¡HABLA MEMORIA!

Si soy así ¿Qué voy a hacer? Por Julio Meléndez

- por Redacción EG: 08/10/2018 -

El gran defensor peruano supo brillar en Boca sin la necesidad de recurrir al juego brusco. Si bien su talento no lo necesitaba, en esta nota expone las razones que se desprenden de su historia.

Siempre he tratado que el fútbol fuese para mí un juego divertido, un permanente recuerdo de la infancia. Así lo empecé a practicar con mis amigos en las costas del río Rimac, cuando era nuestro juguete preferido, nuestro entretenimiento, y si la suerte me deparó después la enorme alegría de convertir mi juguete en profesión, no tenía por qué transformarlo en una cosa violenta y destructiva.

Jugó cuatro años en Boca Juniors ganándose el respeto de sus compañeros y de la hinchada, que le cantaba: “y ya lo ve, y ya lo ve... es el peruano y su ballet”.

Hace poco publicaron en EL GRÁFICO una anécdota que fue muy importante para mi carrera. Yo recién me estaba probando en Defensor Lima. Confiaba plenamente en mis condiciones y en mi capacidad para ganarme el puesto. Sin embargo, tuve un minuto de debilidad. Creí —equivocadamente— que para conseguir la aprobación de quienes iban a decidir si quedaba o no debla demostrarles que yo era un hombre que se hacía respetar. Le di un golpe a un muchacho llamado Hugo Arrué, que era titular del equipo y al caer se le produjo una fisura en la tibia. Estuvo cerca de 15 días postrado, pero cuando supe la importancia de la lesión fui enseguida a su casa a visitarlo. Me recibió sin un solo reproche. Apenas me dijo: "Mirá, a vos no te conviene ir tan fuerte en las jugadas porque no lo necesitás. Ese asunto de los macheteros, aquí ya es cosa antigua. Ahora triunfen los que saben jugar al fútbol. Y vos sabes. No lo digo por lo que me pasó mí. Te lo digo por tu bien". Esa fue una lección inolvidable. Lo que me dijo aquel muchacho me había vuelto a la realidad y desde entonces empecé a jugar con serenidad, sin brusquedades, sin pretender intimidar a nadie. Me di cuenta para siempre que todos los que estamos en una cancha nos ganamos la vida con la misma profesión y no hay ningún derecho ni ningún motivo para que entre nosotros mismos nos quitemos la posibilidad de trabajar. Como no quisiera nunca tener una lesión que me imposibilite entrar a jugar, pienso que a nadie se le puede quitar arteramente la chance de entrar. Demasiados riesgos corre un jugador en este deporte con los desgarros y las torceduras, como para que lo agravemos con patadas y golpes alevosos.

Por suerte, cuando empecé a jugar en la primera el fútbol de Lima fue muy parecido al brasileño. Todo el mundo jugaba al toque y con cierta elegancia. Así me conoció don Renato cuando fui a jugar para el Resto de América en Chile. Y ustedes no se imaginan la alegría que experimenté cuando don Renato me digo que estaba capacitado para jugar en Argentina. Porque en este país actuaba uno de los más grandes ídolos que tuve en ml vida: Ramos Delgado. Un zaguero que además de su gran calidad mostraba una limpieza ejemplar. Por eso siempre lo admiré, lo mismo que a Guillermo Delgado, un defensor peruano de parecidas características en su juego.

Reconocido por sus rivales caballerosidad con la que disputaba el balón, sin necesidad de recurrir a la violencia, ni siquiera para amedrentar a los delanteros contrarios.

Yo sé que algunos antes de un partido piensan: "Fulano es peligroso y hay que darle con todo". Pero ¿qué se gana con eso? Pienso que nada. A lo sumo un partido. Quizá. Pero si todos piensan igual, terminaríamos por destruirnos. Nosotros tenemos que buscar que nos respeten los Rojita, los Madurga, los Novello... Y en última instancia se trata de salvar al fútbol como espectáculo. El fútbol es, antes que nada, un duelo de habilidad e inteligencia, a lo que también se agregan valores temperamentales y físicos. Pero repito: fundamentalmente interesa el manejo de pelota y la sana picardía. Porque si fuese otra cosa habría que trasladarlo a un ring. Y el ring fue inventado para el boxeo... Es lo mismo que si dos periodistas van a hacer una misma nota y en vez de utilizar el talento para escribirla lo mejor posible se dedicaran en cada nota a hablar mal del otro periodista. No sé si el ejemplo cabe pero se me ocurre que tiene cierta similitud.

Cuando me tocó debutar en Boca estaba como técnico Silveira. En los primeros partidos Cacho me decía que pusiese cara de malo y saliera con todo a enfrentar a los rivales. Pero después se dio cuenta que yo no podía hacer eso y poco a poco me fui ganando la confianza general, conservando la íntima satisfacción de saber que era titular de Boca con lo poco o lo mucho que había aprendido de fútbol, pero sin necesidad de cambiar mi manera de ser y de jugar. No pretendo que esto se interprete como un consejo para nadie. Es tan sólo la explicación de lo que yo he vivido en mi carrera. Pero pienso que si hay un lugar en el mundo donde el jugador puede llegar sin necesidad de recurrir a cosas raras es en este país. Porque aquí, como en pocos lados, surgen jóvenes con muchas condiciones pan el fútbol. La mejor demostración de lo que digo la tenemos en la forma en que vienen del exterior a buscar jugadores argentinos. Y a nadie lo vienen a buscar para ir a dar golpes en otro lado. Los llevan para dar espectáculo.

Cuando lo conocí a Marante tuvimos una charla sobre este mismo tema. A él sólo lo conocía por referencias y sabía que para la hinchada de Boca había sido un gran ídolo. Y aunque también creía en la necesidad de poner la pierna con ganas en algunas oportunidades, coincidimos en que no era necesario pasar de los límites que marca el reglamento. Marante me contó que muchas veces los delanteros adversarios lo cargaban tratando de hacerlo reaccionar, pero que la experiencia lo había templado para esos casos y no entraba en le provocación. Según me explicaron, Marante en sus comienzos era un jugador discreto que buscaba consagrarse en base de un fútbol violento. Cuando empezó a jugar al fútbol, nada más que al fútbol, fue un fenómeno. No sé si eso es verdad, pero de serlo estaría reafirmando mi teoría. Por eso, estoy con vencido que ya nadie podrá cambiarme. En mi trayectoria por la Argentina no faltó el que me insistiera sobre la necesidad de hacerme respetar.

Meléndez compartió plantel con Rojas, Marzolini, Suñé y Roma. Se consagró campeón de los torneos de 1969 y 1970, llegando a ser capitán del equipo.

Muchos trataron de llenarme la cabeza antes de los partidos pero cuando entraba en le cancha y empezaba a jugar, me olvidaba de todas esas palabras. ¿Qué mejor manera de hacerse respetar que demostrarle al rival que uno tiene más recursos que él? El futbol es un juego de hombres y por supuesto que no hay que dar la ventaja de dejarse llevar por delante, pero la hombría no se demuestra con agresiones.  Por el contrario, considero que una de las virtudes más importantes que puede tener un HOMBRE es la lealtad.

Con esa manera de ser y de actuar he conseguido ser titular en la primera de Boca y tener el halago de haber sido campeón dos veces en muy poco tiempo ¿Qué más puedo pedir? Tengo además la certeza de que no sólo mis compañeros y me hinchada me ven con simpatía. Lo compruebo en cualquier cancha y hasta por la calle. Eso no tiene precio. Muchos jugadores de otros equipos han tenido palabras elogiosas hacia mí. Después de la última final por el título Nacional, Poy me dijo que quería felicitarme porque le daba gusto enfrentar a un defensor así, tan distinto de otros que sólo buscaban frenarlo con patadas. Y el que hablaba de ese manera era un muchacho que hacía pocos minutos había perdido la posibilidad de ser campeón. ¿Se dan cuenta? Otra vez fue Neumann quien tuvo palabras de elogio hacia mí porque en cierta ocasión durante un encuentro lo felicité por una buena jugada que habla realizado. Yo no creo que con esas actitudes uno esté agrandando a los rivales como dicen algunos.  Eso es un mito. Por otra parte, yo al fútbol lo entiendo así ¡qué le voy a hacer!... Por lo menos me queda la satisfacción de poder ir a cualquier lado con la cabeza levantada y la conciencia tranquila. Nadie podrá señalarme con el dedo porque fracturé a alguien. Nadie podrá decir que tuvo que dejar de jugar al fútbol por mi culpa. Nadie podrá pensar que Meléndez fue su enemigo. Y con eso me siento muy bien pago. Lo otro, las victorias o las derrotas, forman parte de las circunstancias que uno debe afrontar en esta actividad. Porque ni la victoria ni las derrotas se consiguen por la mayor o menor cantidad de golpes. Lo que valen son los goles. Y yo estoy para evitar que se los metan a mi arquero. Y hasta ahora, con la ayuda de mis compañeros, lo hemos conseguido.

Si miro a mi alrededor, si repaso mi vida, llego a la conclusión de que he seguido el camino más correcto. Cuando salí de Lima era casi un desconocido. Hoy todos saben allá de mis actuaciones y de mis éxitos en Boca. No es vanidad sino el orgullo que cualquiera puede sentir  al saber que ha podido responder a la confianza de quienes lo alentaron desde tan lejos.

25 de agosto de 1968. Encuentro amistoso entre Boca y Santos. Meléndez y Pelé posaron frente a las cámaras para inmortalizar esta imagen en lo que fue victoria xeneize por 1 a 0.

Algún día será inevitable que llegue el ocaso. Cuando estos músculos ya no tengan la flexibilidad de hoy, cuando la mente dicte cosas que el físico no puede ejecutar. Entonces llegará el momento de pensar serenamente en mi retiro. Ese día, no voy a cometer la torpeza de pretender perdurar con las armas que siempre repudié. Sería como destruir estúpidamente, de golpe, una imagen que me costó tantos años elaborar. Me cuidaré mucho de no hacer papelones porque nunca me gustaron y menos me van a gustar cuando esté mi campaña cumplida. Dejaré el fútbol profesional y me refugiaré en mis recuerdos. Sin remordimientos, porque tendré más cosas lindas que feas para evocar. Quizás me prenda en algún picado de tarde en tarde porque el fútbol no se puede dejar así nomás. Y allí seguiré siendo el mismo Meléndez de siempre. El mismo que a orillas del río Rimac aprendió a querer al fútbol como un juego divertido, como un juguete preferido. Ese a quien don Renato le vio condiciones ideales para jugar en la Argentina, ese que llegó a Boca, que fue campeón, que se ganó el afecto de la gente. Y seguiré siendo feliz ¡Muy feliz!

1971. El Gráfico

Por Redacción EG: 08/10/2018

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