Fútbol

Mi personaje favorito: Pedernera

Desde hoy y durante toda la semana recuperaremos artículos sobre los “maestros” del deporte nacional. En este caso Osvaldo Ardizzone, con 3 o 4 pinceladas, nos cuenta “Eso que siempre fue Adolfo”.

ESO QUE SIEMPRE FUE ADOLFO

Año mil novecientos sesenta y tres. Lima. Poco antes de las siete de la mañana. Cuando comienza a desperezarse la claridad. El micro que espera en la puerta del Hotel Savoy, donde se hospeda Boca para el itinerario de la Copa Libertadores. La orden de partida hacia el aeropuerto es a las siete. A las ocho despegará el avión rumbo a Bolivia. En el vehículo ya están la mayoría de los jugadores. Ubicados en los asientos del fondo rumorean. En uno de los lugares delanteros está Alberto J. Armando acompañado de su mujer. Adolfo ocupa el asiento que da a la puerta de acceso al micro ¿Quiénes faltan? Los mismos jugadores pasan revista. . . Nada más que Roma y Errea... Adolfo no hace ningún comentario. De tanto en tanto consulta el reloj que lleva en una de las muñecas. Por mi parte, también consulto el reloj... Faltan dos minutos para las siete. Lo observo a Adolfo. Sigue imperturbable. En el interior del micro flota ese glacial silencio que presagia una brusca determinación. La que seguramente todos esperan. Adolfo echa una última mirada al reloj. Yo también. Son las siete en punto. Y la voz seca y cortante de Adolfo. . . "Chofer, arranque... Vamos". Algunas veces que intentan la apelación. También el presidente Armando desliza la misma intención...

— ¡Arranque, chofer! —la orden de Adolfo

— Pero, que se baje alguno a llamarlos. Deben estar por llegar…

El conductor duda...  

— ¿Qué le dije, chofer? Arranque, vamos...

El rugido sordo del motor y partimos en silencio... Adolfo permaneció imperturbable, sin hacer ningún comentario. Veinte minutos después, Roma y Errea llegan al aeropuerto. Habían recurrido a un taxímetro. Al cruzarse, Adolfo los saludó. Pero no les dijo nada. Ni siquiera se refirió a lo que había ocurrido hacía apenas unos minutos.

Otra vez, allá mismo en Lima, sorprendió a un jugador en galanteos con una dama, pasajera del hotel. Ese jugador, precisamente, tenla el hábito de llevar en los viajes las fotos de su mujer y los hijos, y de colocarlas en la mesa de noche como testimonio de su afecto. Adolfo adoptó la actitud del distraído, como si no reparara en la situación, que por otra parte no era muy comprometida. Después, como a las dos horas, lo visitó en su habitación, pero sin ninguna solemnidad... Y apenas si le dijo unas pocas palabras...

—Usted es de los que creen que disculpan las macanas que hacen poniendo la foto de su mujer en la mesita de luz... Pero, ¿no es mejor que piense en ella cada vez que siente la tentación de reemplazarla por otra?...

* * *

Hace unos pocos meses. Cuando la huelga de jugadores. El edificio de Agremiados en la calle Salta. Y a la caída de cada tarde, la presencia de Adolfo. Para estar allí, para participar de las reuniones, para deslizar una opinión, para decidir medidas. Creo que nunca faltó durante todo el proceso del conflicto. ..

Una noche, mientras tomábamos un café, decidí la pregunta...

—Adolfo... ¿por qué usted siente tanto este movimiento, si justamente puede comprometerlo...? — ¿Sabe por qué? Porque siempre fui un rebelde y más para este tipo de cosas... Y además porque esto me hace sentir, aunque sea por poco tiempo, otra vez en los veinte años..., ¿le parece poco?

Al tiempo se solucionó la huelga. Todo volvió a la normalidad. Se había ganado el conflicto. Adolfo no apareció ya por las tardes por el edificio de la calle Salta.

Por gestión de la Municipalidad se bautizó a una plaza de Parque de los Patricios con el nombre de Herminio Masantonio. El homenaje fue en la mañana de un sábado. Muchas personalidades. Viejos jugadores. Público. Ofrendas florales. Frases emocionadas. Oraciones fúnebres.

Yo estaba con Antonio Sastre. Buscamos con la mirada a Adolfo y no lo localizamos

—No, no lo busque —me dijo Antonio— Adolfo viene solo... Yo lo conozco bien....

Después supe que había ido al día siguiente. Permaneció unos minutos en silencio, dejó una flor y se alejó... Así, con la misma solitaria discreción con que lo hace en cada aniversario de la muerte de Herminio frente al busto que lo perpetúa en Huracán, desde hace muchos años... En homenaje a Robin Hood, como lo bautizó Adolfo, con la admiración de su afecto...

Lo conocí como jugador. Podría citar toda la seducción que provocó en aquellos otarios veinte años míos, cuando el nombre de Adolfo Pedernera se hizo leyenda... Me quedo con ese hombre que conocí, que conozco, de quien me siento amigo.

 

Por Osvaldo Ardizzone (1972)