EL DESTINO, LA PELOTA Y YO

El destino, la pelota y yo - Capítulo I

- por Redacción EG: 30/08/2018 -

POR JOSÉ MANUEL MORENO. En 1959 se publica, por entregas, la maravillosa autobiografía del legendario Charro, uno de los mejores de todos los tiempos. Un material invaluable para la historia de fútbol nacional.

Yo no puedo dar fe, no me acuerdo. Pero mi madre asegura que este negrito bebé soy yo. Debe de ser cierto… además es la fotografía que más quiere mi buena vieja. Cosas de madres, que siempre nos ven criaturas. La vida sería muy oscura sin la luz que proyecta el amor de ellas a sus hijos.

 

 

EL DESTINO, LA PELOTA Y YO. Por José Manuel Moreno

CAPÍTULO 1

En mi bautismo religioso me inscribieron como José María, y así se me llamó periodísticamente durante muchos años. Pero ante el Registro civil fui anotado José Manuel, y así consta en ml documentación personal. Además, lo de "'María” tuvo también mucho de broma destinada a hacerme enojar y a la que nunca le di importancia.

Dicen que vale la pena que hable de mí; que tuve una vida accidentada y pintoresca, que fui tal cosa y tal otra… Muchos periodistas, cuando la fama me acarició, me hicieron la semblanza, que a veces fue retrato y otras, caricatura. Cosas del oficio de ellos, que con frecuencia tienen que inventar para que resulte sabroso lo que dicen. Lo cierto es que la vida me deparó una serie de sucesos que no son nada comunes, y de las que quizá puedan extraer alguna enseñanza provechosa los aficionados y los profesionales del deporte. Porque precisamente fui eso: amateur primero, y después profesional..., sin perder nunca la afición: ni por las contrariedades de la lucha ni por el incentivo del dinero, que tantos destinos tiene malogrados. Creo que, en toda profesión, oficio o lo que sea, lo principal es tenerle amor a lo que se hace. Y yo le tuve amor al fútbol desde la niñez como tantos purretes de todas partes que llegaron a cracks por eso mismo, por amor al deporte, a los colores de su club, que viene a ser, según lo entiendo, algo así como un minúsculo retacito de la patria que debe defender, porque uno lo siente y lo quiere. Bueno… creo que todos los que le tomaron el olor al yuyo pisoteado me comprenden bien.

Lo cierto es que yo, a poco de pisarlo, me encontré, de súbito, vistiendo la casaca de uno de los grandes de aquel 1932 ¡La de los "¡Millonarios”, nada menos!... ¡La famosa casaca de la banda roja! Pero creo que debo comenzar por el principio, que es la mejor manera de empezar.

No encuentro ninguna fotografía de mis días de pibe vagabundo por los potreros de la Boca, donde yo nací y me crié. Pero ésta es la que más se acerca a la época en que me llamaban “Rulito". La camiseta que tengo puesta parece poco elegante ahora. ¡Pero en aquella época era muy distinguido usar esos cierres tipo ruso!

EL FÚTBOL Y YO

Aquí una biografía brevísima pero indispensable. Nací en la Boca el 3 de agosto de 1916. La Boca, barriada llena de historia desde la segunda fundación de Buenos Airea por don Juan de Garay, cuna de grandes hombres: pintores, escultores, literatos, músicos... que le daban fisonomía y tradición cuando yo nací. Como que ya era República… mis padres vivían en una casa de la calle Brandsen 965. Cuando llegué al 6° grado de la escuela primaria confieso que me tiraba mucho más el potrero que el colegio. Allá, frente a la cancha de "Boca Juniors", donde se batían los ídolos domingo a domingo. Cosa rara: en lugar de ir a verlos colándonos por el alambrado o trepándonos a los postes preferíamos los entreveros entre nosotros, los pibes del barrio. Por la noche sí, por la noche comentábamos el resultado de los grandes partidos, y hasta terminábamos cascándonos.  

Cierto día, cuando llegue a los once años más o menos, nos juntamos en una esquina unos veinte purretes del barrio. Y saltó la pregunta:

—¿Formamos un clu?

—Lo formamos.

—¿Qué nombre le ponemos?

Nos quedarnos cavilosos, con los ojos para arriba, en busca de inspiración. Y como la "asamblea" era de noche y cada uno vio una estrella, no faltó quien saltara:

—¡Ya está! "La estrella de …"

—De Brandsen. ¿De qué va a ser?

Y todos al unísono:

—¡Macanudo! i La Estrella de Brandsen!

El nombre, así consagrado, me conformó por das razones poderosas: por el gran coronel de la Independencia y porque una muy querida hermanita mía se llama Estrella.

El potrero lo teníamos por simple invasión; el club se acababa de fundar en aquella infantil asamblea... Bueno..., Ya estaba formada la "Institución". Sólo faltaba la secretaría. Pero hubo alguno que halló la solución. En la calle había dos árboles plantados Simétricamente delante de la pared. Con dos clavos embutidos en el muro frente a los árboles y una soga que cerrara el circuito estaba listo la "secretaría". Sin paredes, sin techo, como no fuera el cielo estrellado, pero "secretaría"..., porque esa soga nos unía, nos juntaba. nos apretaba a todos con los lazos del compañerismo y la amistad. Cosa de purretes; pero… ¡tan grande, ml Dios!

Jugando como un pibe más. Su primer equipo fue "La Estrella de Brandsen"

 LA ESTRELLA DE BRANDSEN

En esa reunión saltó una voz:

—Bueno, tenernos el clu, la cancha y la secretaria; pero nos falta la estrella.

—¿Qué estrella? —preguntó alguien.

—¡La del clu! ¡Una de metal para colgarla en la paré de la secretaría!

—¿Y de qué la vas a hacer, abombado?

—¿De qué? De plomo la vamos a hacer. Mi viejo es fundidor y yo conozco el oficio. Se hace un molde en la tierra, se funde el plomo con fuego en un tachito, se echa en el molde... y ya está.

—Y el plomo… ¿de dónde lo sacas, chitrulo?

Tenía su proyecto completo el compañero, y conseguimos el plomo. Fué a costa de un delito, pero… ¿qué entienden de esas cosas los purretes que están más acá o más allá del bien y del mal? Allí cerca quedaban las vías del ferrocarril, y en ellas largas filas de vagones de carga cerrados con precintos de plomo…

Y de allí salió —Dios y la justicia humana nos perdonen— la materia prima para la formidable estrella que pasó, como rutilante símbolo, a decorar el muro de nuestra secretaría. El dibujo era perfecto Y el brillo también, porque cada uno de los socios la pulía, de vez en cuando con la manga de la camiseta.

A poco de subir a primera a los insiders Julio Castillo y al Charro se les tomó esta fotografía, El primero de ellos murió muy joven en Brasil.

PARTIDOS DE ROMPE Y RAJA

Éramos todos pibes de Brandsen al 900. En el 1000 de la misma calle se formó otro club, y otro en Irala, y otro más en Olavarría… y muchos más en cada calle donde hubiera quince o veinte chiquilines. Los domingos. mientras la República entera estaba con el alma en un hilo pendiente de la suerte de River o Boca Juniors, allí no más, en el potrero de enfrente, los de Estrella nos rompíamos el alma disputando partidos de hacha y tiza, sin tiempo medido, ni arcos —como no fueran dos latas o dos piedras con la ropa encima—, ni más casaca que la camiseta del diario vestir, alpargatas siempre bigotudas, y la clásica pelota de trapo inmortalizada por Borocotó. La única pitada que interrumpía de tanto en tanto el entrevero nuestro era la de la máquina del ferrocarril que cruzaba el Potrero y que podía darle un final trágico al partido... si nos descuidábamos.

Por la noche, al reunirnos en la "secretaría" para comentar nuestras victorias o descalabros, se hablaba de "los grandes" de Boca o River. Porque, aunque todos pertenecíamos a La Estrella de Brandsen, unos éramos hinchas del club de la franja roja y otros del de la bandera sueca. Esas discrepancias no impedían que todos fuéramos amigos, camaradas, y socios del club nuestro: La Estrella de Brandsen.

Los otros, los de River o Boca, eran para nosotros los maestros del fútbol: mucho más ídolos que hombres. Nosotros éramos simples purretes que pateábamos la pelota de trapo.

 

Reventando redes, atrás el gran Angelito Labruna.

LA ALPARGATA BIGOTUDA

En el párrafo anterior hablé de dos cosas portadoras de recuerdos amables que vale la pena consignar. Una de ellas la alpargata bigotuda; la otra, la pelota de trapo. No he dicho todavía —pero es así— que mi padre era por aquel entonces vigilante de la 24°, justamente la seccional donde vivíamos. Y que muchas veces fue el encargado de arrear de los potreros a los pibes que se hacían la rabona en el colegio con fines de entrenamiento. En aquel tiempo la familia era pobre. SI no recuerdo mal, los vigilantes ganaban 112 pesos con 30 centavos, y ésos eran todos los recursos del hogar. Los pibes íbamos al colegio de rigurosa alpargata. SI alguno tenía zapatos se reservaban para las grandes solemnidades. Yo los tenía, recuerdo, pero estaban celosamente guardados en el más secreto reducto del ropero de mi madre. El caso es que no sólo había que cuidar los zapatos sino también las alpargatas, que costaban lo suyo. Creo que... ¡cuarenta y cinco centavos! Y era con ellas, precisamente, que se armaban los grandes entreveros. Claro está que al cabo de tres o cuatro horas de shoteo —pues los partidos no duraban menos— se rompían las costuras, y el tejido se deshilachaba entre la capellada y la suela. Y era entonces cuando alguno le advertía al otro palpitándole la cascada:

—iAraca, pibe, que tenés las alpargatas con bigotes!...

Bueno… en cierta ocasión me arrearon a mí. El "botón" no era mi padre, y de nada me valió decirle al del procedimiento que yo era hijo de su colega.

—Moreno, ¿eh? Bueno, seguí no más..., que me parece que le hago un servicio a tu viejo con llevarte.

Y me llevó no más a la 24° con los otros. Allí me tuvieron hasta el cambio del tercio, que fue a la medianoche. MI viejo me sacó y me llevó para casa. Ni un grito, ni un reproche, nada. Yo lo miraba de reojo a la espera del primer cachetazo, aunque mi padre no me había pegado jamás. De pronto me dijo:

— ¿Te fijaste que tenés las alpargatas con bigotes?

—SI, papá.

—Bueno: si tu madre te las llega a ver así, te casca.

 Seguimos caminando en la noche. De pronto agregó:

—Pará un momento.

Extrajo de su chaquetilla de vigilante un cortaplumas filoso, y a la luz de un farol me recortó los bigotes de las alpargatas. Tosió para disimular la aflojada, y me dio un leve empellón diciendo, con voz que quiso ser enérgica:

— ¡Siga!

En alguna ocasión leí un cuento de Santiago Rusiñol que se titula: "El buen Policía" Y así era ml padre bueno, guapo como él solo, pero bueno, buenazo

¡Que Dios lo tenga en santa gloria!

Aquí empezaba a usar corbata. Se estilaba entonces el gran nudo, que en el entender callejero daba "hombría", y yo no podía ser menos… La verdad sea dicha: es que siempre me gustó hacer pinta. La pinta es una cosa muy importante para un jovencito ansioso

LA PELOTA DE TRAPO

La de todos los pibes pobres, la del potrero, la humilde pelota de trapo. Aquí se trata de una de ellas, pero esa fue una pelota famosa que me trae un recuerdo tragicómico. El partido de aquel domingo era de compromiso, y los de Estrella nos habíamos comprometido a llevar la pelota. Me acordé de algo que había visto en casa y prometí, vigorosamente:

— ¡Bueno, la pelota la hago yo!

Puse en un balde un montón de diarios viejos a remojar, los amasé concienzudamente, y le di a la pasta la forma esférica de rigor. Luego la forré…

Bueno: la pelota de trapo causó sensación entre los del Estrella: tan brillante, tan pi-tuca… No resistió, sin embargo, la furia del entrevero, y al final del partido me la llevé para casa "fané y descangallada". Y entonces fue cuando se armó la de San Quintín. Mi hermana Estrella, que todavía estaba llorando, me gritó al verme llegar:

— ¡Conque fuiste vos fuiste vos, marrano!...

Le había utilizado, para forro de la pelota un par de medias de seda logrado a durísimas penas, para ir esa tarde al cine con el novio. Tirones de orejas. Felpeada… y a la cama sin comer.

¡Y bueno! Un poco de dolor. bastante más de hambre insatisfecha… pero el Estrella de Brandsen había ganado el partido de esa tarde por una goleada fantástica, en la que me tocó buen papel.

Se ha dicho que "las penas con pan son menos". Con gloria también.

 

LOS PRIMEROS ZAPATOS
Me refiero a los de fútbol, por supuesto. Los calcé por primera vez jugando en el "Lamadrid", con gran asombro y orgullo de los compañeros. Y ahora les contaré su laboriosa y providencial financiación. Una mañana cierta vecina me dio diez centavos por un mandado que le hice. Me fui con ellos al mercado Solís, busqué al quinielero y le jugué cinco centavos al 35. Por la noche pasó el vendedor de diarios. Le pregunté:
— ¿Qué número salió?
—Treinta y cinco para todos.
—¡Hurra!
Por lo menos era para mí. Saqué cuatro pesos... y me compré los botines. Dije que los estrené en el "Lamadrid", pero no; ya van a ver. En el cine "Olimpia" tenía la changuita de vender chocolatines y caramelos a escondidas de mis padres para ganarme unas chirolas El día que compré los zapatos me los llevé puestos... Y fue detrás del telón del cine, no pudiendo aguantar más las ganas de shotear con ellos, que los estrené pateando las cajas vacías de los chocolatines.
 

En familia.

MI FAMILIA

Aquí está mi familia en pleno. Mi querida madre como eje del grupo. A su derecha mi formidable “Viejo”, el mejor padre y el mejor vigilante que haya habido. Junto a mi (ya por entonces "en la buena") mil dos hermanas: Estrella, la más Churra, e Iris, la víctima de las medias utilizadas para la más linda pelota que yo haya construido alguna vez, y  de la que les hablo en este capítulo. El grupo se completa con mi Primo Oscar Amador, que por entonces cantaba música Popular, y dos sobrinos, los pibes Jorge y Norberto .

“Estrella" se llamó mi primer club y eso le gustaba a mi linda hermana. Sobornaba su voluntad para conmigo.

CATECISMO Y FUTBOL
Junto a la Iglesia de San Juan Evangelista, y propiciado por Ios Ex alumnos de Don Bosco, se disputaba un entrevero de pibes que consistía en picados por las tardes, selección de los mejores y campeonatos los domingos por once medallas. Un compañero de una fábrica de rejas para barcos donde trabajé una temporada (Mantero, se llamaba, y aquí les debo otra anécdota), me llevó a San Juan Evangelista. Corríamos desde la fábrica al baldío y al llegar gritábamos:
-¿Hay colada?
Nos sorteaban con una monedita, pero no era suficiente haber ligado "cara" y formar en el puesto que nos indicaba el delegado. Loa partidos eran supervisados por un cura  de la iglesia, quien antes de formar el cuadro nos hacia pasar ante su reverencia y nos exigía la presentación del catecismo. Y en él debla constar, mediante un sellito y la fecha,  que el domingo anterior había asistido a misa cada uno de nosotros.
Si figuraba el sellito  ... a jugar. De lo contrario a mirar el partido.
 

CONTINUARÁ...

(1959. Derechos exclusivos de El Gráfico)

 

Por Redacción EG: 30/08/2018

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