¡HABLA MEMORIA!

“El destino, la pelota y yo” - Capítulo III

- por Redacción EG: 18/09/2018 -

Por José Manuel Moreno, uno de los grandes jugadores de la historia. Aquí recuerda y relata su llegada a River y su anhelado ascenso hasta la primera. Y da detalles también del doloroso rechazo que le tocó sufrir en Boca.

CAPÍTULO III

 

ESCALERA A LA FAMA

Al día siguiente formaba yo en la cola de los aspirantes, a la puerta de la enorme Editorial donde se imprime El Gráfico. Cuando me tocó el turno me presenté al capataz levantando el cuerpo Y sacando pecho. Me miró y dijo:

No tiene hecha la dedicatoria pero ésta fue acaso la primera foto que con todo orgullo autografié para mis queridos "viejos". Estaba en las divisiones inferiores de River Plate.

—No me digas tu nombre; ya te conozco de la Boca. Sos José María Moreno.

—Sí, señor —asentí, no sin un poquito de orgullo de que me conociera aquel hombre de El Gráfico El siguió:

—¿Estudios?

—Sexto grado...

—¿Ganas de trabajar?

—Ganas… y necesidad —le dije, casi con rabia.

Y al día siguiente estaba doblando pliegos en los talleres de la Editorial Atlántida. Era cosa fácil trabajar en aquellas máquinas, que arrastraban despacito, como dándole tiempo a uno para armar en cuadernillos, los pliegos de dieciséis páginas. Después venía la abrochadora, y era allí donde, de pronto, se interrumpía el trabajo... por culpa mía. Me había quedado extático, deslumbrado, contemplando aquellas páginas en las que se veían las fotos de las ídolos: Cherro, Tarasconi, Seoane…, y muchos más.

El capataz, que conocía mis ambiciones y, ¿por qué no decirlo?, mi capacidad se me acercó una vez.

—Seguí con el laburo, pibe —me dijo—, Yo sé que a vos te gustaría ser uno de ésos… verte fotografiado en El Gráfico.

-Eso es un sueño jefe —le respondí—. Ya me probaron en Boca, y me rechazaron porque dicen que no sirvo.

—Te rechazaron... no sé por qué, pero yo sé quién sos. Tenés condiciones. Yo te vi jugar. Algún envenenado…

—Gracias, jefe.

—Bueno, pibe, adelante con el laburo

Con Renato Cesarini estamos sentados en el interior de la vieja cancha de River como dos señores… Yo soñaba con la pinta de Carlos Gardel, como dice un tango.

"SPAGHETTI"

Seguí, pero a los pocos días terminaba aquella mi fugaz incursión en las filas periodísticas. Es el caso que interfirió en mi vida y mi destino un compañero inolvidable por leal y pintoresco. Tito Sánchez se llamaba, y tenía el apodo de Spaghetti porque se parecía notablemente al marinero famoso, el héroe de la historieta regocijante y hasta lo imitaba con gran éxito. Una noche me encontró sentado en el umbral de mi casa, tristón y achaparrado. Se me acercó masticando la boquilla de su pipa.

Un trofeo de mis primeros pasos, cuando me lanzan sin transición de cuarta a primera. Aquella cuarta de River nos hizo famosos. Observen que ya se nos decía "la máquina".

—¿Qué te pasa, Rulito?

—¿Qué me va Pasar? Que todo terminó para mí, que yo nací para el fútbol, tengo la seguridad de que allí está ml destino… y ando en un laburo donde tengo que trabajar sentado mientras las piernas me bailan… ¡Todo se me puso en contra, Spaghetti!

—¿Todo en contra? — dijo, mirando para una esquina— ¿ves aquel coso que viene caminando para aquí? Es amigo mío y el delegado de la 5° división de River, Dejalo que se arrime y te lo voy a presentar.

Lo hizo; me puso por los cuernos de la luna... y el domingo siguiente me probaron en la cancha de Sportivo Palermo. El resultado de la prueba no lo supe ese día, pero me siguieron citando para suplente de la 5° y me pedían datos personales que anotaban en mi legajo. Cuando faltaba alguno del cuadro el delegado sorteaba a los suplentes con una moneda.

—Si sale cara jugás vos; si sale seca, este otro.

(¡Que salga cara, mi Dios!) A veces salía, y me tocaba jugar... La cancha de River quedaba en la calle Austria, y los partidos eran por la mañana. Al amanecer salía yo de mi casa trotando por las calles para llegar a tiempo. Y allí me pasaba el día. Cuando llegaba el entrenamiento de los de primera le rogaba al utilero Fidel —¿Te acordás, viejito? — que me dejara en los costados de la cancha para alcanzarles la pelota a los maestros cuando salía fuera del campo. Y esto con la promesa de ayudarle a recoger la ropa de los cracks después de los entrenamientos. Así lograba yo acercarme a las grandes figuras: Bossio, Cuello, Santamaría, Bernabé, Lago... Y a cada uno de ellos le estudiaba el juego, y me lo iba anotando en el archivo de la memoria.

Aquí me tienen en la cuarta especial de River. Llovía esa mañana pero eran muchos los espectadores que nos iban a ver a nosotros, los pibes, ya sensacionales para los mismos diarios.

De vez en cuando les devolvía la pelota con algún floreo, y no faltaba uno de ellos que me dijera cariñosamente:

—¡Vamos, sosegate, pibe!

¡No pensaba ni soñaba que tres años más tarde, en 1935, yo, el purrete que les devolvía la pelota, iría con ellos a Brasil a disputar —y ganar (a veces por mis goles)— partidos Internacionales de Primera División!

Pero..., como ahora evoco mis recuerdos destinándolos a los que tienen parecidas inquietudes y suspiran por el triunfo, habremos de seguir ordenadamente el curso de este relato. Dicen que la historia se repite... y a lo mejor esta semilla cae en buen terreno..., y lo que aprendí le sirve a otro...

Esta foto es de esos días en que me anunciaron que iría a Brasil con el equipo superior. Malazzo, Sirni, Tello, Juárez, Cuello, Bernabé Ferreyra, Alberico, Lamas y Nolo Fererira.

EN LA CUARTA ESPECIAL

Me pusieron en la cuarta división de la mañana, donde Jugué una temporadita; pero como la ambición y el entusiasmo me ponían dinamita en la cabeza y los pies, al poco tiempo me pasaron a la cuarta especial. El primer año de mi debut en las filas de "los millonarios" ganamos el campeonato, y también las dos que siguieron, hasta 1933. Iba mucha gente a vernos porque aquellas partidos de cuarta eran cosa grande.

Otra de la cuarta especial. Yo, como siempre me gustó hacerlo en todas las fotos, haciendo de artista. Y allí están D Errico, Alberico, Deambrosi, Sirni, Vassini.

Entre aquélla, mi padre cuando estaba franco. Mi padre, que no veía en la cancha más jugador que yo, y dos hombres de eran aliento y visión profética que adoraban al Club: su presidente, don Antonio Liberti, de quien hablaré en seguida, y el entrenador, don Emérico Hirsch, un húngaro acriollado a quien llamábamos "el maestro", fuerte, inteligente, recio, disciplinado, severo... y más bueno que el pan de Dios... cuando lo vendían barato. Ellos sabían que la cuarta especial era un semillero de cracks, del que habían salido ya figuras de relieve, y observaban nuestro desempeño con atención porfiada. En los diarios y revistas de aquel tiempo salieron comentarios elogiosos para nuestro cuadro, y por cierto que se ocuparon de mí con palabras de aliento que el bueno de mi padre leía en voz alta para toda la familia, y las releía con énfasis rebosante de orgullo al ver en letras de molde el nombre de su muchacho.

En vísperas de salir a Brasil con la primera gran aventura de mi vida. Están Antonio Liberti (sentado, quinto de la derecha) y también Hirsch (primero de la izquierda, sentado).

Hablé de don Antonio V. Liberti, y creo que debo seguir hablando, según lo prometí. Don Antonio fue un gran presidente; hombre pujante y dinámico al que se debe el gran estadio de Núñez. Por aquel entonces esos eran bañados, pozos y juncales. Pero esos terrenos —pensaba él— se podrían rellenar a poco precio, levantarlos con basura, como se había hecho para construir el gran puerto de Buenos Aires, peleándole al río... Durante su presidencia el Club adquirió los bañados, los rellenó..., y allí está el estadio de cemento, lugar de cita de los grandes clubs del mundo Y orgullo de nuestra ciudad. Don Antonio era comerciante; dueño de una fábrica de bebidas sin alcohol —naranjines, como entonces se decía—, Permítame el lector que aquí le rinda mi tributo de homenaje por el impulso formidable que le dio a River Plate y por el que me dio a mí, purrete de la cuarta especial, y a otros camaradas que deben su fama y su destino a la vista de cóndor de don Antonio Liberti, hombre nada vulgar. Bueno, don Antonio me conocía de tiempo atrás, cuando yo vestía pantalón corto, porque los domingos acostumbraba arrimarse a los potreros para tornar sol y divertirse con los entreveros en las canchas de los chiquilines del barrio.

Otro recorte de mis más gratos recuerdos. ¡Qué mal hubiera dejado al periodismo que tantos elogios me hizo de pibe si una vez llegado a primera no hubiera sido lo que llegué a ser!

Lo cierto es que a mí me recordaba. Y cuando se hizo cargo de la presidencia de River advirtió que yo jugaba en la cuarta especial, observó mi desempeño, conversó con Hemérico Hirsch, el entrenador, y el diálogo fue más o menos así según me lo contaron después:

—Dígame, Hirsch, en este viajecito al Brasil para jugar con esos clubs de tanta jerarquía ¿no le parece que deberíamos llevar algunos elementos jóvenes, en calidad de suplentes, por si fuera necesario completar los cuadros?

—Piensa justo como yo, señor presidente. En fútbol, como en todo, el entusiasmo, la ambición juvenil, hacen milagros cuando hay condiciones.

—He visto Jugar a algunos pibes de la cuarta especial...

—Ah..., también yo, y hasta le tengo puesta puntería a uno...

—Moreno, ¿verdad?

—El mismo. Ese muchacho tiene madera de crack.

—¿Lo llevamos?

Un recuerdo de aquel campeonato entre los papeles amarillentos de mi álbum.

AQUEL "COSO" QUE ME APLASTÓ DE ENTRADA

Tengo relatado el incidente de mi rechazo en Boca, pero falta el detalle. Fue cuando el directivo encargado de seleccionar pibes para la 5° me aplastó en la prueba. Yo marqué dos golazos y me había sobrado en la combinación, la carrera y la gambeta y estaba loco de contento. Ya me veía con la camisa azul y oro. De repente, el grito feroz del tipo aquel:

—Vos; afuera!

—¿Por qué? —grité yo, aturdido por la injusticia.

—¡Afuera, dije!

¿Qué iba a hacer yo si él era quien mandaba? Pero se me revolvió adentro, en el alma y en la sangre, el sentido primario de la justicia que tienen (gradas a Dios) todos los Pibes, y exploté:

—¡Vamos! ¿Esa es manera de probar a un jugador?

Reaccionó con furia:

—¡Cállese la boca, mocoso!

Y se me echó encima tirándome una patada. ¡A mí, que de haberle contestado en igual forma lo hubiese largado hasta la red! Pero él mandaba; tenía autoridad. (Véase en eso el símbolo de lo que es la autoridad en manos prepotentes. Y sean para él el olvido y el desdén).

Salí del campo furioso, deshecho; pero el nudo en la garganta no me impidió gritarle:

—Alguna vez... se van a arrepentir!

Ni recuerdo quién era el tipo aquel; pero ya verá el lector que Boca Juniors —el club de mis amores infantiles— lamentó muchas veces el desdichado episodio.

 

 

¡AL BRASIL!

¿Saben quién es el pibe que está conmigo? ¡El "Monito" Deambrosi! Gran pibe, gran amigo, gran compañero en aquella cuarta especial campeona.

Me llevaron. Me llevaron al Brasil, a mí, que apenas había salido de la Boca. No quiera saber el lector lo que fue aquello: para mi corazón, el de los míos, los hinchas camaradas del barrio... Lo voy a contar, porque tiene sus aspectos humorísticos, y también los otros: los sentimentales.

La noticia me llegó por intermedio de Hirsch, el entrenador. Me Llamó a la secretaría del Club. Me hizo sentar —cosa que no me extrañó, porque era todo un caballero— y me dijo:

—Voy a comunicarte que iremos a Brasil con la primera división del Club a jugar una serie de amistosos con otros grandes de ese país: "Botafogo Football Club", "Vasco da Gama"... y no sé qué otros más. Son cuadros de una potencia grande..., y no podríamos perder..., porque somos de River y argentinos, ¿entiendes?

—River es fuerte —respondí.

—Si —admitió—, pero hay hombres un poquito gastados en la primera..., y habríamos resuelto llevar en suplencia muchachos jóvenes que se estarían destacando.

Yo no era zonzo y me palpité la gran aventura. El corazón me trepidó con furia, pero resolví callar a la espera de lo que él dijese. Y dilo:

—Tendríamos pensado llevarte a ti, Moreno.

Rompí el silencio, sin poder contenerme

—¿A mí, maestro?

—A ti. Si alguno sabe lo que tú eres soy yo. Tú y otros que tendría señalados para posible suplencia. —Calló un instante, y agregó—: Y a ti te digo, Moreno, que habrás de portarte como un requetecampeón..., y no darme trabajo con “milonguerías" y otras cosas de muchachos que sé que te gustan y yo conozco. Yo respondo por ti: si ústet no hace honor a mí... terminaríamos con que yo te destrozo a ústet la cabeza. ¿Entendido?

— ¡Pero sí, señor Hirsch, entendido! ¡Cuente conmigo! ¡Le aseguro que en el Brasil o en el cabo del mundo, a donde usted me lleve..., yo me rompería el alma por River y por usted!

Se le ablandó la cara de pergamino, dejó la silla para erguirse como el mástil de un barco; hice lo propio, me tendió la mano sonriendo por primera vez desde la conferencia y dijo:

—Bueno, Rulito anda a preparar tus valijos..., que dentro de una semana saldremos para el Brasil.

Este es el hombre que decidió gran parte de mi destino, ¡Este es Spaghetti! El que tenía un amigo al que habló para que me probaran en Ríver, en una fotografía de la actualidad.

(Continuará)

En el próximo número: “El debut en primera”.

DERECHOS EXCLUSIVOS DE EL GRÁFICO

Por Redacción EG: 18/09/2018

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