Fútbol

2000. El Chelo, con tres dedos en el gatillo

Venía de romperla en Racing, y llega a jugar a Boca en un puesto donde justo era titular un tal Guillermo. Pero Marcelo Delgado se convirtió en figura y quedó en la historia del club. Por ELIAS PERUGINO

PATENTÓ UNA ESTOCADA GOLEADORA QUE LO SACÓ DE LA PERIFERIA DEL PLANTEL DE BOCA Y LO HIZO FIGURA. HASTA LOGRÓ QUE LA GENTE NO EXTRAÑARA AL MELLIZO GUILLERMO. DE TIMIDEZ INVENCIBLE, EL CHELO NO SE LA CREE NI LEVANTA LA VOZ. TAL COMO PREDICA BIANCHI, DICE QUE EL EQUIPO DEBE IR PASO A PASO Y EJERCITAR LA AUTOCRÍTICA.

La situación le daba cosa. Faltaba el mango, abundaba la escasez y estaba claro que progresar no sería tan sencillo como imaginaba. Había mucha competencia. Demasiados pibes para tan pocos lugares.

Durante noches enteras, el chico había pensado y repensado la mejor manera de decirlo, el momento más apropiado. Y fue una mañana, pasada la tortura del insomnio: "Voy a largar el fútbol. Es muy difícil subir y usted ya me ayudó bastante. Quédese tranquilo que mañana me busco alguna changa para traer plata a la casa."

El padre lo apuñaló con la mirada.

 -i¿Qué va a largar qué...?! Usted se calla la boca, agarra el bolsito, se sube a la bicicleta y se va a entrenar. ¿Me entendió?

 Marcelo Delgado no atinó a nada. Hizo lo que le pidieron, en ese orden: se calló la boca, agarró el bolsito, subió a la bicicleta y fue a entrenar. Esos seis kilómetros que separaban Capitán Bermúdez de las canchitas de Rosario Central los pedaleó  casi sin parpadear. Estaba apichonado. Todavía no sabía que ese reto sería el mejor consejo que le darían en su vida. Quince años después de ese día, el Chelo se sube a una cupé Mercedes Benz  negra, tan tímido como cuando se trepó a aquella bicicleta. Irresistible y ronronearte, el auto simboliza la prosperidad, aunque su tripulante, que lo acelera con la blandura de una caricia, se confiesa inmune a todo arrebato de codicia: "La plata no me obsesiona. Sé que gano bien, pero no vivo pendiente de lo que entra. Me doy algunos gustos y nada más. Soy sencillo, tranquilo. Un típico muchacho de provincia".

 Como tal, se escabulle de la alta exposición. Hasta donde puede, evita el suplicio de las notas y el martirio de las fotos. Se ruboriza si le gritan "iAguante, Chelo!". Y hasta le tiembla la birome cuando le piden un autógrafo. Era así en Racing y es así en Boca, bajo una lupa de resonancia todavía mayor.

No extraña, entonces, que desde el primer día se haya mimetizado con los silencios de Riquelme. “Lo conocía de la Selección y enseguida nos hicimos compinches"- o con los amargos que ceba Traverso, dos que curten la misma onda subrepticia.

No extraña, tampoco, que las horas de la concentración se le escurran con el zapping lejos del furor Internet que invade el tercer piso del hotel Los Dos Chinos, lejos del pool, lejos de los desafíos de vida o muerte al ping-pong, lejos de las manos interminables de truco, porque "apenas si sé el valor de las cartas."

Marcelo Alejandro Delgado nació en 1973 en Capitán Bermúdez, provincia de Santa Fe. Surgió en Rosario Central donde jugó hasta el 94.

No extraña que, aunque confiese estar viviendo "el mejor momento" desde que llegó a Boca, abra el paraguas de la discreción. "Acá tenés que rendir exámenes todos los días. Hay cinco delanteros de primer nivel y un grupo de pibes que vienen empujando lindo. El tema es aprovechar bien las oportunidades porque atrás tenés a Guillermo, a Barijho, a Pandolfi, a Giménez. No te podés dormir", dice al tiempo que se recomienda a sí mismo "manejarse con la cabeza fría" para "mantener la confianza y seguir demostrando".

El Chelo sabe que aquel gol a River, en los cuartos de final de la Copa Libertadores, le dio el oxígeno que necesitaba para respirar entre el smog de la adaptación. Le quitó varios kilos de presión, enquistados en la mochila "del nuevo", de aquel que los hinchas evalúan con el exhaustivo rigor científico de la popular.

 Después vino la bendita continuidad. "Eso -se suelta- fue muy importante para terminar la adaptación. Desde que Bianchi me dio la titularidad en Córdoba, contra Belgrano, pude agarrar un buen ritmo. Antes jugaba 15 o 20 minutos y no podía demostrar todo. Ahora sé que no tengo el puesto asegurado, pero sí que cuento con la confianza y el nivel para pelearlo. Cuando no jugaba en el torneo local, entraba un ratito cada veinte días y quería hacer mil cosas en la misma jugada. Y así no se puede. El único secreto es la continuidad."

El rebrote de su mejor fútbol coincide con la recuperación de Guillermo Barros Schelotto. Se cruzan las coordenadas y el Chelo intuye que se avecina una decisión. "Con el Melli tenemos características parecidas", argumenta, aun sabiendo que larga de atrás en dos andariveles: la simpatía de la gente -"siento que me quieren, pero sé que no soy ídolo"- y el nivel de complementación con Martín Palermo. "Al principio levantaba la cabeza para tirarle el centro y me costaba darme cuenta si iba a picarme al primer o al segundo palo. Ahora estamos mucho mejor porque sumamos varios partidos y entrenamientos. Una prueba fue el gol contra River. Se la puse justa. Y cuando se la ponés justa, Martín no falla."

 El Chelo está peleando por el puesto que alguna vez fue de Alfredo Graciani, su referente de la adolescencia, cuando ya le tiraban los colores que hoy le envuelven el pecho. El mismo Graciani, al que no se animó a saludar -"me dio vergüenza"- la única vez que lo tuvo de rival. Pero vive la pulseada como una lucha natural. "Que Guillermo y Palermo se entiendan es tan bueno para el equipo como que yo también lo haga. Nosotros -se jacta- tiramos para el mismo lado y respetamos mucho a Bianchi porque no se casa con nadie. Tiene al grupo en un plano de igualdad y hace que todos se sientan titulares, los que entran y los que no."

En el entrenador también reconoce al bastón en el que se apoyó para mejorar su técnica de definición, asignatura pendiente en los primeros días del desembarco en la Boca. "Sus consejos sirvieron para ser un poco más frío en el área. Aprendí a elegir una sola opción. Antes me confundía porque tardaba en decidirme. Gané en determinación", explica Delgado, que ya lleva convertidos 70 goles en sus 254 partidos oficiales en Primera División.

Varios de ellos fueron concebidos con el ya famosísimo remate de tres dedos, una técnica que su propio autor se apresura a confirmar: "Es así, le pego con tres dedos netos, plenos. No me lo enseñó nadie. Siempre me salió  y después me preocupé mucho por perfeccionarlo. Más allá de empalmar bien la pelota, uno de los secretos es usar al defensor como referencia, para que la pelota pase muy cerca de su cuerpo y le dificulte la reacción al arquero. También hace falta un poquito de suerte. Contra Vélez y Central pegó en el palo y entró. Si venís en mala racha, ponele la firma que pega en el palo y sale".

Aunque no lo dice explícitamente, acaso encorsetado por la timidez, uno intuye que le fascina tener de compañero a Riquelme, asistente lujoso de su gol a Central. "Si domina la pelota, olvidate. No se la sacan más. Hace lo más difícil del fútbol, que es manejar los tiempos de un equipo. Sabe cuándo tocar corto, cuándo tocar largo, cuándo mandar un cambio de frente, cuándo meter un pase profundo. Yo jugué con muchos buenos -advierte sin nombrar a tipos como Capria, Palma, Gallardo, Aimar o Verón-, pero con ninguno como él."

El Chelo enfrentando al colombiano Yepes. En dos etapas en Boca ganó 3 torneos locales, 3 Libertadores, 1 Intercontinental , una Sudamericana y dos Recopas.

 En la casa de Belgrano se refugian tres reinas: Flavia, su mujer, y las pequeñas Marianella y Julieta. Con ellas, dice, se transforma en un muchacho más abierto y distendido, de sonrisa rápida y espíritu condescendiente. Le gusta volver a Capitán Bermúdez, aunque ahora lo hace "cada muerte de obispo" porque pocas veces le tocó moverse con un calendario tan apretado como el de este año. Adora mezclarse entre la gente del pueblo porque lo tratan como siempre. Como antes. Y suele pasearse por los mismos potreros donde aprendió las gambetas que el 28 de noviembre tal vez dibujen un garabato letal en la final Intercontinental.

Delgado adhiere a la doctrina bianchista -"Paso a paso, día a día"-, aunque esa militancia no oculta la ilusión que le moviliza el partido con el Real. Un puñado de días antes de jugar la final de la Copa Libertadores contra el Palmeiras, un desgarro lo dejó en la banquina. Esa espina le infectó un sentimiento de revancha que piensa saldar en Tokio. "A veces me engancho con algún partido del Real. Sé que tiene grandes jugadores, como Figo o Roberto Carlos, pero no los estoy estudiando. Ni yo ni ninguno de los muchachos. Nadie comenta: 'Che, vamos a tener que tapar bien al ocho del Real por-que le pega fenómeno'. Tenemos la men-te acá, ahora."

 Ahora hay un equipo con la chance potencial de dar tres vueltas olímpicas en dos meses -"ojalá demos más de una"- y algún promedio que levantar para llegar a la gran noche nipona con todas las materias aprobadas.

"Todavía nos falta tener continuidad en la actitud durante todo el partido. Jugamos con una buena actitud durante 65 o 70 minutos y después bajamos. Por eso perdimos algunos puntos que estaban al alcance de la mano. Ojalá no tengamos que lamentarnos por lo que nos pasó contra Racing, Gimnasia y Central", dice el Chelo en un tono de fastidio que, de repente, se transforma en discurso encendido. Es cuando se le desliza el latiguillo que relativiza la ventaja que lleva Boca en el Apertura en nombre del fixture complicado que le resta. "Mirá, si queremos salir campeones, los tenemos que pasar por arriba a todos. No hay tiempo para hacer distinciones o especular. Empatamos con Colón pero, ¿sirvió para mantener la punta? Fenómeno, y a otra cosa. ¿Empatamos con Central y seguimos ahí, sin que nos descontaran puntos? Fenómeno, y a otra cosa. Son como batallas de una guerra. Los festejos no tienen sentido en la mitad. Sólo valen al final. Por eso vamos día a día. Pero ojo: nosotros somos muy autocríticos. Sabemos en qué acertamos y en qué fallamos. Y no ponemos la culpa afuera, tratamos de bancarnos la que venga. La culpa del empate de Central, por ejemplo, es de todos, porque nos empataron en tres jugadas en las que todos estábamos en situación defensiva."

Meses después de esta nota Delgado seria titular en la final de la Copa Intercontinental 2000. Parados Ibarra, Bermúdez, Córdoba, Riquelme, Traverso y Matellán. Agachados Serna, Battaglia, Palermo, Delgado y Basualdo.

Como una cosa lleva a la otra, el buen rendimiento en Boca lo llevó a la Selección. Lo devolvió a la Selección. "Quedé muy satisfecho con los pocos minutos que jugué contra Uruguay. Cumplí con todo lo que me pidió el técnico. Esa noche me fui a dormir contento", admite antes de que se le pregunte si Marcelo Bielsa es un técnico tan difícil de entender, como muchos dicen.

"Al principio, sí...", sorprende y suspira, mientras se le cae una mueca pícara. "Aunque a la larga rinde sus frutos", completa. "Por ahí tiene un carácter fuerte, es vehemente para explicar las cosas y hasta te dan ganas de pelearlo. Pero después, a medida que vas comprendiendo su sistema y la forma frontal con que dice las cosas, todo es más sencillo."

El Chelo integró el plantel de Francia 98, luego de que Daniel Passarella lo considerara un peldaño encima de Claudio Caniggia, el chico bueno motorizado por la consideración popular. Delgado no estuvo ni un segundo en la cancha, "pero me quedó un buen sabor. Mi objetivo era estar entre los 22 y lo conseguí. Le estoy muy agradecido a Passarella y a la gente del cuerpo técnico porque siempre me respaldaron".

¿Es posible el buen sabor sin haber jugado? Delgado jura que sí. "No estoy frustrado ni nada por el estilo. Entrené a conciencia, colaboré con el plantel y lo viví intensamente. Siento que lo jugué igual. Por lo que entregué y por la forma en que me trató el grupo", destaca mientras juguetea con el cuello de una remera de hilo turquesa, color cool para el verano 2001, aunque el Chelo no es de los que se desviven por la moda. "Más que linda, mi ropa tiene que ser cómo-da", dice. Tan cómoda como imagina el modelo que Reebok le diseñará a la Selección para el Mundial 2002. "Me tengo mucha fe y voy a llegar con una edad ideal: 28 años. Depende de mí. Cuanto más le rinda a Boca, más me van a tener en cuenta."

 El domingo sumó más millas para acercarse a Corea y Japón. Despacito y en silencio. Como si todavía pedaleara en esa bicicleta que lo llevó hasta Rosario aquella mañana en la que creía que estaba cometiendo una gran equivocación.

 

ELIAS PERUGINO (2000)