Fútbol

Mi personaje favorito: Di Stéfano

Juvenal explica porque elige destacar por sobre todos a un tipo “abierto hasta ser agresivo, franco hasta ofender, directo hasta ser prepotente…pero que siguió siendo el mismo de siempre”.

Bajo la piel de Di Stéfano

 

Lo conocí un día de 1947, año de su espectacular consagración como sucesor de Adolfo Pedernera —es claro que en otro estilo, diametralmente opuesto—, en la Máquina de River. Ya lo había visto jugar y la verdad era que su fútbol tenia tal carga de electricidad que aun a los muy adictos del juego trabado, parsimonioso, elegante y denso de la línea que comandaba Adolfo —en la que, por supuesto, yo estaba enrolado—, se les hacía imposible no sentir el impacto de este conscripto con el pelo cortado a reglamento y pinta de alemán que en cada pique abría un surco en la cancha. El Alfredo Stéfano Di Stéfano que conocí fuera de la cancha me chocó. Vanidoso, prepotente, casi despreciativo hacia el fútbol de antes: --"¿Que querés con Bernabé?”, me dijo, que era como decirme "¿Qué querés con Gardel?” — y resuelto a cumplir el lema "Primero yo" con toda la fuerza de su alma. Se humanizó cuando me habló do Erico: "Un fenómeno, Quisiera llegar a ser una pierna del paraguayo..." Se me mostró observador y analista cuando me habló de Labruna: "¡Qué bien le pega! Después de una trayectoria de 20 o 25 metros, una pelota pateada por Ángel sólo da una vuelta completa sobre su circunferencia." Se brindó generoso y hasta con unos átomos de modestia cuando me habló de Higinio García, aquel back de Racing rubio y fornido: "¿Sabes qué bien me marcó? No me dejó tocar una…"

Pero casi enseguida, asomaba el Di Stéfano ganador, fanfarrón y pillado: "A los demás les meto tres piques y los mato... Al húngaro Blazina lo tengo de hijo... Le hice goles jugando para Huracán y para River… ¿Qué querés con esos matungos cansados que juegan a 20 kilómetros por hora? El fútbol de hoy soy yo: velocidad, ir directamente al gol... Con estas gambas voy a ganar mucha guita..." El padre, un genovés acriollado en tareas de campo, fue el hincha más fanático de su hijo. Fanático hasta ser inaguantable: “Mi hijo está creando un fútbol nuevo, distinto, el fútbol del futuro... Mi hijo va a ser el mejor jugador del mundo..."

Un día lo critiqué por una floja actuación y me encaró con bronca. Desde ese día no nos dimos ni la hora- Se fue a Colombia después de hacer un partido sensacional contra San Lorenzo en Boedo. Volvió a los tres años y siguió viaje a España. Desde allá comenzaron a llegar los ecos de su campaña triunfal. Ya era EL MEJOR JUGADOR DEL MUNDO. Y había que rendirse a la evidencia: el viejo cascarrabias y lleno de fanatismo tenía la verdad. El hijo dispuesto a imponer el lema "Primero yo" en cualquier parte, era EL PRIMERO DE TODOS.

Volvió con el Real Madrid a jugar en la Argentina a mediados de 1959. En el coctel posterior al partido, el azar nos enfrentó al ir a servirnos la misma copa. Me guiñó un ojo: "¿Qué haces...?", me dijo, como si nos hubiéramos visto ayer por la tarde en una esquina de Barracas. Era el mismo de siempre. Abierto hasta ser agresivo, franco hasta ofender, directo hasta ser prepotente. Y en ese momento lo conocí realmente y me hice hincha suyo para toda la vida. Por todo eso que imponía el rechazo y al mismo tiempo obligaba a acercarse a él, había llegado a ser quien era. A la vuelta de los años, cuando se despidió de Boca luego de un memorable 1969, me explicó: "¿Sabes lo que pasa conmigo? Que no me ayuda la carrocería... No sirvo para ser simpático. Generalmente estoy para que me tengan bronca, candidato de fierro al premio limón..." El premio "limón" se entrega en España anualmente al tipo más insoportable en sus relaciones con el periodismo Y Alfredo lo ganó varias veces… Pero al mismo tiempo, también entreabrió ese pedazo del corazón que casi siempre está clausurado por el exceso de pudor que tienen los hombres como Di Stéfano: "Reconozco que soy un tipo inaguantable, pero si me rascas un poquito debajo de la piel te das cuenta de todo el cariño que llevo ahí adentro y que muchas veces no sé volcar en los demás..."

Este fue el Di Stéfano intimo que yo conocí, al que dejé de saludar durante varios años y al que admiro como un personaje fabuloso, riquísimo, lleno de humanidad y pletórico de eso que tanto necesitamos los argentinos de hoy: unas ganas bárbaras de ser el primero en todo. 

JUVENAL (1972)