¡HABLA MEMORIA!

A LA CARTA: Las increíbles andanzas de Evangelista

- por Redacción EG: 26/07/2018 -

A partir un pedido que nos llegó a elgrafico.com.ar/contacto, descubrimos una crónica sorprendente sobre el pelotaris Mariano Evangelista con sus pícaras peripecias por los pueblitos de la provincia, anteriores a su violenta muerte

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elgrafico.com.ar/contacto

 

A partir de un pedido del señor Fidel María Braceras,  solicitando material sobre el pelotaris Mariano Evangelista (1917-1942), encontramos una nota imperdible de 1936 y numerosas fotos de “La zurda de Oro” cuando apenas  tenía 22 años.

El 26 de junio de 1942, seis años después de esta publicación, quien fuera uno de los mejores pelotaris zurdos del mundo en su época,  fue muerto por un balazo que le atravesó el corazón en una timba de naipes en Puerto San Julián, provincia de Santa Cruz,

Mariano Evangelista recién había cumplido 28 años.

 

PELOTA

Si la figura de Mariano Evangelista no fuera conocida de los aficionados a la pelota por sus extraordinarias aptitudes de jugador, bastaría hacer el relato de las aventuras corridas en pocos años para dar interés a esta nota. Sin embargo, entendemos que este articulo debe justificarse, ante todo, por el prestigio que ha conquistado en nuestras canchas, especialmente en la de Almagro, donde midiéndose con los ases de la paleta ha demostrado que posee la mejor zurda del país. Y como, hasta que no se compruebe lo contrario, en la Argentina actúan los mejores paletistas, no hay exageración si se afirma que Evangelista posee la mejor zurda del mundo.

Hace muy poco tiempo lo evidenció en dos oportunidades, Gabriel Hauche, el gran jugador, le había ganado anteriormente a Evangelista, zurda a zurda, por cuatro tantos. Este último consideró que, en aquella ocasión, no había rendido cuanto podía por motivos de salud y ahora, en Almagro, se midieron dos veces y en ambos matches se impuso Evangelista, por nueve y diez tantos de diferencia, respectivamente. Basta esta sola mención para destacar lo que vale la izquierda de este muchacho, que además es, según lo hemos dicho, jugador de primera línea dentro de cualquier combinación.

Personalmente, Evangelista me gana de inmediato la simpatía de quien charla con él. Cuenta sólo 22 años y su fisonomía atrayente, sus facciones finas, su cabello rubio, su mirada suave, le dan un aspecto angelical que está perfectamente de acuerdo con su apellido... ¡y todo lo cual le ha servido de mucho en la vida!

Dentro de la cancha de pelota Evangelista se desempeña siempre con una tranquilidad pasmosa y una disciplina ejemplar, que podría servir de modelo a la gran mayoría de los pelotaris, sin distinción de clases ni de clasificaciones, no sólo por la espontánea conformidad que tiene siempre para aceptar los fallos de los jueces de cancha y la tolerancia con los errores de sus compañeros, sino también porque sabe ganar y perder sin inmutarse, aunque a veces la procesión vaya por dentro...

 A falta de un físico generoso, Evangelista pone al servicio del deporte una inteligencia poco común y es por eso que cada match en que interviene provoca un interés digno de su calidad.

—Me gusta más jugar partidos individuales que de cuatro, quizás porque en mis jiras me acostumbré a actuar solo, Me divierto más...

Y dice la verdad, porque en esos partidos individuales es donde raya a gran altura empuñando la paleta argentina y ha probado que, en un trinquete neutral, zurda a zurda, no hay quien le gane. Y como, a pesar de su aspecto no es tan "evangélico" como parece — ya lo irán conociendo ustedes —, tiene en si mismo una fe grande y es amigo de decir las cosas con claridad, aunque con diplomacia:

—Yo con mi izquierda me animo a jugarle a cualquier adversario.

 Lo ha dicho con suavidad, como pidiendo permiso, sonriendo...

EN PIRÁN

Marianito Evangelista es entrerriano. Nació en Villa Libertad, donde sus padres tenían una tienda. Más tarde, éstos sE Trasladaron al pueblo General Pirán, en la provincia de Buenos Aires y ahí el padre se puso al frente de un hotel y cancha de pelota. Fue en esa cancha, abierta, donde Mariano se pasaba casi todo el día y fue formándose el gran pelotari que es hoy.

—Ya de pibe me gustó aprender cosas raras. Tenía en la cabeza la idea de que más tarde saldría en jira y que todo aquello me iba a servir. Como tuve cierta facilidad para jugar bien, después empecé a buscar los efectos para hacerme el chambón, a manejar los reveses, a jugar con la paleta dada vuelta... y con cualquier instrumento.

 El lector se preguntará que es eso de "cualquier instrumento". Contaremos un caso. A los quince años Marianito  les ganaba con la zurda a todos los paisanos de Pirán entonces comenzó a hacer valer sus aptitudes y sus rarezas con los jugadores que caían al pueblo, de discretos para abajo en su totalidad. Cierta tarde llegó un vasco y, corno de costumbre, después de dar mil rodeos, la conversación cayó en el tema que los dos andaban buscando.

— ¿Juega usted?

— Y… algo — contestaba el vasco. No tanto como usted que está aquí todo a día.

 —Si le parece, podría darle una ventaja. Mire: le juego con eso.

Y Marianito señaló una tapa de cilindro de yerba que estaba tirada en el suelo abajo de los bancos. El vasco, naturalmente aceptó en seguida. ¡Cómo iba a perder! Campeón no se sentía, pero muy chambón tampoco... El pibe se agachó, recogió la tapa del cilindro, como si por primera va la tomara en sus manos, la revisó bien y entraron a la cancha. Y le ganó, naturalmente; sin paliza, porque nunca le gusta que el contrario quedara en ridículo pero demostrando que manejaba aquella herramienta con tanta habilidad como la paleta.

Ahora bien: lo que el vasco no sabia es que Evangelista mismo había colocado la tapa del cilindro ahí, en el suelo, preparando la escena para que pareciera tirada al  descuido... Y como esa vez, usó de la estratagema muchas otras y recurrió a distintas herramientas.

EN TANDIL

Llegó un momento en que el muchacho no podía jugar más en Pirán. Porque todos lo conocían y no había combinación posible. Afortunadamente, se casó un hermano mayor y con él se fue a Tandil.  Arrendaron la cancha y boliche de “El Pasatiempo", que primero explotó su hermano y más tarde, al irse éste, quedó bajo la dirección del "rubiecito".

—Fue en Tandil donde agarré juego grande. La cancha era cerrada y en poco tiempo dominé todos sus secretos. Siempre me acomodé a cualquier cancha. Aunque reconozco que la mejor es la de Almagro y que ahí es donde yo he jugado más, no le  doy una importancia primordial. ¡Porque debe ser que he jugado en cada cancha por  ahí afuera!... Bueno... En Tandil, como le decía, agarré juego grande en cancha cerrada  y fue donde gané más partidos con la paleta dada vuelta.

Es esta una modalidad que Evangelista domina con admirable habilidad. Tomando la herramienta por la pala propiamente dicha, con el mango hacia afuera, ha llegado a poseer un dominio tal que le permitió sorprender a muchos rivales. Que nunca le creyeron capaz de jugar tanto en esa forma.

 —Eso lo he hecho con quienes más o menos me conocía, que yo jugaba bien a la manera normal, digamos.  A los desconocidos nunca tuve interés  en darles handicap, sino que traté de que me lo concedieran ellos, o cuando más jugábamos mano a mano. Es cuestión de hacer el papel... 

Poco más adelante verán ustedes con qué "clase”  hacía Evangelista su “papel” Pero atendamos a esto:

—Un día cayeron dos forasteros. Andaban con unas ganas locas de jugar a la pelota. "Aquí no hay jugadores buenos", les dije yo. "Se van a tener que ir sin entrar a la cancha…” Protestaron enseguida. "¡No, antes que eso entramos a jugar con usted, aunque sea!" Yo era chico, menudo, así rubio... Despistaba. Cuando les dije: "Y... si les parece..." se echaron a reír. Pero yo me encargué de que no aparecieran otros rivales y no tuvieron más remedio que jugarme, los dos, a mí, por una apuesta bastante fuerte. Creyéndome pan comido me dieron "soga" al principio, y resultó que cuando quisieron acordarse ya era tarde. Yo mantuve la ventaja y les gané.

Para poder jugar, Evangelista tuvo que hacerse maestro en el arte del comediante. Ya era un pelotari de primera línea, pero contra la mayoría de los jugadores del sur de Buenos Aires tenía que achicarse.

—Hay que saber portarse, ser diplomático y andar disfrazado cuando la ocasión se presenta... Otra vez, llegó a la cancha nuestra de Tandil un vasco, jugador de pelota, regular no más, pero que se creía muy bueno. Yo le entregué las llaves a un amigo y nos pusimos de acuerdo en pocas palabras. Cuando el vasco dio a entender que tenía deseos de jugar, mi amigo le dijo: "Y... Por aquí no hay ninguno bueno, así como para hacerle partido a usted. Únicamente que estuviera, por casualidad, el muchacho de la esquina, el hijo del almacenero. Pero es estudiante y aquí no está casi nunca." El vasco se entusiasmó enseguida. "¡Vamos en su busca! A lo mejor está." Y fueron. Estaba naturalmente. Se hizo el partido, y ganó el "estudiante", el "hijo del almacenero"...que no era otro que Evangelista.

 LAS JIRAS

 Para hacer la vida de pelotari, en el interior, no es posible estar quieto en un sitio. Porque si la finalidad está en vivir de eso no conviene que a uno lo conozcan todos, porque si se es buen jugador resulta imposible conseguir rivales. Es necesario, pues, disminuirse, achicarse, presentarse como chambón; perder algo para ganar más y, sobre todo, tener una gran habilidad para ganarse las simpatías de todos y dejar, al partir, la mejor impresión.

Se recuerdan, en otras épocas, los casos de maestros tales como el viejo Tandil o el Rosarino. Pues bien: Mariano Evangelista llegó a ser un digno émulo de ellos.

—En las jiras hay que cuidar todos los detalles. Es necesario presentarse en cada pueblo de una manera distinta y siempre dando la impresión de que se es chambón, salvo en aquellos puntos donde aparece algún amigo. En ese caso, hay que presentarse tal cual es uno.

Evangelista recorrió una cantidad de pueblitos, ya como simple paisano, como verdulero, mecánico, peón de cosecha, etc. Lo importante era presentarse de cualquier modo menos como pelotari.

 —Generalmente, yo iba de paisano: blusa, pañuelo floreado, pantalones "cortina", y gorra de visera. Con boina vasca no, porque da ya cierta personalidad de pelotari. Después, hay que saber hacerse el chambón: en la conversación, sin emplear los términos que usan los que están acostumbrados a jugar; y en la cancha corriendo, moviéndose y pegando como los chambones; enredándose la paleta entre las piernas, poniéndose nervioso, ¡qué sé yo ! A veces entraba en una cancha y, como quien no sabe nada, colocaba mi ropa arriba de la tabla... Así anduve yo bastante tiempo y le aseguro que me divertí mucho. He jugado contra un manco, contra un "pata de palo"... Otras veces me hacía acompañar yo por un viejo chambón, amigo mío. Yo pasaba por su mecánico, chauffeur, o peón. El arreglaba los partidos y yo no abría la boca. Otra cosa importante es que a uno lo vean con plata y lo sepan trabajador. En un atadito hecho con un pañuelo, yo solía llevar una maletita, un par de alpargatas, y una aguja para cortar maíz... aunque nunca la supe usar. El dinero, anudado en el pañuelo, hecho un fajo con billetes grandes arriba, de manera que al sacarlo para pagar cualquier cosa en el hotel o en la cancha, se viera bien.

 Además, según él lo reconoce, a Evangelista lo ayudó mucho su aspecto, tan suave, y sus maneras, tan gentiles. Nunca buscó el incidente, sino que lo evitó. Más de una vez perdió la plata de alguna apuesta para no originar un lío. Yendo por las buenas, diplomáticamente, le fue siempre bien.

TRES RECUERDOS

De sus innumerables andanzas, Evangelista recuerda una vez que, con otro amigo, se presentaron en un pueblito corno verduleros. Jugaron primero contra dos chambones y ganaron. Entonces uno de estos fue en busca de otro jugador del pago:

—Con este compañero no me van a ganar.

 Formalizaron la apuesta, superior a la del primer partido y entraron a la cancha. Evangelista entonces empezó a jugar, sin perder del todo su aspecto de chambón, y se colocaron 28 a 20. Entonces, ¡al desafiante le dio un ataque de apéndice! Mentiras, se veía que no le pasaba nada, pero los visitantes se cuidaron muy bien de protestar. Era que los del pago se habían dado cuenta de los puntos que calzaba Evangelista, pero no querían darse por vencidos. Marianito, muy suavemente, pidió el dinero. Primero pareció que no iban a conseguir nada, pero después uno- e ellos dijo:

 —Al rubio, porque es simpático, le vamos a dar diez pesos. Y tuvieron que batirse en retirada, sin perder la línea, pero conformándose con eso.

***

Otro pueblo. Otra caracterización. Tres personas estaban jugando: uno bueno contra dos chambones. En el momento que vieron a los visitantes trocaron puestos y uno de los malos pasó a hacer el papel de bueno. Evangelista iba acompañado por un cartero legítimo y él, a su vez, se había vestido saco y pantalón blanco, pasando por estafetero. Después de hablar del viaje, del tiempo y otras cosas, cuando se entró a tratar el partido que, lógicamente, iban buscando los forasteros, les propusieron que jugaran contra la pareja de los dos malos. Evangelista se dio cuenta que el que jugaba solo no era bueno, pero no podía alcanzar a descubrir el valor de los otros. Lo que no podía dudar era que alguna comedia había. Finalmente, aceptó. Entraron a la cancha y el partido les fue favorable hasta que las apuestas quedaron cerrando. Desde ese momento, uno de ellos empezó a jugar, ¡y cómo jugaba! Evangelista había estado esperando, seguro de que la "destapada" tenía que producirse, pero no supuso que el adversario rindiera tanto. Para colmo, su compañero, el cartero, se asustó al ver que peligraba todo el dinero que habían llevado, y Marianito tuvo que hacer un esfuerzo enorme para ganar ahí no más.

—Aquella fue la vez que estuve más en peligro; desde entonces, no llevé más compañeros chambones.

Después de contar que una vez fueron a Flores, con otro amigo, a hacer partido, pero simulando que iban en busca de empleo y salieron ofreciéndoles en serio un puesto de peón de cocina, Evangelista tiene un recuerdo amable para el vasco de Santa Isabel.

—Yo no sé… Créame que estoy seguro de que la cara me ayudó siempre. Además, obligado a hacer el "papel", llegaba a mirarme al espejo con preocupación, como temiendo que podría llegar a posesionarme demasiado... A Santa Isabel fui con otro compañero, haciéndonos pasar por mecánicos. ¡Éramos malos, malos!... El público empezó a cuchichear y, naturalmente, apareció un vasco que nos desafió a los dos. Aceptamos. Empezó el partido por un peso y yo, acercándome a la reja, le decía a mi compañero: "Yo creo que éste no nos puede ganar; no tiene juego para ganarnos..." Los de afuera sonreían; estaban convencidos de que nosotros ni sospechábamos lo que escondía el vasco. Empezaron las paradas, y nosotros a recogerlas. "¿Agarramos?", me consultaba mi compañero. "Y sí, agarremos; yo creo que tenemos que ganarle." El mismo vasco fue aumentando la apuesta; además de lo que llevaba en el bolsillo nos jugó lo que tenía escondido en la faja, ¡todo! Ganamos nosotros, aunque sin mostrar mucho. Prometimos regresar al poco tiempo, pero hasta ahora no hemos podido...

Las andanzas de Mariano Evangelista han cesado, por lo menos transitoriamente. Ahora es canchero en Burzaco y juega partidos oficiales en la cancha de Almagro. Con todo, piensa volver a viajar. Su habilidad lo pone a cubierto de cualquier riesgo, su simpatía personal constituye para sí mismo una garantía, y se divierte mucho,

EFE. (Junio de 1936)

Por Redacción EG: 26/07/2018

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