Fútbol

La nueva era, por Stefan Zweig

“Pocas veces los grandes escritores han tenido palabras tan encomiásticas para el deporte.” Espléndida página de una de las mentes más lúcidas del siglo XX, quien supo percibir un cambio de época.

Stefan Zweig (1881-1942), el gran escritor que en su libro autobiográfico, lleno de melancolía, hizo el elogio del deporte con su estilo habitual, sencillo en su grandeza.

El brillante escritor vienés Stefan Zweig, fallecido trágicamente en Brasil, en su autobiografía titulada "El mundo de ayer", se refiere a los primeros años de este siglo en los que el deporte comenzó a tomar gran incremento. Dice así:

"No sólo las ciudades sino que también los mismos hombres se tornaban más bellos y sanos gracias al deporte, la mejor alimentación, la jornada abreviada y el contacto más íntimo con la naturaleza. Se descubrió que el invierno, antaño una época de tedio que los hombres pasaban malhumorados, jugando a las cartas en las fondas o aburriéndose en las estancias excesivamente calentadas, era en las montañas un lugar de sol filtrado, néctar para los pulmones, voluptuosidad de la piel por la que corre desenfrenada la sangre. Y las montañas, los lagos del mar, ya no quedaban distantes como en otros tiempos. La bicicleta, el automóvil, los trenes eléctricos se encargaron de acortar las distancias y dar al mundo una sensación nueva de espacio. Miles y miles de hombres se precipitaban los domingos, ataviados con chillones chalecos de deporte, sobre esquíes y trineos, por las pendientes nevadas; por doquier surgían palacios de deportes y piletas de natación. Y precisamente en las piletas podía observarse nítidamente el cambio que se operaba. Mientras en mis años de juventud resultaba raro ver un hombre verdaderamente bien formado, en medio de los cuellos hinchados, los vientres grasos y los pechos hundidos, ahora, figuras elásticas de gimnastas, tostadas por el sol, erguidas por los deportes, competían en campeonatos de antigua jovialidad. Excepción hecha de los más pobres, nadie permanecía en su casa los domingos; toda la juventud salía a caminar, a correr y a luchar, experta en toda suerte de deportes.

"El vienés de vacaciones no se dirigía, como en los días de mis padres, a las inmediaciones de la ciudad o a lo sumo al territorio de Salzburgo. Habíase despertado la curiosidad por conocer el mundo, el deseo de averiguar si otras partes del mundo eran igualmente hermosas, o acaso de una hermosura distinta. Mientras en otros tiempos sólo los privilegiados podían viajar al extranjero, ahora también los empleados de banco y los artesanos viajaban a Italia y a Francia.

Los viajes se habían hecho más económicos, más cómodos; y, sobre todo, había en los hombres un nuevo valor, una osadía nueva, que también los hacía más emprendedores en las excursiones, menos timoratos y económicos en la vida; más aún: la gente se avergonzaba de ser tímida. Mi generación íntegra decidió tornarse más juvenil, y en contraste con el mundo de mis padres, todos cifraban su orgullo en ser jóvenes o parecerlo. 

De repente desaparecieron las barbas, primero entre los jóvenes y pronto entre los mayores, que los imitaron, temerosos de ser considerados viejos. El nuevo santo y seña era ser joven, ser lozano y abandonar toda solemnidad. Las mujeres arrojaron los corsés que habían aprisionado sus cinturas; renunciaron a las sombrillas y a los velos, porque ya no temían al aire y al sol; acortaron las faldas, para poder mover más libremente las piernas en las canchas de tenis, y ya no se avergonzaban de lucirlas bien modeladas. La moda se hacía cada vez más natural, los hombres vestían breeches, las mujeres empezaron a montar en silla de caballero, la gente no se escondía o se cubría en presencia de los demás. El mundo se había tornado no sólo más hermoso, sino también más libre.

"Fue la salud, la confianza propia de la generación nueva inmediata a la nuestra, la que conquistó esa libertad también para las costumbres. Por primera vez se veía niñas sin aya, en camaradería franca y seguras de sí mismas, en excursiones y dedicadas al deporte, con amigos jóvenes; no eran ya tímidas y melindrosas, sabían lo que querían y lo que no les convenía. En las piletas de natación eran derribados, cada vez más resueltamente, los tabiques que hasta entonces habían separado de modo inexorable los departamentos de damas de los reservados para los hombres. Mujeres y hombres ya no tenían vergüenza de demostrar cómo se habían desarrollado; en esa década se conquistó más libertad, desenvoltura, confianza, que en todo el último siglo".

Pocas veces los grandes escritores han tenido palabras tan encomiásticas para el deporte. Todos los que han luchado por su difusión deben sentir agradecimiento hacia Stefan Zweig, que nos ha legado esta página espléndida.

EL GRÁFICO (1943)

En otra parte de su autobiografía, el escritor austríaco. testigo de las dos guerras mundiales dice:

"Sin quererlo, fui testigo de la derrota más horrible que ha sufrido la razón y del triunfo más inaudito que ha alcanzado la brutalidad en el curso de la Historia”.

Convencido de la expansión del nazismo por el mundo, el 22 de febrero de 1942 en Brasil,  Zweig y su segunda esposa, ponen fin voluntariamente a sus vidas. Los encontraron abrazados en su lecho.