LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

1927. Influencia del automóvil en las conquistas amorosas

- por Redacción EG: 14/09/2018 -

Una de la primeras notas que hizo Ricardo Lorenzo en El Gráfico, antes de que sea Borocotó. En una época donde el automóvil había desplazado al caballo de las calles, el uruguayo daba útiles consejos para chicas y mocitos.

ESCUCHE, MOCITO .Dígame: usted que siempre anda alardeando de tenorio, ¿se ha preguntado alguna vez el motivo que determina su ascendiente entre el elemento femenino? Creerá, sin duda, que es por su rostro, por su trato o por su percha. Qué ilusos Bájese del auto, ande a pie y sufrirá una decepción al ver pasar a su lado las chicas sin que le dediquen una de esas miradas que son capaces de encender hoguera en los pechos más varoniles.
Cuando va en su coche recibiendo el homenaje de las miradas femeninas, algunas de las cuales se quedan atónitas al verlo, esté seguro que es al auto a quien miran. Usted ve pasar una chica bonita, de esas que dan un beso a cambio de un viaje por Palermo en un automóvil elegante, con la sola ilusión de ser siquiera por un efímero momento "chica de familia bien"; usted le enseña el auto, la invita y se ve correspondido sin insistir mucho. Luego, en rueda de amigos, habla con énfasis de saber "copar bancas". No, amigo; es el auto el "copero".

 

OIGA, CHICA... Tiene usted la obsesión del auto; se desespera por dar una vuelta en alguno de ellos, sin detenerse a pensar en la persona que le cumple su gusto. No dejaremos de reconocer que existen autos tan bonitos, tan silenciosos, que se deslizan con tanta suavidad, que constituyen una delicia el dar un paseíto en ellos. A usted se lo ofrecen y siente tentaciones de subir a él para experimentar una dulce satisfacción y acaso para sentir el vértigo de la velocidad. Pero le daremos un consejo, aunque se enojen todos los dueños de auto: es peligroso el ofrecimiento que suele ocultar una doble intención. Nos argumentará que es lo suficiente pícara como para darse cuenta de las cosas sin precisar de consejos. Si es así, no atienda a nuestras indicaciones. Es lo bastante crecidita y conoce bien este Buenos Aires como para prescindir de consejos que se formulan gratuitamente, aunque quizá algún día se lamente de no habernos escuchado. En fin : usted sabe lo que hace. Nosotros, igual que Pilatos.

LA INFLUENCIA

A fines de siglo el galán pasaba mostrado en un brioso corcel que caminaba de costado y escarceando.  Bien montado, y luciendo lindas pilchas, será objeto de la admiración femenina. Hoy los tiempos han cambiado, y el caballo ha dejado de ser un medio de conquista. Es preciso poseer un automóvil, ya que este moderno medio de locomoción es de gran influencia en el sexo femenino. Un paseo en auto particular constituye para muchas chicas un anhelo.

Además, y esto es lo interesante del caso, el auto delata una buena posición eco-nómica, muy aceptable en nuestros tiempos de rígido practicismo. La persona que posee un auto un poco lujoso, es evidente que goza de un buen empleo o de rentas suficientes como para sufragar los gastos que origine el auto, a menos que no pague las cuentas de esa infinita comparsa formada por el almacenero, panadero, etc. Es innegable la poderosa atracción que ejerce el auto entre el sexo bello. Las chicas miran el paso de una voiturette lujosa casi maquinalmente, como si existiera la obligación de dirigir una mirada al vehículo tentador.

ES INÚTIL

Completamente inútil suele resultar que usted se muestre todo un caballero, cortés, que se afeite todos los días y hasta use gomina. Con todo ello no llegará a igualar la cantidad de conquistas que obtiene el más rotoso y despeinado que posee un autito de pequeña aceptación. Puede usted prescindir de los modales delicados, cortarse el cabello al rape, olvidarse de la raya del pantalón, si cuenta con un auto que reúna algún atractivo. Lo decimos por experiencia. Más le conviene andar mal de su propia "carrocería", con tal de poseer alguna de esas otras rodantes que llaman tanto la atención. Hasta llegarán a creer que usted anda mal vestido para no aparentar lo que tiene y que el auto se encarga de delatar, aunque equivocadamente; pero nunca sospecharán que no viste mejor porque tiene que atender a los gastos del auto. Creerán que es usted un indolente.

EN EL ARRABAL

El auto se deslizó serenamente por la mal pavimentada callejuela del arrabal obrero, aquella noche que no olvidará Delia. Pasó bajo el amarillento farol y pareció brillar mucho más que la luz mortecina. Era fino, elegante, estirado, y tenía una rica tapicería con unos asientos tan mullidos que se hundían hasta más abajo de la misma calle. ¡Era tan lindo ir allí cobijada en aquel auto que tenía tibieza de nido! El "novio" había pasado varias veces a la salida del taller y la había invitado a subir; ella declinó siempre la invitación, aunque luchando contra sus impulsos y tentaciones. Pero aquella noche que el auto llegó al arrabal y su perseguidor la encontró cuando Iba a un mandado, la sedujo el misterio del auto que parecía hablarle bajito al oído de sedas, de perfumes, de otra vida que ella había imaginado a través de la lectura de novelas por entregas. Y no pudo luchar más: subió. El auto abandonó serenamente el arrabal, abriéndose camino con sus dos grandes ojos que perforaban la oscuridad con dos chorros de luz blanca. Fue la última vez que vio su barrio en el que había nacido, hundida en los asientos del auto y mirando a través de cristales límpidos... Ahora, sentada en la mesa del cabaret, evoca siempre aquella noche de fuga, de extravío por la influencia de un auto largo, estirado, de reflejos extraños...

LA "CACHILA"

"Cachila" es sinónimo de "cafetera", en la aceptación que adopta cuando así se denomina un autito. Es un coche de esos utilitarios, caídos en pintura, llenos de chillidos, que van diciendo que sus dueños no los tienen para paseo, sino para trabajar con ellos, para sacarles el jugo. Con una de esas "cafeteras", ya no es posible conseguir conquistas, a menos que sean de las catalogadas entre las fáciles. Es casi lo mismo que tener una bicicleta. Además, esas "cachilas" suelen estar sucias del traqueteo diario, los asientos deteriorados de llevar bultos, la capota con goteras, semejando al andar, una pajarera con ruedas. Intentar conquistas con estas "cachilas", es ir muerto: "¡Salga de ahí con esa catramina! — dicen esas mujeres que disfrutan el record de permanencia en la calle".

 

EL CHICO BIEN

Lloró y pateó, pero al fin prometió estudiar y recibirse. Su mamá influenció ante el padre para que le comprara un auto. Fue su desgracia y la desilusión de la familia. Se dedicó a aprender bien el francés, buscando con quien conversar en el cabaret de lujo. Logró hablar perfectamente el idioma de Hugo; pero la carrera siguió corriendo sola. Luego, para ser más bacán, absorbió unos polvos blancos por la nariz y se perdió para siempre. El que Iba a ser el orgullo de la familia, "se vino abajo como bafi de italiano". ¿Quién tuvo la culpa?

PERO TIENE AUTO

"A mí no me interesa que sea bonito, ni que hable en difícil, me basta con que tenga auto. Rodolfo es un buen muchacho, sé que me quiere; pero cuando no me lleva diez cuadras a pie o veinte en tranvía, toma un taxi. Eso es muy distinto, porque todo el mundo sabe que el auto no es suyo y lo creen un "pato". Por eso acepté a Julio; no es tan lindo, un poco bruto, porque es criado en el campo; pero tiene un auto que es toda una delicia".

 Así hablaba una chica con una amiguita suya que la escuchaba entre atónita y envidiosa. Esa misma confesión tiene un carácter de propaganda para los que tienen auto. Tanto repetirá su pequeño discurso hasta que llegará a convencer a la amiga para que largue a su novio y se dedique a afilar con algún "auto".

YA NO HAY CASO

Al principio, su coche iba dejando a su paso un reguero de miradas femeninas; ahora, ya caído en pintura, pasa inadvertido. ¿Tendría que hacerlo arreglar? No; ya no es posible; las chicas conocen todos los nuevos modelos y le dirían, cuando su coche estuviera disfrazado a base de pinturas y de lustre: "¿No le da vergüenza de ofrecer ese auto? ¿No ve que es modelo 1925?".

Tendrá que comprarse otro, aunque se pierda mucho dinero en el cambio. Las conquistas así lo exigen, como si las chicas trabajaran de acuerdo con los importadores de automóviles.

 

UNO QUE ATESTIGUA

— Mire, amigazo —  nos decía un chauffeur. — Ustedes no se imaginan el corte que dan las mujeres a esta figurita de caja de fósforos, cuando voy en el auto vestido de particular. Por todos lados me miran: saludo y me contestan, sonrío y me sonríen. Si ustedes no lo quieren creer, ahora mismo vamos al garage y le robamos el coche al patrón para dar una vueltita.

¿Y usted suele hacer esas escapadas?

 — ¡Qué quieren!... De pie no emboco ni una, y de chauffeur , ni las sirvientas me miran.

 

Ricardo Lorenzo (1927)

Por Redacción EG: 14/09/2018

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