Fútbol

El remate del potrero

Una nueva “Apilada” de Borocotó. La purreteada asiste impotente al remate y destrucción de “su” potrero. Tenían que hacer algo. Y lo hicieron esa misma tarde.

Fotograma de la película "Pelota de Trapo", basada en los relatos de la sección "Apiladas" de Borocotó publicadas en El Gráfico.

Vinieron unos hombres a medir; otros, a poner un cartel; unos terceros, a colocar una bandera; y en la tarde de ese día el potrero se remató. Los pibes miraban la escena con amargura. Se quedarían sin cancha.

-Mi viejo dice que no van a edificar porque con la guerra los materiales están muy caros — dijo el zapaterito.

-Decile a tu viejo que se me piantó la media suela que me puso el otro día —le contestaron.

 Estaban allí el almacenero, el carnicero, el farmacéutico, lo más representativo del barrio, como solía decir "La Voz de la Parroquia". Comentaban los precios, las medidas de los lotes y hasta hacían ofertas. Todos permanecían ajenos a la emoción de los purretes que a plazo fijo se quedarían sin cancha.

-Entre el remate y el momento en que empiecen a edificar, puede pasar mucho, puede... — fueron palabras de uno que no creía en ellas, pero sí confiaba. Encerraban allí la esperanza común.

El rematador hablaba de un barrio de porvenir, de las avenidas cercanas, de los colectivos, tranvías, ómnibus, de todo menos de fútbol. Ninguno de esos señores graves que lo rodeaban tenía un pensamiento hacia aquellos chicos que asistían al remate aferrados a una huidiza esperanza.

Transcurrieron algunos días. Los matches se sucedían, Pero una mañana descargaron herramientas y los albañiles comenzaron a trazar hondos surcos.

 —Miren..; justito la línea de halves... - expresó un pibe viendo la dirección de una canaleta. Otras más te lucran abriendo, ahondando. Los picos caían sobre la tierra y se clavaban en el corazón de la purretada.

Llegó el atardecer. Los albañiles se fueron. Los chicos caminaban silenciosos mirando aquellas canaletas sobre las que se afirmarían los cimientos del futuro edificio. Tenemos que hacer algo — dijo uno con voz apagada. Sí, era preciso hacer algo. Y lo hicieron esa misma tarde. Llenaron las canaletas.

Borocotó (1943)