Fútbol

1989. Y después de Bochini ¿Quién? Por Juvenal

Con Maradona en Italia, con Alonso y Bochini retirados, Juvenal se preguntaba quien sería el heredero de esa misma clase, talento y magnetismo, quien pudiera cubrir la exigencia que históricamente arrastra consigo LA 10 en el fútbol argentino.

Hace alrededor de diez años, en una serie que publicamos bajo el título 'LOS SECRETOS DEL FÚTBOL', Osvaldo César Ardiles acuñó una sentencia destinada a la inmortalidad: "EL NÚMERO DIEZ ES EL FÚTBOL MISMO".

Ricardo Enrique Bochini, un 10.con categoría de maestro.

Estaba fresco el recuerdo del Mundial de 1978, el primero que ganó Argentina con un plantel riquísimo en mediocampistas ofensivos, de esos que arman la jugada en la media cancha, manejan los hilos del ataque y llegan a definir en el corazón del área contraria. Ahí estaban Mario Kempes, el Beto Alonso, Ricardo Julio Villa, José Daniel Valencia. Y habían quedado afuera del póker de ases por decisión de Menotti, dos piernas de la categoría de Ricardo Bochini y Diego Maradona. El Bocha estaba en plena eclosión de creatividad futbolística y Diego era todavía muy pibe, a juicio del técnico nacional, para jugar una Copa del Mundo. Pero ahí estaban. Y todavía mantenían restos de su fuego sagrado dos zurdos de la exquisita calidad de Carlos Babington y Malito Zanabria, conductores naturales de Huracán y Newell's Old Boys de Rosario, respectivamente.

Mario Alberto Kempes. El cordobés fue un número diez distinto, con más pujanza y potencia que sutileza, pero con la personalidad conductiva que uno espera de ese hombre.

Han pasado diez años. Hubo un momento, durante ese lapso, en que llegaron a juntar sus presencias y su inspiración en el campeonato de la AFA varios números diez de altísima categoría: Maradona (antes de ser transferido a España), Bochini, Norberto Alonso, Alejandro Sabella, el Pato Gasparini, el Tata Martino, el paraguayo Cañete. Incluso se dio el caso de que en un solo equipo, Estudiantes de La Plata, Carlos Bilardo reunió a tres hombres de características similares, cualquiera de los tres dotados para conducir al equipo desde la media cancha, como Sabella. Trobbiani y Ponce. Con lo que el actual técnico de la Selección Nacional se daba el lujo de tener el repuesto táctico apropiado para los casos en que los rivales taparan la acción del "manija" natural, que era Alejandro Sabella.

Estampa de crack. Recuerdo que se va haciendo nostalgia, no sólo en River sino en todo el fútbol argentino. Norberto Osvaldo Alonso.

¿Qué sucedió después? Newell Old Boys consiguió en la temporada 87/88 un ensamble muy parecido al de Estudiantes de La Plata, que dirigieron Bilardo y Manera, cuando repartió la manija del conjunto rojinegro entre Gerardo Martino, Juan José Rossi y Roque Alfaro. Ninguno de ellos, individualmente, era un Bochini o un Beto Alonso o un Maradona. La suma de los tres, por una suerte de préstamo-intercambio de virtudes y de funciones, lograba algo muy aproximado al número 10 ideal. El Tata, con su clarividencia; Rossi, con su ida y vuelta constante; Roque, con su rotación permanente; armaban una fórmula técnica y tácticamente brillante. Porque además, los tres le pegaban muy la pelota, hecho que los facultaba para armar juego y definir desde la media distancia. Que era una fórmula repartida entre tres creadores lo prueba el hecho de que al declinar el rendimiento o dos de ellos, se resintió su transmisión de eficacia para consumo de todo el equipo rosarino.

Simultáneamente, River buscaba casi con desesperación al sustituto del talento y de riqueza conductiva que perdió cuando Norberto Osvaldo, después de haber ganado todo en el fútbol, dio por terminados sus recitales, clausuró la mágica irradiación de su empeine zurdo y colgó la casaca número diez de River en el ropero de los recuerdos.

Cátedra de conducción de pelota a cargo de un jugador genial: Diego Armando Maradona. Corporizó como nadie al hombre que inventa todo de media cancha hasta el arco contrario.

Creyó encontrarlo con Omar Palma, consagrado goleador en la gran campaña 1986/87 de Rosario Central. Pero al ingresar en el club de la banda roja, Palma se encontró con nuevas exigencias y mayores sponsabilidades. Ahora debía armar, conducir y seguir metiendo goles. Le faltó entonces el eficiente complemento que en el cuadro 'canalla" le aseguraba la presencia del Pato Gasparini, auténtico conductor con el número 8 en la espalda, en tanto el Negro Palma quedaba liberado para meterse y buscar el gol.

No fue el único caso. En su fugaz y ruidoso paso por Boca. Menotti trató de armar un número diez juntando la elegante pegada de Tapia con la pujanza por momentos inspirada del Gordo Rinaldi. Ninguno de los dos cubría la tarifa de inspiración y realización que hacen de un número 10 el fútbol mismo, para mantener en vigencia la definición de Osvaldo Ardiles. Ahora que Carlos Daniel Tapia no tiene otro ladero que lo complemente en esa función - podría ser Latorre, por condiciones, proyección promisoria, pero recién está en la etapa de gestación—, se advierte que su estampa de jugador dotado no alcanza a cubrir la exigencia que históricamente arrastra consigo el número de esa camiseta. Su velocidad de arranque, su facilidad para partir limpiando el terreno desde la zona derecha, su espléndida pegada, no resultan suficientes para hacer de Tapia un manija de la estatura de Bochini o el Beto Alonso.

Carlos Daniel Tapia

San Lorenzo pareció encaminado a cubrir esa cuota de ingenio y efectividad con Norberto Ortega Sánchez, jugador que potencialmente tiene los atributos que requiere la función del conductor. Pero a Ortega le faltaron algunas facetas que hicieron la grandeza del Bocha, del Beto o de Diego Maradona. Por momentos sentía era la manija de su equipo. Por momentos, no. Y la gran condición del número 10 de alcurnia es la de ser un faro permanentemente encendido para servir.

Norberto Ortega Sanchez

de guía a sus compañeros. Como suele decir Menotti, 'el gran jugador, el auténtico talento, nunca deja a su equipo con diez. Los conductores están siempre ahí. Aunque no toquen la pelota. Preparados para hacer sentir su presencia y acción en cualquier momento del partido. Si ustedes analizan detenidamente los movimientos de Bochini —como los de Maradona, cuando se nos brinda la oportunidad de admirarlo a través del satélite jugando para el Napoli—, verán que el Bocha está jugando siempre. Aunque aparentemente no juegue. Se está moviendo, está avizorando la oportunidad, se está mostrando en un claro de la cancha y está listo para, aprovechar cada pelota que reciba, armando algo trascendente, algo decisivo. Porque en apariencia, inventa sobre la marcha. Pero en realidad, ya tiene previsto antes lo que va a hacer y cómo lo ejecutará. Por eso todo le sale fácil, simple, claro, impecable. Así jugaba el Beto Alonso. Así juega Maradona, aunque lamentablemente lo tenemos a muchos miles de kilómetros de nuestras canchas, como protagonista líder del cotizado fútbol italiano.

Claudio Daniel Borghi con Néstor Raúl Gorosito.

Ni Rubén Paz, con toda su jerarquía, con la excelencia de esa pegada que tiene la precisión y la mortífera potencia de un misil, alcanza ese nivel de presencia constante para su equipo. Lo mismo sucede con Pipo Gorosito, otro artista que tiene una mano dentro de su zapato de fútbol. River sigue penando, añorando el eslabón perdido de un fútbol qué enlazaba en una continuidad casi ininterrumpida a Labruna, Sívori, Ermindo Onega y Norberto Alonso. En este campeonato Menotti ha buscado sin éxito a su número 10 en Omar Palma, Claudio Borghi, Gerardo Reinoso, Polilla da Silva tirado unos metros atrás, el pibe Juan José Borrelli y hasta el boliviano Melgar. Ninguno ha cubierto la cuota exigible. Ese es nuestro panorama actual. Con Maradona en Italia y Bochini en el ocaso de su gloriosa campaña, la camisa número  no encuentra un sucesor de esa calidad, de ese ingenio y de esa trascendencia.

JUVENAL (1989)