LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

1971. Se cayó una estatua

- por Redacción EG: 08/11/2018 -
El árbitro se apresta a iniciar la cuenta. Joe Frazier, sin embargo, no pudo definir la lucha antes del final.

Emilio Lafferranderie, alias “El Veco”, testimonia la pelea por el título entre dos invictos: Joe Frazier y Muhammad Alí. Fue LA NOCHE. La noche más grande el boxeo. Disfrute la crónica, las fotos y el vídeo.

 

Es LA NOCHE. Es esta noche. No hay otra, No la hubo antes igual ni quizá la habrá mañana. Es la noche más grande en toda la historia del boxeo. Es la noche en que todos los que estamos aquí, cada uno de los19.500 privilegiados que nos ubicamos en el' MadIson Square Garden, nos miramos los unos a los otros como si estuviéramos atados por un vínculo histórico, por un lazo especial de trascendencia, "Estamos es cierto". El pequeño cartón rectangular que aseguraba el ingreso al coloso de Pensilvania Station pasó a ser casi lo más importante de nuestra vida. No lo dejamos ni un solo segundo. Con nosotros a todas partes. Con nosotros en el cajón de la mesa de luz, con nosotros en la repisa de la toilette del Paramount Hotel, con nosotros, siempre con nosotros, en la calle, en el sueño, en el insomnio. El lunes por la mañana ese cartón se cotizaba a 700 dólares sin dar un paso más allá del hotel. Era demasiado barato, no tenía precio para el profesional y también para el hombre de boxeo que se sienta en esta butaca como si estuviera en el trono de los cesares. Nada cuenta, nada importa más allá de Frazier y de Clay. Ni la presencia de Frank Sinatra, que apenas despertó un rumoreo cuando entró para sentarse en la segunda fila. Ni el siempre sonriente Burt Lancaster (54), que tendrá a su cargo la transmisión del combate y que pasó entre el público como un don nadie. Queramos olvidarlo todo. No querernos hablar de millones, aunque muchos dedos se afanen en contabilizarlo. No queremos pensar en la subasta del 30 de diciembre cuando los representantes del Astródromo de Houston ofreciendo, ganadores, 600.000 dólares a cada boxeador, y desde el fondo de la sala surgió una voz joven, de un empresario teatral de California, un tal Jerry Perenchio, que dijo: "2.500.000 dólares a cada uno, perfectamente documentados". Y allí se cayó el martillo se terminó la subasta y se abrió esta noche. 

La maquina de tirar trompadas acorrala a Muhamad Alí contra las cuerdas.

 

Todos estos detalles recorrieron el mundo. Toda esta catarata de cifras nos inundó en las oficinas de John F. Condon, el enlace de prensa del Madison, muy amable, siempre que no se taque la palabra "ticket". La televisación va en directo a 26 países, otros 13 la verán en forma diferida, y 33 teatros de Gran Bretaña la difundirán a las 4:30 de la mañana. El negocio de los negocios, pero para Perenchio, para el Madison en menor parte, para dueños de salas cinematográficas de toda la Unión, para revendedores oportunistas, para hurgadores de billeteras en la aglomeración multitudinaria que rodeo el Madison y sus adyacencias desde las seis de la tarde. Negocio para Joe Frazier y Cassius Clay, que cobrarán en varios anos la bolsa máxima para evadirle a la guadaña de los impuestos. La cobrarán en forma de renta,  de renta para dormir sobre colchón de plumas y ver crecer a los hijos sin temores de ningún tipo, listos para sonreír a los cobradores. En este momento cumbre queremos pensar en los miles de boxeadores de todo el mundo que se asoman a un gimnasio para aprender a pararse, en los que llegaron al primer plano, en los estancados en la penumbra, en los que ya no están. Queremos en este momento que por cada célula nuestra desfilen Firpo, con su gloria dormida; Carlos Cañete, con su sueño que no pudo ser; Pascual Pérez, con su trono de primer adelantado; Adrián Servin, con su muerte entre las sogas; Nicolino Locche, con su arte de maestro; Eduardo Lausse, con su injusta postergación; Abel Cachazú, con su abnegada dedicación por perseguir el sol de la victoria. Queremos —y que nos disculpen— ser un poco ellos en esta noche, porque sabemos que la mayoría estará viviendo este mismo instante a través de Canal 13. Porque ellos, todos, salieron del mismo origen de cielo cerrado, de pobreza, que vieron en su infancia estos dos grandes protagonistas de LA NOCHE. Queremos olvidarnos del dinero, de estos 22 millones de dólares que ingresaron por todo concepto, para irnos atrás en el tiempo y pensar en dos niños que se llamaban como éstos: Cassius Marcellus Clay y Joe Frazier. Dos negritos que en Louisville, el primero, y en Beaufort (Carolina del Sur), el segundo, tal vez se pelearon por un sándwich, tal vez no alcanzaron jamás el tranco de los camellos de enero, y que más de una noche se fueron a acostar con un beso por todo bocado, con la mancha del hambre que siempre duele más en el alma que en el estómago. Esos dos negritos que se criaron en los colmenares de dos conventillos son los que conmueven a todo el mundo en esta noche del 8 de marzo. Esos dos negritos —me informa un colega de la CBS que está a un metro— han hecho el milagro de convertir a una pelea en el segundo acontecimiento de la histria que será visto por mayor cantidad de gente después del primer alunizaje. Pienso en esos dos negritos que veinte años después le hacen pagar los precios más altos de la historia a los pudientes del mundo blanco, y que han determinado esta división del mundo negro de los Estados Unidos, no sólo en la bifurcación natural de las simpatías deportivas, sino en otro orden. Cassius Clay, antibélico, discursivo, hombre de labios para afuera, recogió las banderas agresivas del asesinato Malcom X, mientras Joe Frazier, parquedad, silencio, levanta los pendones pacifistas del también inmolado Martin Luther King.

Joe sacando la zurda. Arriba y abajo. Aunque la zurda salga abierta. Joe sabe que sólo puede ganar pegando.

 

Esta mañana vimos muy nervioso a Clay, con una nerviosidad muy especial que aún no llegamos a definir por distintas razones. Joe Walcott nos decía que siempre es así, que aun en la antesala es único. "Antes de la primera pelea con Liston —agregó— pensé que estaba perdido, que tenía un pánico tremendo y ya todos sabemos lo que ocurrió después". Igual no nos gustó la nerviosidad que transmitían sus gestos. Angelo Dundee, el sabio de origen italiano que se esconde detrás de los anteojos, "el mejor rincón del mundo", según la capaz opinión de Bonavena, insistió mientras bebía un café en el bar de la prensa del Madison que "está muy bien", que todo el trabajo previo que cumplió en el gimnasio de la calle 5, entre las avenidas Collins y Washington de Miami, ha sido inmejorable. Otra versión de un mes atrás se contradice con la afirmación da Angelo. Un allegado a Condon, un hombre de confianza del Madison, nos confidenció que a fines de enero pasado Jerry Perenchio le hizo un serio planteo por su falta de entrega al trabajo: "Yo contrato a Sinatra para que cante con lo mejor de su voz, no para qiue me dé un recital afónico. A usted le pago dos millones y medio de dólares para que se presente como nunca, como corresponde esa bolsa". Y la afirmación muy concreta de Perenchio habría encontrado un tácito reconocimiento de Clay, quien se quedó sin palabras y prometió entregarse de lleno a la fajina. La vida privada de los campeones le pertenece al público. Esto lo hemos sostenido en la Argentina, a través de muchos casos, no por un afán de escudriñar a través de los visillos, no para contabilizar lo que hacen con su dinero, pero si en cuanto al despilfarro de energías qua más tarde se traduce sobre el ring. El muy organizado Clay, hombre de costumbres sobrias, que jamás bebe una gota de alcohol (todos coinciden en esto) estaría viviendo desde antes de la pelea con Bonavena una situación sentimental muy intensa con una negra que para muchos es la reina de las mujeres entre las de su raza. Viviane (así se llama), estatua de ébano, de ojos verdes extrañísimos, encerrada el secreto de una demora demasiado lenta de parte de Muhammad Alí en cuanto a volver a ser lo que fue. Dundee no toca el tema. Dundee dice simplemente que hoy "Cassius demostrará quién es el mejor y que todo el mundo se va a llevar una gran sorpresa". Mirando pasar a Joe Louis, gloria de todos los tiempos, observando  más allá a Rocky Graziano con un espectacular gabán coIor chocolate. Todo está completo La bandera americana en lo más alto, lista para que el gran reflector la ilumine en el instante en que se escucharán las estrofas del himno. Maíz acaramelado por toneladas. Café, cervezas, panchos. Los americanos comen en la calle, en el cine, también en el Madison, como si estuvieran de picnic. "El favorito es Frazier y los vivos siempre saben colocar el dinero", nos decía Salomón Gleizer, con agencia de viajes en la avenida de las Américas, hermano de Leo, el colega de Telenoche. "Frazier mata", dijo Joe Louis en una entrevista de la víspera que se difundió por Canal 7, en el show de Dick Cavett. El viernes por la tarde fuimos hasta Filadelfia (una hora de viaje) para intentar una charla con Frazier y Yance Durham, su manager, Antonio Marcilla, ex representante olímpico en Melbourne, radicado en Nueva York, amigo inseparable nuestro toda vez que llegamos hasta aquí, nos acompañó en el trayecto. Las entrevistas se cobran. SI, se cobran. Salvo las conferencias de prensa, abiertas para todo el periodismo, ni Frazier ni Clay conceden charlas "ad honorem", Marcilla conoce a Frazier desde hace tiempo. Nosotros charlamos dos veces con él: una cuando la pelea con Bonavena en diciembre del 68, en Filadelfia, y la otra en febrero del año pasado, cuando vapuleó a Ellis, aquí en Nueva York. Llegamos con un sol fuerte que ahuyentó el frío 'de la semana. El miércoles habla nevado, pero ahora la primavera próxima parecía apuntar. Los vimos en plena sesión de gimnasio, en el 2917 de la North Broad. A las 13.30 le estaba dando duro a su última sesión de guantes. Un tipo muy calmo este Frazier..., calmo hasta que lo llaman a trabajar. Allí aparece el "tigre", el hombre que sólo quiere golpes,

Siempre es Joe el que va al ataque. La cabeza al frente. Sacando cien manos. La zurda y la zurda. Sin genio. Sin arte. Pero pega y pega.

—¿Quién gana?

— Yo...

 — ¿Por nocaut?

— De cualquier forma. Estoy mejor que contra Ellis. Hace dos meses que duermo lejos de la familia, pero ya me voy a desquitar. Haré un largo viaje con mi mujer y mis cinco hijos. Será después de la victoria.

Durham nos miró de arriba abajo. La charla informal se terminaba. Nadie habló de dólares, pero si hubiéramos aventurado otra pregunta estamos seguros que este negro con cara de Duke Ellington nos habría frenado el intento.

 —Lo vemos muy bien a Joe, mister Durham...

—Yo lo veo mejor que nadie...

 (Seguimos el reportaje y sin manotear la billetera)

—  Desde luego, usted lo conoce.

— No. Yo lo hice, que es distinto...

¿No le teme a las piernas de Clay, a su talento para escapar, a la lucha franca?

—  Ellis también era un bailarín y fue al piso. A Clay le pasará lo mismo. Desde que lo vi frente a Bonavena no dudo en el triunfo...

— ¿Habrá recuento de tarjetas?

—  No me gustan las matemáticas. No hará falta...

En seguida le habla al oído a un segundo, dice algo en el "lunfardo" yanqui, que Marcilla se apresura a traducirme.

 — ¿Qué dijo, Antonio?

— Que Joe le arranca la cabeza... Nada más. Demasiado. Frazier se retiró a su campamento. Durham nos hizo un "chau" que también quería decir "andate". Y nos fuimos.

Son las ocho y media de la noche (las diez y media de Buenos Aires) y nos sigue acompañando la impresión granítica de Frazier, su afán de trabajo, su sacrificio, su dedicación sin baches. Teddy Brenner, el Tito Lectoure del Madison, lo esgrime como ejemplo: "Ojalá que siempre me toque trabajar con boxeadores como Joe. ¡Qué fácil sería todo!".

Nos sigue acompañando la humorada de Marcilla cuando en el gimnasio de Frazier ofreció dinero a las manos de Clay, y casi lo asfixian. Nadie apuesta al boxeador más talentoso de la categoría. Nadie... Sólo Bonavena, entre los conocidos, cree en su triunfo, en que en cualquier momento puede meter una derecha que termine con todo.

Alí tratando de dejar lejos al campeón del mundo, pero el tractor moreno llega igual con su derecha...

Nueva York grita Frazier. La gran mayoría está con el carnicero de Filadelfia que se rebanó un dedo cortando bifes de chorizo en su peleada adolescencia. Frente a nuestro hotel, en pleno centro de Manhattan, en la calle 46 casi Broadway, se recoge el mismo eco. Un judío rubio, más allá de los cincuenta largos años, llega todas las tardecitas al bar del Paramount antes de ingresar al teatro. Pide una porción de torta de queso y un café. Todos le sonríen. Todos lo esperan. Y este Danny Kaye, inmenso, siempre figura, nos dijo el domingo a las siete de la tarde: "No es pelea. Frazier es un gigante y Clay es un vencido".

El tema de la víspera era la falta de "tickets". Todo americano soñaba con el rectángulo de cartón que le permitiera entrar en al Madison, con disponibilidad agotada desde hace 60 días, sino a un cine (20 dólares) para ver en directo la televisación del combate. El sábado asistimos con Pinky en una de las salas del Waldorf Astoria a una nota difundida de costa a costa, a lo largo y a lo ancho del país. Dos reportajes, por separado, hechos a Clay y a Frazier sobre la base de sus peleas con Bonavena.

Frazier reiteró lo conocido: "El argentino es el boxeador más fuerte que jamás enfrenté; debo tener acero hasta en las venas".

Clay fue tan rotundo corno Joe: "Bonavena me hizo la pelea más difícil de toda mi carrera. ¿Qué pienso del combate con Frazier? Que no habrá nocaut, y al no haber nocaut seré yo el ganador, por ser más inteligente, más capaz, más hermoso..."

Otra vez miramos el reloj. Son casi las nueve. El ring queda despejado. Toda la semana da vueltas en nuestra cabeza. Todo este Madison moderno, con cada espectador sentado en una cómoda butaca, desde el ring side a la última popular, se nos antoja un receptáculo especial. ¿Cómo medirlo? ¿Cómo medirnos nosotros? ¿Cómo explicarles a ustedes, con las palabras más concretas, esta expectación que nos llevó a ingresar en el estadio a las siete de la tarde, como el pibe que se acuesta con la camiseta puesta para su primer partido de la otra mañana? 

 

8 de Marzo de 1971. Título Mundial Pesado. Joe Frazier vs. Muhamad Alí.

 Estuvimos en Japón con Accavallo, Locche y Cañete. Seguimos por Andalucía al "Cordobés" para contar su vida en tres notas sucesivas. Vimos a Jimmy Haynes marcar los 9" 9/10 en la memorable final de las olimpiadas de México. Estuvimos junto a De Vicenzo cuando el yerro numérico de la tarjeta de Augusta. Vivimos la angustia de Racing en aquel avión que se caía entre Medellín y Bogotá y que la mano de Dios aguantó entre la montaña. Hemos vivido el llanto de alegría de las vueltas olímpicas de muchos campeones en cualquier punto de la tierra, y las lágrimas saladas de los contrastes, Esto es distinto. Esto es solo LA NOCHE, la noche más grande del boxeo. Esto es eso que transita por nuestras células, por cada gota de sangre, es Preziosa y Paco Bermúdez. Es Amilcar Brussa y Aldrovandi, es Cuello y Casanovas, es Tito Gómez y Cavillón, es Arnotén y Gonzalito, es Irusta y Porzio, es Botto y Diego Corrientes, y es todo lo que sentirnos desde niños corriendo detrás de Dogomar Martínez o Pilar Bastidas. Esta butaca les hace lugar a todos ellos. Esta butaca encierra una expectación de plataforma de lanzamiento, de cuenta regresiva, de ese momento que se acerca aunque las agujas del reloj caminen lerdas en nuestra inquietud de segundo a segundo.

La zurda de Fraizer vuelve a perforar la guardia de Clay, que mantenía su serenidad a pesar de la permanente ofensiva de su rival.

¿Cuánto falta?... ¿Cuándo empezará?... ¿Cuándo terminará todo?... ¿Es que esto puede tener un fin como cualquier otra pelea? ¿Es que este milagro de dos invictos, de dos campeones del mundo legítimos, cada uno por su lado, se romperá con un ganador y un vencido?

¿LA NOCHE podrá irse como una noche cualquiera?

Ya vienen ellos Ya los aplausos que vienen bajando a tropezones por las gradas, arrastrando anhelos y odios, apuestas y rezos, aleluyas y blasfemias, todo ese gran alud de emociones cae corno una tormenta. Ya vienen ellos…

En este instante los dólares son barquitos de papel en el mar de la nada. En este instante sólo cuentan esos dos tipos que le ponen baño de chocolate a la luz que los recorta con su carga plena. En este instante, cuando el boxeo toca la hora 25, vemos, más allá de todas estas cabezas, a dos niños, uno en Louisville y el otro en Beaufort, que buscaban entre las maderas agrietadas de dos conventillos alguna moneda para pensar en un "hasta mañana" que realmente fuera de esperanza.

De entonces hasta hoy. De hoy hasta el nuevo sol que alumbrará a dos nuevos millonarios para toda la vida.

 ¡Qué aventura interminable encierra la existencia! 

Y la izquierda acertó en el decimoquinto asalto. El golpe llegó pleno al rostro de Clay que cayó espectacularmente de espaldas.

LA PELEA

Los gritos de todos. Los hombres arriba. El murmullo de todos. Campana. Campana histórica. Silencio de todos. Silencio histórico. Ellos y nosotros. Ellos dos y todos nosotros. Y empieza la historia. Ya no vale nada. Ellos y nosotros. Y Frazier que pega. Arriba y abajo. Abajo y arriba. Y el arte de Clay, que espera y espera. Que traba. Sereno, Y siempre es Joe el que va al ataque. La cabeza al frente. Sacando cien manos. La zurda y la zurda. Sin genio. Sin arte. Pero pega y pega. La cabeza al frente. Abajo y arriba. Arriba y abajo. Esa es la pelea que estaba prevista La que ya descontaban todos los pronósticos. Todas las apuestas, El instinto puro que apenas si piensa. El hombre sereno. ¿Qué sabe Joe? Todo lo que el instinto piensa. Todo lo que vive en esa fiereza por ir siempre al frente. Para destrozar la imperturbable serenidad de ese gigante de ojos abiertos. Que todo lo tiene previsto. Que todo lo adivina. Que tiene mil golpes en sus puños sabios. Que espera. Que enrieda. Que agarra. Que acomoda. Y saca la zurda. También la derecha. Derecha e izquierda, izquierda y derecha. Pero gana Joe. Gana todo el indomable ímpetu de Joe.

Cuando la campana cierra la cuarta vuelta ya está Joe ganando en el puntaje. Recién en el quinto aparece su arte. Las piernas que bailan. Allí recién aparece toda su enorme y abrumadora sabiduría. Y ese uno-dos que encuentra siempre la cara de Joe. Y ya en el séptimo es Cassius en todo el esplendor de su talento. Esa zurda en punta que pretende borrarle la cara a Joe. Allí, recostado sobre las sogas. En la actitud displicente, casi sobradora. Como si se deleitara con esa impotencia de Joe para sacar los brazos. Para buscarle los flancos.

 Pero Joe quiere. Quiere siempre. Joe sabe que sólo puede ganar pegando. Sacando la zurda. Arriba y abajo. Aunque la zurda salga abierta. Aunque sea una zurda que no está en los libros del arte. Y sabe que muere en esa pausa que Cassius le impone. Que se ahoga frente a esa zurda que le frota la cara. Por eso lo saca vigorosamente de las cuerdas como sí quisiera obligarlo a la pelea. A la única pelea que alienta en el instinto indomable de Joe. Y Clay sigue. Inmutable. Sigue con los ojos abiertos. Y la zurda en punta. Y el revés del guante que impone distancia. Y ya es Clay en toda su grandeza. Es el gran maestro. Y es la gran pelea. La que estaba en la historia desde antes. Cerebro e instinto. 

Campana final. Fraizer se palpita ganador. Y lo fue, sin discusión, por decisión unánime.

Por eso pega después de la campana del octavo. Para sacarlo a Cassius de su flema. Para irritarlo, para cambiarle cien golpes mal tirados por otros cien sabios. Y por eso gana Joe. Porque sigue buscando siempre la pelea. Ya prevalece Joe. La serenidad de Clay parece un subterfugio. Undécimo round. Dos violentos zurdazos de Joe que encuentran la cara de Clay. Y los dos son netos. La sabiduría de Clay se desmorona. Ya advierto la elocuencia de esa mueca que se hace presagio. Sólo el oficio es el que aflora. Su gran oficio. A ese final que se insinúa en su andar lento. En esas manos que buscan el recurso póstumo del clinch. En esas piernas que no bailan. Y se va sentido, Y vuelve sentido en el undécimo. Ya no hay reservas para jugar. No hay reservas para "sobrar". Casi treinta y seis minutos de pelea, y además de los golpes que cuentan está el cansancio que dobla las piernas. Que impide levantar los brazos. El mismo cansancio que también va paralizando a Joe. Que se advierte en dinámica lenta. En esa resignación para apoyarse en el cuerpo de Clay. En esos brazos que ya perdieron el ritmo. Y es la mente glacial de Clay la que siempre encuentra la tregua para ordenar el pensamiento. Es el final del duodécimo que lo sorprende otra vez bailando. No hay potencia ya en ninguno de los dos. Pero en Joe sigue alentando su convicción.

Pega mejor Clay en el decimotercero. Pega con más claridad. Pero ya no conmueve. Pero gana el round. Gana, aun cuando los dos están muertos. Aun cuando los dos quieren el cuerpo a cuerpo como bálsamo para todo el cansancio acumulado. Y vuelve la postura clásica de Clay en el penúltimo. No alcanza para ganar. No alcanza ni siquiera para descontar, pero se prolonga su enorme dimensión de boxeador. Son los últimos estertores de su razón. La muerte de todo su oficio, que ya apenas sirve para sobrevivir a ese torbellino de golpes que nunca se paraliza. Y en la apertura del epílogo, la zurda de Joe que entra neta. La caída espectacular de Clay. El cerebro que ya no gobierna. La lona que ya marca su derrota. Y se levanta. Se yergue groggy. Vencido, Los brazos abajo. Las piernas duras. Estáticas. Ahora es la memoria que lo protege. Es la lección aprendida que gobierna sus manos. Que maneja las piernas. Y Joe pega. Que saca los brazos en la entrega postrera. La historia que ya empieza a escribirse. Ellos dos y todos nosotros. Todo el silencio. Todo el drama. Se cae Clay. Joe que pega. Que sigue pegando. Y el oficio que vuelve. El cerebro que otra vez funciona. Apenas funciona. Pero manda, aconseja, ordena. Y Clay se sostiene en toda su conmovedora dignidad. Es el hombre que quiere morir erguido. Y así se va: erguido. No le alcanzó el cálculo. No le alcanzó la frialdad del cerebro. Ni el oficio, ni el arte. Toda la razón estuvo en el vigor de Joe. En esos dos puños que nunca se paralizan. Así será la historia. Tal vez ni hacía falta esa caída de Cassius para decretar su derrota. Ya había perdido de antes. El instinto ganador de Joe ya quería la victoria desde que sonó la primera campanada... Desde que empezó LA NOCHE. Esta NOCHE inolvidable que ellos dos repartieron con nosotros –

EL VECO (1971)

Por Redacción EG: 08/11/2018

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