Fútbol

“El destino, la pelota y yo” - Capítulo II

Por José Manuel Moreno. El crack del fútbol, considerado uno de los grandes de la historia, vuelve a sorprender relatando, con gran calidez, intimidades de su vida. En este capítulo nos cuenta su “tremendo fracaso”.

CAPÍTULO II

"TREMENDO FRACASO"

Cuando mi padre me miraba fijamente o mamá me castigaba con aquella su mano demasiado blanda para mis músculos de acero, yo les sabía decir:

— ¡Déjenme!, a mí lo único que me tira es el fútbol.

— ¡Qué fútbol ni fútbol! —tronaba el viejo sin conseguir darme miedo a pesar del uniforme— "Uste” tiene que estudiar ¡Yo le pagaré los estudios, cueste lo que cueste!

—Sí, m´hijo —agregaba mamá en tono de reprensión y consejo—, debés seguir una carrera, formarte un porvenir.

—Pero entiendan un poco —replicaba yo—, ¿No han visto el caso de Cherro, Bosio, Cuello, Santamaría y mil más? Empezaron así, como yo, pateando en los potreros… y ahora ganan la plata que quieren. Conozco el fútbol, me siento fuerte y capaz, me gusta de alma… ¿por qué no dejan que se cumpla mi destino?

Debe de haber sido tanta la vehemencia con que hablé que los viejos no me discutieron más. Envalentonado con aquel silencio, y con la intuición clara de mi seguridad ante el compromiso que afrontaba. seguí:

—¡Les juro que antes de tres años les voy a regalar la casa propia!

Dije todo eso con la firmeza que me nacía de la raíz de mi voluntad, pero..., ¡qué lejos estaba de semejante empresa! Es decir, pensaba que muy lejos, pero no fue tanto, como verá quien me siga.

"Le decía yo a mi madre cuando ella me reprochaba mis andanzas por los potreros. "¿Por qué no dejan que se cumpla mi destino?". Y el destino se cumplió: yo me fotografiaba al poco tiempo al lado de Alberto Cuello, en River.”

"General Lamadrid"

De la calle Brandsen -y no recuerdo por qué causa— nos mudamos un día a cierta casa de la calle Lamadrid. Mi familia ocupó la parte del fondo, en la de adelante, hacia la calle, existía un lavadero que trabajaba, especialmente, con los barcos Ingleses, surtos en el puerto de la Boca. Digo todo esto porque también tiene su importancia, como se verá después.

Bueno..., instalados en Lamadrid 188, en cuanto se acomodaron los cachivaches salí la calle, me Junté con las pibes del barrio con esa facilidad cordial que ya quisieran para sí las estadistas en su empeño de arreglar el mundo, y esa noche quedaba fundado otro club de fútbol. Y como es de rigor después del rápido acuerdo, alguien largó la pregunta.

—¿Qué nombre le ponemos?

Y otro que sabía un poco de historia:

—¡Lamadrid! El nombre de aquel general unitario, guapo como él solo, del que se dijo que tenla el cuero lleno de cicatrices como un encaje de Inglaterra.

—Macanudo! —sonó la voz del coro en afirmación rotunda.

Y así, más o menos, nació el club de fútbol General Lamadrid, base de la institución social y deportiva que todavía existe.

Yo era entonces un pibe un poco más grande, un poquito más fuerte. Jugaba en la línea delantera del cuadro y tenía un dribbling — Ya lo sabíamos decir— bastante endiablado y un tiro de cabeza que no "anidaba la pelota en La red" porque no la tenían aquellos arcos de sauce, pero que marcaba el gol inexorablemente. Y también tenía una hinchada propia. En los grandes entreveros con "El Poderoso" y otros cuadros fuertes, cuando me venían con la pelota cerca del área penal, se alzaba la voz de la hinchada:

—¡ El gol, Moreno!

—¡El gol, pibe Rulito!

Pibe Rulito: así me llamaban por la melena rizada que tenía entonces —y va disminuyendo como las hojas del almanaque—, apodo que me acompañó muchos años.

Esta foto es de un partido internacional en cuyo intervalo unos chocolatines hacían publicidad. Ni los pibes que corren detrás de Sastre y yo podían estar más felices que el suscripto encima de esos bólidos con una tortuga por motor.

De la naranja a la ball

De lo dicho habrá deducido el lector que el Lamadrid jugaba con pelota de cámara y cuero. Y así era. Orgullo de nuestro club era aquella pelota siempre engrasada después de los entreveros, y que permanecía, durante el resto de la semana, al amparo de la celosa custodia del capitán. ¿Qué cómo la conseguimos? Síganme un poco más y van a ver.

En aquella época exportábamos naranjas correntinas que salían, cargadas a granel, por el puerto de La Boca. Cuando subían las lingadas y largaban su contenido en la cubierta y las bodegas muchas naranjas se escapaban en el camino y caían en la ribera. Allí, junto al barco, estábamos los socios del Lamadrid. Naranja que teníamos a tiro era recogida velozmente y guardada entre el cuero y la camiseta.

Por la tarde, luego de clasificar la cosecha, salíamos por esas calles de Dios a vender las naranjas…

Y creo que está explicado todo. Merced a tan laboriosa financiación, no tardamos en ser dueños de una pelota N° 5, con cámara colorada..., pues también las había negras, pero eran muy flojas. ¡Con esa sí!; con esa se podía gambetear a gusto, cabecear en forma, shotear con fuerza... y todo lo demás.

 

El lavadero, Cherro y Tarasconi

Tal como ahora para el fotógrafo, yo trabajé en los talleres de encuadernación de El Gráfico. Hacia lo mismo que esto que pretendo hacer en la fotografía: intercalador de pliegos.

El lavadero, del que acabo de hablar, era de propiedad de un señor Maggi, que sabía, más o menos, de lo que yo era capaz en materia de fútbol. Me conocía, por lo menos, la ferviente inclinación. Y cierta tarde, de improviso, sabiendo la admiración que yo sentía por los grandes cracks, me llamó y me dijo:

—Vení, Rulito; vení que te voy a presentar a dos de los maestros que están de visita en mi casa. Este es Tarasconi… , y éste es Cherro.

Eran; yo los conocía. Ellos me tendieron la mano y yo me quedé helado, de una pieza, sin atinar a decirles nada. Ni siquiera la admiración que me inspiraban. No era una cachada de Maggi, no. Eran Charro y Tarasconi, ellos mismos, y me habían dado la mano con la mayor sencillez.

¡Quién me iba a decir que no mucho tiempo más tarde Jugaría contra Charro! Pero volvamos atrás. Que todavía queda un poco por contar.

 

Cómo y cuándo casi perdí la vela

Como rompía tantas alpargatas antes de comprarme los botines en la forma relatada, ayudaba a mis padres con algunas changuitas. Una de ellas fue en la fábrica de velas para barcos de un señor D'Espósito, en la calle Pedro de Mendoza, donde trabajaba con mi amigo Mantero, según tengo dicho. La changa consistía en llevar las velas a su destino.

Una tarde iba en tranvía hacia el Yacht Club Argentino, y pasé por un potrero donde algunos pibes pateaban una N° 5. Me largué del tranvía y corrí al baldío, donde se armó un picado. No encontré mejor destino para mi vela, mientras jugaba, que ponerla sobre las piedras y ropas que marcaban los arcos. Se armó la de San Quintín… y me olvidé de la vela, como si nunca hubiera existido. Cuando dieron la pitada final (si es que la dieron), advertí, con desesperación, que me habían robado la vela.

No atiné a otra cosa que correr a la comisaría 24°, en busca de mi padre, para contarle, de algún modo razonable, la pérdida de la vela. Por fortuna, otro vigilante había visto a varios sujetos que escapaban con el lienzo y los detuvo. Lo recuperé, lo llevé a su destino, y nadie se enteró del asunto ni en casa ni en la fábrica. 

En adelante, si había que poner algo para mar-car los arcos ; ni el pañuelo me sacaban!

Esta foto es del 26 de junio de 1938. Al menos en esa fecha consta al dorso una dedicatoria de ella, mi noviecita del momento. (¿De qué se ríen? ¿Quién de ustedes no tuvo más de una novia?)

Una prueba y un fracaso

Había en el lavadero un muchacho, conductor del carro que llevaba la ropa limpia a los barcos ingleses anclados en la Boca, pero también en Dock Sur o Puerto Nuevo. Yo era amigo suyo y él uno de mis hinchas. Me gustaba acompañarlo en el carro para el reparto de la ropa..., pero él no me dejaba subir al pescante.

—No, Rulito —me decía—; vos tenés que ir al trote detrás del carro para entrenarte. Castigaba al jamelgo, que a veces braceaba como un loco, y yo seguía detrás de la culata, veinte, treinta, cuarenta cuadras..., ¡lo que fuera!

Creo que aquel forzado ejercicio me hizo bien, porque los domingos en los potreros me desempeñaba sin sufrir fatiga alguna y con bastante perjuicio para los contrarios. Tanto que no faltaron algunos hinchas amigos que me aconsejaran:

—Che, Rulito, ¿por qué no te hacés probar en la 5° de Boca?

—¿Les parece?

—Pero sí, pibe; te corres una fijota!

Lo hice. Hubo expectativa en la barra el día de la prueba y muchos me siguieron para estimularme…

¡Maldita sea!... ¡Me bombearon! ¿Por qué —decía yo— por qué, si me había roto el alma en la prueba? Yo quería mucho al General Lamadrid, pero tenía en el corazón la famosa bandera del barco sueco. Y mi sueño era ése; llegar al gran club y gastarme entero en defensa de los colores amarillo y azul.

 

Horas de amargura

Esta es la casita que un día le entregué a mi madre con un cartel en la cocina que rezaba: "Esta casa es tuya, mamá". La buena vieja la habla ido a ver como para alquilar. Ya estaba comprada. Aquí sí podemos decir: "esta casa se hizo a las patadas".

Cuando le pregunté al delegado de la 5° de Boca la razón del rechazo me contestó en forma lacónica, que se me ara: tejó despectiva.

—¡No sirve!

No dije nada. Los que protestaron fueron los de la barra, y hasta le armaron una rechifla. Luego quisieron consolarme:

—¡Qué sabe el coso ése!

—;Te bombeó de puro envenenado!

De vuelta para las casas me quisieron acompañar. Yo les rogué:

—¡Déjenme solo!

No quería que me vieran llorar. Tenía quince años, era un hombrecito... Me parecía que todos los ojos de los vecinos de la Boca estaban clavados en mí. En ese momento pasaba un carro que iba arrastrando por las piedras de la calle la soga de la cuarta. Me fui a guarecer detrás y me agarré de la cuerda. Con la frente apoyada en la culata lloré; lloré todo lo que quise sin que nadie me viera. Pero aquel desahogo no fue consuelo para mí. En el traqueteo de las ruedas oía claramente —o me lo parecía— las palabras fatales:

—"No-sir-ve. No-sir-ve"...

Y pensaba en mis padres, que también esperaban el resultado de la prueba; en mi promesa de regalarles una casa antes de los tres años… Y las ruedas seguían diciendo:

—"No-sir-ve No-sir-ve"...

Llegué a casa deshecho. Los viejos me adivinaron el desastre en la expresión de la cara... Pero no fue todo eso ¡El traje, mi trajecito nuevo, el de los domingos, que había hurtado del ropero para la presentación, estaba todo manchado por la brea que impregnaba la soga del carro! Mi padre no dijo nada; mi madre toda la cartilla. Fue como llover sobre mojado…

Creo que nunca me fui a dormir más triste que aquella noche. Para colmo de males, a algún vecino trasnochador que seguramente estaba medio alegrón le dio por poner —y repetir— en el fonógrafo el tango "Mi noche triste".

Tenía dos palabras clavadas en el cerebro: No-sirve. Desvelado por la angustia, llegue a pensar que nada tenía yo que hacer con el fútbol. Los viejos habían tenido razón: debí seguir estudiando. Pero como ya estaba en los quince años era preciso buscar otra solución a mi vida y a la de ellos, que tanto se sacrificaban por mí. Tenía que trabajar para ayudarlos. Sí, bueno, trabajar. Pero, ¿dónde y en qué? ¿Meterme a jornalero, peón, empleado, cualquier cosa, yo que habla soñado con ser uno de los cracks del fútbol? ¡Era triste! Pero tenía que resolverlo ahí no más, al día siguiente, porque una voz autorizada, inapelable, me había cortado las alas diciéndome, con palabras filosas, como para matarme:

—"¡No sirve!"

En esta foto mi madre ya sonreía como no lo había hecho cuando yo rompía alpargatas y las dejaba bigotudas en los potreros. Fue tomada el 29 de octubre de 1948 y su José era ya el Moreno que ustedes conocen.

Yo En El Gráfico

¿Sería posible, mi Dios? ¿Sería posible que yo no sirviera para nada? ¿Yo, que en los potreros, ahora con arcos —aunque sin redes— y jugando con pelota de cuero hacía malabarismos ron ella como los artistas del circo, me filtraba —¡Salud, Stábile!- hasta el área penal a fuerza de gambetas "endiabladas", como se decía, y terminaba marcando el gol? ¡No, no era posible! Y entonces, ¿qué solución había para mí? Me llegó al día siguiente, merced a uno de los muchachos del barrio —Funes de apellido (¡gracias, camarada!)— . Trabajaba él en loe talleres de la Editorial Atlántida, calles México y Azopardo, donde se imprimía El Gráfico.

Le confesé mis tribulaciones me dijo:

—Mirá, Rulito: en la imprenta donde yo laburo están necesitando dobladores de pliegos; Si vos querés te lo presento al capataz. A lo mejor... ¿quién te dice?... Es una empresa grande; allí hacen El Gráfico.

¡El Gráfico! La revista que publicaba los retratos de los maestros del fútbol en colores. ¡Ese había sido mi sueño! Verme algún día como ellas, retratado en colores y con una leyenda al pie que dijera: "José M. Moreno, el gran goleador de ..".

—¡Gracias, hermano! —le dije—; ¿qué tengo que hacer?

—Mirá, para mañana a las siete están citadas los aspirantes. Vos presentate y hallé cola. Si yo puedo hacer algo por vos ¿te imaginas, Rulito? ¡Yo por vos me rompo el alma!

—¡Gracias, hermano!

 

(Continuará)

JOSÉ MANUEL MORENO (1959)

En el próximo número: "La Escalera a la Fama".

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