LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

1992. El maestro que nadie conoce

- por Redacción EG: 11/09/2018 -
Abrazo uruguayo: Tabárez se abraza al Manteca Martínez en el festejo por el Torneo 1992.

En nuestro homenaje a los docentes del fútbol (y de la vida), no podía faltar Oscar Wáshington Tabárez. Apenas campeón con Boca, El Gráfico comparte la Navidad para descubrir un personaje sorprendente.

Desde el Cerro se aprecia todo Montevideo. El Maestro posa, recuerda y -de paso- disfruta de su ciudad natal.

Con una sonrisa tamizada de desconcierto, el Maestro abrió ansiosamente el enorme paquete hasta llegar a la respuesta esperada. No podía creerlo: ante él se hallaba un tamboril de esos que usan los conjuntos lubolos -en la época de la colonia eran los blancos que se disfrazaban de negros y les quedó el nombre- para hacer volar toda la magia del candombe durante el carnaval. No encontró palabras en esa Nochebuena tan especial, pero sintió cómo un torbellino de emociones comenzaba a desatar el ovillo de sus recuerdos... Todavía embriagado por aquellas sensaciones, el viernes de Navidad recibió a EL GRAFICO y se dispuso a emprender una visita guiada por algunas de esas imágenes del pasado. Quizás sintiéndose autorizado por este presente de éxito.

Empezando por la cancha de Wanderers, el Parque Alfredo V. Viera, en el barrio El Prado. Allí nos esperaba una parte de la historia...

"Jugué en 1974 y 1975, pero después volví como entrenador en 1985 y fuimos subcampeones con un equipo muy joven, con nueve futbolistas que antes no habían jugado en primera. Estaban Celso Otero, Pablo Bengoechea, Enrique Peña, Walter Pelletti..." Los tablones tienen olor a fútbol y nos permiten recuperar los comienzos como jugador en Fraternidad, un club que ya no existe, allá por 1966, el paso posterior por Sudamérica, Sportivo Italiano El Tanque, el ya nombrado Wanderers, Fénix, el Puebla de México y Bella Vista. Por esas épocas Tabárez era Washington, tal como le decían de chico en su barrio: Cerrito La Victoria. Y era un zaguero central nada espectacular. "Hasta que en el 79 decidí dejar y hacer el curso de entrenador. Fue una decisión difícil: yo trabajaba como maestro, teníamos tres hijas y casi no nos alcanzaba para lo mínimo. Como jugador, mal que mal nos arreglábamos. La pregunta ahora era qué vamos a comer...”

En el mediodía de Navidad, una de sus especialidades: el asado. Esta vez con la ayuda de Melissa, su hija menor.

Las respuestas fueron llegando. En 1980 empezó como supervisor de las divisiones inferiores de Bella Vista y allí conoció a un compañero de ruta: el profesor José Eduardo Herrera. Las cosas se encaminaron. En el '83 fue campeón Panamericano Juvenil con Uruguay, en Caracas; en el '84 dirigió Danubio; luego Wanderers; la Selección Juvenil en el '86; Peñarol en el '87 -con quien fue campeón de América-; Deportivo Cali de Colombia en el `88 y la Selección Mayor de Uruguay desde 1988 hasta 1990, incluyendo por supuesto el Mundial de Italia. Y en 1991, claro. Boca. Pero esa es otra historia.

Hacemos una escala técnica en Malvín, en la casa que los Tabárez tienen desde hace dos años. Hay mate, seguro, cebado por Tania, una de las cuatro hijas. Ella tiene 20 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Sus hermanas aprovechan también para disfrutar por fin al padre que vive en Buenos Aires y ven cada vez menos. Laura, la mayor, tiene 22 y será licenciada en Ciencias Económicas; Valeria, 19, en 1993 empezará la carrera de Veterinaria; Melissa, 13, pasó a tercer año del secundario y sueña con la medicina general. Una de ellas mira las sonrisas y se atreve al presagio: "Si Boca no hubiera salido campeón la estaríamos pasando muy mal".

Una calle del Montevideo antiguo, cerca del puerto. Detrás un grupo, de botijas juega al fútbol sin pensar en el hombre que camina.

Andan dando vueltas también las dos perras: Mafalda, de 12 años, y su hija Sanca. Y las dos gatas: la Boca (se llama así porque nació el 4 de enero de 1991, unos días antes que el Maestro viajara a Buenos Aires para dirigir a su nuevo equipo) y Parruqueta. En la pared del living, la zona más transitada de la casa, cuelga un pequeño poster que compró Laura: tiene el rostro del Che Guevara y una frase suya, "Hay que endurecerse pero sin perder la ternura jamás".

En el escritorio están los últimos libros que Tabárez trajo de Buenos Aires. "Triste, Solitario y Final" y "Artistas, Locos y Criminales" de Osvaldo Soriano, 'Doce cuentos peregrinos" de Gabriel García Márquez, "Los dueños de la Argentina" de Luis Majul, "Contraseña" y "Vagabundos y otros relatos" de Eduardo Galeano, "Las soledades de Babel" de Mario Benedetti, Soriano es uno de los grandes descubrimientos que ha reconocido el Maestro en estos dos años. Con seguridad sus obras se van a acomodar muy cerca de los preferidos. Galeano y Benedetti. Así como las mañanas radiales de Héctor Larrea se han ganado un lugar especial en sus afectos: "Me admira su frescura de todos los días, para mí es un fenómeno". Y así como la música melódica lo sigue emocionando, "ahora estoy en la mía, porque ese estilo está reflotando. Me gusta Manzanero, pero también Queen, Air Supply, Piazzolla, Jaime Roos, Alejandro Lerner… Silvia me regaló un compact de Lito Vitale y también me encantó. En fin, un cambalache".

El escritorio, el mate, la computadora donde se refleja su propia imagen. Un lugar para guardar libros de fútbol y de los otros, videos, fotos...

Al Maestro se lo ve distendido, cómodo con este presente que habla de descanso montevideano hasta el 10 de enero, tan feliz como para sentir envidia de sí mismo. Prepara el almuerzo con placer: pollo a la parrilla y algunas cosas más, "¿Sabe cómo aprendí a cocinar? Ni bien recibido de maestro, en las vacaciones de 1971, me tocó trabajar en un centro de rehabilitación para ciegos, el Instituto Tiburcio Cachón. Atendía el departamento Demandas Diarias y la directora me preguntó si sabía cocinar. Le dije que no, entonces me dio un montón de recetas y tuve que aprender..."

Durante la comida habla poco, más bien cede la iniciativa. Pero después del brindis y el café se acuerda del fútbol... "La pasión de la gente de Boca, esa devoción por los colores, no se puede explicar, va más allá de las palabras. Uno captaba en ellos la necesidad de afirmarse en algo y eso era un resultado deportivo. Creo que no se puede hablar del imaginario argentino sin hablar de Boca".

Silvia Martínez, su esposa, sabe como nadie de las presiones y las exigencias de los Últimos meses: "Él se tomó el sacar campeón a Boca como un deber, y yo me preguntaba por qué tenía que cargar él con once años de fracasos".

La primera y última escuela donde trabajó: "Checoslovaquia", Sentado en el escalón junto a un chico con la camiseta de Rampla. Hoy sería su alumno.

Silvia también lo llama Maestro, a veces Tabárez, pero desde que empezó a estudiar magisterio, para sus compañeros y para la gente él se convirtió en Oscar, con acento en la o. Ahora, con una sonrisa diferente que lo delata, el Maestro sigue hablando: "Yo siempre traté de hacer mi parte, ¿vio'? Todas las emociones se pueden contar si ganamos, si no hay que guardarlas. Este es un club muy particular, quisiera saber qué jugador de Boca no se hace hincha; eso es bueno pero también produce vaivenes emocionales; eso de ser hincha y jugador a la vez. En lo personal me sentí muy tranquilo, muy satisfecho, lo tomé como una confirmación de que pudimos ganar creyendo en 10 nuestro. Más allá de todas las cosas que se dijeron me quedo con que se jugó un torneo y Boca sumó más puntos. Y que en los cuatro torneos que disputamos también fuimos los que más sumamos", Pero, ¿qué siente Tabárez cuando lee a Passarella o a Ramón Díaz asegurando que River fue el mejor equipo? "Lo que siento me lo guardo, pero no comparto esa afirmación. Ni en la ciencia, ni en la historia han hecho carrera los que hablan de más. Lo único que sé es que disputamos cuatro torneos, en tres de ellos River terminó debajo nuestro y todavía no nos pudo ganar".

El Parque Alfredo V. Viera, la cancha de Wanderers, los más lindos recuerdos. El Maestro fue jugador y técnico.

Final de juego. O de tema. Nos volvemos a subir al Volvo que el Maestro retornó desde Buenos Aires para seguir desandando años y años de Montevideo. Vamos al barrio el Cerro, donde nació su esposa Silvia y donde vivieron mucho tiempo. Llegamos a la calle Portugal 239, la escuela Checoslovaquia. "Aquí hice la práctica de adscripción como estudiante y la primera suplencia en octubre de 1970. También fue mi última escuela: trabajé efectivamente hasta el '85, pero renuncié en el '87 cuando llegué a Peñarol". Durante 1984 y 1985, Tabárez fue además director del establecimiento y según cuenta Silvia, "Las maestras llamaban a casa los domingos para preguntar cómo había salido el equipo, así sabían el humor con que Oscar iba a estar el lunes".

Zulma Elida de Tabárez y su hijo Oscar Washington, en la casa del barrio Malvín. Ella tiene unos vitales 74 años.

Seguimos de recorrida y pasamos por el hotel Bristol, nuestro anfitrión señala con la mano derecha y cuenta: "Allí concentraba cuando era jugador. Al principio me llevaba los cuadernos para corregir, pero mis compañeros me los escondían..." Damos vueltas, descubrimos un Montevideo desierto que descansa en Navidad y que agrega más calma a su tranquilidad habitual. Al Maestro lo reconocen por la calle, lo felicitan, le piden que vuelva a Peñarol: él responde con su sonrisa tímida, le cuesta recibir afecto. Empezamos a regresar, nos espera otra vez Malvín. Ahora con la presencia de Zulma Elida, la madre, con sus 74 años y su vergüenza para las fotos. Oscar Gabriel, el padre ya fallecido, era empleado del Consejo Nacional de Subsistencia, un organismo que con-trola los precios de la canasta familiar. Allí hoy trabajan William -uno de los dos hermanos de Oscar Washington; el otro, Walter, es maestro- y Laura, su hija mayor. "Fuimos una familia muy humilde, pero no carenciada. Tuve una niñez normal de barrio, en el Cerrito La Victoria", explica. Y seguramente recordará, como en la Nochebuena, cuando con el tamboril arriesgaba algunos tangos en ritmo de candombe y soñaba con pertenecer a un conjunto de lubolos en el próximo carnaval.

La familia Tabárez y su brindis navideño. El Maestro y Silvia, de pie, encabezan el festejo con sus cuatro hijas y algunos amigos.

1992

ADRIAN MALADESKYFotos: GERARDO HOROVITZ (Enviados especiales a Montevideo, Uruguay)

 

Por Redacción EG: 11/09/2018

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