo – Capítulo VIII

- por Redacción EG: 13/11/2018 -

Por José Manuel Moreno. El integrante de “La Máquina” relata sus aventuras como soldado en el servicio militar, la promesa de la casa a sus padres, y también de su ilusión, finalmente trunca, del Mundial 1938.

No podría seguir yo tramo por tramo, semana por semana y hasta ni siquiera mes por mes —o año por año— los partidos en que intervine para defensa y victoria del club de la franja roja... y algunos otros lejos de la patria como internacional. Eso llevaría centenares de capítulos rememorando lo que está en el recuerdo de los aficionados. Deberé limitarme, pues, al relato de los principales episodios de mi vida de futbolista, que hoy, cuando me toca la tarea de incubar a los futuros cracks, considero aleccionadora para ellos y un tanto —o mucho, no sé— para el común de los lectores. Porque siempre es lindo recordar saudade, como dicen musicalmente los brasileños.

 

SOLDADO Y CRACK

Bueno, este es el uniforme de soldado, no lo negarán: el de guerrero romano. Nunca estuve en Roma ni fui guerrero romano, pero llegó un carnaval y…

Año de 1938: año crucial. Al iniciarse estaba yo afrontando gravísimos problemas. El primero de todos: vestía el uniforme de conscripto. El segundo: mi compromiso contraído con River Píate.

Me habían mandado a la Escuela de Comunicaciones, en Campo de Mayo, 2° compañía, 2° batallón. (¿Se acuerdan camaradas?) Claro está que allí me reconocieron en cuanto llegué.

Y que encontré hinchas míos en todas las jerarquías sin quebrantar la disciplina. Porque el fútbol es algo así corno una pasión nacional. Diría que mundial. Lo cierto fue que apenas salido de recluta, con la suficiente instrucción y no sin que antes me raparan los rizos que me dieran el apodo de "Pibe Rulito", un oficial me sacó de asistente. Era el capitán Laciar. Bueno , ustedes lo saben: eso significa ensillar el caballo, limpiar la pieza con la escoba y el lampazo, lustrar las botas, cebar mate, participar en la "instrucción", hacer la cama, concurrir a la academia para aprender el manejo de las armas... Y, a propósito... iPedernera!, de vos me acuerdo, hermanito, que casi te maté..., pero lo voy a contar más adelante. ¡Si no hubiera sido por lo que aprendí en el ejército!..

Resultará extraño lo que llevo dicho de que el año 38 estaba yo prestando el servicio militar, puesto que nací en 1916. La explicación es ésta: cuando tocó la conscripción a los de mi clase me declararon inútil (o inapto, que es lo mismo. Sí, como antes en la 5a. de Boca). La resolución surgió porque el médico me diagnosticó "insuficiencia respiratoria por deficiencia nasal". Alegué que lo ponía en duda, puesto que jugaba al fútbol, y nada menos que en primera división, pero la resolución fue confirmada. Y revocada al año siguiente, luego de una operación quirúrgica que me fue practicada en los cornetes. Lo cierto fue que el 37 me incorporaron y que cumplí los 22 vistiendo el uniforme.

Bien; la comisión de asistente es codiciada en el ejército, porque sus servicios son más cómodos y descansados que los del soldado común. A veces se zafa de la instrucción y la gimnasia, pero a mí no me pasó eso ni me interesaba. Por el contrario, necesitaba mantener mi estado físico para mi actuación dominguera en los partidos. Y encontré en el capitán Laciar un magnífico entrenador, pues me recargaba de intento las clases de gimnasia y las fajinas, de modo tal que me aumentaban la capacidad torácica. (En el recuerdo, ¡muy agradecido, mi capitán!).

 

LA ESTATUA DEL SOLDADO

Uno de los recuerdos más lindos de mi paso por la conscripción es esta fotografía con quien para mí es algo muy fuertemente ligado a mi vida, el gran Adolfo Pedernera. Esta foto la publicó El Gráfico, el 21 de enero de 1938.

Una vez sí que me tocó permanecer por largas horas y durante varios días en descanso forzoso. Fue cuando le confiaron a un escultor no recuerdo su nombre— la tarea de modelar la estatua del soldado que está emplazada frente a la puerta de la Escuela de Comunicaciones. Pidió para modelo un conscripto de complexión atlética y me designaron a mí. Y tenía por allí, por los alrededores (qué muchacho no los tiene...), algunos entretenimientos un tanto demorados por la comisión de modelo del escultor, y un día se me ocurrió una estratagema. Travesura fue, pero, ¿qué soldado no las hace? Tenía un compañero más o menos de mi físico pero no de mis recursos—, que consintió, mediante el suministro de algunos pesos, en reemplazarme de vez en cuando como modelo, con la aquiescencia tolerante del escultor… mientras yo me las picaba a... bueno, ya se sabe.

Se terminó por fin la escultura y llegó el día de la inauguración. Formó todo el personal de la Escuela, y el jefe pronunció un discurso destacando el simbolismo de aquella estatua, en la que cada soldado debería ver un ejemplo de marcialidad. Y terminó diciendo, poco más o menos:

  • Para esculpirla el artista ha tomado a un conscripto de este Instituto, que voy a presentarles. ¡Un paso al frente..., soldado Moreno...!

Advertido ya, y en cuanto dijo "un paso al frente", lo di, pero también lo dio el otro, mi doble ocasional, que se apresuró a volver a la fila al escuchar mi nombre. La cosa pasó corno una botaratada suya..., y el secreto quedó entre el tolerante escultor, mi camarada y yo.

De la misma época, con Remato Cesarini, Eladio Vaschetto, gran jugador hoy radicado en México, y un sinfín de hinchas y amigos.

EN MONTEVIDEO

En octubre del 38 debí pasar a la otra banda a jugar contra el seleccionado uruguayo, y se presentaba el inconveniente de que yo era conscripto. La A.F.A. gestionó a favor mío un permiso especial, que me fue concedido... Creo que es el único caso que se conocía. Y allá fui de uniforme de paseo, con sable bayoneta y todo.

Era un espectáculo inusitado en Montevideo la silueta de aquel conscripto argentino que se paseaba solitario por sus calles. Todos me miraban; muchos me sonreían, y hasta me dirigían frases amables. Allí era yo conocido desde el internacional del año anterior, y me preguntaba a qué se deberían los agasajos. ¿Eran para el crack de fútbol o para el soldado argentino? Y aseguro al lector que prefería esto último, pues si de lo primero me sentía orgulloso, mucho más lo estaba por aquel uniforme y la escarapela de mi gorra. Aunque muy humilde, me consideraba un representante del Ejército Argentino...

El gran partido se disputó el 12 de octubre. Al despertarme esa mañana sentí deseos de rezar por el triunfo de nuestro equipo y los afectos lejanos... Al salir de la iglesia me encontré con una multitud de porteños y uruguayos que me esperaban para expresarme su simpatía. Juro que ése fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Por la tarde ya no vestía el uniforme, pero seguía luciendo los colores de la patria en el cuadro porteño, que formó así: Bello; Montañez y Coletta; Aragüez, Minella y C. Martínez; Cavadini, Fidel, Cosso, yo y García.

Sin duda alguna la virgencita montevideana escuchó el ruego del conscripto porteño, pues ganamos el partido por 3 a 2.

Este otro no sé qué uniforme es. Pónganle ustedes el nombre que quieran. La verdad es que así, de mujer, parezco un feo hombre...

LA CASA PROMETIDA

Pero volvamos a lo mío, lo íntimo, si el lector lo permite; a mi familia y mi juramento de comprarles la casita propia. Sucedió ese año, precisamente, cuando llegué a ser mayor de edad. Ganaba por aquel entonces mucho dinero. Como que pertenecía al club de "los millonarios" y era internacional... Claro está que gastaba más de la cuenta en diversiones (cuando el entrenamiento lo permitía), pero sin descuidar lo primordial: mis viejitos, la felicidad de sus años maduros... y aquella tremenda, aquella audaz promesa de mi adolescencia. Tenía guardados muchos pesos, y un día llegó la oportunidad de cumplirla. En busca de algo que valiera la pena llegué una tarde a la casa de la calle Morón donde ahora vivimos. Había en el frente un cartel que decía: "Se vende", Y la compré con el dinero en la mano, sin decirle nada a nadie.

(Dios mío, a Quien antes había rogado muchas veces por el triunfo de mi cuadro, por el éxito de mi esfuerzo; Dios que me escuchaste y me permitiste cumplir mi promesa... ¡Gracias, Dios mío!)

Siendo soldado me tocó representar al fútbol argentino en un match internacional con los uruguayos por la Copa Héctor Gómez. Aquí estoy despidiéndome de mi hermana Iris.

La mañana que siguió al día de la compra invité a mi padre -que ya estaba jubilado—, mi madre y mi hermana Estela a dar un paseo por Floresta.

Les llamó la atención el convite, pero debieron ceder ante mi exigencia:

  • Vengan; se trata de la casa. Tengo vista una que nos resultará mucho más cómoda...

Y llegarnos a la casa de la calle Morón, una esquina, de la que dije que alquilaría. De entrada no más me objetaron:

  • Es linda, sí, pero..., el alquiler ha de ser muy alto...

Seguimos recorriéndola, y al penetrar mi madre en la cocina encontró, sobre el fogón, un cartel, ante el que se quedó muda, palpitante, sin decidirse a darle crédito. Decía: "Mamita, esta casa es suya". Y lo era, y sigue siéndolo, gracias a Dios. De mi padre no, porque ahora está en el lugar que sin duda tiene reservado Dios a los buenos vigilantes de la tierra.

Tardé tres años más de lo pactado en saldar mi deuda, pero, ¿qué son tres años en la vida de un muchacho? Es posible que mi madre y yo nos hayamos acordado en ese instante de los potreros tumultuosos, las alpargatas bigotudas, las ropas con brea... Lo cierto es que se me abrazó llorando... y me hizo aflojar. Mi padre no, y yo tampoco al afrontarlo, pese a que descubría en sus ojos una emoción tremenda; pero..., ¿acaso no habíamos vestido los dos, aunque en distintos campos, el uniforme del soldado? Nos palmeamos como amigos... Y me aparté a tiempo..., Porque es triste, ¿verdad, señores?, es triste ver asomar las lágrimas a los ojos del padre... aunque sean de alegría.

Yo tenía, con respecto a esa casa formidables proyectos: de molerla en parte, ampliarla. Quizá me proporcionara para ello los recursos necesarios el campeonato del Mundo, próximo a realizarse, y en cuyo elenco tenía fundados motivos para considerarme incluido. Ya se estaba debatiendo en la A.F.A. la estructura del equipo.

De aquella salida del país como soldado y futbolista tengo el gusto de poder decir que traje de regreso este trofeo, la Copa Héctor Gómez, que aquí exhibimos con Minela al llegar de regreso a Buenos Aires.

Un día tuve la impresión perfecta de mi triunfo maravilloso. Los diarios y revistas anticipaban noticias acerca de la formación del gran cuadro argentino para la competencia máxima. Y me nombraban, dándome por elegido. La revista El Gráfico, en un artículo firmado por Chantecler, publicaba una foto cuyo epígrafe decía: "Dos jugadores de River Plate que son integrantes obligados del plantel de futbollers argentinos que irá al Campeonato del Mundo: Moreno y Peucelle están ya seleccionados".

Esto ocurría en febrero de 1938, y yo me preguntaba: "¿Será tan fácil como para ir a Montevideo que le consigan permiso al conscripto Moreno para viajar a Europa?" No me duró la incertidumbre, pues a poco se supo que el campeonato mundial sería postergado... Sobre toda la Europa, en esa época, venía avanzando una tremenda sombra negra: el fantasma de la guerra, que poco tardaría en estallar... y en la que deberían batirse muchos otros soldados, pero para morir o matar en vez de hacerlo para estrechar vínculos amistosos mediante el deporte, como le hubiera tocado hacerlo, entre otros, al soldado Moreno, de la lejana República Argentina, tierra de paz.

(Continuará)

En el próximo número: "Del potrero al gran estadio".

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Por Redacción EG: 13/11/2018

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