LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

1997. RAICES (Vilas en Santa Fe)

- por Redacción EG: 24/08/2018 -
Vilas y los 217 chicos en Esperanza, Santa Fe.

Propiedades en todo el mundo, dinero de sobra, reconocido por todo el planeta; saca un pasaje de micro y se va a Esperanza, Santa Fe, a evaluar a ¡217 niños! ¿Qué hace éste acá? “Volver a las raíces”. Un maestro

Esta nota fue solicitada desde Ataliva, provincia de Santa Fe,  por Natalia Schmidt, quien fue uno de los cientos de niños que participaron en este evento hace más de 20 años.
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Guillermo Vilas reunió a 217 chicos en Esperanza, Santa Fe, en su búsqueda de nuevos talentos

RAICES

La grandeza de los hombres está dada por sus actos de vida. Allí estábamos, un cuarto de siglo después, en el mismo lugar. Quizás más sabios, seguro más viejos. Con cicatrices de hazañas y fracasos. Pero, increíblemente, sin dolor. Como si nos abrigara tibiamente esa cuna de necesidades, de ganas, de coraje, que él reconoce con su instinto de luchador incansable.

La interminable fila en el Lawn Tennis Club de Esperanza. Impresionante.

Está en su estado natural, salvaje, motivado porque está otra vez ante una pelea desigual. Y no hay nada que lo conmueva hasta el alma como los grandes desafíos. Lo ganó una vez, ¿por qué no dos? O no era él aquel mismo Guillermo Vilas que hace 30 años se aferraba a su única raqueta, trepaba al Chevallier y se dormía los 400 kilómetros entre Mar del Plata y Buenos Aires soñando con llegar a ser N° 1 del mundo. El mismo sueño, exactamente igual, que tuvieron los ¡217! chiquilines que, apretando su raqueta como único tesoro, fueron a mostrarle su talento, a pedirle un futuro...

¿Qué hace éste acá? Casa en París, Nueva York, Monte Carlo, dinero bien asegurado por varias generaciones, reconocido en el mundo entero, rica vida intelectual... Saca la billetera para pagar un pasaje de micro de 35 pesos en plena medianoche de una pequeña ciudad santafesina.

-¿Qué hacemos acá? -Volver a las raíces. Como hace toda cultura que ha perdido su identidad. Tenés que regresar a las fuentes, para volver a alimentarte, poner en claro las ideas y salir a luchar. Tener humildad y coraje. No es tan difícil.

Vilas, con 15 años viajaba cada fin de semana de Mar del Plata a Buenos Aires.

Esperanza, 38 kilómetros al norte de Santa Fe y 33.000 habitantes. Allí estamos, para dejarnos ganar nuevamente por el asombro y la sonrisa del futuro. El Programa de Detección de Talentos, de la Secretaría de Deportes de la Nación, es el mágico imán que convierte al Esperanza Lawn Tennis Club, en un maravilloso enjambre de savia virgen. Milagrosamente llegan chiquilines de 7 a 14 años desde pequeños pueblos o ciudades que uno, avergonzado, apenas si reconoce: Pilar, Sunchales, Rafaela, El Trébol, Reconquista, Las Rosas, Santa Fe de la Veracruz y hasta se animan los entrerrianos de Paraná, entre tantas. Con sus profesores a la cabeza, como ofreciendo su tributo de esfuerzo a la mirada del Gran Maestro. Entre ellos, por caso, Fernando Dalla Fontana, aquél que nos dio con José Luis Clerc y Alejandro Gatiker la Copa Galea en 1977 y ahora traspasa lo aprendido en años del circuito internacional en el Santa Fe Lawn Tennis Club.

Hay rubios de esta Pampa Gringa y pieles cobrizas de ancestrales generaciones. Sólo 10 de ellos vivirán la ilusión. Otros 207, seguramente, llorarán en el silencio de sus almohadas, escuchando las palabras que Vilas le repitió a cada uno sin excepción: "Gracias por tu tiempo y tu esfuerzo. No bajés los brazos, entrené a muerte para el año que viene que vos podés estar adentro y uno de ellos — por los que quedaban — afuera..."

A uno se le desgarraba el corazón. A Willy, también, pero el mensaje era parte de la enseñanza: "Nadie les va a regalar nada, es mejor que lo sepan desde ahora. El que no lo pueda soportar, es porque no tiene el temple para llegar".

Son seis horas agotadoras adentro la cancha, junto a Dante Pugliese - riojano, profesor del presidente Carlos Saúl Menem, director del programa -, evaluando y eligiendo. Poniéndose sobre los hombros la responsabilidad de la decisión, más concentrado que cuando tenía enfrente a Bjorn Borg o Jimmy Connors.

Vilas tapa el micrófono y dialoga con Dante Pugliese, haciendo la evaluación.

-Este es el futuro... Esta es la realidad, acá están los chicos de carne y hueso y lo que pueden dar. Detrás de un escritorio, en la Asociación, no se resuelve el tenis argentino. Ni tampoco con programas faraónicos, como darles raquetitas de plástico y pelotas de goma espuma, para que los pobres profesores de educación física — que cobran dos mangos en los colegios — enseñen el juego con todos los problemas que tienen... Son cosas fuera de la realidad, bien de Enrique Morea.

-¿Cómo está el tema de tu escuela? -Yo en noviembre empecé a preguntar qué debía presentar para que me habilitaran mi escuela de profesores, no escuelita de tenis, sino profesorado. Recién ahora en marzo me contestaron y tuve que hacer todo corriendo. Inclusive una carta de presentación allí mismo en la Asociación Argentina de Tenis, con Morea delante, para que la mesa de entradas me sellara todo el currículum que se presentaba.

-¿Y qué te contestaron? Todavía no me dijeron si la aceptaban o no, y yo estoy con todo parado cuando las clases deberían empezar en abril. Así cada vez estamos más lejos. Por eso me pareció que la única manera era ésta: salir, ver y preparar. La Secretaría de Deportes implementó este programa y me metí de cabeza.

-¿Cuál es tu tarea? -Yo lo que hago bien es detectar quién puede ser un talento (como eligió nada menos que a Boris Becker y Gora Ivanisevic, para su sociedad con Ion Tiriac), después no tengo paciencia para irlo puliendo, por eso están Dante y, en el CENARD, Tony Pena y Ricardo Cano. Cada uno de los chicos que seleccionamos, van a Buenos Aires a una evaluación completa: técnica, física, alimentaria, psicológica y se les provee un plan a seguir con su entrenador por tres meses. Ahí se lo vuelve a evaluar y a fin de año haremos una competencia. Quien funcione bien en cada categoría, tendrá una beca para jugar en el país y en el exterior durante un año. De esa manera, el chico se despreocupa de estar consiguiendo dinero para poder salir a jugar y está permanentemente bajo control técnico y médico. Serán pocos, los mejores, pero es la única manera de vovler al nivel perdido…”

Cuando a medianoche subimos al micro ("La Secretaría no tiene plata para andar en aviones, ni malgastando. Dante pone su auto y yo viajo en micro. Ya estuvimos en diciembre en La Rioja, en enero en Mar del Plata y en febrero fui y volví a Azul también en micro. Me vine todo el viaje tomando mate con los choferes y, cuando paró en Liniers, nos quedamos viendo 'Fútbol de Primera' en un drugstore, total los cinco que seguíamos a Retiro no teníamos apuro..."), está destruido. Los ojos rojos, la voz ronca. Todos se asombran de verlo allí arriba. Lo paran, le piden autógrafos, se sientan a charlar. Lo envuelve el cariño que sigue a una leyenda. Cuando arrancamos, su mente, increíblemente, empieza a pasar lista a los elegidos. Los tiene radiografiados como si los conociera de toda la vida, con virtudes y defectos, pese a que vio a 217: María Emilia Salerni (13, Rafaela); Diego Grubert (11, Paraná) ; José López Candioti (14, Santa Fe); Estefanía Rolón (14, Resistencia) ; Bruno Simonetto (12, Esperanza); Diego Salamco (10, El Trébol); Matías Niemitz (12, Reconquista) ; Flavia Migola (11, Esperanza); María Emilia Gioria (12, Santa Fe) y el que nos dejó con la seguridad de haber presenciado la detección de un real talento: Julián Mora, 7 años, de El Trébol —una localidad de apenas 3.000 habitantes— con un drive espectacular, físico espigado, un gorro encasquetado y su raqueta aprisionada contra el pecho como si en ella estuviera la vida.

Volviendo de Esperanza en micro con el autor de esta nota..

- "Viste lo que era ese ratón... Impresionante. Cuando pegó las dos primeras pelotas, lo mandé a la mesa a que le tomaran todos los datos, porque para ver a ése no se necesita tener ojo clínico. Para él haremos un trabajo especial, por su edad no puede ir al CENARD —recién a los 9 años empiezan los seguimientos del alto rendimiento—, pero hablaremos con los padres, los aconsejaremos y habrá que analizar con su profesor el sistema de entrenamiento a utilizar. Pero ver a estos chicos te hace meterle más garra a todo esto. Material tenemos, allí está, hay que ayudarlos a salir, dotarlos de tecnología y apoyo económico".

Se sacó los zapatos, se puso la manta encima y las 20 horas corridas con todo su cansancio se le desplomaron encima. Tenía preparado el mate —se compró en una simple estación de servicio y un porta termo de cuero, una banqueta plegable también de cuero y bombillas largas que sólo se encuentran en la región o en Entre Ríos, mientras se comía su sandwich favorito: salame, queso y manteca en pan francés—, pero no llegó a tocarlo.

Allí, dormido en un micro que ronroneaba en medio de una ruta santafesina, seguro que empezó a soñar con ver a alguno de esos chiquilines campeón en Roland Garros. Como soñaba él, en otro micro menos cómodo, treinta años atrás. Entonces terminé de entender que había bajado a las raíces más profundas en la búsqueda del corazón mismo del tenis argentino para intentar que no deje de latir.

 

LUIS A. HERNANDEZ.  Fotos: MARIO PAGANETTI (1997)

 

 

Por Redacción EG: 24/08/2018

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