Fútbol

2002. Pasajeros de una pesadilla.

Argentina viajó a Oriente para cumplir con el “trámite” de ser campeón, en el mundial de Corea-Japón 2002. Era el gran candidato, pero no pasó la primera ronda. El fracaso más estruendoso de la historia.

Nadie su­po escapar a los tentáculos del triun­falismo. Jugadores, cuerpo técnico, diri­gentes, hinchas y periodistas coincidían en el diagnóstico: Argentina era el principal candidato para ob­tener el Mundial 2002, el primero disputado en dos países, Corea y Japón. No se trata­ba –justo es remarcarlo– de una sensación de ca­botaje: el Planeta Fút­bol ru­brica­ba ese pronóstico, sustentado en el andar de la Selección en las Eliminatorias, ganadas casi sin despei­narse, y por el superlativo rendimiento de sus individualidades en los principales tor­neos europeos.

Nadie, tampoco, pudo escapar al ab­ismo del desconsuelo. ¿Cómo digerir que un equipo con sensación térmica de cam­peón de­bió pegar la vuelta en primera ron­da, b­ordando la peor actuación histórica? ¿Cómo asimilar que el supuesto rey del mundo apenas arañó la 18va. posición?

“Dos partidos discretos sepultaron cuatro años b­rillantes. Así de ingrato y lapidario. Porque fueron los dos partidos que le da­ban sentido a los cuatro años”, sintetizó El Gráfico en el ba­lance posterior al fracaso, donde tam­bién consigna­ba que el equipo

“enar­boló un protagonismo tajante durante las Eliminatorias y tam­bién en los amistosos jugados de visitante con poten­cias europeas. Encarnó una b­úsqueda que com­bina­ba dinámica colectiva con fanta­sía individual, en ese orden. Sin em­bargo, algunos papeles se quemaron en los últi­mos seis meses, aquellos que alum­braron la confección de la lista y culminaron con el fugaz paso por la Copa del Mundo. Allí se sucedieron situaciones y decisiones que colocaron al entrenador en una zona de inédita tur­bulencia.”

Antes de so­brevolar el Mundial, conviene sumergirse en una b­reve reseña. Agotada la Era Passarella, la AFA bu­ceó en b­usca de un candidato. Entre otros nom­bres, sur­gió el de José Pekerman, arquitecto de los campeones juveniles de Qatar y Malasia. Pero José, que todavía no se sentía prepa­rado para el desafío de los mayores, desli­zó un nom­bre

b­ien visto por los dirigentes: Marcelo Bielsa.

Marcelo "el loco" Bielsa sucedió a Pasarella en el cargo.

El Loco aceptó luego de desligarse del Espanyol de Barcelona, donde ha­bía reca­lado tras modelar el b­rillante Vélez campeón del Clausura 98. Y puso manos a la ob­ra para armar la ba­se de la pirámide. Aún en períodos de prue­ba, como la Copa América de Paraguay 99, el equipo mostró una identidad definida: presión, dinámica, protagonismo, un esquema ofensivo que contempla­ba “dos ex­tremos” –punteros en la jerga Bielsa–

y un centrodelantero.

Con ese ritmo “europeo” –al que solía criticársele la falta de pausa, pero jamás su

am­bición– transitó con comodidad la etapa eliminatoria. Y consolidó a figuras como Zanetti, Ayala, Samuel, Sorín, Verón, Ortega, el Kily González y… Batistuta “o” Crespo. Sí, “o” Crespo, porque para el Loco cumplían el mismo rol, no podían coe­x­istir en su esquema, ni siquiera en estado de emergencia.

El único pecado del camino previo fue la injustificada inasistencia argentina a Colom­bia 2001. No pareció atinado renun­ciar a esa Copa América, por más que se esgrimieran cuestiones relativas a la seguridad de los fut­bolistas en una nación jaqueada por la guerrilla. De hecho, la Copa se disputó con total normalidad y fue ganada por los anfitriones.

Batistuta fue el centrodelantero titular de Argentina.

El sorteo le deparó a la Selección el “grupo de la muerte”. Esa zona donde se cruzan fuerzas parejas, sin el recreo que puede significar la aparición de un rival de segunda línea. Nigeria marca­ba el ritmo en África, de Inglaterra no ha­bía demasiado para ex­plicar y los suecos se perfila­ban como la estocada revelación. ¿Pero qué podía temer Argentina ­ del sueco Ander Svensson­, si esta­ba para campeón?

Tal como se imagina­ba, Nigeria representó del arco de Cavallero. Un escollo difícil de sortear. La mano pintó complicada de arranque, ya que el lí­bero Ayala –resorte clave del funcionamiento defensivo– se lesionó en el calentamiento. Hu­bo que reorganizarse de apuro, pero el principal inconveniente fue que Argentina no logró fluidez en el tratamiento de la pelota. Le faltó fút­bol. Y le costó una enormidad perforar al fondo africano, cosa que logró Batistuta al facturar una pelota parada.

La segunda estación fue Inglaterra en el estadio cerrado de Sapporo, maravilla arquitectónica que representó un trazo ingrato en el recuerdo argentino. No sólo por el escaso relieve del fút­bol de la Selec­ción, sino por el cachetazo de la derrota.

El tiro libre de Svensson que culminó en gol sueco.

Acaso con el sa­bor de la venganza de Francia 98, donde fue señalado como culpa­ble de la derrota, David Beckham ejecutó un penal inataja­ble para Cavallero y dejó a Argentina en el límite de la eliminación.

Contra Suecia no ha­bía alternativa: ganar o ganar. Sin Verón entre los titulares y con Aimar en cancha para impulsar el juego, Argentina fue superior en el desarrollo y mereció la victoria. Pero no pudo plasmar­lo en la red. Los suecos sacaron ventaja con un tiro li­bre de Anders Svensson y aguantaron como pudieron. Y ni siquiera se inmutaron cuando Crespo estampó el 1-1 definitivo, luego de que el arquero Hed­man diera re­bote en un penal ejecutado por Ortega. Aunque costara admitirlo, el supuesto campeón se despidió el prime­ra ronda y dejó el camino li­bre para que Brasil ab­rochara el Penta…

Bielsa y una decepción difícil de afrontar.

Vale repasar el b­alance de El Grá­fico en aquel momento para comprender los errores que desem­bocaron en el fracaso…

- La convocatoria de Caniggia. No tenía horas de tra­bajo con el grupo. Apenas leves entrenamientos antes de los amistosos con Gales y Came­rún, entre los que sumó 176 minutos. Sólo eso en cuatro años. Sometido a una ex­igencia más intensa en una práctica previa al amistoso con Alemania, el físico le pasó una factura y lo dejó en la b­anquina. Sema­nas antes del Mundial volvió a lesionarse con el Glasgow Rangers. A sus 35 años,

y con un par de temporadas sin actividad, no era fácil recuperarse. Se sa­bía que,

con suerte, llega­ba para el tercer partido. Pero muy falto de ritmo ¿Ha­bía que esperarlo? No. Ni siquiera en nom­bre de la historia. Por esta consideración, Argentina se privó de llevar al mejor delantero del campeona­to español: Javier Saviola.

- El aguante a Simeone. El Cholito tiene sangre celeste y b­lanca. Siente a la Selec­ción como pocos. Pero esta vez el físico no le permitió estar a la altura. Operado de la rodilla, se recuperó contra reloj y alcanzó un nivel discreto, insuficiente para el cara o cruz de un Mundial. Todo el equipo sintió su falta de timming para raspar en el medio.

 

Verón junto a Samuel se lamentan hasta las lágrimas.

 - Faltó un Plan B. Salvo en los primeros diez minutos del complemento en Sapporo, donde Inglaterra fue muy superior, Argentina se enfrentó al mismo pro­blema en los tres partidos: perforar a equipos que lo espera­ban con ocho jugadores en los últimos 30 metros de la cancha. Más que situaciones, tuvo sensaciones de gol. ¿Por qué? Por falta de ingenio, paso pre­vio para llegar a la contundencia. Por falta de pausa, paso previo para darle sentido al vértigo. Y por intransigencia para variar el sistema, paso previo a tornarse previsi­ble para los ojos rivales. Disponer de un Plan B no es traicionarse, sino enriquecerse. Bielsa entendió que la única metamorfo­sis posi­ble era cam­biar pieza por pieza: Aimar por Verón, Crespo por Batistuta, el Kily González por el Piojo López, Almeyda por Simeone… “A un entrenador se lo eli­ge por el estilo. Nosotros lo ex­presamos durante cuatro años y en el Mundial fui­mos coherentes”, se le escuchó. Pero la realidad demostró que ir por un solo cami­no es insuficiente.

- El dilema Batistuta-Crespo. Bielsa vino advirtiendo que no podían jugar juntos desde 1999. Y no los juntó ni en las situa­ciones límite, cuando hacían falta las mejo­res mangueras para apagar el incendio. Aun aplaudiendo la determinación para sostener sus convicciones, cuesta creer que un estudioso de las varia­bles del jue­go, no haya querido ensayar una fórmula para aprovechar a los goleadores más res­petados de Italia.

- Nadie llenó el vacío de Verón. La Brujita fue el termómetro del equipo durante cuatro años. Además de su­bordinarse al siste­ma, la Selección se su­bordina­ba a Verón. ¿Qué pasará el día que se pare Verón?, nos preguntamos durante cuatro años. Bueno, la Brujita se paró en el Mundial, condicionado por una tendinitis. A Bielsa lo sedujo más Aimar –de profesión media punta– que Gallardo, un conductor natural con rodaje internacional. Aimar no fracasó, pero tal vez hu­biera funcionado mejor como talento complementario del Muñeco o del propio Verón, retrasado a la posición de volante central.

Ese fu­e el balance, crudo y ob­jetivo. La rú­bri­ca para una herida ab­surda, que seguirá

ab­ierta hasta que la suture una vuelta olímpica. Ni más, ni menos…

Una eliminación temprana que todavía nos duele a todos.