LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

2006. GIUNTA 100x100

- por Redacción EG: 26/10/2018 -

Frontal como siempre, Blas Armando repasa su carrera: los comienzos, la batalla contra Colo Colo, los halcones y las palomas… sus mejores patadas... Memorias de un hombre fuera de lo común.

1 ¿Sos el ju­ga­dor con más hue­vos de la his­to­ria del fút­bol ar­gen­ti­no? Qué sé yo, eso lo di­ce la gen­te, por lo que de­ja­ba en la can­cha. Con el hin­cha siem­pre me fue bien. Fue la ca­rac­te­rís­ti­ca mía, la de po­ner hue­vos, la de ir siem­pre pa­ra ade­lan­te en ca­da lu­gar don­de es­tu­ve. Cuan­do me fui a Mé­xi­co, en Bo­ca es­tu­vie­ron dos años gri­tan­do por mí los ti­pos. ¡Dos años! Son co­sas que uno de­ja aden­tro de la can­cha.

2 ¿En Bom­be­ros de La Ma­tan­za eras de los rús­ti­cos? Ahí ju­ga­ba bien. Des­pués, cuan­do fui a las in­fe­rio­res de San Lo­ren­zo, me hi­ce más du­ro. Pri­me­ro ju­ga­ba al bás­quet y al fút­bol. En Bom­be­ros era de ju­gar 14 par­ti­dos por día. Arran­cá­ba­mos a las 10 de la ma­ña­na y ter­mi­ná­ba­mos a las 8 de la no­che.

3 Ha­blan­do de bás­quet, ¿vas a cum­plir la sus­pen­sión que te pu­sie­ron? No creo, eh (ri­sas). Un día me pe­leé con un ár­bi­tro, que nos bom­bea­ba y nos bom­bea­ba… Yo te­nía 13 años. El ti­po se por­tó muy mal en ese mo­men­to y no­so­tros es­tá­ba­mos pe­lean­do pa­ra lle­gar a la fi­nal, nos ju­gá­ba­mos la vi­da. Y con la im­po­ten­cia, lo aga­rré y lo sa­cu­dí de una. Me die­ron 99 años de sus­pen­sión. Era me­dio re­bel­de de chi­co, me ha­cía res­pe­tar mu­cho.

4 ¿Y en el co­le­gio có­mo te iba? Bien, es­ta­ba to­do el día ju­gan­do a la pe­lo­ta, to­do el día. Mis pi­bes van al mis­mo co­le­gio y, cuan­do los lle­vo, me acuer­do de esos par­ti­dos. Nos sa­cá­ba­mos las me­dias, las lle­ná­ba­mos de pa­pel, las apre­tá­ba­mos bien y ju­gá­ba­mos con unos ar­cos de fie­rro. A ve­ces ha­cía­mos unos de­sas­tres…

5 ¿Ya arran­ca­bas con las amo­nes­ta­cio­nes? Siem­pre fui bra­vo, de chi­co era jo­di­do. Pe­ro era buen pi­be, con mu­chas ca­ren­cias, pe­ro bue­no.

6 ¿Tra­ba­ja­bas? Sí, en una fá­bri­ca de gui­ta­rri­tas, a tres cua­dras de mi ca­sa, en Ra­mos Me­jía. Y des­pués la­bu­ré de plo­me­ro. Te­nía que ha­cer mu­chas ca­na­le­tas. Eso me ma­ta­ba, por­que que­ría ju­gar a la pe­lo­ta y ter­mi­na­ba muer­to, me iba a jo­der los me­nis­cos la­bu­ran­do así, mar­ti­llan­do. Y ade­más siem­pre me da­ba en la ma­no, un do­lor te­rri­ble. Se com­pli­ca­ba, ¿vis­te?

7 ¿A quié­nes mi­ra­bas de chi­co? A mí me gus­ta­ba el To­lo Ga­lle­go, por­que ju­ga­ba de cin­co. Iba a la can­cha de Vé­lez a ver­lo con la Se­lec­ción, cuan­do tam­bién es­ta­ba Ma­ra­do­na.

8 ¿A quién ibas a ver? Ge­ne­ral­men­te iba a la can­cha de Vé­lez, a los ocho años. Pa­sa que la te­nía­mos cer­ca. Tam­bién al Ga­só­me­tro y a la Bom­bo­ne­ra. Me co­la­ba: me me­tía ade­lan­te de un ti­po y le de­cía al bo­le­te­ro que era mi vie­jo. Y en­tra­ba a las co­rri­das, emo­cio­na­do. En la es­ca­le­ra, veía los fa­ro­les y me vol­vía lo­co. Sen­tía que en­tra­ba al tea­tro, a un lu­gar im­pre­sio­nan­te. En esa su­bi­di­ta, esos úl­ti­mos me­tros, sen­tía que yo sa­lía a la can­cha a ju­gar el par­ti­do. 

Debutó en San Lorenzo de Almagro en 1983.

9 ¿Có­mo lle­gás a San Lo­ren­zo? Ju­ga­ba en Li­niers, en la D. No me que­ría ir, pe­ro me de­cían que no po­día se­guir ju­gan­do ahí, que es­ta­ba pa­ra otra co­sa. A los 16 años, me fui a pro­bar a Fe­rro. Hi­ce un gol, pe­ro no que­dé. Des­pués fui a San Lo­ren­zo, con el pa­se en mi po­der. Y me fi­cha­ron de una.

10 ¿Siem­pre de cin­co? Pri­me­ro ju­ga­ba de ocho. Y des­pués, cuan­do lle­gué al Ci­clón, me pu­sie­ron de cin­co. Y la lle­va­ba bien, eh, por­que es­ta­ba acos­tum­bra­do a ju­gar con ti­pos más gran­des que yo, así que cho­ca­ba a cual­quie­ra, te­nía buen fí­si­co. Te­nía san­gre pa­ra ju­gar a la pe­lo­ta.

11 En San Lo­ren­zo, unos años des­pués, les de­cían “Los Cam­bo­ya­nos”… Sí, por­que éra­mos gue­rre­ros. Es­ta­ban Si­vis­ki, Ma­de­lón, Pe­raz­zo, Or­te­ga Sán­chez, Ri­quel­me… Un equi­pa­zo. Des­pués atrás te ma­ta­ban: Mar­chi, Lu­cho Mal­vá­rez… Me­tía­mos co­mo lo­cos.

12 ¿De dón­de sa­lió el apo­do “Pa­chín”? Yo era me­dio pa­ya­so de pi­be, en­ton­ces me pu­sie­ron Pa­ya­sín. Y en un mo­men­to se achi­có y me de­cían Pa­chín.

13 “Soy un ju­ga­dor en­tre­nan­do y otro aden­tro de la can­cha. A mis com­pa­ñe­ros no les ha­go sen­tir el ri­gor”. Eso lo di­jis­te ha­ce 15 años. Sí, pa­sa que siem­pre me en­tre­né bien, fui un ti­po muy pro­fe­sio­nal, pe­ro me pa­re­cía que en los en­tre­na­mien­tos si po­día evi­tar la pier­na fuer­te, lo ha­cía. Por­que eran com­pa­ñe­ros míos y por­que te­nía­mos que de­fen­der la gui­ta des­pués. Pe­ro cuan­do ju­ga­ba, me trans­for­ma­ba. Si me ti­ra­ban un ca­ño en un en­tre­na­mien­to, los aplau­día. En cam­bio, si era en un par­ti­do, lo to­ma­ba de otra ma­ne­ra: lo te­nías que ma­tar.

14 “Cuan­do el equi­po pier­de, no vi­vo”. Esa tam­bién es tu­ya… Sí, muy tris­te era. Es que yo lo vi­vo así al fút­bol. Dis­fru­to de las ale­grías y en las de­rro­tas su­fro mu­cho. Por eso no me gus­ta per­der, no quie­ro per­der a na­da. Las de­rro­tas me las lle­vo con­mi­go y me ha­cen muy mal. Una muy fea fue cuan­do per­di­mos la fi­nal con Ne­well’s, en 1991. No lo me­re­cía­mos y eso me que­dó muy aden­tro. Pe­ro ojo: a mí me pa­sa con ese par­ti­do y con to­dos los par­ti­dos que ju­gué. To­do era… mo­rir.

15 ¿Có­mo eras co­mo ju­ga­dor? Mi­rá, en las más di­fí­ci­les, en los par­ti­dos más im­por­tan­tes, siem­pre es­ta­ba el ti­po ahí. Co­bran­do, no co­bran­do… En bue­nos mo­men­tos, en ma­los. A mí nun­ca me do­lía na­da: hom­bro ro­to (lo mues­tra), to­bi­llo in­fil­tra­do, pu­bial­gia, ro­di­lla ro­ta. “Vos no po­dés ju­gar así”, me de­cían. An­tes, ser ti­tu­lar, era ser ti­tu­lar en se­rio. Ju­ga­bas to­dos los par­ti­dos: cam­peo­na­to, Co­pa Li­ber­ta­do­res…

16 ¿Qué te acor­dás del par­ti­do con­tra Co­lo Co­lo? Nos ma­no­tea­ron mal. El se­gun­do gol que nos ha­cen fue en off­si­de, y no­so­tros ha­bía­mos erra­do un gol de Ba­tis­tu­ta, ma­no a ma­no, con La­to­rre al la­do. En­ci­ma, des­pués se nos le­sio­na Abra­mo­vich, que es­ta­ba ju­gan­do bár­ba­ro. Lo te­nía­mos ahí, sa­bía­mos que lo po­día­mos ga­nar. Y sen­tía­mos que éra­mos cam­peo­nes de la Li­ber­ta­do­res. El qui­lom­bo sur­ge por­que a Apud lo ti­ran a la fo­sa cuan­do va a bus­car la pe­lo­ta…

17 Y ahí se trans­for­ma­ron… Ima­gi­na­te. Ve­mos que lo ti­ran a la fo­sa y sa­li­mos a bus­car­los. A Yá­ñez, que ha­bía ti­ra­do la pe­lo­ta le­jos, yo lo que­ría ma­tar. Le ti­ré una pa­ta­da y no lo aga­rré, si no… Y des­pués se ar­mó. Los pe­rio­dis­tas em­pe­za­ron a pe­gar­nos con las cá­ma­ras. Me acuer­do de que el Maes­tro Ta­bá­rez es­ta­ba se­pa­ran­do y se co­mió un gol­pe te­rri­ble. Y cuan­do se ca­len­ta­ba el Maes­tro, chau… Se pu­so co­mo lo­co. Des­pués a Hra­bi­na le pe­ga­ron de atrás y ahí em­pe­za­mos a co­rrer­los por to­da la can­cha. Pe­ga­mos to­dos y co­bra­mos to­dos.

La batalla contra Colo Colo. Blas corre a un fotógrafo chileno. Junto a él, Batistuta.

18 ¿Al­gu­no se que­dó en el mol­de? Y… Pi­co, Si­món y Die­gui­to La­to­rre acom­pa­ña­ban… (Ri­sas). Pa­sa que a Die­gui­to le ha­bían pe­ga­do un co­da­zo con­tra La­nús y le aflo­ja­ron los dien­tes. Pe­ro es­ta­ban to­dos, eh. No es que no pe­ga­ban. Des­pués, al Maes­tro y a mí nos lle­va­ron a la co­mi­sa­ría. Tá­ba­rez era tran­qui­lo, pe­ro cuan­do se to­có la ca­ra y vio san­gre, se trans­for­mó. Un gran ti­po, uno de los me­jo­res téc­ni­co que tu­ve.

19 ¿Con­ta­bas las ex­pul­sio­nes? No me echa­ban mu­cho. Yo creo que pa­re­cía más de lo que me ra­ja­ban. Yo era más de ama­ri­lla. Te­nía bue­na re­la­ción con los ár­bi­tros y me da­ban una chan­ce más. Lo mío era pe­gar sin ma­la le­che.

20 Igual­men­te, cuan­do fuis­te a Pla­ten­se, te echa­ron en tus dos pri­me­ros par­ti­dos… Una atrás de otra, des­pués me que­rían ma­tar. Mot­ta, que era el téc­ni­co, me hi­zo cor­tar el pe­lo por­que lo te­nía lar­go y ru­bio, y ca­da vez que pe­ga­ba una pa­ta­da se veía mu­cho más. “Us­ted se tie­ne que cor­tar el pe­lo. ¿No ve que lo ven to­dos?”, me di­jo. Me lo cor­té y no me ra­ja­ron más.

21 Y des­pués te qui­so Ri­ver. Pla­ten­se me que­ría com­prar por­que te­nía to­do arre­gla­do pa­ra ven­der­me a Ri­ver, pe­ro la op­ción era de 100 mil dó­la­res, en el 85. Lle­ga­ron a 70 lu­cas, pe­ro San Lo­ren­zo man­dó el te­le­gra­ma y fui al Ci­clón.

22 O sea, por 30 mil dó­la­res no ju­gas­te en Ri­ver. Sí, por­que en ese en­ton­ces es­ta­ba la co­ne­xión en­tre Pla­ten­se y Ri­ver. Pe­ro yo que­ría ir a San Lo­ren­zo, por­que ha­bía arran­ca­do ahí. Así que tam­bién pu­se lo mío pa­ra no ir a Ri­ver.

23 Es­tás obli­ga­do a con­tar la anéc­do­ta que siem­pre re­cuer­da Bur­gos. Fue en Bo­ca-Fe­rro. Ti­ro una pa­red con Ma­ran­ga (Ma­ran­go­ni), me la de­vuel­ve por arri­ba, lle­go al área y lo veo sa­lir al Mo­no Bur­gos. En­ton­ces, pien­so: “Es­te me par­te”, por­que él ya ha­bía to­ma­do ca­rre­ra. Cuan­do lo veo ve­nir, se la man­do por aba­jo, se ti­ra con los pies pa­ra ade­lan­te y me rom­pe las dos ca­ni­lle­ras. Cuan­do me le­van­to, lo aga­rro en el pi­so y le di­go: “Ne­ne, ¿qué que­rés? ¿Mo­rir en es­te ins­tan­te?”. Y des­pués lo re­ca­gué a pu­tea­das. Fue exac­ta­men­te co­mo la cuen­ta el Mo­no.

24 ¿Al­gu­na vez ju­gas­te ro­to, mal? Una vez, en un en­tre­na­mien­to, me rom­pie­ron la ore­ja. Es­tá­ba­mos ju­gan­do y un bo­lu­do me pi­só. Yo sen­tía la par­te de atrás col­gan­do y des­pe­ga­da. El mé­di­co vi­no, me pu­so anes­te­sia y me di­jo que te­nía to­do par­ti­do. Cla­ro, na­die que­ría de­cir quién me ha­bía pi­sa­do, se ha­cían los bo­lu­dos. Cuan­do se me fue el efec­to de la anes­te­sia, me se­guí en­tre­nan­do, por­que no le que­ría dar es­pa­cio a na­die, no que­ría per­der el tren. Pe­ro cuan­do co­rría, sen­tía que me ar­día mal. En­ton­ces le di­je: “Che, tor­do, me due­le mu­cho acá atrás. Abro la bo­ca y sien­to que se me ra­ja to­do”. Me mi­ró y me vio to­da la ore­ja des­pe­ga­da. “Te ten­go que po­ner anes­te­sia otra vez”, me de­cía. “¿Qué anes­te­sia? Co­se­me así, co­mo es­tá. Da­le, lo­co. Da­le por­que no da pa­ra más. De­ja­te de jo­der con la anes­te­sia”, le con­tes­té. Me co­sió y se­guí en­tre­nán­do­me to­da la tar­de. Yo era así. El fút­bol era lo más sa­gra­do del mun­do.

A Platense llegó después de debutar en San Lorenzo.

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25 ¿Ves hoy esas co­sas en al­guien? El ar­que­ri­to Pa­blo Mi­glio­re. Es ga­na­dor, va pa­ra el fren­te. Me gus­ta­ba mu­cho Al­mey­da, tam­bién. Era co­mo yo. Mas­che­ra­no es de otro es­ti­lo, pe­ro tam­bién va pa­ra ade­lan­te.

26 El cho­que de Mas­che­ra­no el año pa­sa­do, cuan­do Da­mián Gi­mé­nez le me­te el plan­cha­zo en el pe­cho. ¿Lo vis­te? Sí, me emo­cio­nó. ¿Sa­bés de esos cho­ques cuán­tos tu­ve? Y qui­zás me re­ven­ta­ba la ca­be­za, ¿pe­ro de no ir al cho­que? Ni a pa­los. En ese mo­men­to, ade­lan­te.

27 ¿Mo­rán, de Man­di­yú, fue el ri­val más du­ro que te to­có en­fren­tar? Me le­sio­nó dos ve­ces, así que ima­gi­na­te. En el fút­bol se co­no­ce quién tie­ne bue­na in­ten­ción y quién no. Mo­rán era jo­di­do. Una vez me fue a pe­gar y yo le­van­té el bra­zo, pa­ra ta­par­me, lo vi ve­nir. Y cuan­do cai­go al pi­so, el ti­po cae arri­ba y se me rom­pe el hom­bro. Otra vez me le­sio­nó el to­bi­llo. Per­do­mo, el uru­gua­yo, tam­bién era du­ro. Nos ma­tá­ba­mos.

28 ¿Pue­de ser que en esa épo­ca exis­tie­ran có­di­gos pa­ra que los ju­ga­do­res no si­mu­la­ran? No, no creo, si­mu­lar era nor­mal. Qui­zá te que­da­bas en el pi­so cuan­do es­ta­bas can­sa­do. Pe­ro la épo­ca nues­tra era muy du­ra, eh. Aho­ra se jue­ga más rá­pi­do, es otra ve­lo­ci­dad. Ir al in­te­rior era muy di­fí­cil. Ibas a Ro­sa­rio, a Cór­do­ba. Y eran ba­ta­llas.

29 ¿Por qué no se te dio en la Se­lec­ción? Co­co me eli­gió pa­ra ir a la Co­pa Amé­ri­ca del 91. Y co­mo Bo­ca es­ta­ba ju­gan­do la fi­nal con Ne­well’s, lle­gué tar­de. De cin­co ju­gó As­tra­da y yo que­dé en el ban­co. Si no, el ti­tu­lar hu­bie­se si­do yo, por­que ve­nía con to­do. La es­ta­ba rom­pien­do.

30 ¿Có­mo te lle­va­bas con Ba­si­le? Co­co es un ti­po ga­na­dor. Un mo­ti­va­dor es­pec­ta­cu­lar. “¿Qué ha­cés, Bla­si­to?” (lo imi­ta), me de­cía siem­pre. Ha­cía mu­cho hin­ca­pié en su pro­pio equi­po, no se preo­cu­pa­ba mu­cho por el ri­val.

31 ¿Có­mo te hi­cis­te tan ami­go de Már­ci­co? La amis­tad arran­có en el 92, ape­nas lle­gó. Es un fe­nó­me­no, to­do el día rién­do­nos es­tá­ba­mos. Ve­nía a la ha­bi­ta­ción y se ar­ma­ban ahí las reu­nio­nes. Mar­che­si­ni ya me ha­bía con­ta­do lo que era el Be­to. Me acuer­do de que te­nía­mos nues­tra pro­pia me­sa con él y el Man­te­ca Mar­tí­nez. No se que­ría sen­tar na­die con no­so­tros, por­que lo vol­vía­mos lo­co. El que a ve­ces ve­nía era el Vas­co Arrua­ba­rre­na. Po­bre Vas­qui­to…

32 ¿Por qué po­bre? No sé, por­que era un pi­be, siem­pre an­da­ba con no­so­tros y lo vol­vía­mos lo­co. Por ejem­plo, a ve­ces éra­mos va­rios en la ha­bi­ta­ción y al Be­to le gus­ta­ba el ai­re acon­di­cio­na­do. Ha­cía frío afue­ra, y él lo po­nía igual, a to­do lo que da­ba. Y lo veías al po­bre Vas­co, ca­ga­do de frío, ta­pa­do to­do has­ta arri­ba. El gor­do an­da­ba en cue­ros y el otro cha­bón dur­mien­do ahí, aba­jo de la fra­za­da… Tam­bién le de­cía­mos que su mu­jer lo en­ga­ña­ba con su vie­jo…

33 Era el pi­chón… Sí, lo que­ría­mos mu­cho. No sa­bía ma­ne­jar el Vas­co, en­ton­ces el vie­jo lo lle­va­ba siem­pre. Un día di­jo que ha­bía apren­di­do y sa­có una Nis­san Te­rra­no nue­va, ce­ro ki­ló­me­tro. Le di­ji­mos: “Che, qué lin­da que es­tá”. Y él nos con­tes­tó: “Sí, bo­lu­do, an­dá a fi­jar­te del otro la­do”. Cuan­do fui­mos a ver, te­nía las dos puer­tas hun­di­das, es­ta­ba to­do cho­ca­da...

34 ¿A quién jo­dían más? A Ta­pia lo vol­vía­mos lo­co… A “Corky” Ma­cA­llis­ter, tam­bién. Un día se ca­len­tó, vi­no y me ti­ró los mo­cos en la co­mi­da. Pa­sa que el Co­lo­ra­do ya es­ta­ba har­to de que lo jo­dié­ra­mos. Le de­cía­mos que te­nía los bra­zos cor­tos y que no po­día ha­cer los la­te­ra­les. Pe­ro yo no me ca­len­té, me ca­gué de ri­sa y pe­dí que me cam­bia­ran el pla­to.

35 No se sal­va­ba na­die… A Nef­fa tam­bién lo ma­tá­ba­mos. Só­lo que­ría el dul­ce de le­che, el Gor­do Nef­fa. En Unión, to­dos de­cían “mi­rá, có­mo le pe­ga, tie­ne un ca­ñón”. Cuan­do vi­no a Bo­ca, le de­cía­mos: “Da­le, gor­do dul­ce de le­che, hi­jo de pu­ta. Ni te acer­cás a pa­tear los ti­ros li­bres. Aho­ra pa­teá, la con­cha de tu ma­dre”. Y en el me­dio del par­ti­do le gri­tá­ba­mos “¡da­le, gor­do de mier­da! ¡Lar­gá el dul­ce de le­che!”. Y tam­bién lo imi­tá­ba­mos al Maes­tro Ta­bá­rez: “Es­te mu­cha­cho Sa­tur­no es im­pre­sio­nan­te. Es el im­pre­de­ci­ble”, de­cía. Des­pués a Sa­tur­no le pu­si­mos “Lar­va”, por el per­so­na­je de Per­go­li­ni.

36 ¿Qué ha­cían en las con­cen­tra­cio­nes? Ju­gá­ba­mos mu­cho a las car­tas: tru­co, es­ca­le­ra, to­do. Una vez el Be­to lo tu­vo al Vas­co has­ta las 6 de la ma­ña­na, por­que el Vas­qui­to le iba ga­nan­do 450 pe­sos. Y el Be­to le de­cía: “Da­me la re­van­cha por­que si no, no te pa­go”, en­ton­ces se­guían y se­guían. Yo es­ta­ba en la me­sa, pe­ro ti­po 3 de la ma­ña­na me fui a dor­mir. Y ellos no pa­ra­ban… Has­ta que el Vas­qui­to se ca­len­tó y le di­jo: “Bue­no, no me la pa­gues más, an­dá a ca­gar”. El Be­to es­ta­ba cho­cho: “Lis­to, no te la pa­gooo”, gri­ta­ba.

Azul, oro y barro. Toda una postal del juego de Giunta.

37 ¿Có­mo sur­gió lo de los hal­co­nes y las pa­lo­mas? Sa­le por­que al­gu­nos iban a co­mer jun­tos y otros no. Pe­ro, en rea­li­dad, no ha­bía una con­fron­ta­ción. To­do em­pe­zó por la ca­pi­ta­nía, en el 93. Hi­ci­mos una reu­nión. Al­gu­nos vo­ta­ron al Mo­no y no­so­tros, al Be­to. Y ahí el gru­po que­dó un po­co di­vi­di­do, pe­ro no ha­bía qui­lom­bo, eh. Ellos iban a co­mer a un la­do y no­so­tros a otro.

38 ¿La­to­rre se equi­vo­có mu­cho cuan­do di­jo lo del ca­ba­ret? Vos ya no es­ta­bas en Bo­ca, ¿pe­ro qué sen­tis­te? Die­go era un pi­be es­pec­ta­cu­lar. Lo úni­co que te­nía era que a ve­ces te­nía esas sa­li­das de pi­be de country, de chi­co que no ju­gó en el po­tre­ro. Lo mis­mo cuan­do hi­zo el ges­to de ta­par­se la na­riz. En­ton­ces no en­ten­día lo que ha­cía, por­que era muy bue­no. Era un crack, una co­sa im­pre­sio­nan­te.

39 ¿Có­mo sa­lían a ju­gar los clá­si­cos con Ri­ver? Ellos sa­bían que iban a per­der y no­so­tros sa­bía­mos que con la ca­mi­se­ta de Bo­ca los co­mía­mos cru­dos. Ellos nos po­dían pe­lo­tear to­do el par­ti­do, pe­ro to­dos sa­bía­mos que des­pués iba a lle­gar nues­tro gol. Te­nía­mos co­mo… no sé… Era co­mo te­ner la men­te su­pe­rior a ellos en las más di­fí­ci­les.

40 ¿Y la se­ma­na pre­via a ca­da clá­si­co? ¿Có­mo era? Y… to­dos me­tían fi­chas. Y no sa­bés có­mo en­trá­ba­mos a la can­cha, con una mo­ti­va­ción im­pre­sio­nan­te. Pi­sá­ba­mos el pas­to, mi­rá­ba­mos a los mo­ro­chos y de­cía­mos “a es­ta gen­te no le po­de­mos fa­llar”. Vi­vía­mos pen­san­do en ellos. Mi­rá, cuan­do íba­mos en el mi­cro des­de el ho­tel a la can­cha y pa­sá­ba­mos por Ca­sa Ama­ri­lla, veía­mos a la gen­te, a to­da esa ma­ra­bun­ta. Yo me mo­ti­va­ba, me creía que era He-Man. “Aho­ra, cuan­do es­té aden­tro de la can­cha, los ten­go que ma­tar”, pen­sa­ba. “Soy un gla­dia­dor y los ten­go que ma­tar”.

41 ¿Có­mo era tu re­la­ción con El Abue­lo? Bue­na, siem­pre con res­pe­to. Cuan­do es­tu­vo en ca­na lo fui­mos a ver a De­vo­to, pa­ra dar­le una ma­no con la yu­ta y lle­var­le al­gu­na ca­mi­se­ta. Es­to es así: si vos en el ver­de te ma­tás, nun­ca vas a te­ner pro­ble­mas, por­que la gen­te de Bo­ca te va a sa­car en an­das siem­pre. Si vos la ves pa­sar o sa­cás la pa­ti­ta, es­tás muer­to: no sos ju­ga­dor pa­ra Bo­ca.

42 ¿Una anéc­do­ta su­ya? Cuan­do sa­li­mos cam­peo­nes, en el 92, sa­li­mos a fes­te­jar en un ca­mión con él y to­da La Do­ce. Fui­mos con el Be­to, Man­te­ca, el Be­ti­to Ca­rran­za, Ca­ba­ñas… Un qui­lom­bo.

43 ¿Al­gu­na vez lle­ga­ron a apre­tar­te? Una vez vi­nie­ron a La Can­de­la, don­de nos en­tre­ná­ba­mos. “Es­ta­mos ca­lien­tes, te­ne­mos que ga­nar”, de­cía El Abue­lo. Yo re­cién lle­ga­ba, pe­ro me plan­té. “No te me­tás, con vos no es la bron­ca”, me di­je­ron los mu­cha­chos. Ese fue el mo­men­to más ra­ro. Des­pués nun­ca se acer­ca­ron. Ni a pe­dir pla­ta ni a na­da.

44 ¿Qué sen­tías cuan­do es­cu­cha­bas el “Hue­vo, hue­vo, hue­vo, Giun­ta, Giun­ta, Giun­ta”? Uhhh, te­rri­ble. Po­día te­ner an­gi­nas, es­tar fu­si­la­do, pe­ro re­vi­vías… Te can­ta­ban y era co­mo que po­días dar más o que te­nías vein­te mo­to­res. Cuan­do ya me pa­sa­ban a mí, la gen­te se em­pe­za­ba a aga­rrar la ca­be­za, ya su­fría por­que no era co­mún que me de­ja­ran en el ca­mi­no, era la pe­lo­ta o el ju­ga­dor. En­ton­ces me can­ta­ban y me trans­for­ma­ba. 

Tackle deslizante, toda una marca registrada.

45 Y, tam­bién ha­bía otra can­ción: “Va­mos Bo­ca, pon­ga hue­vos, pa­ra que vuel­va Giun­ta, pa­ra que vuel­va Die­go”. ¡Es­ta­bas de­lan­te de Ma­ra­do­na! Uyyy, sí. “Vaaaaa­moooos Bo­ca, pon­ga hue­vos, pa­ra que vuel­va Giun­ta, pa­ra que vuel­va el Dieeee­gooo” (can­ta). La ver­dad me acuer­do de es­tas co­sas y son her­mo­sas. Que te re­cuer­de la gen­te es im­pre­sio­nan­te.

46 ¿Có­mo sur­ge la idea de em­pa­tar con Orien­te Pe­tro­le­ro pa­ra de­jar afue­ra a Ri­ver de la Co­pa Li­ber­ta­do­res? Yo ve­nía de de­jar la vi­da en el cam­peo­na­to y en la Co­pa, pe­ro te­nía que cui­dar mi fí­si­co. Ju­ga­mos to­dos los ti­tu­la­res, pe­ro la idea era “a cui­dar lo nues­tro y chau”. Na­die vi­no a de­cir­nos na­da, eh, no vi­no de arri­ba la or­den. No­so­tros sa­li­mos a ju­gar el par­ti­do así no­más, co­mo ve­nía. ¿Pa­ra qué me iba a ma­tar en ese par­ti­do, si el do­min­go te­nía que ju­gar una fi­nal por el cam­peo­na­to lo­cal?

47 ¿Fue el par­ti­do más abu­rri­do que ju­gas­te en tu vi­da? Sí, sí, se­gu­ro (ri­sas). ¡Si los ri­va­les no me exi­gían, qué que­rías que hi­cie­ra! ¡Yo me te­nía que cui­dar pa­ra es­tar bien!

48 ¿Có­mo te fue en Es­pa­ña? Me com­pró el Za­ra­go­za, pe­ro el ti­po que me ha­bía lle­va­do per­dió las elec­cio­nes y fui al Mur­cia, a prés­ta­mo. Cuan­do lle­gué, es­ta­ban mal, a pun­to de des­cen­der. Me acuer­do de que ju­gué un par­ti­da­zo con­tra el Real Ma­drid y me eli­gie­ron fi­gu­ra. Y el pre­si­den­te des­pués me di­jo que, co­mo el equi­po iba a des­cen­der y yo es­ta­ba a prés­ta­mo, no me iba a po­ner más.

49 ¿Qué hi­cis­te con tu pri­mer suel­do? Fue en Li­niers. Nos ti­ra­ron un par de man­gos y se los di a mi vie­ja, en­se­gui­da. Ella era la que me lle­va­ba a to­dos la­dos. Me acom­pa­ña­ba a las prác­ti­cas, a las prue­bas, me mi­ra­ba.

50 ¿Có­mo sur­gió la idea de lle­var a tus ju­ga­do­res de Al­mi­ran­te Brown a la igle­sia? No­so­tros es­tá­ba­mos ahí en Lour­des. Y yo les de­cía a los ju­ga­do­res que te­nían que agra­de­cer a Dios por te­ner tra­ba­jo, por ju­gar al fút­bol. Yo pa­sa­ba siem­pre por ahí y va­rios em­pe­za­ron a pren­der­se. Un ra­to an­tes de ca­da par­ti­do, íba­mos a agra­de­cer­le a Dios por lo que nos dio. 

51 ¿Por qué no es­tás tra­ba­jan­do en Bo­ca? Me en­can­ta­ría. La­bu­rar en Bo­ca se­ría her­mo­so. Siem­pre me ima­gi­né tra­ba­jan­do ahí. La gen­te me agra­de­ce mu­cho lo que hi­ce por el club. En al­gún mo­men­to se me va a dar.

52 ¿Có­mo fue el día que te bo­rra­ron de Bo­ca? Fue muy com­pli­ca­do, su­frí mu­cho. Pe­ro bue­no, ha­bía que ape­chu­gar­la. Es­ta­ba muy me­ti­do en la gen­te. Exis­tía el pro­ble­ma de los hal­co­nes y las pa­lo­mas, y al­guien te­nía que vo­lar.

53 ¿Pe­ro te bo­rró Ha­beg­ger, He­ller o Me­not­ti, a dis­tan­cia, que iba a lle­gar y qui­zás que­ría un plan­tel sin pro­ble­mas? (Pien­sa) No sé quién me bo­rró, pa­sa que ha­bía tres ti­pos: el Mo­no, el Be­to y yo. El Be­to les ha­bía sa­li­do for­tu­nas, el Mo­no tam­bién era un ti­po ca­ro y que­da­ba yo, el más ba­ra­to. Fue co­mo pa­ra lim­piar un po­co to­do. (Vuel­ve a pen­sar.) Pe­ro, ¿ves? Ahí es­tá lo que te de­cía de los hal­co­nes y las pa­lo­mas. Cuan­do es­tu­vi­mos de téc­ni­cos en Chi­ca­go con el Be­to, al pri­mer ar­que­ro que fui­mos a bus­car fue al Mo­no. Si hu­bie­se exis­ti­do una pe­lea fuer­te, ¿vos te pen­sás que lo hu­bié­se­mos ido a bus­car al Go­ri­la? Pa­sa que pi­dió mu­cha gui­ta y Chi­ca­go es­ta­ba pa­ra atrás. 

De Selección. Fue campeón de América 91. En la foto, bien cerca de Alemao. Como siempre...

54 Te pe­di­mos al­gu­nas de­fi­ni­cio­nes: Ta­bá­rez. El me­jor, le­jos. Tu­ve mu­chos téc­ni­cos y to­dos te de­jan al­go: Ai­mar, el Co­co Ba­si­le, Bi­lar­do, el Bam­bi­no, el Na­no Areán. Pe­ro de to­dos, fue el me­jor. Un ti­po muy ho­nes­to.

55 Fer­nan­do Mie­le. Un ti­po… ¿có­mo te po­dría de­cir? In­des­ci­fra­ble. Un ti­po muy es­pe­cial, con el que es­tu­ve muy en­fren­ta­do. Hi­zo mu­chas co­sas. Mu­chas ne­ga­ti­vas, por­que ven­dió a to­dos los ju­ga­do­res, pe­ro hi­zo la tri­bu­na. Sí, con la gui­ta que le que­dó por ven­der­me…

56 Me­not­ti. Un gran en­tre­na­dor, muy ca­paz. Muy mo­ti­va­dor.

57 Ma­ra­do­na. Un fe­nó­me­no. Ne­ce­si­tás cua­tro pá­rra­fos pa­ra des­cri­bir­lo. Un mons­truo co­mo per­so­na y co­mo com­pa­ñe­ro. En to­dos los mo­men­tos ma­los que po­dés te­ner, él es­tá.

58 El Bam­bi­no Vei­ra. Un mo­ti­va­dor bár­ba­ro. Yo es­ta­ba con 40 de fie­bre y él me de­cía que te­nía que ju­gar. Te ol­vi­da­bas to­do.

59 ¿Al­gu­na fra­se su­ya? A mí me aga­rra­ba en San Lo­ren­zo y me de­cía: “Pi­be, vos sos un ju­ga­dor de pla­ni­lla. A vos te ven en la pla­ni­lla los ri­va­les y se asus­tan”. Tam­bién me de­cía “Bla­si­to, vos sos el She­riff”.

Blas Armando Giunta nació el 6 de setiembre de 1963 en Buenos Aires.

60 ¿En De­fen­so­res de Bel­gra­no, an­tes de re­ti­rar­te, ju­ga­bas por ju­gar? Sí, por­que no veía un pe­so. Ju­ga­ba con unas ga­nas… Pa­sa que yo al fút­bol lo amo con lo­cu­ra. No al ni­vel de mi fa­mi­lia, pe­ro vie­ne ahí no­más.

61 ¿Y de San Mi­guel te echa­ron por per­der 12 par­ti­dos se­gui­dos co­mo téc­ni­co? No, de San Mi­guel me echa­ron por­que no les pa­ga­ban a los ju­ga­do­res. Es­tá­ba­mos en el Na­cio­nal B y en un mo­men­to es­tu­vi­mos quin­tos. Vi­no fin de año y no le que­rían pa­gar a na­die. Lle­gó ene­ro y no le que­rían pa­gar a na­die… Era un qui­lom­bo, yo ban­ca­ba a los ju­ga­do­res, les de­cía que les pres­ta­ba gui­ta y to­do... Has­ta que me ra­ja­ron.

62 ¿Có­mo te de­fi­ni­rías co­mo téc­ni­co? To­do pa­sa por los ju­ga­do­res que te­nés. Si hay ju­ga­do­res ha­bi­li­do­sos, tu equi­po va a ju­gar de una ma­ne­ra. Si son más du­ros, vas a te­ner un equi­po de ga­rra. Ob­via­men­te que si aga­rrás un equi­po de en­tra­da, vas a te­ner un plan­tel con tu es­ti­lo. Pe­ro eso es di­fí­cil.

63 ¿Cuál es la pa­ta­da que más re­cor­dás? Al Chi­no Ta­pia, cuan­do él ju­ga­ba en Man­di­yú. Ma­ran­ga me ha­bía di­cho, an­tes del par­ti­do: “Blas, me­te­le una al Chi­no por­que nos va rom­per las bo­las to­do el par­ti­do”. No lo po­día aga­rrar, es­ta­ba muy mo­ve­di­zo… has­ta que lo ca­cé con­tra el la­te­ral. Le me­tí un mo­rra­zo en el pe­cho y él, mien­tras caía, con los bra­zos abier­tos, me de­cía “Bla­si­to, ¡no me po­dés ha­cer es­toooo!”. Des­pués le pe­dí per­dón.

64 ¿Y al­gu­no que te­nías de pun­to? Sí: Her­nán Díaz. Me en­can­ta­ba por­que yo me gol­pea­ba el pe­cho y le de­cía: “Ve­ní, ve­ní pa­ra acá, da­le, da­le”. El ju­ga­ba por de­re­cha, o sea la iz­quier­da nues­tra. A mí no me im­por­ta­ba, me cru­za­ba la can­cha pa­ra ir a bus­car­lo. ¿Sa­bés có­mo lo aga­rra­ba? Pe­ga­ba un sal­to y da­ba 36 vuel­tas. Y era un llo­rón: “¡Ay, ay, ay!”, gri­ta­ba. “Da­le, ya es­táaaa, le­van­ta­te, ma­ri­cón”, le de­cía yo.

65 Una vez, Pas­sa­re­lla le dio la or­den al Ga­lle­go Váz­quez de ti­rar­te un ca­ño. ¿Tan­to te odia­ba la gen­te de Ri­ver? Sí, por­que me ha­cían ca­len­tar, era un ca­len­tón. Y yo los odia­ba a ellos tam­bién. Cuan­do yo ju­ga­ba en Bo­ca, veía la ca­mi­se­ta blan­ca y ro­ja y ya es­tá: me da­ba odio, el de en­fren­te era el ene­mi­go nú­me­ro uno.

66 Ima­gi­na­te es­te es­ce­na­rio. Sa­lías a la can­cha, llo­vía y la can­cha es­ta­ba em­ba­rra­da… (In­te­rrum­pe) Es­pec­ta­cu­lar, lo me­jor que me po­día pa­sar. Me po­día des­li­zar mu­cho me­jor. Y los aga­rra­ba en el via­je con el tac­kle des­li­zan­te, no te­nía dra­ma.

67 Una vez lo co­rris­te a Do­mi­zi por to­da la can­cha, no bien ter­mi­nó un Bo­ca-Ne­well's. El pen­de­jo em­pe­zó a jo­der­me. Y cuan­do ter­mi­nó el par­ti­do, lo sa­lí a co­rrer. No lo pu­de aga­rrar, vis­te lo que era: una lie­bre. Pe­ro, ojo, des­pués lo aga­rré en Mé­xi­co, a los dos años. El en Atlas y yo en el To­lu­ca. Lo que­ría ma­tar. “No te eno­jes, so­mos to­dos ar­gen­ti­nos”, me de­cía. Qué pio­la…

Jugó en el exterior en Toluca de México (foto), en Murcia y el Deportivo Ourense, ambos de España.

68 ¿En Mé­xi­co tam­bién re­par­tías? En Mé­xi­co era sa­lir con el cu­chi­llo en­tre los dien­tes. Mu­rra y mu­rra… Sí, siem­pre fui así.

69 ¿Eras fa­ná­ti­cos de los BMW? Sí, te­nía un par. Des­pués le com­pré uno al Be­to. Eran los pri­me­ros que ve­nían, en el 92. Me en­can­ta­ban.

70 ¿Y es ver­dad que lle­va­bas un ar­ma en la guan­te­ra? Siem­pre lle­va­ba un re­vól­ver en­ci­ma. Sa­bía ti­rar por­que íba­mos a ca­zar, con Mar­che­si­ni, con Sta­fu­za, con Cuc­ciuf­fo... Lo lle­va­ba car­ga­do, sí. Pe­ro to­dos te­nía­mos un ar­ma en­ci­ma, eh, ca­da uno te­nía su ba­zoo­ka.

71 ¿La lle­gas­te a usar? Sí, pe­ro no dis­pa­ré. Una vez, en San Lo­ren­zo, me vi­nie­ron a apre­tar por­que yo ju­ga­ba por el 20 por cien­to. Lo vi a Goy­co­chea, que es­ta­ba por ir al Ci­clón y se ha­bía ido a ha­cer la re­vi­sa­ción mé­di­ca, y le di­je: “Goy­co, pres­ta­me la ma­tra­ca”. Y sa­lí de la prác­ti­ca con el ca­ño. ¡No se me acer­có na­die! An­dá­ba­mos to­dos con ma­tra­ca o con una es­co­pe­ta…

72 ¿Una vez te fuis­te a las ma­nos con Pom­pi­llo, cuan­do arre­gla­bas tu con­tra­to? Pe­dro me que­ría mu­cho, él me tra­jo a Bo­ca en el 89. Has­ta tie­ne un pe­rro que se lla­ma Blas. En ese mo­men­to qui­zás nos ca­len­ta­mos de más, pe­ro no fue gran co­sa. Fue una dis­cu­sión.

73 ¿Y con un com­pa­ñe­ro? ¿Al­gu­na vez le dis­te a uno de tu equi­po? Sí, siem­pre. Por ejem­plo, al Tur­co Ah­med, en San Lo­ren­zo. El ti­po te­nía siem­pre al­guien al la­do y nun­ca la pa­sa­ba. Y un día lo en­ca­ré: “¿Pen­de­jo, por qué no pa­sás la pe­lo­ta?”. Es­tá­ba­mos por sa­lir cam­peo­nes, era un mo­men­to im­por­tan­te. Lo pu­teé en el tú­nel, se me re­to­bó y le di.

74 ¿Eras de pu­tear­los mu­cho? Cuan­do se lo me­re­cían, sí. A Or­te­ga Sán­chez, en San Lo­ren­zo, siem­pre le de­cía: “Che, vos, me­té la pa­ti­ta, que es­to es San Lo­ren­zo. No sal­tés, la con­cha de tu ma­dre”. Y a Ta­pia, en Bo­ca, tam­bién…

75 ¿La ca­rac­te­rís­ti­ca del “hue­vo, hue­vo, hue­vo” se man­tie­ne? Ju­ga­do­res con po­ca per­so­na­li­dad que­dan po­cos. Ca­da uno cui­da lo su­yo, es más light el te­ma en los clu­bes. Los ju­ga­do­res pa­san po­co tiem­po en los equi­pos y eso de ju­gár­se­la por el otro ya ca­si no se ve.

76 ¿Sos de ver mu­cho fút­bol? En mi ca­sa me quie­ren ma­tar, si pren­do el te­le­vi­sor, to­do el tiem­po es fút­bol. Y a la can­cha voy siem­pre, a ver a to­dos: la A, la B, la C… Hay dos can­chas a las que no pue­do ir: Hu­ra­cán y Ri­ver. Si voy, ten­go pro­ble­mas se­gu­ro.

En 1999 defendiendo los colores de Defensores de Belgrano. Fue su último club como jugador.

77 ¿Te gus­ta es­ta Se­lec­ción? Hay mu­chos ju­ga­do­res. Pe­ker­man tie­ne que ele­gir y na­da más. Te­nés a Te­vez, a Ri­quel­me, a Mes­si… Hay que ele­gir bien. Y la­bu­rar mu­cho.

78 ¿Y Pe­ker­man? Me gus­ta, es un ti­po muy ca­paz y tie­ne que me­ter­le pa­ra ade­lan­te. La gen­te de­be ban­car­lo a muer­te. Tie­ne que ha­cer co­mo hi­zo Co­co: “¿Es­tos son los me­jo­res? Faaa, pa­ra aden­tro”. Y va­mos con esos.

79 ¿Quié­nes ten­drían que es­tar? De los que no es­tán en la lis­ta ten­dría que lla­mar a La­vez­zi, a Cas­tro­mán, a Iba­rra, a Pa­la­cio… Po­si­ble­men­te no van a ir al Mun­dial, pe­ro son ex­ce­len­tes.

80 ¿Ti­ras­te un ca­ño al­gu­na vez? Sí, cuan­do la­bu­ré de plo­me­ro (ri­sas). Naahh, bo­lu­do, sí, una vez. Con­tra Cen­tral me sa­lie­ron dos en uno. Los dos cha­bo­nes se me ti­ra­ron al pi­so y la pe­lo­ta les pa­só por aba­jo. No les qui­se ti­rar el ca­ño, yo la que­ría pa­sar.

81 ¿Te ofre­cie­ron al­gu­na vez un car­go po­lí­ti­co? Con tu per­so­na­li­dad po­drías jun­tar vo­tos… No, nun­ca. Y tam­po­co me ten­ta­ría. La ma­yo­ría de los po­lí­ti­cos, en vez de bus­car so­lu­cio­nar los pro­ble­mas, bus­can cho­rear.

82 ¿El ju­ga­dor más ama­rre­te que co­no­cis­te? ¿Qué no le gus­te gas­tar? Chi­che So­ño­ra. Chi­che to­da­vía tie­ne aho­rra­do el pre­mio de la Su­per­co­pa del 89.

83 ¿Y el más des­pren­di­do? El Be­to, el Man­te­ca. “Va­mos a co­mer acá, va­mos a co­mer allá”. Gas­ta­ban de lo lin­do.

84 ¿Iban al ca­si­no? No nos de­ja­ban, es­ta­ba pro­hi­bi­do. ¿Si nos es­ca­pa­mos al­gu­na vez? No era lo ideal, te­nía­mos que cui­dar la ima­gen (ri­sas cóm­pli­ces)…

85 ¿La mu­jer más lin­da del país? Mi se­ño­ra. La más lin­da del mun­do. La quie­ro mu­chí­si­mo por eso es la más lin­da. Y mi hi­ja.

86 ¿En­ca­rán­do­la eras Ta­pia o Giun­ta? Sí, era Giun­ta, sa­lí con to­do. Me gus­ta­ba, la que­ría, es­ta­ba bár­ba­ra. Na­da de vuel­tas. Bien de fren­te.

87 ¿Có­mo sos co­mo pa­pá? No hay li­bros pa­ra ser pa­pá, con los gol­pes te­nés que ir lle­van­do a tus hi­jos por el buen ca­mi­no. Y que te sal­gan bue­nos pi­bes. Lu­chán­do­la, equi­vo­cán­do­te.

88 ¿Creés que el ju­ga­dor de fút­bol vi­ve aden­tro de una bur­bu­ja? Sí, cuan­do sos ju­ga­dor de un equi­po gran­de pen­sás que to­cás el cie­lo con las ma­nos. Y mu­chas ve­ces, si no es­tás bien pa­ra­do, creés que su­pe­rás to­do. Pue­de en­ca­rar­te un cha­bón con un re­vól­ver y vos te pen­sás que por­que sos ju­ga­dor vas a es­qui­var las ba­las. Te creés Su­per­man.

Desde hace 15años, Blas se desempeña como DT en clubes del Ascenso.

89 ¿Cuán­do te dis­te cuen­ta de que no eras Su­per­man? Y… cuan­do lar­gué el fút­bol. Cuan­do ju­ga­ba en Bo­ca, el te­lé­fo­no so­na­ba to­do el día. No po­días co­mer, no po­días dor­mir la sies­ta. Y cuan­do lar­gué, chau… Me lla­ma­ron po­cos, só­lo los ami­gos. En­ton­ces, cuan­do to­cás fon­do, sa­bés que te­nés a tu fa­mi­lia al la­do, que va a es­tar siem­pre. Y ahí em­pe­zás a ver la vi­da des­de otro lu­gar. Te ha­cés más hu­ma­no.

90 ¿A qué te re­fe­rís con to­car fon­do? To­car fon­do es que, des­pués de quin­ce años se­gui­dos de es­tar aden­tro de una can­cha, de es­tar en una con­cen­tra­ción, de re­pen­te, no sos ni te­nés na­da. Te en­con­trás so­lo. Te­nés a tu se­ño­ra y a tus hi­jos, que no fal­ta­ron cuan­do fuis­te el me­jor ni el peor. Pe­ro es muy jo­di­do ese mo­men­to.

91 ¿Fuis­te al psi­có­lo­go al­gu­na vez? Soy muy fuer­te men­tal­men­te, no creo ne­ce­si­tar­lo.

92 ¿Qué les de­cís a tus ju­ga­do­res en las char­las téc­ni­cas? Tra­ba­jo más en la se­ma­na. Eso sí: en el en­tre­tiem­po te­nés que to­car­los un po­co. A ve­ces no al­can­za la char­la téc­ni­ca.

93 ¿Qué opi­nás de las sus­pen­sio­nes por do­ping en el fút­bol? Mi­rá, has­ta ju­gan­do en la B con De­fen­so­res me to­ca­ban to­dos los con­tro­les… Te te­nés que cui­dar, pa­pi. Vi­vís de es­to, no po­dés an­dar jo­dien­do. Las san­cio­nes son muy du­ras, pe­ro si que­rés al fút­bol, lo te­nés que que­rer más que a lo otro.

94 ¿Có­mo fue tu re­la­ción con las dro­gas cuan­do eras ju­ga­dor? Siem­bre la vi, pe­ro en nin­gún mo­men­to me la car­gué. Co­mo di­cen aho­ra, era “ca­re­ta”. No fu­mo, no chu­po, na­da. Y has­ta el día de hoy, eh. Mi­rá que es­tu­ve en mu­chí­si­mas con­cen­tra­cio­nes. Con Ar­man­do, con Ca­nig­gia… y nun­ca vi na­da. Ar­man­do me apo­dó “Qua­ker”, por lo sa­no, y el Be­to me de­cía: “Da­le, to­má un va­si­to de cham­pag­ne”, por­que se que­rían ca­gar de ri­sa de mí.

95 ¿Por qué le de­cís “Ar­man­do” a Die­go? Siem­pre le di­je así. Otros le di­cen Die­go­te. Le di­go así por­que se lla­ma igual que yo. Ar­man­do era un mons­truo y ja­más en mi vi­da, de­lan­te de mí, te lo ju­ro por mis hi­jas, lo vi ha­cien­do al­go ma­lo, ni na­da por el es­ti­lo.

96 ¿Ga­go o Bat­ta­glia? Se com­ple­men­tan bien. Tam­bién me gus­ta Le­des­ma, eh. Ga­go es­tá más ubi­ca­do úl­ti­ma­men­te, en un mo­men­to iba más con el jue­go que con la re­cu­pe­ra­ción. Pe­ro aho­ra, que ga­nó más ex­pe­rien­cia, es­tá más cen­tra­do, no va tan­to a los cos­ta­dos.

97 ¿Qué co­sas te ha­cen ca­len­tar? Cuan­do di­ri­jo, hay ár­bi­tros que no me ha­blan bien. Eso me ca­lien­ta mu­cho. Ha­ce po­co me die­ron cin­co fe­chas. De­ja­te de jo­der, ¿a quién le dan tan­tas fe­chas por pro­tes­tar?

98 ¿Al­gu­na anéc­do­ta de “Ar­man­do“? Me ha­bían afa­na­do el re­loj, uno que me en­can­ta­ba. En­ton­ces me com­pré uno tru­cho de 15 pe­sos, era una imi­ta­ción es­pec­ta­cu­lar. Iba y se lo mos­tra­ba a Ar­man­do, y él me de­cía “¡vos con es­to no po­dés an­dar!”. Cla­ro, él es fa­ná­ti­co de los re­lo­jes. Y un día me lla­ma a la ha­bi­ta­ción, me sa­ca el re­loj y pum, lo da con­tra la pa­red. En­ton­ces lo fui a aga­rrar: “La con­cha de tu her­ma­na, Ar­man­do. ¿Sos pe­lo­tu­do vos?”, lo en­ca­ré. Cuan­do lo sol­té, le ha­bló a Cóp­po­la: “Gui­ller­mo, da­le eso que te di­je a Blas”. Y me re­ga­ló un Ro­lex es­pec­ta­cu­lar. Lo ten­go guar­da­di­to. El día que él ne­ce­si­te al­go, lo ven­do y le doy la gui­ta.

99 ¿Có­mo eran esas reu­nio­nes en la ha­bi­ta­ción de Die­go? Iba­mos con el Kily, Ve­rón, Ar­man­do… Cla­ro, nos jun­tá­ba­mos ahí por­que él te­nía una ca­ma de dos pla­zas y una te­le de 42 pul­ga­das. No­so­tros te­nía­mos una de 20, así que ima­gi­na­te. El te­nía el equi­po de mú­si­ca, en­ton­ces el Kily jo­día, se po­nía a bai­lar...

100 ¿En­tre to­das tus víc­ti­mas, te que­das­te con ga­nas de aten­der a al­guien? No, ol­vi­da­te. Hoy pue­do de­cir que les pe­gué a to­dos. De mí no se sal­vó na­die, pa­pá.

Por Tomas Ohanian y Martin Mazur  (2006)

Por Redacción EG: 26/10/2018

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