Fútbol

1968. El día que se fue Nasazzi

José Nasazzi fue la representación del futbolista que no quiere perder. Capitán de la selección de Uruguay campeona olímpica en el 24 y 28 y mundial de 1930, tras su fallecimiento, así lo despedía El Gráfico.

Elegimos un recorte de un diario uruguayo para marcar el comienzo: "Nunca en este país un deportista fue despedido con tanta congoja y al mismo tiempo con tanto fervor. Miles y miles de personas de toda edad y condición le dieron el adiós postrero. La sede de su Bella Vista, las calles adyacentes, la avenida Agraciada, las aceras, vieron pasar el féretro donde iba encerrado el "Gran MariscaI". Las mujeres arrojaban flores a su paso, y las madres les dieron flores a los pequeños para que ellos también cubrieran la calle con el último homenaje al ídolo caído. Muchos lloraban. Nunca, jamás, Montevideo vivió tanto dolor por la muerte de un abanderado del fútbol". (De "El País", de Montevideo, 20-6-68.)

Roberto Sbarra iba a visitarlo a menudo. Hace poco fue con Nolo Ferreyra y Saúl Calandra para apretarse con Nasazzi en un abrazo, para comer juntos, para contarse las canas, para hablar de sus familias, para abrirse como hombres. Y dos años atrás Nasazzi cruzó el charco en puntas de pie para darle la sorpresa de su presencia a Américo Tesoriere en una noche de homenaje.

José Nasazzi Yarza (1901-1968).

No eran hombres distintos a los de hoy porque pensamos que la valuación humana debe ser inmutable. Pero eran hombres de otra época, menos apurada que ésta, con más tiempo para olvidar los fouls de las canchas y con más tiempo también quizá para apreciar las cosas hermosas de la vida. La larga carrera de Nasazzi vio desfilar como adversarios a Tesoriere, Saúl Calandra, Nolo Ferreyra y Roberto Sbarra, éste en el último tramo. Todos fueron protagonistas de choques con olor a pólvora, pero todos se siguieron viendo, sin bajar la cabeza, cuando a la vuelta de los años, ya maduros, se sentaban en la misma mesa, en Montevideo o en Buenos Aires para hablar de los nietos, de la ciática o de los melenudos, olvidando goles, golpes y resultados.

Nasazzi, zaguero central, fue la representación del futbolista que no quiere perder. Lo llamaron "El Terrible-, el "Mariscal", y "El Único". Quedó en la historia del fútbol uruguayo como el defensor de fuerza y talento, de dientes apretados, que protegía su arco como una trinchera, hasta el último tiro.

Fue doble campeón olímpico en 1924 y 1928, campeón mundial en 1930, y cuatro veces campeón sudamericano, en 1923, 1924, 1926 y 1935, y en las siete conquistas fue el capitán del equipo.

En todas las épocas ha existido ese afán de ganar, el mismo anhelo de revancha que prende hoy cada vez que pica una pelota entre argentinos y uruguayos. Pero el medio era diferente y de ahí aquellas actitudes igualmente distintas. Era la época del lirismo, de jugar por jugar, para ganar sí, pero sin reclamar nada, dándolo todo. Y esa base hizo esa forma dulce de seguir sintiendo la necesidad de tratarse aún más allá del retiro, del cinturón agrandado y de los álbumes juntando polvo.

En su "parada" de Yi y Colonia, allí Nasazzi esperaba a jóvenes y viejos para regalar su experiencia, repartir consejos, y ejemplificar sin petulancia.

 Y hasta allí llegaban sus duros rivales de sus años mozos, para el abrazo, el buen recuerdo, la mano franca, y la copa cordial.

Había nacido en Montevideo, en el barrio Peñarol, el 24 de marzo de 1901. Y toda su vida, desde niño, estuvo ligada al fútbol, al "Domingo Savio" de su infancia, al "Lito" que conoció de adolescente, al Roland Moor de sus 20 años, al Bella Vista de su consagración, su viejo club que defendió hasta el 32, cuando el profesionalismo lo llevó al Nacional para formar un triángulo final inolvidable con Eduardo García y Domingos da Guía. En el 36 se retiró de la actividad para incursionar en la dirección técnica y más tarde en el periodismo radial. La muerte lo sorprendió desempeñando el cargo de gerente general de casinos. La muerte, que impactó a Montevideo, ha tenido aquí el mismo eco en sus viejos rivales de los años veinte...

Emblemática fotografía del Gran Capitán de la Celeste, hablándole a sus compañeros

Por eso es que la desaparición de José Nasazzi duele. No sólo por la pena. No sólo por haber sido el más famoso futbolista uruguayo de todos los tiempos, sino porque quizá se vaya con él una cuota importante de aquel hermoso ejemplo de amistad que nos dejan los "viejos pantalones", que más de una vez los jóvenes miramos con sorna en una foto amarillenta, borrachos de presente, de espaldas a la historia.

Por eso duele. Por eso se siente.

Muchas veces se recurre a frases hechas para despedir a los grandes.

Muchas veces se ha dicho que con el adiós final de determinado personaje "se va una época" y también se reitera que con su partida "muere una leyenda".

Y casi siempre las frases suenan huecas, como suena hueco todo lo que se reproduce por comodidad, porque se usa.

En este caso las dos frases merecerían ser absolutamente inéditas, porque esta vez es real que se va una época del fútbol oriental, el que simbolizó en vida. Y también es válido que con su partida "muere una leyenda", porque su trayectoria llegó a ese límite de grandeza.

Por eso la despedida final de su pueblo, tapándolo con flores, llorándolo de adentro, quizá porque cada uruguayo sepa que se ha roto el gran molde, que llegarán los OVNI, que se podrá veranear en la Luna, pero que jamás habrá otro José Nasazzi.

El Gráfico 1968