Fútbol

Vivirán por siempre aunque se hayan matado

Lunes 12 de junio de 1989. En una pelea histórica, dramática e inolvidable, Sugar Leonard y Thomas Hearns hicieron algo más que empatar. Se metieron definitivamente en la leyenda. La genial crónica de El VECO .

Yo creía que Leonard ganaba por nocaut en cinco o seis rounds, convencido hasta el tuétano de su capacidad superior, y después comprobé que el manejador sutil de la comedia en sus holgadas noches para el show y la distensión, el bailarín de las botas blancas, el Nureyev de las narices chatas y las orejas de coliflor, tenía que dejar la sonrisa a un lado para interpretar el profundo drama de un desenlace incierto.

 Y si bien tras la bandera de armisticio decretada por los jueces yo tenía un punto arriba para Leonard no entraba a discutir en demasía a quienes aceptaron el draw o habían visto ganar a Hearns, porque la noche fue más grande, más tensa que nuestros números flacos, que las vanidades sobre aciertos o yerros que alguna vez nos atraparon, pero que ya no importan.

El 16 de Septiembre de 1981. Leonard le había dado una paliza a Hearns, que venía invicto.

LA GUERRA. . . LA GUERRA…

Y uno pensaba que se exageraba la promoción, una promoción que incluso abarcó ese casco verde obsequiado a cada periodista, los videos con que tropezábamos a cada minuto, en medio de las máquinas tragamonedas y todos los “Marcoantonios” y todas las "Cleopatras” del Caesars Palace, con las imágenes de un campo reventado por la granada, o un avión cayendo en picada, envuelto en el spiedo de la muerte.

 Yo creía que Hearns era un flojo que se resignaba ante la adversidad, y en aquel instante, a las once de la noche, lo tenía a tres metros cuando se iba a iniciar la conferencia de prensa, y tuve ganas de pedirle disculpas, aunque a él por supuesto le importara un rábano mi opinión primera y mi rectificación posterior.

¿De dónde había sacado fuerzas el noqueado por Iran Barkley, el polémico vencedor del discretísimo James Shuler? Vaya uno a saberlo, quizás desde el fondo de su orgullo herido, de esa siembra de revancha (“Tú puedes, tu puedes”) que puso en el surco de su reacción la palabra de Emmanuel Steward, su maestro, su técnico, y por sobre todo su amigo.

 Y el propio Thommy lo reconocerla cinco minutos después “Ray me tuvo mal, y no fui al piso por quienes creyeron en mí, o sea por muchos de los que aquí están presentes”.

 En esos instantes los ojos de Hearns tenían la tranquilidad de haber sorteado una prueba definitiva sobre su condición anímica, de haber dejado atrás esa palabra fea que le hablan endilgado en más de una ocasión, esas cinco letras que para cualquier deportista tienen casi tono de epitafio a la hora del juicio definitivo. Los ojos de Hearns tenían esa paz que se logra tras la misión fundamental de convencer a todos, no de la indiscutible potencia de sus puños, sino de su raza de  campeón. Esa sobria sonrisa que brindaba generosamente al gremio de la prensa decía de examen ganado, de garra probada, de dientes apretados, de haber puesto sobre el ring hasta los jirones de su alma Y puso también todos los órganos para que nadie dudara, por fin, de la gruesa calidad de su fibra.

Lo vimos tres veces en situación de ir al piso y con aires de quedarse, pero se rebeló ante la contrariedad y mantuvo gallardamente la vertical. “No quiero caer, cara. . .", pareció expresar Y lo escuchamos todos, clamorosamente Leonard, aun dos veces en la lona, no dio esa sensación tan clara de nocaut inminente y quizás haya sido uno de los motivos subjetivos que nos llevaron a tener empate al término de penúltima vuelta, listos a aguardar el último resplandor de la trinchera.

La década de los ochenta quizás haya sido la última época de oro del boxeo. Entre los medianos estaban Pipino Cuevas, Marvin Hagler," Mano de Piedra" Durán, Hearns y, el mejor, Ray Leonard.

EL GENERAL FUE SOLDADO

Allí estaba también a tres metros, Ray Leonard, menos “Sugar” que otras veces, más agrio en la fiera actitud de peleador a que fue obligado por las circunstancias.

Nunca lo vimos tan alejado de su libreto, como si los años se le hubieran caído de golpe. Nos habían dicho que el divorcio de Juanita lo habla desacomodado como a cualquier mortal. Nos hablan manifestado que el ultra favoritismo que le otorgó no sólo el mundo de la prensa, sino la diferencia que emanaba como un grito en la compulsa de una y otra trayectoria, lo ablandó. Allí estaba uno de los ídolos más grandes que el periodista haya tenido. No había sido el gran Leonard, el del ballet, esta vez con más velocidad en las manos que en las piernas súbitamente fijas, pero igual lo observábamos con la mirada agradecida, arrojándole en silencio la cuota de admiración que supera el accidente de una noche, aferrada al saldo ampliamente favorable de todas las jornadas que nos regaló

“Señores, pido un aplauso para Thommy Heams”, señalo con humildad, y todos aceptaron el convite.

 ¡Qué grande, Sugar! Lo contemplábamos con la misma actitud con que observamos tantas veces a Cassius Clay, el Gardel negro. Con el mismo recuerdo fílmico, en blanco y negro, de las proezas de Robinson, merecedoras de los colores más fuertes que pintor alguno haya inventado. Y también, por supuesto, con lo que nos arrancó Nicolino Locche, de los visteos defensivos, torero de pantalones cortos, rey de la defensa en la tierra y otras galaxias.

Allí, en medio de colegas de cien países, estaba Sugar

“Hearns me sorprendió con su trabajo de zurda, manejada con mucha soltura. Creo que el resultado está bien. No sé qué haré en el futuro. Debo pensarlo."

 El general orgulloso de otras batallas más felices, menos complicadas, había tenido que dejar el caballo blanco, pisar el campo, y ser soldado en el trámite por momentos desfavorable. Al viejo "Sugar” se le cayeron los galones de su jerarquía, pero se resistió a morir deportivamente hablando, como si la consagración olímpica de Montreal fuera mañana, como si el horizonte en un puño apenas una quimera, como si hubiera vuelto a la hora del plato vacío, a las ansiedades niñas de pan escaso en la Wilmington del primer berrido.

En las horas oscuras de cualquier gran deportista, no lo olvidemos, es cuando más impactan los alaridos de grandeza, porque asoman más fuertes, más emotivos que en los fáciles tiempos de la bonanza.

 Y eso nos pasó con Leonard al enfrentado en la noche del 12 de junio, tras la explosión de la última granada.

Leonard y Hearns han empatado. Cada uno retiene su título supermedIano. Atrás quedaron 12 rounds llenos de emoción y coraje.

UN JUICIO DE TITO

 Allí estábamos en la barahúnda del centro de prensa, observando a la distancia —después llegamos al cuerpo a cuerpo—aquello que podía ser un buffet de un cumpleaños de quince      con los padres echando la casa por la ventana, de esos que figuran más en la nostalgia sudamericana que en este presente de cinturón apretado y “hoy no se fía".

Allá estaban todos los bocados apetecibles,  para después, y en las mesas más próximas del tableteo  de las máquinas de escribir, las bacanas computadoras con el silenciador, y las preguntas de siempre entre las colegas ("¿cómo la viste?", "¿quién ganó para vos?"), esas que se suceden siempre ante un fallo cerrado,  las inseguridades humanas que se afianzan en la coincidencia y se frenan en parte ante un juicio adverso, sobre todo si tiene origen respetable.

Y de pronto nos llega una voz que atraviesa el ruido, que relegó los bocados y superó el tableteo de las máquinas de escribir. Allí estaba Tito Lectoure para darnos un abrazo siempre bien recibido. Allí estábamos en medio de una gran noche de boxeo, como si reviviéramos el Tokio de 1966, cuando la consagración de Accavallo, cuando EL GRAFICO nos regaló en un viaje de 45 días nuestra primera vuelta al mundo, para pisar mapas y traer algo en las suelas y en la mente.

 “Esta noche murieron los dos. Si ya estaban en el declive, hoy terminaron matándose mutuamente", nos dijo.

Allí estábamos juntos, como cuando Leonard-Hagler en el mismo escenario, como cuando la consagración de Galíndez en el Luna, como cuando nos estiramos los ojos para llorar mejor el triunfo de Locche el 12 de diciembre de 1968 en Tokio, y amanecimos en la embajada a punta de brindis, y algunos se bebieron hasta el agua de los floreros. Allí estábamos como cuando Clay-Frazier en el Madison Square en 1971, ahora con algunos años más, pero viviendo la pasión del boxeo, felices por haber asistido a una "guerra" que fue guerra sin comillas. Y de pronto Bob Arum, el mandamás de la Top Rank, organizadora del combate, se sumó a la rueda. Y nuestra pregunta fue inmediata: ¿Qué pelea viene, señor Arum?  Y entonces miró a Miguel Portanova, nuestro relator de Canal 5, Panamericana Televisión de Lima, y le vio una escarapela con "Leonard-Hearns, número 2". Y sonriendo con picardía puntualizó: “En una de esas le cambiamos el número a este anuncio y le ponemos un 3”.

 Se fue Arum y seguimos con Tito. La coincidencia era total: pocos se han pegado tanto, quizás como Sandy Sadler-Willie Pep en sus cruentos combates, como Clay-Frazier en sus épicas batallas.

“Es cierto —insistió Lectoure— pero  no creo que después de lo sucedido hoy estén para pensar en otro combate y menos en noviembre, como lo baraja Arum.”

Aceptamos las palabras de Tito, pero también agregamos las nuestras. Si los dos "murieron” deportivamente eligieron la más limpia de las maneras, la más diáfana. Esquivaron el pacto de no agresión que se asocia al “tango2, a lo turbio, a lo que está al margen de lo licito, lo que arruga el ideal deportivo.

Dos millonarios del boxeo, con cuentas bancarias reaseguradas, se jugaron a suerte y verdad y quedaron maltrechos, con rastros evidentes de un cambio de golpes sin cuartel. Protagonizaron una guerra cabal pasados los 30 años y lo hicieron con las intactas reservas de la competitividad químicamente pura, con los mismos ardores que volcaron al transitar los primeros peldaños de la escalera, cuando un ojo en compota no era una mancha sino una medalla que certificaba la condición de boxeador.

Por ahí también andaba Marvin Hagler, feliz con su retiro, pero anunciando que volvería si le ponen 20 millones de dólares. “¿Contra quién?”, le preguntaron. “Contigo, con cualquiera, el problema son los 20 millones".

 Más cerca nuestro revoloteaba el nerviosismo de “Mano de Piedra" Durán, comentarista de la tevé, envuelto en un smoking blanco que le caía como un corset de fierro, incómodo, para actualizar una imagen tanguera. “Yo le gano en seis rounds a los dos juntos", vociferó desafiante, procurando un ingreso que le salve el futuro, la plata o la vida, la última bolsa grande para ahuyentar acreedores y quedar más o menos en paz.

 Todos estaban en las inmediaciones, cerca de Bob Arum, del ”click caja”. Los que sobresalían por encima del resto eran los protagonistas de “la guerra”, levantados por los zancos de la admiración ajena.

 Un Thommy Hearns que sorprendió con su zurda. Un Leonard que esta vez impacto con su coraje.

 Quizás hayan muerto, los dos, de acuerdo, pero si transitaron la última noche de sus carreras tendrán derecho a un sol del reconocimiento que no se apagará jamás, que mantendrá su fulgor eterno como un faro de la vergüenza deportiva.

Gracias de verdad, y perdón si mañana al evocarlos se me planta un lagrimón.

 

EL VECO (Especial desde Las Vegas, Estados Unidos de América) Fotos: ERIC RISBERG, BOB GALBRAITH y LENNY IGNELZI  

Ray Leonard vs Thomas Hearns